En Tonanzintla, ahí donde se encuentra uno de los templos más bellos del mundo —el barroquismo indígena en su máxima expresión—, Carlos Fuentes escribió una de sus mejores novelas: Cambio de piel. Y lo hizo en la casa del astrónomo Guillermo Haro, esposo de Elena Poniatowska, que invitó al autor de La Región más Transparente a pasar una temporada en Santa María Tonanzintla.
Fuentes escribía en ese tiempo escuchando a los Beatles a todo volumen, un volumen tan alto que no escuchaba cuando la señora que hacía la comida en la casa Haro-Poniatowska le decía que si quería un cafecito o un tequilita. O que ya estaba lista la comida. Fuentes no tenía oídos para nada que no fueran los Beatles y su novela. Y así era todos los días. Igual que en su casa de San Ángel, cuando lo mismo escribía sobre el asesinato del líder campesino Rubén Jaramillo, que sobre la pintura de Juan Soriano. Siempre, inevitablemente, con los Beatles a todo volumen.
Fuentes, dicen quienes lo conocieron, era hiperactivo. Lo mismo bailaba twist con su hijastra Julissa que, Glenfiddich en mano, conversaba con García Márquez y Cortázar sobre sus amoríos tempestuosos con Jean Seberg, una bellísima actriz estadunidense de origen sueco que lo volvió loco como a muchos otros que tocó.
Cuentan —quienes lo vieron— que Fuentes de pronto se daba sus escapadas a Puebla y comía mole poblano con singular gula, al tiempo que se metía a la catedral y al templo del Rosario con su inseparable Fernando Benítez.
De entre todos los escritores mexicanos, Carlos Fuentes fue siempre el más iconoclasta, el más culto, el que más idiomas leía y hablaba, el que más sabía de cine y de mujeres, el que más entendía de vino y de comida, el más elegante, el que en más países diferentes había vivido, el que mejor reía, el que fumaba con más clase, el que bailaba twist y mambo como un profesional, el más querido, el más odiado.
Tan odiado fue por un sector de los intelectuales mexicanos que Enrique Krauze pasó meses enteros frente al ordenador para destruirlo con un ensayo llamado La comedia mexicana de Carlos Fuentes. Hoy, muchos años después, queda claro por qué lo hizo: Krauze lo envidiaba tanto que quería ser como él. Incluso le robó a dos de sus amigos más cercanos: María Félix y Octavio Paz. Y no sólo eso: Krauze se viene empeñando desde hace algunos años en ser el más iconoclasta, el más culto, el que más idiomas lee y habla, el que más entiende de vino y de comida, el más elegante, el más querido, el más odiado.
Ya encontrará Krauze el Krauze que lo haga pedazos.
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"Como todos los vicios, la novela es celosa compañera de vida. Llega un día disfrazada de pasatiempo y acaba por robarse el total de tu tiempo. A partir de este punto, nada parece ya tan tedioso e inútil como la idea de negociar con ella. Cada vez que le pido que me regale un rato para mí, lo más que obtengo es una tunda de preguntas ansiosas y exaltadas. ¿Adónde vas? ¿Con quién? ¿Por qué no puedo ir yo? ¿Te avergüenzas de mí… o es que andas por ahí narrando a mis espaldas?”
Xavier Velasco nació el 7 de noviembre de 1964, en Ciudad de México. Empezó Ciencias Políticas y Literatura, y ha ejercido diversos oficios variopintos, como el de director creativo o editor de una revista. Colaboró durante dieciséis años en el suplemento Sábado, y ha publicado en diversos periódicos: Novedades, El Universal, El Nacional, La Crónica, Milenio, Reforma y El País.
En 2003 recibió el Premio Internacional Alfaguara de Novela por su obra Diablo Guardián, que se convirtió en best-seller hispanoamericano, con más de diez ediciones y 200.000 ejemplares vendidos.
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...6 de octubre pero de 1907, nace el cantautor mexicano de música infantil Francisco Gabilondo Soler, mejor conocido como ‘Cri-Cri’ en la ciudad de Orizaba, Veracruz
Gabilondo Soler fue un compositor mexicano de canciones infantiles, famoso por presentar durante muchos años un programa de radio enfocado a los niños, para el cual creó al personaje Cri-Crí, el grillito cantor. Sus canciones son famosas y conocidas en América Latina y han sido traducidas a distintos idiomas. Fue socio fundador de la Sociedad de Autores y Compositores de México.
En 1932 incursiona en la estación de radio XYZ con un programa humorístico y de crítica social, por el cual ganó el apodo de El Guasón del Teclado. Posteriormente el Sr. Othón Vélez le da la oportunidad de presentar canciones para niños.
El 15 de octubre de 1934 inicia un nuevo programa de 15 minutos -sin patrocinadores ni publicidad- en la XEW en el que narraba historias sobre animales y otros personajes. A sugerencia del mismo Sr. Vélez, adoptó el nombre de Cri-Crí, El Grillito Cantor. Las canciones que interpretó durante esa primera emisión fueron El Chorrito, Batallón de Plomo, Bombón I y El Ropero.
El programa se mantuvo al aire durante 27 años, siendo su última emisión el 30 de julio de 1961.
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Dicen los fans de Graham Greene, que su filosofía auténtica no se encuentra en sus grandes novelas, sino en los pequeños relatos de espías que escribía para sobrevivir. Es en la edición de bolsillo, donde Greene se hace el encontradizo. Y nos muestra que, una cosa tan simple como que las personas tienen conciencia moral es obviada por todos los escritores de la Roman Noire, pero para él, es factor diferencial, la marca de la casa. Sus personajes matan, dejan pistas de sus crímenes y bailan con la mujer más bella. Pero - y este es el "factor Greene" - también, dudan, sueñan con una vida familiar y, en ocasiones, reconocen haberse equivocado.
¿Qué es la verdad?
En El americano impasible, Fowler, el alter ego de Greene, arrastra una carga. No cree que haya una verdad de las cosas. Sin perder de vista su actitud, demos un pequeño salto. Casi veinte siglos. Ese aire que ya conocemos lo encontramos en Poncio Pilatos cuando, al interrogar a Jesús, le pregunta “¿Qué es la Verdad?" y al momento abandona la sala sin interesarse por la respuesta. Lo que implica esa pregunta lo explica con claridad Joseph Ratzinger en Jesús de Nazaret. A esa actitud, los expertos la han venido en llamar relativismo.
El Gobernador romano no reconoce, en Jesús, a un gran Rey. Pero sabe que lo han entregado por envidia. Entonces se plantea el dilema, ¿qué hacer con ese preso? Temeroso de la multitud y ajeno a los consejos de su esposa, la duda se instala en su soledad.
Sin perder el poder y autoridad que su cargo comporta, tiene el triste honor de juzgar a quien nadie osaría. Al mismo Creador. Al Autor de su propia vida.
¿Nadie?
Es la misma disposición de ánimo que subyace en la pregunta que hace Fowler en la novela: ¿Porqué Dios permite ciertas cosas en el mundo, como el hambre o la guerra? Esa pregunta se oye a menudo en la vida real y en los medios.
¿Por qué permite Dios el mal en el mundo?
Una simple pregunta, sin más, parece algo completamente inocente. Incluso en ocasiones, es el camino más corto para llegar a un lugar- siempre que se sepa entender. Pero es habitual que esta pregunta en concreto se presente como antesala del relativismo.
“Qué extraño – piensa Fowler- que la población que Dios tiene en su reino sea tan pobre, asustada, helada, muerta de hambre («No sé cómo vamos a hacer para alimentar a toda esta gente», me decía el cura); uno esperaría algo mejor de tan gran Rey.”
Esa posición relativista, según los filósofos, tampoco tiene entidad propia. No existe entre las cosas creadas. Pero es un juego con truco. A juzgar por lo que nos enseña el caso de Pilatos y los últimos años de Greene, la trampa radica en que los relativistas han de pagar un alto precio. Al relativismo, le sigue la soledad.
Si el lector ha acudido a una celebración cristiana, sabe que en el Credo aparece Pilatos. Pero sigue estando muy solo ¿Te imaginas, lector, a Poncio Pilatos acompañado de sus cómplices y aduladores en esa oración?, ¿o a nuestro autor, Greene, de buen humor? De hecho, el Sacramento de la Reconciliación tampoco es bueno para el presuntuoso juicio de Fowler.
“Exhibir el alma ante otra persona. Tiene que disculparme, padre, pero a mí me parece una cosa morbosa, hasta inhumana.”
Es importante quién gobierna.
El "yo" va cobrando importancia en Fowler. Se convierte en el nuevo legislador. Es decir, el centro de gravedad se desplaza de Dios al personaje. Y con esto, lo que se consideraba arbitrario en el orden de la Naturaleza, ahora pasa a ser Ley. Así, Greene tomará como juicio de su conciencia, lo que se ajusta a la realidad de sus sentimientos. Por ejemplo, la simpatía por la víctima, las náuseas, o la aceleración del corazón en un vuelo picado.
Así lo expresa en un pasaje en que una población es bombardeada. Mueren miles de personas y cientos, huyen aterrorizadas. Un soldado, con un rifle, apunta la espalda de un niño. Un tiro certero vuelca al pequeño. Miles de muertos, más uno (un niño, un disparo a quemarropa), para Greene es solamente este "uno" la víctima de acto moral.
“Había habido algo tan escandaloso en esa elección repentina y fortuita de una víctima”. Es importante la reflexión de Fowler, pero …
Lo más importante es quién dice la última palabra.
