viernes, 27 de abril de 2012

PEPE GORDON Y JUAN VILLORO, HOY 27 DE ABRIL, EN REFORMA






EL CUADERNO VERDE
Javier y David
Por José Gordon


El autor aborda el dolor que une a los escritores Javier Sicilia y David Grossman

El 3 de abril de 2011, el poeta Javier Sicilia escribió una carta en la revista Proceso (Estamos hasta la madre) que resumía el profundo malestar ante la violencia y crueldad de los criminales, y la corrupción, desatención y falta de compromiso de los políticos con la ciudadanía. Detrás de sus palabras latía la indignación y el dolor de ver segadas, de manera absurda, tantas vidas en México que ofrecían la promesa de la inteligencia y la solidaridad. Entre las personas que han sido víctimas de este clima terrible estaba su propio hijo y algunos de sus jóvenes amigos. La lucha de Javier y del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza, ha llevado a la aprobación de la Ley General de Víctimas por parte del Senado de la República. Se trata de reparar el daño realizado por el crimen organizado y de establecer acciones para asistir a los afectados.

Sin embargo, hay una zona de la intimidad que difícilmente se puede abordar. Sicilia ya hacía alusión a ello en la carta referida: "No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras -sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía-. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza -la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada."
Hace unos meses conversé en Jerusalén con el novelista David Grossman quien había sufrido la trágica pérdida de su hijo en medio de la violencia de la guerra. Fue inevitable establecer la conexión entre los mundos de Javier y David. Ambos mantienen una inteligencia receptiva, vulnerable, que puede ser tachada de ingenua y que, no obstante, tiene la fortaleza de una mirada limpia y profunda. Escribe Grossman:

"Soy partidario de la 'ingenuidad adquirida'. Es decir, de la decisión firme y consciente de ser un poco ingenuo precisamente en una situación casi descompuesta debido a la sobriedad y el cinismo que desde hace años nos están conduciendo a la ruina. Se trata de una ingenuidad que sabe y conoce bien lo que tiene delante, frente a ella, pero que también sabe que la desesperación crea más desesperación, odio y violencia, mientras que lo que lentamente puede provocar la esperanza -aunque sea fruto de esta misma 'ingenuidad adquirida'- son mecanismos de expectación, de creencia en una posibilidad de cambio, de escapatoria de un sentimiento de sacrificio permanente".

Esa tarea pasa por palabras, acciones y leyes para transformar lo que vivimos. Pasa también por confrontar un dolor al que solo la poesía puede acercarse. En este marco, aparece el libro más reciente de David Grossman, Más allá del tiempo (Lumen, Barcelona, 2012) que justamente aborda el dolor antinatural de la pérdida de un hijo. En hebreo hay un término que lo nombra aunque no lo explica: "Shjol" (huérfano de hijo). Con un lenguaje quebrado, bajo el ritmo del lamento, Grossman nos habla de una pareja que recibe la noticia: "Se hizo un silencio espantoso. Nos envolvían unas lenguas de fuego/ frío que nos lamían. Dije:/ lo sabía, sabía que esta noche/ vendríais. Pensé:/ ven, caos".

Después de cinco años, el hombre le dice a su mujer que tienen que encontrar a su hijo en un allí que tal vez no existe.

En el viaje se van uniendo otros padres que han perdido a sus hijos en otros tiempos y espacios: una mujer que arregla redes de pescadores, un viejo profesor de matemáticas, un duque, un zapatero, una partera, un centauro (mitad escritor, mitad escritorio) y el mismo cronista de la historia. Un fuego pequeño y perpetuo llamado "ardentía" los acompaña hasta que llegan a un muro en donde se confrontan con la frontera entre el allí y el aquí, entre la vida y la muerte. Grossman explora las imágenes que le revela su alma ("La poesía es el idioma de mi duelo") para conocer lo que ya no es y descubrir que eso es también lo que somos: lo que ya no somos.

¿Quién mira a quién desde ambos lados del muro? Javier y David son parte de esa caravana, dos poetas que se atreven a ponerle palabras al dolor y a la esperanza.


El autor aborda el dolor que une a los escritores Javier Sicilia y David Grossman

pepegordon@gmail.com







El gol que cruzó el mar
Por Juan Villoro

Una lejana fábula china advierte del tenue contacto entre todas las cosas. Un objeto minúsculo, arrojado al Mar Amarillo, puede afectar costas lejanas. De un modo secreto e inextricable, todo está en todo.