Para finalizar este artículo, debemos recordar que a los cristianos se nos ha ordenado enterrar a los muertos. No se trata de la "inhumación", sino algo más completo y compasivo. Por ello, quiero decir una evidencia. El americano impasible no fue la última palabra de Greene.
Al final de su vida, enloquecido por el uso de drogas, vivía solo, sin vida social, en una casa junto a un lago en Suiza. Una tarde sonó el timbre de la puerta. Tambaleándose por el pasillo, consiguió abrirla. Delante tenía un hombre con aspecto de sacerdote católico. Este le explicó que en la Universidad había estudiado a Graham Greene y que, por casualidad, le acababan de informar que vivía en aquella casa. Quien en realidad era el nuevo rector en la parroquia católica, le insinuó que sólo quería visitarle para hablar de Literatura. Este encuentro, documentado en los diarios, llevó a la confidencia y, de ahí, al hablar despacio … y lo dejamos en el susurro de la Gracia.
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Antonio Tabucchi (1943-2012 es uno de los más importantes escritores italianos contemporáneos. Traducido a 40 idiomas, es autor de obras inolvidables –Sostiene Pereira, Dama de Porto Pim, Nocturno hindú o Réquiem—. Además, estudió y tradujo al mayor escritor portugués de todos los tiempos, Fernando Pessoa (1885-1935), al que también convirtió en personaje en algunos de sus escritos.
Su novela más conocida, Sostiene Pereira, cuenta la historia de un periodista triste, solitario y adicto a los omelettes a las finas hierbas, que decide jugársela un día contra la dictadura de Salazar. Tabucchi no limitó su compromiso a la literatura: apoyó explícitamente a Mário Soares en su candidatura a la Presidencia de la República y, posteriormente, se presentó como candidato del Bloco de Esquerda para el Parlamento Europeo. En 2004 obtuvo la nacionalidad portuguesa.
Su prosa, que recuerda a Ítalo Calvino y a Jorge Luis Borges, se caracteriza por un tono reflexivo y un estilo mordaz. Vidas anónimas que son víctimas del destino recorren la prosa de Tabucchi en la que la cronología se ve alterada y en la que los límites entre sueño y vigilia no son siempre tan claros.
FRAGMENTO DE SOSTIENE PEREIRA
Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iba a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leída el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francesco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros».


Sostiene Pereira que al principio se puso a leer distraídamente el artículo, que no tenía título, después maquinalmente volvió hacia atrás y copió un trozo. ¿Por qué lo hizo? Eso Pereira no está en condiciones de decirlo. Tal vez porque aquella revista de vanguardia católica le contrariaba, tal vez porque aquel día se sentía harto de vanguardias y de catolicismos, aunque él fuera profundamente católico, o tal vez porque en aquel momento, en aquel verano refulgente sobre Lisboa, con toda aquella mole que soportaba encima, detestaba la idea de la resurrección de la carne, pero el caso es que se puso a copiar el artículo, quizá para poder tirar la revista a la papelera.

Sostiene que no lo copió todo, copió sólo algunas líneas, que son las siguientes y que puede aportar a la documentación: «La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que une la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida». Después cogió una guía telefónica y dijo para sí: Rossi, qué nombre más extraño, más de un Rossi no puede venir en la guía, sostiene que marcó un número, porque de aquel número se acuerda bien, y al otro lado oyó una voz que decía: ¿Diga? Oiga, dijo Pereira, le llamo del Lisboa. Y la voz dijo: ¿Sí? Verá, sostiene haber dicho Pereira, el Lisboa es un periódico de aquí, de Lisboa, sale desde hace unos meses, no sé si usted lo conoce, somos apolíticos e independientes, pero creemos en el alma, quiero decir que somos de tendencia católica, y quisiera hablar con el señor Monteiro Rossi. Pereira sostiene que al otro lado de la línea hubo un momento de silencio y después la voz dijo que Monteiro Rossi era él y que en realidad no es que pensara demasiado en el alma. Pereira permaneció a su vez algunos segundos en silencio, porque le parecía extraño, sostiene, que una persona que había escrito reflexiones tan profundas sobre la muerte no pensara en el alma. Y por lo tanto pensó que había un equívoco, e inmediatamente la idea le llevó a la resurrección de la carne, que era una fijación suya, y dijo que había leído un artículo de Monteiro Rossi acerca de la muerte, y después dijo que tampoco él, Pereira, creía en la resurrección de la carne, si era eso lo que el señor Monteiro Rossi quería decir. En resumen, Pereira se hizo un lío, sostiene, y eso le irritó, le irritó principalmente consigo mismo, porque se había tomado la molestia de telefonear a un desconocido y de hablarle de cosas tan delicadas, o mejor dicho tan íntimas, como el alma o la resurrección de la carne. Pereira se arrepintió, sostiene, y por un instante pensó en colgar el auricular, pero después, quién sabe por qué, halló fuerzas para continuar, de modo que dijo que él era el señor Pereira, que dirigía la página cultural del Lisboa y que, en efecto, por ahora el Lisboa era un periódico de la tarde, en fin, un periódico que naturalmente no podía competir con los demás periódicos de la capital, pero que estaba seguro de que tenía futuro, como se vería antes o después, y que era cierto que por ahora el Lisboa se ocupaba sobre todo de noticias propias de la prensa del corazón, pero bueno, ahora se habían decidido a publicar una página cultural que salía el sábado y la redacción no estaba completa todavía y por eso tenían necesidad de personal, de un colaborador externo que se ocupara de una sección fija.



Sostiene Pereira que el señor Monteiro Rossi farfulló enseguida que iría a la redacción aquel mismo día, dijo también que el trabajo le interesaba, que todos los trabajos le interesaban, porque, claro, le hacía verdadera falta trabajar ahora que había acabado la universidad y que nadie le mantenía, pero Pereira tuvo la precaución de decirle que en la redacción no, que por ahora era mejor que no, que si acaso podían encontrarse fuera, en la ciudad, y que era mejor que fijaran una cita. Le dijo eso, sostiene, porque no quería invitar a una persona desconocida a aquel triste cuartucho de Rua Rodrigo da Fonseca, en el que zumbaba un ventilador asmático y donde siempre había olor a frito por culpa de la portera, una bruja que miraba a todo el mundo con aire receloso y que se pasaba el día friendo. Y además no quería que un desconocido se diera cuenta de que la redacción cultural del Lisboa era sólo él, Pereira, un hombre que sudaba de calor y de malestar en aquel cuchitril, y en fin, sostiene Pereira, le preguntó si podían encontrarse en el centro, y él, Monteiro Rossi, le dijo: Esta noche, en la Paraça da Alegría, hay un baile popular con canciones y guitarras, a mí me han invitado a cantar una tonadilla napolitana, sabe, es que soy medio italiano, aunque no sé napolitano, de todas formas el propietario me ha reservado una mesa al aire libre, en mi mesa habrá un cartelito con mi nombre, Monteiro Rossi, ¿qué me dice?, ¿nos vemos allí? Y Pereira dijo que sí, sostiene, colgó el auricular, se secó el sudor y después se le ocurrió una idea magnífica, la de crear una breve sección titulada «Efemérides», y pensó en publicarla enseguida, para el sábado siguiente, y así, casi maquinalmente, quizá porque estaba pensando en Italia, escribió el título: Hace dos años desaparecía Luigi Pirandello. Y después, debajo, escribió el subtítulo: «El gran dramaturgo había estrenado en Lisboa su Un sueño (pero quizá no)».
Era el veinticinco de julio de mil novecientos treinta y ocho y Lisboa refulgía en el azul de la brisa atlántica, sostiene Pereira.
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...21 de septiembre de 1947, nace Stephen King, escritor estadounidense reconocido mundialmente por sus novelas de terror. Sus trabajos han aparecido varias veces en las listas de best sellers.

Fue el segundo hijo entre el matrimonio de Donald King y Nellie Ruth Pillsbury. A la edad de dos años su padre dejó a la familia, siendo criados él y su hermano David, sólo por su madre. Durante esos años la familia cambió de residencia entre Fort Wayne, Indiana y Stratford, Connecticut, para finalmente radicar en Durham, el pueblo natal de su madre.
Desde muy joven comenzó a escribir, tomando películas e historietas como inspiración. En su escuela vendía sus historias a sus compañeros, pero sus profesores no muy contentos con esta transacción, le hicieron devolver el dinero de sus ganancias.
Cuando tenía 13 años fue a dar con una caja vieja con libros de su padre, principalmente del género de terror y ciencia ficción; fue cuando comenzó a mandar sus historias a diversas revistas pero sin conseguir alguna respuesta.
Estudió inglés en la Universidad de Maine en Orono durante los años 1966 y 1971. Logró hacerse de un lugar en la revista de la institución y publicar una columna nombrada King’s Garbage Truck. En la biblioteca del colegio fue donde conoció a su actual esposa Tabitha Spruce, con quien contrajo nupcias en 1971.
Tras finalizar su licenciatura, King consiguió trabajo como profesor de inglés en Hampden Academy. Para ese entonces, él y su nueva familia vivían en un remolque y conseguía publicar historias cortas para conseguir dinero. El escritor comenzó su problema de alcoholismo durante esta etapa.
El autor logró escribir un gran número de novelas, entre las cuales figuraba Carrie, su primera novela publicada bajo la editorial Doubleday. Con este trabajo logró recibir un anticipo de dos mil 500 dólares, una gran cantidad para una publicación en ese entonces.
Tiempo después de publicarse su primera novela, su madre Ruth fallece de cáncer uterino, aunque consiguió leer un ejemplar de su hijo antes de fallecer.