Las mareas llevan mensajes imprevistos a la otra orilla del océano. En Baja California Sur, la ciudad de Guerrero Negro debe su nombre a un barco que encalló ahí. En aguas de cetáceos, el Black Warrior acabó sus días como una ballena varada sin remedio. El restaurante local Malarrimo está decorado con una red que sostiene torpedos, lámparas y otros objetos que las corrientes han llevado al lugar. Las tempestades son la forma más lenta del correo. Tarde o temprano, lo que destrozan llega a algún buzón.

El 11 de marzo de 2011 un terremoto de 9 grados devastó las costas japonesas y un tsunami revolcó coches y casas. Trece meses después, cinco millones de toneladas de chatarra siguen el curso de las mareas rumbo a América. Se trata de una metáfora de la memoria; no todos los recuerdos se conservan ni todos llegan de inmediato; algunos requieren de tiempo para salir a flote. Las piezas sueltas arrebatadas a Japón integran el mosaico disperso de un país.

Algunas de esas señales caerán en manos que no esperaban recibirlas. David Baxter creció entre los hielos y las rocas de la isla de Middleton, Alaska. Trabaja como controlador de radares. Al despegar la vista de la pantalla donde vibran luces, entiende el mundo como un segundo radar en el que debe buscar señas e imponer un orden. Al final de la jornada, se entretiene buscando cosas en la playa. El paisaje no tiene árboles. Una planicie barrida por el viento. Nada detiene la mirada. El único sitio donde se puede encontrar algo es la arena.

Baxter es un buscador de restos traídos por el oleaje. Estaba preparado para ser testigo de cosas menores, pero se encontró con el gol más largo del mundo. En la playa, rodaba un balón.

Los habitantes de Middleton conocen el rápido movimiento del zorro y el escape marino de la foca. Baxter no vaciló en atrapar la pelota. Le llamó la atención que estuviera escrita con caracteres japoneses. Posiblemente, pensó que se trataba del mensaje de unos náufragos. Aquellos signos podían ser coordenadas. Algo tenía que haberse hundido lejos para que el balón estuviera ahí.

Es posible que el azar sea otro nombre de la deliberación y los accidentes ocurran para que el destino parezca espontáneo. ¿Cómo explicar, si no, que el hombre que recibió el balón estuviera casado con una japonesa?

Esa misma tarde, Yumi Baxter descifró el enigma. Los caracteres no atestiguaban el naufragio de un barco sino de un país. La pelota venía de Japón, a cinco mil kilómetros de distancia, y pertenecía a Misaki Murakami, un estudiante de 16 años que perdió su casa con el maremoto.

Cinco años antes, Misaki había cambiado de escuela. Sus amigos escribieron sus nombres para que no los olvidara. El balón era un almacén de la memoria. Ahora estaba en manos del observador de radares.

Unos cuantos detalles pueden conformar una historia desaforada: el deseo de unos niños de no ser olvidados, la afición al futbol, la pérdida de una casa, los trabajos del mar, la necesidad de un hombre de caminar con la mirada baja, en busca de un signo en la arena.

Baxter viajará a Japón para devolver la pelota. Acaso esa cita ya estaba prevista. Un balón existe para entrar en una portería. Las cosas presuponen su efecto. De acuerdo con la fábula china, el batir de las alas de una mariposa puede cambiar la vida al otro lado del mar. Todo movimiento, por tenue que sea, tiene consecuencias.

La posibilidad última de una cosa siempre es mágica, puede alterar la realidad en forma inexplicable. Esto no significa que se aparte de la lógica. "La magia es la coronación o pesadilla de lo causal", escribe Borges.

El balón japonés tiene la rara condición de la magia. 19 mil personas murieron con el terremoto y el tsunami en el país mejor preparado para resistir ese cataclismo. Una vez más, la naturaleza volvió a ser un límite infranqueable. Y sin embargo, el balón salió a flote como un anticipo de las cosas que vendrán en los próximos cinco años.