El 19 de junio de 1999, King fue atropellado mientras caminaba por la ruta 5 en North Novell. Tras sufrir un colapso del pulmón derecho, diversas fracturas en la pierna derecha, laceración en el cuero cabelludo y fractura de cadera, estuvo interno en el Hospital Central de Maine por tres semanas.
Entre las novelas que han sido adaptadas a la pantalla grande figuran: Carrie, Eso, El cazador de sueños, La milla verde, El resplandor, La zona Muerta, Dolores Claiborne, La niebla, 1408, La ventana Secreta y Los niños del maíz.
Actualmente vive en Bangor, Maine, junto a su esposa, la también novelista, Tabitha King. Sus hijos son Naomi Rachel, Owen Philip y Joe Hill, los dos últimos también escritores.
Con motivo de su cumpleaños número 65, te presentamos seis curiosidades sobre la vida del autor de La Torre Oscura.
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-El autor compró su estación de radio de música rock favorita, la WKIT 100.3, en Bangor Maine, cuando se enteró que esta se encontraba al filo de la bancarrota.
-El autor no muy convencido de su novela Carrie, la tiró a la basura. Fue su esposa Tabitha quien encontró el manuscrito desechado y convenció a King de que la historia tenía potencial. El personaje de Carrie White comparte el mismo cumpleaños que el autor, 21 de septiembre.
-Los trabajos de medio tiempo que le ayudaron a solventar sus estudios, entre ellos un puesto en una lavandería, le sirvieron de inspiración para sus historias de La trituradora y Carretera maldita.
-Su primera historia, In a Half-Word of Terror, formó parte de la revista Comics Review de Mike Garret en 1965. Ha realizado otras publicaciones bajo el seudónimo de Richard Bachman, a quién le rindió un servicio fúnebre falso cuando la verdad salió a la luz.
-Cuando niño, King fue testigo de cómo un amigo suyo quedó atrapado en unos rieles y posteriormente arrollado por un tren. Aunque se ha sospechado que esta fue una experiencia que le hizo enfocarse en el género del terror, el autor niega esta suposición.
-Tras su accidente en 1999, el escritor dejó pendiente el final de su saga La torre oscura, que ahora cuenta de siete partes. Tras finalizar el cuarto libro en 1997, le tomó varios años al autor saber que le ocurriría a su protagonista Roland Deschain, en los cuales recibió diversas cartas de fans quienes le rogaban que por favor terminara la historia, entre ellos enfermos terminales y presos que fueron sentenciados a pena de muerte.
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Contaba William Golding que poco después de ganar el premio Nobel fue a un hotel y le preguntaron cómo se deletreaba su nombre. El exclamó: “Por Dios, me acaban de dar el jodido premio Nobel”.
Esta anécdota refleja muy bien la personalidad del genial escritor inglés.
Golding nació el 19 de septiembre de 1911 en St Columb Minor (Cornualles), en el seno de una familia dedicada tradicionalmente a la enseñanza; su padre era profesor de ciencias. A los 18 años ingresó en el Brasenose College de Oxford, en la rama de ciencias, cumpliendo los deseos de sus padres. Dos años después sin embargo, se especializó en lengua inglesa e inició su andadura literaria. En un principio escribió poesía, pero en 1952 se decidió por la prosa y empezó a escribir su primera novela: “El señor de las moscas". Rechazada por varios editores, fue la editorial Faber and Faber quien finalmente se decidió a publicarla, Golding le correspondió siéndole siempre fiel.
La obra obtuvo un rotundo éxito suponiendo su desembarco en la escritura profesional. “El señor de las moscas”, se ha convertido en uno de los libros estadísticamente más vendidos y leídos de la literatura contemporánea: ha vendido más de cinco millones de ejemplares y ha sido adaptada cinematográficamente en dos ocasiones en 1963 y en 1990.
Golding, la concibió inspirándose en un relato ideológicamente clave: “La isla de coral”, de Ballantine, popular novela de la literatura inglesa que narra la aventura de un grupo de jóvenes que tras naufragar en una isla logran sobrevivir aplicando los principios que rigen la sociedad victoriana. Escrita con el vívido recuerdo de un combatiente de la II Guerra Mundial, Golding participó en el desembarco de Normandía en 1944, su versión de la aventura es muy distinta. Los muchachos que protagonizan el naufragio de su novela distan mucho de ser heroicos robinsones románticos. Al perderse, afloran sus más bajos instintos humanos, la crueldad y la maldad les domina y se establece con inusitada rapidez entre ellos una relación de victimización de los más débiles que les aboca a un inexorable fin de muerte y destrucción.
Tras el singular y repentino despegue su obra continuó cosechando éxitos. Así en 1983 se le concedió el premio Nobel de literatura por "El señor de las moscas" y por la totalidad de su obra.
En 1988 fue nombrado sir, caballero de la Orden del Imperio Británico, por la reina Isabel II.
En 1992 viajó a España al ser nombrado doctor Honoris Causa de la universidad de Oviedo y presentó la traducción española de “Fuego en las entrañas”, que completaba su trilogía marinera iniciada en 1980 con “Ritos de paso” obra por la que había sido galardonado con el prestigioso premio Booker en su país.
La obra de Golding es esencialmente pesimista. Se halla traumatizado por sus vivencias bélicas, "Mi pasado anda junto a mí" escribiría en "Caída libre". El autor está convencido de la maldad intrínseca del ser humano, y obsesionado por la violencia que rige nuestra existencia disecciona y analiza los instintos humanos de todos sus personajes siempre abocados a un trágico destino. Pese a ello, su lectura consigue ser amena e incluso divertida.
Su biografía se halla jalonada de curiosas anécdotas que certifican su carismática personalidad y su interés por la ciencia. Entre ellas, destaca su enconada defensa de la existencia del Monstruo del lago Ness, reivindicación que le llevo incluso a publicar artículos en la científica revista "Popular Science" o tal y como publicaba La Vanguardia a bautizar por azares del destino la famosa teoría de Lovelock, que le valdría a éste el premio Nobel, como “Gaia”.
Pero la más escabrosa es la ventilada en una polémica biografía escrita por John Carey en la que se narraba un episodio inédito de la vida del escritor según el cual éste habría confesado a su esposa haber intentado violar a la edad de 18 años a una adolescente de 16. El suceso tenía su versión ficcional en la obra autobiográfica “Men, women and now”, en ella el autor recuperaba la relación con su presunta víctima.
En mayo de este año la editorial Faber and Faber publicó "The children of lovers", escrita por su hija, Judy Carver.En ella pretende "limpiar" la memoria de su progenitor relatando las dificultades que sufrió la familia. Ofrece el retrato de un padre brillante y difícil pero a la postre amoroso.
Tras superar un cáncer en 1992, Golding falleció presuntamente de un paro cardiaco el 19 de junio de 1993, dejando inacabada su última obra “La lengua oculta”, que se publicó, póstumamente en 1996.
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Alejandro Casona fue un escritor español de gran renombre. Uno de los autores de teatro hispano de mayor éxito que ha tenido sin duda España en el presente siglo. Autor que en sus obras mezcla lo poético, lo real, lo filosófico, lo cotidiano y lo religioso.
La vida está llena de costumbres y las costumbres son las que dan estilo, forma y color a la vida misma. Caminamos por el mundo cruzando mil veredas (el "mil" es un simple número ficticio, como ficticia puede ser la vida misma); andamos por las rutas de la alegría, la desventura, la razón y la sinrazón.
Vemos lo tibio, lo frío o lo ardiente de las cosas. Palpamos sentires, vivimos experiencias y nos enfrentamos a más de una o que otra gloria o desventura. Vamos aprendiendo de las cosas y se va forjando en nosotros una personalidad. Algunos la explotarán; otros, en cambio serán explotados, vencidos o sacrificados.
Habrá quienes triunfen y se den a conocer, algunos más permanecerán en el anonimato. Algunos podrán ser conocidos, mas no felices. Otros tendrán lo muy suyo y dejarán una huella de amabilidad, dulzura, poesía, nostalgia, filosofía y pensamiento. Casona fue uno de ellos. Casona fue uno quien dio fe y valor a su pensamiento, a lo real, a lo imaginario y a lo sobrenatural.
La vida da giros, da vuelcos y no siempre las cosas que se saben o se conocen son tal como parecen o como supuestamente son. El nombre de Alejandro Casona a muchos les dice mucho y a otros les dice poco. También, y es a lo que voy, es que el verdadero nombre de este escritor fue Alejandro Rodríguez Álvarez.
Para quien guste de seguir empleando o llamándole por su nombre usual, Casona, Alejandro nació en Basullo, pequeño pueblo de la provincia de Asturias el año de 1903, siendo la fecha exacta un 23 de marzo. Su familia, sin poseer propiamente un título de nobleza, era, desde hacía muchas generaciones, la principal del pueblo.
Poco a poco, los habitantes de este sitio les fueron conociendo como “los de la casona” (algo así como si dijéramos “los de la huerta”, “los del carro”, “los del Mustang negro”, “los de la esquina”). Más tarde esto dio origen al seudónimo el joven Alejandro empleara al firmar sus escritos literarios.
Alejandro Rodríguez Álvarez era un modesto maestro de escuela que no utilizara el apellido Casona sino hasta el año de 1933 cuando su comedia, “La sirena varada” ganara el Premio “Lope de Vega”, en Madrid, ese mismo año. La obra sería estrenada al año siguiente, el 17 de marzo de 1934, en el Teatro Español. La representación, huelga decir, fue un éxito. Su nombre empezaba a ser conocido.

Su primer libro, editado en 1926, “El Peregrino de la barba florida”, apareció con su auténtico nombre: Alejandro Rodríguez Álvarez. De ahí a que, volviendo a lo de su verdadero nombre, muchos se preguntaban (incluso muchos ahora ni siquiera saben o sabían que este no fuera su apellido), ¿por qué Casona? Y él mismo lo explica: “Nací y me crié en una vieja casona solariega que, por ser la más grande de la aldea, es llamada por todos la casona. Es frecuente en las aldeas (donde, por ser casi todos parientes, los apellidos se repiten mucho) distinguir a las familias por el lugar que habitan: así se dice “los de la Fuente”, “los del Valle” y, en mi caso, “los de la Casona”... Decidí entonces adoptar este seudónimo, que he empleado desde entonces y que ha llegado a substituir a mi apellido, incluso en la vida de relación” -comentaba Casona.
La anterior historia, relato, reseña o “entrecomillado” está tomada de un preámbulo al libro Nuestra Natacha, comedia traducida y publicada al inglés, en 1947, bajo el nombre de una casa editora de Nueva York. Ahí él explica, mediante una carta, lo de su verdadero nombre, el Alejandro Rodríguez que fue y el Alejandro Casona en que se convirtió.
Una vez, estando en México, para la presentación de una de sus comedias, Prohibido suicidarse en primavera, alguien, por algún motivo, andaba buscando al señor Rodríguez (Alejandro Casona); como nadie conocía al “tal Rodríguez”, le dijeron que ahí no estaba. Más tarde supieron que ambos, eran la misma persona.
Hijo de don Gabino Rodríguez Álvarez y de doña Faustina Álvarez García, Alejandro vivió hasta la edad de cinco años en la vieja casona que todos conocían. Ahí fue dando paso a la ilusión acrecentada de un niño pueblerino que empieza a establecer un contacto entre la realidad y la fantasía, entre la belleza natural y lo sobrenatural.
Hasta a edad de diez años vivió con su familia en Villaviciosa, pequeñito pueblo de España situado muy cercano a la ciudad de Guadalajara. Más tarde pasó al Instituto Jovellanos, en Gijón, cursando ahí los primeros años del bachillerato, que continuó después en el Instituto de Murcia y la Universidad de Oviedo.
Aquí en Murcia se despertaría definitivamente su vocación por el teatro. De aquí nacería su afición por las lecturas, por la práctica de la representación escénica; el llevar teatro, junto con un grupo de compañeros, a las clases populares; el ir a aldeas y comarcas en busca de mejores encuentros.
Murcia le gustó. Encontraba aquí un ambiente grato. Se había fundado aquí el Conservatorio de Música y Declamación, a donde ingresó ese joven que se llamaba Alejandro Rodríguez Álvarez, quien deseaba estudiar arte dramático. Más tarde, este mismo joven, se inscribiría en la Facultad de Filosofía y Letras. Alejandro permanece en este lugar hasta 1922, cuando se traslada Madrid, a fin de inscribirse y cursar la carrera de maestro. Lo hace en la Escuela Superior del Magisterio, donde conocería y se enamoraría de una mujer quien luego sería su novia, su esposa y compañera: Rosalía Martín Bravo.
Casona había recibido en 1934 el Premio Nacional de Literatura, que el gobierno le otorgara por su libro de lecturas infantiles Flore de Leyendas. Un libro en el que, sin perder su poesía, las leyendas más hermosas de la humanidad se ponen al alcance de las mentes de los niños.
Casona era un enamorado de los niños. De ahí que recuerde el momento en que, habiendo cursado la universidad, y habiendo aplicado para la opción de maestro e inspector de segunda enseñanza, nuestro personaje tenía que enfrentar un examen de oposición.
Casona tenía que impartir clase ante los ojos del jurado. Entró, se sentó en el suelo, rodeado de los alumnos de la escuela, y les empezó a contar historias y leyendas edificantes y bellas, que al ser relatadas en un lenguaje tan simple, tan claro, tan directo y tan hermoso, tenía a los niños suspensos e impresionados. Está por demás decir que Alejandro ganó las oposiciones.
Muchas son las obras importantes de Alejandro Casona, entre ellas: “Flor de leyendas”, “La sirena varada”, “La dama del alba”, “La barca sin pescador”, así como otros títulos, entre los cuales destacan: “Otra vez el diablo”, “Nuestra Natacha”, “El caballero de las espuelas de oro”, “Prohibido suicidarse en primavera” y, “Los árboles mueren de pie”.
Empezó su vida literaria como poeta. La flauta del sapo, publicada en México, en 1937, por el Instituto de Cultura Iberoamericano, es su obra más importante de este género, en aquel tiempo. Siendo maestro, ahí, en la región de los vascos, Alejandro muy joven empezó a sentir una verdadera vocación por el teatro.
Aunque comúnmente se considera su primera obra La sirena varada, se sabe que, aunque estrenada y dada a conocer primero, esta pieza no es la primera, sino la segunda de sus obras teatrales. La primera fue Otra vez el diablo, compuesta precisamente para grupos escolares. Más adelante seguirían las demás presentaciones con sus respectivos triunfos y éxitos.
La sirena varada fue estrenada en 1934 y correspondía al premio Lope de Vega que otorgaba el Ayuntamiento de Madrid. La obra se estrenó en el Teatro Español de esta ciudad en donde el autor estuviera presente para ver representada su obra por dos de las más grandes artistas de ese tiempo: Margarita Xirgu y Enrique Borrás, primerísimas figuras del teatro español.
De estilo muy propio, donde todo gira entre el amor y lo poético, entre la realidad y la fantasía, lo cabalístico y lo insospechable, la obra de Casona es digna de estudio. Sus obras han sido traducidas a muy diversos idiomas como lo son el inglés, el francés, el italiano, el alemán, el ruso, el checo y el finlandés.
Sus obras, como ya dije, tienen siempre una mezcla de poético y realidad, algo que gusta mucho a los auditorios, pues les proporciona la sensación de estar como presenciando hechos reales, cosas que podrían suceder, transportados, al mismo tiempo, a un ambiente y un lenguaje comprensible que dignifican al hombre y a sus hechos más cotidianos.
A veces poético, a veces simbólico, muchas veces elocuente y otras veces claudicante, Casona va más allá que los demás. Él escribe y habla sobre un mundo en que vivimos, un mundo creado por el hombre mismo, un mundo bajo, imperfecto, lleno de vilezas y crueldades. Un mundo donde el hombre, de hecho, paradójicamente, es su propio creador y víctima.
Casona entonces habla de los sueños del hombre, sus deseos, sus anhelos. Encuentra que el hombre quiere vivir, aunque a veces se refugie en fantasías, que en ocasiones son mil veces mejores que una cruel y aplastante realidad. Casona cree que el hombre no quiere que le destruyan esos sueños de realidad o fantasía, donde habla del Amor, de Dios y la Justicia.
Así por ejemplo, en La sirena varada, aparece una mujer desgraciada que prefiere seguir viviendo en medio de su locura, una locura hermosa para ella, a que le sea devuelta la razón, lo cual la arrojaría a un mundo sucio y lleno de vergüenza, el mundo de "los listos", aquellos que no sirven para nada. En los árboles mueren de pie se ve el sentido de la vida, la fe, la determinación a seguir viviendo y morir con un y por un ideal. Personajes que se muestran no como caracteres, sino como figuras vivas y palpitantes, vivas e ilusionadas que muestran un dualismo entre el ser y querer ser.
Casona hizo varias presentaciones de sus obras. Estuvo en diversos países hispanoamericanos, entre ellos, Chile, Paraguay, Brasil, Puerto Rico, Cuba, Argentina y México. Vivió un buen tiempo en nuestro país (México), pasando finalmente a radicar a Argentina, donde siguió escribiendo.
Entre sus presentaciones o asistencia a inauguraciones de sus obras destacan las de Madrid, México y Buenos Aires. En verdad todas sus obras tuvieron un éxito tremendo. En México sus piezas teatrales eran representadas por artistas de la talla de doña Prudencia Griffel y Miguel Maciá.
En épocas más recientes, por artistas de renombre y altura como Manolo Fábregas y Raquel Olmedo. Las puestas en escena alcanzaron un éxito rotundo. La mayoría de sus obras (Los árboles mueren de pie, La barca sin pescador, La sirena varada y La dama del alba), han sido adaptadas a la televisión, tanto por Manolo Fábregas y su hijo (Rafael Sánchez Navarro), como por otra actriz de nombre Nadia Haro Oliva.
Monterrey también fue visitado por Alejandro Casona. En aquel tiempo había buen teatro, como ahora también lo empieza a haber. Resulta que existía un grupo experimental de teatro, “El Núcleo de Arte Teatral”, que presentaba grandes e importantes obras de igualmente grandes y destacados escritores. Elisamaría era el nombre de esa artista regiomontana (quien aún vive, por el rumbo de la Colonia del Valle), la que invitó y platicó varias veces con Alejandro Casona.
Ambos eran más o menos de la misma edad y se cuenta que Casona era una persona finísima. Atento, elocuente, un hombre humano con muy buen sentido del humor. Fue en Monterrey, una de las principales representaciones de la pieza teatral “Los árboles mueren de pie”, presentada en el Teatro Florida. Otras obras más fueron estrenadas en lo que era el famoso Teatro María Teresa Montoya. Todas obras de Casona, bajo la dirección de Elisamaría.
Habiéndose retirado a vivir a Argentina. Casona seguiría escribiendo y publicando ahora artículos en los principales periódicos del continente. Realizó frecuentes viajes en los que aprovechaba para recibir nuevos triunfos y hacer nuevos amigos. Los que le conocieron siempre hablan y le recuerdan por su amabilidad, su trato, su afecto, su sencillez y su gran don de gentes.