En algún momento el planeta se diluirá en polvo y materia desecha. Pero hay algo que ignora la naturaleza, esa señora impositiva. No todo es tangible: las cosas también son símbolos. Así lo entendieron el fabulador chino que decretó que todo está en todo, el creador de una esfera que bota para producir ilusiones, los niños que la firmaron para convertirla en almacén de la memoria, el adolescente que perdió su casa pero no los recuerdos de lo que ahí existía, el controlador de radares que recoge señas venidas de muy lejos.

El balón regresará a Japón. Es posible que su viaje no termine ahí. Quizá aún tenga una cita pendiente.

Los estadios existen para jugar a la magia. El mundo, para vivirla.



 




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viernes, 20 de abril de 2012

"Muerte por agua" de Juan Villoro en Reforma



Muerte por agua
Por Juan Villoro


Se han cumplido 100 años de la noche en que la tecnología fue vencida por el hielo. El 15 de abril de 1912 el Titanic, concebido para superar a los elementos, naufragó en su primer viaje. La naturaleza volvió a ser el ignorado límite de una especie que odia detenerse.

En el momento de zozobrar, la nave mandó una señal que acababa de inventarse: S. O. S. Curiosamente, esas siglas no remiten a la ciencia sino a la teología; significan: Save Our Souls. El Titanic, orgullo de la industria marina, se llevó mil 495 almas al fondo del océano mientras los músicos tocaban para amenizar el momento y mantener los brazos tibios.

Al construir un aparato el ser humano confía en la razón. Cuando se descompone, piensa en soluciones mágicas. Viajan cuerpos pero se salvan almas.

Un siglo después, la tragedia ha traído distintas variantes de la resurrección. La película Titanic, con la que James Cameron obtuvo 11 Óscares, ha vuelto a las pantallas en 3D (o en algo que se le parece, pues no fue filmada en ese formato). La saga de 1997, en la que Kate Winslet duda durante tres horas y media entre casarse con el hombre que no le conviene o amar para siempre al perecedero Leonardo Di Caprio, mantiene intactos sus efectos especiales. Otros intensos desastres cinematográficos han envejecido peor. La aventura del Poseidón, que en 1972 nos empapó de pánico, parece ahora una inocente fantasía donde escurre agua de muros de cartón. El cine está condenado al desgaste de la tecnología que lo produce. No sucede eso con la película de Cameron. Curiosamente, el principal toque de época no tiene que ver con efectos especiales sino con un rasgo humano: los pechos de Kate Winslet son naturales; pertenecen a la arcadia en que una actriz no pasaba por el tribunal del cirujano plástico. Además de su intachable talento actoral, Winslet demuestra que la belleza se puede asociar con la normalidad. Pocas presencias han sido tan reales en el cine. Tal vez por eso la escena en la que posa al estilo de la Maja desnuda de Goya ha sido prohibida en China. La seducción genuina inquieta más.

El Museo Marítimo de Barcelona, donde se celebra una exposición sobre el buque trágico, repitió la última cena del Titanic. En compañía de 25 familiares de los viajeros, 200 comensales dedicados a la necrología gastronómica degustaron ostras, terrina de foie, consomé Olga, filete de lenguado al curry, confit de pato con compota de manzana, pudín Waldorf, duraznos con gelatina Chartreuse, cafés e infusiones. Incluso el vino fue el mismo que se descorchó el fatídico 15 de abril, un Château Preuillac (pero de la cosecha 2006).

¿Se puede repetir con sibaritismo una tragedia? La mejor manera de comer esos platillos debería ser en una nave que también estuviera en riesgo.

El Titanic mostró que toda tecnología es imperfecta. Fue una lujosa anticipación del Apolo XIII. Curiosamente, esto lo vuelve atractivo, no sólo como nostalgia de una grandeza fracasada, sino como aspiración. Los buscadores de peligros se frotan las manos: "lo que falló una vez, puede volver a fallar".

Una extensa franja de la humanidad se siente más atraída por el riesgo que por la parda seguridad. Así lo confirman quienes practican deportes extremos, juegan a la ruleta rusa o compran arañas venenosas. Basta que alguien diga "esa chica es peligrosa" para que interese más. Desde el Jardín del Edén, nada se codicia tanto como lo prohibido. Esto también involucra a la ciencia. El eminente Isaac Newton descubrió la ley de la gravedad al ver la caída de una manzana. Esta explicación legendaria convence, no tanto porque justifique un momento de inspiración, sino por el objeto que la produce: la pecaminosa manzana despierta tentaciones. No es casual que la empresa más rentable del mundo, dedicada al comercio de signos, lleve el nombre de Apple.

Si el Titanic se hubiera anunciado como un barco que podía hundirse, habría recibido aún más solicitudes para subir a bordo.

A las 23:45 de la noche, hora del encuentro con el iceberg, sonó la alarma en la cena del Museo Marítimo de Barcelona. Un susto conmemorativo. Seguramente, más de un comensal anheló que el peligro fuera real.

Los viajes a la cripta marina donde los pasajeros se ahogaron por la ausencia de botes salvavidas y la codicia de otros tripulantes combinan el dolor con el morbo recreativo.

Quienes reservan habitaciones para el próximo diciembre en Yucatán, con el fin de contemplar el "apocalipsis maya", también desean mezclar el placer con la desgracia. El anuncio del fin del mundo ya agotó los asientos de primera fila. Aunque los arqueólogos explican que los mayas no prometieron que el planeta daría una última función, los turistas del desastre hacen las maletas, convencidos de que la molestia de viajar se compensa con el show de una molestia terminal.

Lo único seguro de los accidentes es que no se prevén. Cuando ocurren, espantan a la mayoría. Pero la especie es rara. Hay quienes lamentan no haber asistido a la cena trágica y piden un recalentado para degustar el susto.


 
 
 




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viernes, 13 de abril de 2012

EL CUADERNO VERDE de JOSÉ GORDON EN REFORMA. HOY VIERNES 13 DE ABRIL




EL CUADERNO VERDE

Las trampas del deseo
Por José Gordon

Hay una diferencia fundamental entre lo que uno desea y lo que uno piensa que desea. El problema es que esto es difícil de apreciar en nuestras propias vidas. Se requiere desarrollar cierto silencio interno para atestiguar las capas sutiles que están detrás de nuestras acciones. El mundo de la literatura, el cine y el teatro permite este ejercicio. En estos escenarios podemos ver con claridad la tragedia del protagonista que no se da cuenta de lo que realmente desea. Los caricaturistas, como Paco Calderón en las páginas de REFORMA, son expertos en detectar este tipo de brechas sobre todo en los políticos que ponen cara de justicieros y creen, incluso, que desean el bien común cuando realmente los mueve la ambición.

Esta brecha es la que justamente explora, desde otra perspectiva, el investigador Dan Ariely, profesor de sicología del consumo en el MIT, profesor invitado en el Boston Federal Reserve Bank y miembro del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Ariely publica sus textos en revistas como Scientific American y Science y es autor del libro Las trampas del deseo (Ariel), que apareció en inglés con el título Predictably Irrational (Previsiblemente Irracional). Los estudios de Ariely forman parte de una disciplina que se conoce como economía conductual. Se basa en experimentos sicológicos que investigan la brecha trágica entre la forma en que percibimos que actuamos y nuestro comportamiento real.

Así, trata de entender las decisiones que toma la gente -que aparentan ser pensadas y racionales- y responden más bien a temblores emocionales. Estas decisiones dan pena cuando alguien apunta la trampa en que ha caído el razonamiento. Ariely examina, por ejemplo, por qué los pacientes tienen mayor alivio al curarse con un medicamento caro en contraposición con uno idéntico pero barato; por qué la gente honesta puede robar unos lápices en una oficina o comida comunal, pero es incapaz de sustraer dinero; por qué las dietas que nos prometemos se olvidan cuando pasa el carrito del postre; por qué las personas más cautas toman malas decisiones cuando están calientes (en todos los sentidos); por qué el peso de la propaganda de la que nos sentimos inmunes ("Sólo afecta a los tontos y yo no lo soy") no permite discernir, nubla el juicio y estimula el prejuicio.

Los experimentos de Ariely utilizan en muchos casos las herramientas más sofisticadas de la neurociencia. Lo interesante es que toda esta línea de investigación surgió a partir de una experiencia de Ariely que lo puso de frente a las trampas del deseo.

A los 18 años tuvo un accidente que le dejó el 70 porciento del cuerpo con quemaduras de tercer grado. Tres años vivió en el hospital lleno de vendas. Ese aislamiento lo hacía sentir como si fuera un ser de otro planeta. Tenía un silencio interno que le permitía atestiguar el comportamiento de familiares y amigos y ver los resortes que los movían. Al observar las curaciones que le hacían las enfermeras le intrigaba por qué al quitarle las vendas -un proceso muy doloroso que lo dejaba con la piel viva- preferían hacerlo de un tirón rápido, en vez de hacerlo lentamente. ¿Qué sería más doloroso?