Más tarde regresaría a España. Se sentía ya enfermo, era el año de 1962. Se cuenta que al llegar a su tierra dijo: "vengo a morir". Citaba una frase de “Los árboles mueren de pie”. Tres años más tarde, un 17 de septiembre de 1965 fallecería, a consecuencia de un paro cardíaco. Sus restos serían velados en la capilla ardiente que se instalara en el Teatro Lara, pocos días antes de haber estrenado su pieza Las tres perfectas casadas.
Persona que siempre le gustara hablar con los jóvenes y niños. Alguien para quien el mundo era la vida. Un autor, excelente comediógrafo quien entre sus últimos éxitos alcanzados estuviera La casa de los siete balcones, obra en que evoca a su querida y añorada Asturias. Alguien que siempre será recordado por su nombre (aunque éste, valga la redundancia), no haya sido su propio ni verdadero nombre: Alejandro Casona.
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Agatha Christie casi nunca ríe abiertamente en sus fotos: tenía malos dientes y ella siempre fue muy consciente de su apariencia. A decir verdad, le preocupaba la apariencia de todas las cosas: necesitaba que el mundo fuera un lugar sereno y exacto, amable y ordenado. Pero la realidad es obcecada y tiende a desbaratarse por mucho que la intentemos someter a nuestros deseos; y así, a partir de los cuarenta años Agatha engordó muchísimo y se convirtió en una matrona majestuosa de grandes pechos y caderas opíparas.
La reina del crimen, la dama del misterio, la escritora más traducida de todo el mundo. Agatha Christie es posiblemente la más famosa escritora de novelas detectivescas. Con un éxito de ventas insuperable y una carrera literaria tan extensa como la suya, Agatha es un referente en la literatura mundial, con su famosísimo detective Poirot (sin olvidar nunca a su otra creación, Miss Marple). Vamos a ver algunas anécdotas y curiosidades sobre la vida de esta gran autora:
- Desde pequeña ya tenía una gran imaginación. Siempre había desarrollado una gran creatividad, y a menudo jugaba con personajes inventados por ella misma. Sin embargo, no por ello toda su infancia fue feliz. Cuando todavía era pequeña, su padre muere y la familia se sume en una pequeña crisis.
- De joven también viajó a Egipto, donde quedó fascinada por toda la cultura oriental, afición que más tarde mostraría en sus novelas (si queréis ejemplos, tenéis las pruebas en "Muerte en el Nilo", "Cita con la muerte" o "Asesinato en Mesopotamia", por citar algunos).
- Pero, sin duda, una de las mayores influencias que tuvo en su infancia fue su trabajo como enfermera. En este trabajo aprendió todos los secretos de la toxicología, aprendió las dosis necesarias para los envenenamientos, conoció a fondo todos los venenos, estuvo en constante contacto con sus síntomas y consecuencias... En fin, Agatha Christie acabó por ser una experta en el mundo de los venenos. Y, por supuesto, estos conocimientos los aplicó muchísimas veces en sus novelas, en numerosos asesinatos.
- Agatha enseguida empezó a conseguir éxitos. En sus primeras novelas presentaba a sus dos grandes detectives, Hércules Poirot y Miss Marple. Estos dos detectives empezaron a cosechar éxito poco a poco, Agatha iba ganando popularidad con cada libro publicado.
- ¿Adivináis qué hizo cuando empezó a conseguir sus primeros ingresos? Nada más y nada menos quecomprarse un coche. Y es que, según se dice, Agatha Christie era una apasionada de los coches, le encantaba conducir su propio automóvil.
- Pero entre estas alocadas aventuras y pequeños progresos también se encuentran desgracias y depresiones. Por ejemplo, su amada madre murió, sumiéndola en una grave depresión. Y por si eso no fuera suficiente, en esa época su marido (al que le tenía mucho cariño) le dijo que estaba enamorado de otra mujer y que la dejaba. Grandes golpes en la vida de esta escritora, pero no por ello dejó que su obra empeorara. Agatha, con renovadas fuerzas, publicó un poco más tarde una de sus novelas más aclamadas, "El asesinato de Roger Ackroyd", que disparó la fama que ya iba acumulando.

"La tristeza es la cuna de inspiración de todo escritor" - Agatha Christie- Entre las "aventuras" personales que vivió Agatha, se encuentra una curiosa historia que revolucionó a todo el país. Como si de una novela suya se tratara, un día Agatha Christie desapareció completamente. Nadie conocía su paradero, la prensa echaba humo con los rumores, la gente se imaginaba lo peor. ¿Asesinada? ¿Secuestrada? ¿Se había escapado? Todo ello se estuvo barajando durante once días que duró esta escapada. Pero no, al final se encontraba... ¡En un balneario! Resulta que Agatha esta inscrita con un nombre falso. Pero no con cualquier nombre falso, sino con el nombre de la amante de su marido. Al parecer, la muerte de su madre y la infidelidad de su marido la llevaron a un grave ataque de nervios y de repente le entró una amnesia grave que la llevó a vivir esa extraña aventura. Ella aseguraba que no recordaba nada y, de hecho, tuvo que estar recuperándose en una clínica bastante tiempo. Las malas lenguas dijeron que sólo era un truco publicitario, pero lo cierto es que Agatha, consciente o inconsciente de su aventura, centró la atención de todo el país durante esos 11 fatídicos días.
- Pero no acaban ahí las historias curiosas, hay otra también de gran interés. Un buen día, Agatha, cansada de escribir siempre sobre asesinatos, crímenes y detectives, decidió hacer algo completamente diferente y se puso a escribir novelas de amor. Bajo el pseudónimo de Mary Westmacott llegó a publicar 6 novelas románticas, completamente lejanas a su temática habitual.
- Pero su obra también esta llena de curiosas anécdotas. El ejemplo más claro lo tenemos en su obra teatral "La ratonera". ¿Y qué pasa con esa obra? Pues que lleva representándose ininterrumpidamente desde 1952. Hasta hoy no ha parado de representarse de forma continua, pasando a ser una de las obras teatrales de mayor éxito de la literatura universal.
- Más curiosos datos sobre sus obras. En esta ocasión, os hablo de una característica que se presenta en todas sus obras policíacas. Y es que en sus novelas ella jugaba limpio, le daba toda la información necesaria al lector para resolver el crimen, le gustaba retar a sus seguidores. Antes de que el detective sacara la resolución, Agatha se aseguraba de que el lector ya tuviera los datos suficientes para resolverlo por él mismo, era muy escrupulosa en ese tema y siempre lo mantuvo así.
- Pero la muerte acabó llegándole a nuestra querida Agatha. A la edad de 85 años, murió por causas naturales, pero con reconocimientos como el título de "Doctora honoris causa" en letras en la universidad de Exeter o el título de "Dama del imperio británico", título que en esa época se concedía muy pocas veces y sólo por tener grandes éxitos.
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Para recordar y también conmemorar al inigualable Mario Benedetti, les comparto este texto.
Durante las últimas semanas he reflexionado especialmente sobre aquello que Benedetti representó, representa y seguramente continuará representando, no sólo para mí sino para mi generación. De tal modo, si algún título hubiera de tener esta comunicación, él sería: «Mario Benedetti y mi generación».
Comencé por preguntarme quién ha sido Mario Benedetti para nosotros, y quién es, tras los cambios históricos compartidos con él, más allá de distancias geográficas, y diferencias generacionales. ¿Qué lectura de su obra hizo mi generación, cómo vio al escritor al surgir (nosotros) hacia los años sesenta, qué lugar ocupaba él ya entonces en la plaza pública de la cultura? Éstas fueron las primeras preguntas y, al formularlas, ellas mismas comenzaron a trazar el perfil de Benedetti, ayudándonos a encontrar sus señas de identidad así como la índole de su influencia sobre nosotros.
Cuando mi generación accedió a la vida pública en los años sesenta, Mario Benedetti era ya una figura conocida y polémica. Había nacido en 1920 lejos del centro urbano y centralista que ha sido Montevideo, nació en Paso de los Toros, y sin embargo nunca tuvo problemas para constituirse en un escritor «nacional», urbano, cosmopolita. Ha sido en todo momento un escritor prolífico y ha cultivado muchos géneros: novela, cuento, poesía, teatro, periodismo, el ensayo político y el literario, los discursos, las entrevistas, los artículos de humor y las letras de canciones. Al comienzo desenvolvió una perspectiva centrada en el Uruguay y en los problemas de la sociedad oriental, que en una etapa posterior comenzó a ampliarse y a internacionalizarse. Su apoyo a la Revolución cubana ha sido inalterable, y él mismo residió durante una etapa importante en la Isla. Del mismo modo, no ha dejado de enfilar sus dardos contra la política exterior de los Estados Unidos, y contra rasgos internos negativos de esa civilización -como el racismo, el consumismo, el individualismo-, todos ellos consustanciales al capitalismo económico llámeselo capitalismo a la vieja usanza, o bien neoliberalismo a la nueva manera.