Años más tarde, cuando se recuperó y realizó sus estudios universitarios, hizo una investigación que probó que el proceso más lento hubiera sido menos doloroso. ¿Por qué las enfermeras con experiencia y compasión por el paciente habían elegido el más rápido? Cuando fue al hospital a informar a las enfermeras de sus hallazgos, ellas quedaron sorprendidas. Entonces descubrió que detrás del razonamiento de ellas había algo que no tenía que ver ni con el paciente ni con su sabiduría de cómo tratarlo. Una le dijo que les resultaba angustiante y doloroso ver lo que sentía el paciente. Acabar rápido era una forma de mitigar su propio dolor. Así se dieron cuenta que pensaban que deseaban el menor dolor en el paciente, cuando en realidad deseaban acabar con la tortura de ver la pena en otra persona.



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domingo, 1 de abril de 2012



El dueño de la Tabaquería*

Su obra ha sido reconocida en más de 40 lenguas y fue concebida bajo el signo de Saturno. Es melancólica, sutil, ingrávida. Es también un cruce de caminos donde concurren la tradición italiana y la portuguesa, como da fe el texto, inédito en español, que presentamos a nuestros lectores.

De portada
  • Antonino el lusitano

    La importancia de su obra literaria era tan grande como su compromiso civil con la realidad de su país.

    De portada
  • Entrevista: Fernando Botero

    La exposición del pintor y escultor incluye 177 piezas.

    “Curioso, pero todos me imaginan gordito”

    El 29 de marzo se inauguró, en el Palacio de Bellas Artes, una retrospectiva del pintor colombiano, que festeja 80 años y 65 de vida artística. Sus influencias y derroteros quedan aquí consignados.

    Artes plásticas
  • Toscanadas

    Los candidatos presidenciales.

    Bueno pues, la verdad yo respondería que…

    El consejo de toda la vida es: si no tienes nada que decir, cierra la boca. Esto no se aplica a los candidatos. Ellos deben hablar aunque no tengan nada que decir, pues han de llenar un espacio radiofónico o televisivo.

    Antesala
  • Poesía

    El amor es cobrizo

    El primero de estos poemas acusa el miedo a la rutina, a la inercia; el segundo revela la esencia del cariño, de la amistad, del olvido.

    Antesala
  • Ensayo

    Tabú

    Habita una zona donde ni siquiera existen las prohibiciones porque se alimenta del silencio, saca fuerzas de experiencias límite. El autor de la novela "Con amor, tu hija", una exploración de las motivaciones y el lenguaje del incesto, escribe aquí sobre las diferencias entre lo prohibido y esa realidad innombrable.

    Literatura

sábado, 31 de marzo de 2012

JUAN VILLORO: "ARRECIFE" SU NOVELA MÁS RECIENTE: ED ANAGRAMA BARCELONA. ¿UN PARAÍSO TURÍSTICO: UN "RESORT" EN KUKULCAN PUEDE DELETREARSE COMO PARAÍSO?

En Babelia de El País:

En ocasiones un Paraíso (turístico), no lo es necesariamente.
Los ojos del escritor rebasan la realidad y poseen una visión cósmica en muchas más dimensiones que nos invitan a la reflexión.

viernes, 30 de marzo de 2012

PARA LEER SIN EXCUSA NI PRETEXTO: UN VIDEO SUBTITULADO QUE AMPLIARÁ TU HORIZONTE Y LAS COLUM NAS DE PEPE GORDON, JUAN VILLORO Y ADINA CHELMINSKY.

Hay columnas que se escriben por última ocasión; sin embargo, importantes como si fuera por vez primera; otras que continúan dejando huella continuamente en nuestra inteligencia. Aquí, textos de esos maravillosos escritores que abundan con creatividad en estos caminos de la vida.







EL CUADERNO VERDE


El hilo rojo del destino

Por José Gordon

"Hay un antiguo mito chino sobre el Hilo Rojo del Destino. Dice que los dioses ataron un hilo rojo alrededor de nuestros tobillos y unieron a toda la gente cuyas vidas están destinadas a tocarse. Este hilo puede estirarse o enredarse, pero jamás se romperá". Estas palabras aparecen al inicio de una serie televisiva que recientemente se acaba de estrenar en nuestro país. El nombre de la serie es Touch (Tocar), y uno de los protagonistas centrales es Kiefer Sutherland a quien recordamos por su participación en 24 como el agente Jack Bauer.

En esta ocasión interpreta a Martin Bohm, un padre angustiado por la incapacidad de comunicarse con su hijo autista de once años. Simple y sencillamente no lo puede tocar. El niño no habla, no muestra emociones, pero está obsesionado por los números y las simetrías matemáticas que nos rodean. Puede apreciar los patrones aparentemente ocultos que nos interconectan. Cabe señalar que esta era una preocupación central del notable físico David Bohm, fallecido en 1992, quien planteaba que el universo era indivisible. Tal vez por ello, el guionista de la serie, Tim Kring (Héroes), hace un guiño con el apellido de sus personajes centrales para honrar a un científico que veía un orden profundo detrás de lo que percibimos. La premisa de la serie es enunciada con una voz off que dice:

"Los patrones están escondidos a simple vista. Solo hay que saber dónde mirar. Cosas que la mayoría de la gente ve como caos, en realidad siguen imperceptibles leyes de comportamiento. Galaxias, plantas, caracoles marinos. Los patrones nunca mienten. Pero solo algunos de nosotros pueden ver cómo encajan las piezas. 7.080.360,000 de nosotros vive en este diminuto planeta. Esta es la historia de algunas de estas personas."

Así, atestiguamos cómo se trenza el hilo rojo de algunos destinos. La serie televisiva aprovecha la interconexión que hoy tenemos en la aldea global que hace posible que el contenido fotográfico de un celular perdido en un aeropuerto norteamericano aparezca de manera inesperada en Japón. A la manera que mostró Guillermo Arriaga en la película Babel, algo que sucede a kilómetros de distancia de donde vivimos toca y transforma nuestra historia, nos enreda a través de un patrón que quisiéramos descifrar. En este sentido, la serie es también deudora de la película Pi, el orden del caos, de Darren Aronofsky, en donde vemos a un hombre obsesionado y alucinado por encontrar la clave matemática que por igual permitirá entender los patrones de comportamiento de la Bolsa de Valores y el misterio numérico detrás del nombre de Dios, lo que está detrás de la proporción áurea en la pintura y de la sucesión de Fibonacci en la geometría de la naturaleza.

En este contexto, ver a un niño que no habla pero entiende este patrón es emocionante aunque solo se trate de un deseo que compartimos. El problema es que para probar esta premisa se abusa de lo que en teatro se conoce como Deus Ex Machina. Las historias pueden tener una sensación de entrar forzadas, a chaleco. Al mismo tiempo, debo decir que la vida misma a veces nos da encuentros inverosímiles que rebasan la imaginación de los novelistas y nos hablan de una sutil conexión que nos trenza y nos toca. Me acabo de encontrar con un historia así. El hilo rojo del destino y la gracia se evidenció en un personaje inesperado. Hace unos días el escritor Etgar Keret describió esta experiencia conmovedora:

"Mi padre murió anoche. Fue, probablemente, la persona más asombrosa que he conocido. Y no estoy diciendo esto porque era mi papá. Hace unos días, mientras reposaba en el cuarto de emergencias con una fractura de cadera, intentó decirme algo. Estaba muy débil, así que tuve que apoyarme junto a su cama para oírle hablar. Tenía un dolor terrible, por lo que al principio pensé que estaba tratando de pedir morfina. Sin embargo, lo que tenía que decir era que tuvimos mucha suerte al tener un conductor de ambulancia tan delicado y lleno de empatía, que había hecho todo lo posible por evitar los baches en el camino al hospital".

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La neurosis como terapia

Por Juan Villoro


"Un teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso", escribe Cortázar en "Instrucciones para John Howell", cuento que dedicó al director Peter Brook. El espacio teatral propone una realidad alterna en la que el propio autor se asombra de la vida que cobra un texto.