Vimos la obra de Benedetti dividirse en dos fases: una que comenzaba hacia 1945 con la poesía: La víspera indeleble; y se expandía hacia la narrativa con Quién de nosotros, 1953, los cuentos de Montevideanos, losPoemas de la oficina, el ensayo El país de la cola de paja (1960), las novelasLa tregua y Gracias por el fuego (1965). El rasgo fundamental de esta etapa fue la crítica social desde la ética, la visión del país y sus habitantes según la «razón moral». Se trataba, también, dicho esto de un modo esquemático, de una perspectiva pesimista. La segunda fase se caracterizó por la politización de su pensamiento y de su literatura, y por la búsqueda de horizontes más amplios que los del «paisito». Y el optimismo volvió por sus fueros. Gracias por el fuego le ayudó a internacionalizarse, y no sólo porque una parte de esta novela transcurriera en Nueva York, sino porque fue finalista en el premio Seix Barral. Los cambios radicales en la historia de América Latina a partir de los años sesenta, y ante todo el fermento intelectual y la militancia en la izquierda (con la Revolución cubana, con la crítica a los Estados Unidos, con la búsqueda del «hombre nuevo» avizorado por el Che Guevara, como contexto), ayudan a explicar la obra de Benedetti, su lento desprendimiento de la piel ética para dejar asomar por debajo la piel política, y ayudan a explicar, también, su influencia sobre mi generación.
Mi generación se corresponde con la década de la insurgencia estudiantil y sufrió, como corresponde, la persecución política y el exilio, entrada ya la década siguiente. De este modo, cuando nacimos a la literatura, Benedetti ya estaba en la lucha ideológica y política dentro y fuera de su propia generación, era el escritor más leído, y su influencia era tan inevitable como deseable. A mi generación la llamaron «generación de la crisis». Fuimos afortunados por tener padres literarios de la categoría humana e intelectual de Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Emir Rodríguez Monegal, Carlos Real de Azúa, Carlos Maggi, Idea Vilariño. Benedetti significó para mi generación uno de esos padres, el más accesible y generoso dentro de una «familia» de hipercríticos graves y adustos, muchos de ellos notablemente carentes de sentido del humor (en contraste con Benedetti, de quien nos regocija siempre su humor benigno tanto como su humor satírico).

Como señalé antes, éramos demasiado jóvenes para participar en el ingreso de Benedetti a la literatura, cuando publica en 1945 su primer libro de poemas, La víspera indeleble. O cuando, cinco años más tarde, sale su poemario Sólo mientras tanto. Como suele ocurrir, el suyo fue un ingreso lento en la vida cultural, mediante la publicación de libros, la dirección de una revista titulada Marginalia (en 1948), o, más importante, su participación en la revista Número. Digo que esta participación es más importante porque Número fue el vehículo literario de la «Generación del 45», dirigido en aquella su primera época por Sarandy Cabrera, Manuel Claps, Emir Rodríguez Monegal, Idea Vilariño y Benedetti. Número quiso ser el signo de una formación intelectual exigente, aún muy atenta a las literaturas europea y norteamericana. Las revistas, lo sabemos, son el lugar de encuentro en el cual los escritores de un periodo aprenden a leerse y discutirse mutuamente. (Años más tarde mi generación publica Prólogo -solamente dos números- con los cuales compartimos con Número, el gusto por las títulos esdrújulos...).

Si Número fue importante en términos de literatura, el semanarioMarcha constituyó el eje intelectual del país en política, economía y cultura. Fundada en 1939 por Carlos Quijano, abogado de vocación economista,Marcha fue el lugar de encuentro ya no de una generación literaria sino de laintelligentsia del país. Abierta a todos los sectores de pensamiento progresista, fue también el campo de batalla para los debates culturales y políticos. Benedetti ocupó la dirección de su página literaria al menos tres veces, aunque los periodos más intensos y largos (casi una década cada uno) les correspondió a dos críticos señeros del Uruguay: Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama.
Antes de 1960, Benedetti publica algunos libros que tienen escasa resonancia de crítica y de público. Ni Quién de nosotros, en 1953, ni los cuentos de Esta mañana (1949), trascienden; pero en ellos empiezan a aparecer las semillas de sus Montevideanos. Son Montevideanos (1959) en narrativa y Poemas de la oficina (1956) en poesía, los dos libros con los que Benedetti se abre camino definitivo en la literatura uruguaya. Y para entonces, mi generación ya estaba aprendiendo a leer, y a leerlo.

¿Qué nos aportó Benedetti, a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta? Ante todo, la transición hacia el conocimiento de nosotros mismos. Durante una época en que aún teníamos la mirada puesta en Europa y en los Estados Unidos -en Europa por su extraordinaria cultura, en Estados Unidos ante todo por Faulkner y Hemingway-, con muy poco aprecio por la cultura nacional, repentinamente el triunfo de la Revolución cubana y el boom de la novela latinoamericana -en gran parte gracias a su recepción española y a la industria editorial de Barcelona- fueron piedras de toque que ayudaron a cambiar una concepción del mundo y de la cultura. Benedetti estuvo entre los primeros y nos dio instrumentos para continuar. Los latinoamericanos comenzamos a mirarnos, y tanto como a mirarnos, avernos. Por primera vez. Ya no a las raíces de la formación inmigratoria, es decir, a nuestro pasado europeo, ni siquiera a los ancestros autóctonos o indígenas, sino al presente, a nuestra historia inmediata y a nuestro futuro. Fue la época de la utopía. Utopía y América Latina eran un solo concepto. Utopía y por lo tanto también luchas sociales, utopía pero también descubrimiento de un mundo marginal de pobreza y explotación.
En este contexto, comenzando muy temprano, con los Poemas de la oficina Benedetti le dio a mi generación la oportunidad de asomarse al mundo de las letras mirando a nuestro alrededor. En el caso del Uruguay, detectando el mundo gris de la burocracia, un mundo rutinario en el que de todas maneras vivíamos, sufríamos, nos enamorábamos, cobrábamos nuestros menguados salarios, vegetábamos, nos jubilábamos, traicionábamos, éramos traicionados, moríamos. Benedetti encontró en el poeta argentino Fernández Moreno, y en los Cuentos de la oficina de Mariani, resortes de inspiración, pero él hizo su propia obra, su propia deconstrucción crítica de ese sector social contando con un caudal intransferible de experiencias personales. Casi cuatro décadas más tarde, yo aún «escucho» en mi mente los Poemas de la oficina leídos por Benedetti en un disco de acetato de 45 rpm con una cadencia de tristeza que no nos abandonará nunca, que nunca saldrá de nuestra memoria. Por ejemplo, «Dactilógrafo»:
Montevideo quince de noviembre
de mil novecientos cincuenta y cinco
Montevideo era verde en mi infancia
absolutamente verde y con tranvías
muy señor nuestro por la presente
yo tuve un libro del que podía leer
veinticinco centímetros por noche
y después del libro la noche se espesaba
y yo quería pensar en cómo sería eso
de no ser de caer como piedra en un pozo
comunicamos a usted que en esta fecha
hemos efectuado por su cuenta
quién era ah sí mi madre se acercaba
y prendía la luz y no te asustes
y después la apagaba antes que me durmiera
el pago de trescientos doce pesos
a la firma Menéndez & Solari
y sólo veía sombras como caballos
y elefantes y monstruos casi hombres
y sin embargo aquello era mejor
que pensarme sin la savia del miedo
desaparecido como se acostumbra
en un todo de acuerdo con sus órdenes
de fecha siete del corriente
era tan diferente era verde
absolutamente verde y con tranvías
y qué optimismo tener la ventanilla
sentirse dueño de la calle que baja
jugar con los números de las puertas cerradas
y apostar consigo mismo en términos severos
rogámosle acusar recibo lo antes posible
si terminaba en cuatro o trece o diecisiete
era que iba a reír a perder o a morirme
de esta comunicación a fin de que podamos
y hacerme tan sólo una trampa por cuadra
registrarlo en su cuenta corriente
absolutamente verde y con tranvías
y el Prado con camino de hojas secas
y el olor a eucaliptus y a temprano
saludamos a usted atentamente
y desde allí los años y quién sabe.
Estos poemas de temática tan poco prestigiosa desde el punto de vista literario nos abrieron los ojos al país gris y triste que éramos. Alguna vez el mismo Benedetti explicaba: «(En Uruguay) había surgido una poesía de corzas y gacelas y madréporas y cosas así, que empleaba como base de metáforas una flora y una fauna ni siquiera (existentes). En cierto modo, yo atribuyo el éxito repentino y sorpresivo de Poemas de la oficina, en gran parte, a que fue una cosa diferente a eso que se venía haciendo...».

Pero si estos poemas, con su sencillismo machadiano, con su tristeza a cuestas, con el asomo de una crítica social, ya fueron importantes en su momento, casi de inmediato la visión que nos daban del país fue sostenida, reforzada por los magníficos Montevideanos, aquellos «Dublineses» uruguayos que llegaban también para cambiar nuestra óptica, y hasta nuestro modo de leer la literatura. Poemas de la oficina y Montevideanosfueron realmente el acta de bautismo de Benedetti en la literatura uruguaya, y el comienzo de un fenómeno que no ha cesado nunca, y que, al contrario, se ha reproducido en innumerables países. Me refiero al fenómeno extraordinario de una comunicación fluida y permanente con sus lectores, con lectores que se han reproducido en diversas generaciones, que le han sido fieles (como él a ellos), y que Benedetti encontró en Argentina, en España, en México, en Cuba... Si lo llamo fenómeno extraordinario es ante todo porque cuando Benedetti encontró un lector masivo en su pequeño país natal, los críticos atribuyeron el éxito (aparte el valor literario, que nunca es garantía de popularidad) a su apelación temática a las clases medias, a un estilo sencillo y directo de narrar, y a que esos lectores reconocían sus problemas en los de sus personajes. Sin embargo, esa hipótesis de interpretación dejó de ser válida cuando los libros fueron a su vez leídos con inteligencia y fervor en el Caribe, en México o en España. Ya no sirvió la teoría de la representatividad social, por sí sola, para explicarlo. Debe de haber, también, un fondo de verdad emocional, de autenticidad literaria, y una razón poética (que supera a la social) y que el lector reconoce en sus líneas y entrelíneas.