Escribo esto a propósito del reestreno de mi obra El filósofo declara, en el Foro Shakespeare de la colonia Condesa. Durante el proceso de escritura pensé que estaba ante un fenómeno íntimo, una intriga de cámara que acaso no contaría con otro espectador que yo mismo. Crecí entre filósofos y escuché largas conversaciones estrafalarias, no sólo para un niño sino para la mayoría de las personas. Cuando le preguntaba a mi padre en qué consistía su trabajo, respondía: "Un filósofo busca el sentido de la vida". En el colegio me costaba trabajo convencer a mis amigos de que mi padre no era un golfo (así era como los hijos de abogados, aviadores, ingenieros y otras tangibles profesiones interpretaban que alguien buscara "el sentido de la vida").

Toda infancia está rodeada de palabras incomprensibles. En cierta casa, los niños oyen hablar de Stratus y Suburban; en otra, de Armani y Bulgari, sin que esos nombres eufónicos expliquen la realidad. Poco a poco, puede asociar apellidos con valores. La nobleza se llamaba "Gaos", la inteligencia "Wittgenstein", los enredos "Kant". Oía esas claves del mundo adulto como si fuesen armas de distintos calibres. Detrás de ellas, había pleitos, emociones, amoríos, envidias, emociones convulsas disfrazadas de razón.

Desde que empecé a escribir, pensé en recuperar ese ambiente. Los filósofos vistos de fuera, con la irónica atención de quien crece entre ellos y los quiere sin entenderlos del todo.

El filósofo declara no es una obra autobiográfica. Sin embargo, si uno imagina a un niño de seis años en el escenario sabrá qué atmósfera me resulta familiar.

Una de las cosas que más me atraen de los hombres brillantes es su original manera de ser imbéciles. Pocos efectos resultan tan cómicos como el idiotismo de la inteligencia, una mente lúcida vencida por la exasperación y la neurosis. Ese es el tono de mi obra. Dos filósofos se encuentran por última vez y se someten a un ajuste de cuentas. Durante décadas han sido en forma alterna amigos y enemigos; trabajaron en aras de la razón pero tuvieron que pactar con las impurezas de la vida. En su duelo final los argumentos son devorados por las emociones. Uno de ellos concibe la muerte perfecta para un filósofo, un crimen sin culpable: "asesinato por argumentación".

Pensé que esta dialéctica de la neurastenia sería una diversión minoritaria. Cuando Antonio Castro se interesó en dirigirla en el teatro Santa Catarina de la UNAM, le dije que jamás llenaríamos un sitio con ochenta asientos y propuse que nos mudáramos a una cripta más pequeña. Con una confianza que sólo podía venir de su inventiva, Antonio prometió llenar la sala: "Piensa que es del tamaño de un salón de la UNAM", dijo para tranquilizarme.

Las actuaciones de Arturo Ríos, Pilar Ixquic Mata, Emilio Echevarría, Edgar Parra, Fabiana Perzabal (en la primera fase) y Sophie Alexander-Katz (en la segunda) disolvieron las dudas. Una noche, el director y dramaturgo argentino Javier Daulte compró el último boleto que quedaba en la taquilla. Me propuso llevar la obra a Buenos Aires, con algunas modificaciones, como la relación de los intelectuales con el poder (en Argentina ha habido más represión que subsidios). En su opinión, la obra era comercial. Recordé la película Hollywood Ending, en la que Woody Allen representa a un director que se está quedando ciego. Para que no lo corran de la filmación, contrata a un camarógrafo que sólo habla chino y no puede denunciarlo. La película sale espantosa. "¡Parece la obra de un ciego!", exclama el productor. El estreno es un fracaso. Luego el film se presenta en Francia y la crítica elogia que el director se desprenda de la tiranía de enfocar y exprese creativas manchas en las pantalla. "¡Gracias a Dios que existen los franceses!", exclama Woody Allen.

La aceptación es un malentendido. Fue lo que pensé cuando la obra se estrenó en la calle Corrientes de Buenos Aires, bajo el título de Filosofía de vida.

Para un escritor siempre será enigmático entender por qué un texto conecta con el público. En el caso del teatro hay explicaciones auxiliares. No todo depende de la dramaturgia. Los parlamentos son el punto de partida; el desarrollo queda en manos de los actores, el director, el escenógrafo.

No es una paradoja menor que ese conjunto de habilidades ajenas otorgue genuina vida un texto. Es el reiterado milagro que Antonio Castro y los cinco actores lograron en la reposición de El filósofo declara. Una extravagante y veraz ilusión, "un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso".

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Bye, Bye Doktor Dinero


Adina Chelminsky

No hay fecha que no se cumpla, plazo que no se venza ni deuda que no se pague… No estoy tan segura de que todas las deudas se paguen (basta con ver la cantidad de expedientes emproblemados en el Buró de Crédito), pero lo que es un hecho es que esta columna, con el mote deDoktor Dinero, ha llegado a su fin.

Durante los últimos seis años he tenido el enorme privilegio de hablar de finanzas personales en este espacio. Más de 300 columnas, en donde hemos, ustedes y yo, tratado de encontrar la cuadratura del círculo del dinero y la vida cotidiana. Un tema difícil, pero apasionante, cotidiano, pero a veces inentendible y que daría para 300 o tres mil columnas más.

Doktor Dinero nació como el reflejo de mi trabajo diario, dando asesorías y conferencias en temas financieros. Para escribir una columna, de cualquier tema, hay que vivirlo día a día, estar inmerso en el caldo, y centrar toda la atención en esa esfera de temas.

Es por ello que esta columna ha llegado a su fin. Un giro repentino e inesperado en mi vida profesional me llevó a dejar la vida de profesionista independiente dedicada a la asesoría financiera y lanzarme como emprendedora, fundando una empresa dedicada a la tecnología para medir la satisfacción del cliente. Ser emprendedora me tiene fascinada y aterrada a la vez. Un sentimiento que creo compartir con los millones de mexicanos que por gusto, necesidad o terca naturaleza, deciden emprender un nuevo negocio.

Mucho se escribe sobre el tema del “emprendedurismo”, pero me gustaría entrar al bailongo con mi visión particular. Los sinsabores, retos, soluciones a los problemas cotidianos que los emprendedores y sus empresas enfrentan.

Por lo que, gracias al enorme e incondicional apoyo de los editores deExcélsior, a partir de la próxima semana esta columna tomará un giro diferente.

Me gustaría cerrar esta etapa de mi vida editorial repitiendo, por última vez, mis mantras financieras. Así como repiten los yoguis Om Namah Shivaya a la hora de meditar, esto es lo que yo repito en mi cabeza cada vez que pienso en el dinero:

No hay nada más personal que el dinero. Las decisiones que tomamos en torno a él tienen que ver más con las “tripas” que con la cabeza. Somos seres irracionales y por más educados e informados que seamos, al tratar temas de dinero las emociones llevan el mando. Obvio se necesita información para mediar las emociones, pero tenemos que estar conscientes de esta realidad para manejar bien el dinero.

El dinero no sólo es dinero.
Juega un papel en todo lo que hacemos y somos en la vida. Para bien o para mal. El dinero no sólo es un actor en los temas y decisiones propiamente financieros (por ejemplo, cuando hablamos de ahorro o inversiones) sino en todos los aspectos de nuestra vida, desde nuestra autoestima hasta la relación con toda la gente que nos rodea.

En cuestión de finanzas personales YO soy el responsable. Puede ser que la economía del país sea mala, que los bancos sean ineficientes o que nuestro trabajo sea mediocre e injusto, pero a fin de cuentas TODOS tenemos las armas para tomar mejores decisiones y mejorar nuestra propia vida.

No hay recetas de cocina… Es imposible pensar en que la misma solución financiera aplica para todos. Quien te venda una fórmula universal, te está vendiendo aceite de víbora. Es responsabilidad de cada quien decidir los montos, las técnicas y los instrumentos para tener una vida financiera sana.

…Tampoco es física cuántica. No necesitamos tener ninguna capacidad especial para tener éxito en el mundo del dinero. Basta con tener sentido común, organización e información para poder lograrlo.

Y lo más importante: Puede ser que el dinero no sea lo más importante en la vida, pero sólo en la manera en que aprendemos a bien manejar lo que tenemos podremos, entonces, disfrutar de todo lo que nos rodea.

Gracias infinitas a todos ustedes que me han acompañado en este espacio. Espero verlos en esta misma página, en el mismo día y en el mismo periódico para compartir las lecciones y soluciones ahora queDoktor Dinero se convierte en aprendiz.

*Especialista en finanzas personales
Doktor Dinero
adina@doktordinero.com
www.doktordinero.com