Benedetti le enseñó a mi generación, que la vocación podía encontrar vías inesperadas y simultáneas, que podíamos y debíamos dejar sueltas las vocaciones para que éstas encontraran sus formas y sus ritmos. Él mismo lo haría siempre, no sólo manejando diferentes formas del ejercicio de la escritura sino combinándolos experimental y audazmente en novelas-poemas o poemas-novelas como fue el caso de El cumpleaños de Juan Ángel. Sin embargo, antes aún de llegar a la década del setenta, otro libro de Benedetti nos dio una lección de tremendo impacto sobre nuestra percepción de la generación de nuestros maestros, al punto de que empezamos a dudar sobre verdades que aquella generación nos había inculcado.
1960 marcó para Benedetti otro despertar. La tercera prueba para un tercer género, el ensayo periodístico, en el que Benedetti dejaría su marca. El libro se tituló El país de la cola de paja (1960) y fue una requisitoria contra los hábitos mentales y morales del Uruguay de la época. El país de la cola de paja se refiere a muchos males sociales anotados con perspicacia, imaginación y enojo: la cobardía civil, la hipocresía (o fallutería), la manipulación sindical, la mentalidad mediocre de la burocracia, la represión como modo de gobernar -todo aquello que de una u otra manera tenía- una suerte de correlato literario en cuentos y poemas.
Por lo tanto no era nuevo dentro de su obra. Lo nuevo era que se escribiera directamente, sin adornos. Que se expresara con todas sus palabras. La generación hipercrítica «del 45» por un lado, y el semanario Marcha por otro, y juntos a su vez, nos habían habituado a un espíritu insobornablemente crítico. Pese a ello, la crítica de Benedetti en El país de la cola de paja no fue universalmente bienvenida ni aceptada. Y la polémica que siguió a su libro nos mostró entre otras cosas que la hipercrítica podía ser práctica aceptable cuando se ejercía sobre los otros, no cuando se enderezaba hacia uno mismo.

El caso es interesante porque Marcha se había preciado siempre de demostrar su amplitud mental publicando las críticas que sus lectores hacían a los redactores y a lo que éstos escribían. Era una forma sana de asumir responsabilidades y no escudarse tras la acostumbrada «última palabra» del editor. En Marcha estábamos aprendiendo a vivir al descubierto, a ser críticos blanco de otros críticos. Sin embargo, el feroz capítulo dedicado por Benedetti a analizar el espíritu displicente y prescindente de Marcha cayó como un petardo en el mundo intelectual y político. No se diga en Marchamismo.
Entre otras cosas notables, el ensayista señalaba cómo su generación (que él llamaba entonces «generación de Marcha») había accedido al ejercicio de la crítica por pruritos anti-emocionales: «Creo que uno de nuestros más trascendentales defectos de nuestra generación literaria fue la rabiosa anticursilería. Las gacelas de los poetas audiotas, el canjeable empalago de sus sonetos, había dejado en nosotros un trauma estilístico de una hondura tal, que desde nuestros primeros palotes literarios le huimos a lo cursi como el diablo a la cruz. Sin consulta previa, cada uno desde su propia duda, decidimos que la crítica era el lógico remedio de la cursilería. Así, pues, nos hicimos críticos: de teatro, de cine, de libros, de arte, de música, de cualquier cosa. Como lectores estábamos sumergidos en Joyce, en Borges, en Rilke, en Proust, en Kafka, en Faulkner. Había algunos entre nosotros para quienes las palabras quiniela, batllismo, milonga, fútbol, murga, sonaban a cosa lejana y extranjera. Yoknapatawpha y Combray quedaban más cerca que el Paso Molino. Por fortuna, la moda pasó antes de que nos resecáramos por completo, a tiempo aún para que comprendiéramos que lo humano tiene una porción inevitable de cursilería, a tiempo aún para que admitiéramos que el suelo que pisábamos se llamaba Uruguay» («Mirar desde arriba», El país de la cola de paja).

Esta crítica a una idiosincrasia intelectual, a un resecamiento del espíritu, no fue aceptada ni siquiera como una invitación a la autocrítica. Al punto de que veinticinco años más tarde, en un libro titulado Mario Benedetti (1986), que es un largo diálogo entre Hugo Alfaro y Mario Benedetti, ambos interlocutores analizan la obra de Benedetti mencionando apenas, brevísimamente, este polémico libro. No por azar, Hugo Alfaro había sido el secretario de redacción de Marcha, la mano derecha del director Quijano.
Por otra parte, el libro ha desaparecido de la bibliografía activa de Benedetti, ha dejado de publicarse desde hace muchos años. Pienso sin embargo en la utilidad que tuvo para mi generación. Y que hoy sería para los más jóvenes un buen modo de conocer en su propia tinta los debates de aquella época rica en contradicciones, en pugnas ideológicas, en temores por los días aciagos que se avecinaban y que pronto tuvimos que vivir.
El país de la cola de paja enseñó a mi generación las virtudes y los riesgos de la crítica polémica dedicada a analizar la realidad nacional, estuviéramos o no de acuerdo con el diagnóstico propuesto. Pero fue un libro importante también en otro sentido. Cambió al mismo Benedetti. Lo empujó a ver que su talante crítico estaba basado en un juicio moral, no en un juicio político. La toma de conciencia sobre la necesidad de una formación política en lo teórico y en lo práctico lo condujo a revisar sus presupuestos para complementarlos, enriquecerlos y redefinirlos.
Entre la praxis involuntaria, la más importante y desgarradora fue la del exilio. Argentina, Perú, Cuba -y más adelante España- fueron destinos no como en aquel viaje cultural de los modernistas de fin de siglo, sino como viajes al destierro, al descubrimiento de otras culturas y otros interlocutores. La diáspora uruguaya fue amplia e indiscriminada. Mi generación la sufrió con encierros, destierros y entierros. Y comenzamos a ser los compañeros jóvenes de Benedetti, porque si en las familias biológicas padres e hijos sufrieron por igual las consecuencias, en la familia cultural tampoco hubo discriminaciones.
En las luchas políticas inmediatamente anteriores al golpe de estado de 1973, habíamos sido compañeros en el Movimiento 26 de Marzo. Benedetti era uno de los dirigentes de aquel movimiento que muchos considerábamos la faz legal del movimiento guerrillero Tupamaro, y que en todo caso sí era el movimiento político más cercano a la guerrilla. Recuerdo a Benedetti, que no era un orador ni tenía aptitudes para serlo, tomar la tribuna en actos políticos de la coalición Frente Amplio a altas horas de la noche húmeda, castigado por su asma, en un esfuerzo por llegar al público con su mensaje. Claro, como era un intelectual, le costaría mucho la disciplina de partido -la constricción a su libertad de pensamiento y de palabra- pero eso no lo sabíamos entonces, como tampoco supimos, sino hasta muchos años después, que Benedetti había ejercido tareas clandestinas y riesgosas como la de alojar en su departamento a Raúl Sendic, el líder tupamaro. Parte de mi generación perteneció a las avanzadas culturales del 26 de Marzo, otros participaron en movimientos diferentes de la coalición progresista.
Y lo mismo sucedió durante los años de la dictadura, que van de 1973 a 1984. Parte de mi generación salió del país, algunos para regresar, otros para no volver nunca, y otra parte de esa misma generación se quedó y vivió el exilio interior. Nosotros comenzamos a ver -a saber- de Benedetti desde lejos, por ejemplo en su larga estadía en Cuba como director del Centro de Estudios Literarios. Como años antes lo había sido Ángel Rama, Benedetti fue el puente de enlace entre Cuba y América Latina, la figura literaria más importante en asumir y llevar adelante el discurso de la izquierda, junto con García Márquez, quien en realidad nunca mantuvo, como lo hizo en cambio Benedetti, una obra periodístico-política.
Es esta vinculación con la Historia con mayúscula (y eso significó Cuba para su generación y para la mía), la que impulsó a Benedetti a superar las limitaciones de un enfoque estrictamente ético de la historia inmediata. Participó como pocos en los debates de esas dos décadas, y tanto la experiencia cotidiana como las lecturas teóricas -ante todo de Gramsci- lo convirtieron en un exponente de esa figura de intelectual como ya sólo existe, y cada vez con menor fuerza, en América Latina. Es decir, el intelectual cuya palabra tiene peso no sólo en el ámbito de la cultura sino también en el de la política.
El vínculo más claro de la política con la (con su) literatura y con nuestra realidad se encuentra en El cumpleaños de Juan Ángel, libro dedicado a Raúl Sendic, que en 1971 apareció en México y en Uruguay (yo mismo tuve a mi cargo su edición uruguaya en Marcha). El libro, singular en muchos sentidos, se trataba de una novela en verso, y narraba, a través de varios cumpleaños de su personaje central (que se suceden en un solo día), la conversión de un individuo en revolucionario, de revolucionario en guerrillero clandestino. Y culminaba con la desaparición de los guerrilleros en los túneles subterráneos de la ciudad -lo cual de alguna manera resultó profético de una célebre fuga de los Tupamaros en circunstancias parecidas. Y la profecía llegó incluso más lejos. El final de El cumpleaños de Juan Ángeldescribe la sucesiva desaparición de cada militante en esas suertes de desaguaderos, mientras el compañero Marcos les cubre la retirada. Cada estrofa de ese final termina señalando:
«Ojalá vivas, Marcos».
Rosario lo acaricia con su adiós apacible
tiene un aire aprendiz un rubor de sorpresa
con sus labios finitos es fácil la inocencia
ojalá vivas marcos
y se pierde en el pozo
vos adelante edmundo dice marcos
el taciturno muere nace dice chau sin pompa y sin enigma
ojalá vivas marcos
y se pierde en el pozo
El primero de enero de 1994 otro Marcos, en México, desde las selvas de Chiapas, se hizo conocer en su país y en el mundo entero. La literatura no está muy lejos de este Marcos histórico y actual, que toma de El cumpleaños de Juan Ángel su nombre de guerra, que encuentra en Benedetti lo que muchos de mi generación encontramos: una palabra dispuesta, una palabra inspirada, un modelo de consistencia ideológica, de superación personal, de integridad en un mundo cada vez más malogrado.
Hoy podrían rastrearse las vicisitudes intelectuales, individuales y generacionales que vivió Benedetti, no sólo en sus ensayos sino en sus cuentos, novelas, poemas y obras de teatro. Incluso en su breve actuación en cine, en El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela, donde dice sus poemas en el idioma alemán aprendido en el colegio de su infancia.

Cuando a la larga dictadura militar uruguaya le sucedió el regreso a la democracia, Benedetti acuñó un concepto y expresión certeros que todos íbamos a vivir de una u otra manera: el desexilio. El desexilio no implicaba sólo «volver» para quienes se habían ido del país, había también un desexilio desde adentro, existía la necesidad de una «comprensión» a laque Benedetti se refirió en un artículo de abril de 1983: «Todo dependerá (decía) de la comprensión, palabra clave. Los de fuera deberán comprender que los de dentro pocas veces han podido levantar la voz; a lo sumo se habrán expresado en entrelíneas, que ya requieren una buena dosis de osadía y de imaginación. Los de dentro, por su parte, deberán entender que los exiliados muchas veces se han visto impulsados a usar otro tono, otra terminología, como un medio de que la denuncia fuera escuchada y admitida. Unos y otros deberemos sobreponernos a la fácil tentación del reproche. Todos estuvimos amputados: ellos, de la libertad; nosotros, del contexto».
No sé si todos nosotros vimos el «desexilio» como una llamada de alerta. La experiencia del sucesivo, parcial, fragmentario o total retorno fue diversa. Algunos tuvieron recibimientos apoteósicos y luego se acomodaron a la cotidianidad del país. Otros regresaron esperando esos recibimientos y encontraron un discreto silencio. Las experiencias española, venezolana, mexicana, cubana, europea o norteamericana de tantos desexiliados no se aportó al venero común sino que fue disipándose en la inercia, en el desinterés, en medio de las enormes dificultades que entrañaba cerrar heridas, rehacer el país y liberarse de los hábitos mentales del autoritarismo. Benedetti mismo volvió a ser el autor enormemente leído y admirado, aunque no sin algunas experiencias agridulces, en medio del desconcierto estético e ideológico de nuevas generaciones huérfanas de padres culturales, que empezaban con ansiedad a inventarse a sí mismas.
El proceso del desexilio ha sido para Benedetti tan arduo y complejo como para muchos otros escritores y artistas. Y yo diría que ni siquiera ha terminado, a pesar de que su novela más reciente, Andamios, quiere ser un ejercicio de exorcismo, bajo la historia de un desexiliado que vuelve al Uruguay y comienza a adaptarse a él, desde los márgenes de una vida de balneario, de reflexión solitaria, de conciencia crítica sobre el país y su propia generación.
En sus últimas novelas, Benedetti encuentra un nervio autobiográfico con una intensidad que no había tenido antes. Aunque sea también ficción y no autobiografía, La borra del café es otro ejemplo de ese impulso hacia adentro, hacia los recuerdos de infancia y de barrio.
Dos notas para concluir.
Benedetti no fue siempre transparente para mi generación. Por ejemplo, sus años juveniles dedicados a la logosofía, que veíamos con suspicacia mientras leíamos por curiosidad los libros de Madame Blavatsky. Resultaba difícil conciliar la imagen de un Benedetti socialista en los años setenta, con aquella otra etapa. Pero no preguntábamos. Hoy se me antoja importante considerarlo, más allá de las escasas y enigmáticas referencias a esa etapa personal que puedan encontrarse en sus cuentos, sobre cómo Benedetti hizo su aprendizaje y su proceso de desilusión de la logosofía cuando frisaba los veinte años. Porque esos años son los de su primer alejamiento del país, el tiempo de soledad vivido en Buenos Aires, experimentando, como dije antes, la progresiva desilusión respecto a Raumsol, el líder teosófico que lo llevó a Argentina como «hombre de confianza, su secretario privado». Lo significativo de este periodo, en todo caso, consiste en considerar ese acercamiento espiritual a una doctrina y la consecuente dedicación en cuerpo y alma a su actividad, como la primera utopía que fue desmoronándose. Después abrazó otras utopías más duraderas y trascendentes pero esta historia juvenil, a mi entender, ayudó a hacer de Benedetti un suspicaz, un intelectual que sospecha de las fórmulas fáciles, y que no se deja comprometer a fondo hasta estar convencido de sus causas. En consecuencia, el aspecto positivo de aquella experiencia influyó en su mirada crítica, orientada más tarde a desentrañar la mentalidad burocrática de las clases medias uruguayas. Es cierto que Benedetti tomó venganza literaria contra Raumsol, haciéndolo personaje de Gracias por el fuego y en uno de sus primeros cuentos, «Como un ladrón». Además, alguna vez Benedetti se refirió a su experiencia en la Escuela logosófica, y lo hizo con su consabido gran sentido del humor. Le agradecía a la escuela, al menos, el haberle «dado una Luz». Por supuesto, no era la Luz del Conocimiento, pero estaba cerca de serlo. Se trataba de Luz López, a quien conoció gracias a la Escuela y quien fue su esposa, y lo ha sido, desde 1946.
Hasta aquí me he referido varias veces a «mi generación» sin identificarla con nombres. «Mi generación» podría llegar a ser una simple fórmula para pasar de contrabando ideas o sentimientos personales como si no lo fuesen, pero como éste no es el caso, voy a identificar a algunos escritores de «mi generación», sin pretender una lista exhaustiva. Acaso el escritor más cercano a Benedetti, que ofició de puente inmediato, fue el precoz Eduardo Galeano, periodista y narrador, quien se exilió en Buenos Aires y tras recibir amenazas de la Triple A, vivió años productivos en España antes de volver al Uruguay. Cristina Peri Rossi, narradora y poeta, quien también padeció el dolor de la diáspora y la suerte de llegar a España, donde internacionalizó su obra ya tan atractiva a fines de los sesenta. Ella no ha vuelto a vivir al Uruguay. Nelson Marra, cuentista y poeta, huésped involuntario de los militares, torturado y encarcelado por motivo de un cuento, después exiliado en Suecia y finalmente residente en España. Alberto Oreggioni, crítico e investigador de la Biblioteca Nacional, que encontró su vocación en la labor editorial y ha sido durante muchos años el editor uruguayo de Mario Benedetti; Alicia Migdal, el ángel rubio del Arca, que enfocó su inteligencia en la crítica de cine y en una obra breve, depurada y exigente; Hugo Giovanetti, compañero del comité de cultura del 26 de Marzo, que vivió (sobrevivió) cantando con su guitarra en Europa antes de regresar al país. Hiber Conteris, durante muchos años residente en las cárceles militares, que hoy vive en Estados Unidos. Hugo Achugar, poeta, que se convirtió en profesor en Estados Unidos y regresó al Uruguay. Graciela Mántaras, desde siempre profesora y crítica, que se quedó a vivir en el país. Mario Levrero, cuentista y novelista, que se fue a Buenos Aires, vivió de la astrología y encontró un grupo pequeño y fiel de lectores de culto, antes de volver a Uruguay. Teresa Porzekansky, que supo hábilmente alternar la narrativa con el análisis antropológico y social. Sylvia Lago, quien en «Los días dorados de la señora Pieldediamante» mostró la buena escuela benedettiana al sacudir a la pacata sociedad uruguaya usando términos como «coger» y no en la aceptable acepción usual en estos pagos de la querida España.

Concluyo reflexionando en que muy probablemente mi generación entendió a Benedetti mejor que la suya propia, mejor que las que nos siguieron. Estoy convencido de esto. Creo que el haber vivido las mismas vicisitudes en los años difíciles de la represión y el exilio nos ha llevado a valorar la difícil sencillez de su literatura, la honestidad a toda prueba, la calidez entrañable de sus poemas, la sagacidad de sus análisis.
No somos los uruguayos gente inclinada a agradecimientos, a reconocimientos ni a homenajes. En aquella mentalidad que Benedetti describió con agudeza en El país de la cola de paja se incluye este carácter reservado, apocado, tímido, ensimismado de nuestra cultura. Ni su generación ni la mía cambiaron el panorama. Menos aún los más jóvenes. Sin embargo, creo que es oportuno decir en nombre propio y de mi generación, «Gracias, Mario Benedetti. Gracias, Mario». Y a todos vosotros, ahora también, gracias.
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Poeta brasileño, es el más representativo de la generación romántica del “mal del siglo”. Nacido en São Paulo, el “anhelo por la enfermedad”, la morbidez, la obsesión por la muerte, el tedio y el constante pesimismo son caracteristicas de su estética byroniana. Su visión del amor es platónica, con imágenes de doncellas ingenuas e inaccesibles, y sus versos son de un sentimentalismo extremo. Escribió La lira de los veinte años (1853), El conde Lopo 1856), La noche en la taberna (1855) y Macario (1855), todos publicados póstumamente. Falleció en Río de Janeiro.