viernes, 20 de abril de 2012

"Muerte por agua" de Juan Villoro en Reforma



Muerte por agua
Por Juan Villoro


Se han cumplido 100 años de la noche en que la tecnología fue vencida por el hielo. El 15 de abril de 1912 el Titanic, concebido para superar a los elementos, naufragó en su primer viaje. La naturaleza volvió a ser el ignorado límite de una especie que odia detenerse.

En el momento de zozobrar, la nave mandó una señal que acababa de inventarse: S. O. S. Curiosamente, esas siglas no remiten a la ciencia sino a la teología; significan: Save Our Souls. El Titanic, orgullo de la industria marina, se llevó mil 495 almas al fondo del océano mientras los músicos tocaban para amenizar el momento y mantener los brazos tibios.

Al construir un aparato el ser humano confía en la razón. Cuando se descompone, piensa en soluciones mágicas. Viajan cuerpos pero se salvan almas.

Un siglo después, la tragedia ha traído distintas variantes de la resurrección. La película Titanic, con la que James Cameron obtuvo 11 Óscares, ha vuelto a las pantallas en 3D (o en algo que se le parece, pues no fue filmada en ese formato). La saga de 1997, en la que Kate Winslet duda durante tres horas y media entre casarse con el hombre que no le conviene o amar para siempre al perecedero Leonardo Di Caprio, mantiene intactos sus efectos especiales. Otros intensos desastres cinematográficos han envejecido peor. La aventura del Poseidón, que en 1972 nos empapó de pánico, parece ahora una inocente fantasía donde escurre agua de muros de cartón. El cine está condenado al desgaste de la tecnología que lo produce. No sucede eso con la película de Cameron. Curiosamente, el principal toque de época no tiene que ver con efectos especiales sino con un rasgo humano: los pechos de Kate Winslet son naturales; pertenecen a la arcadia en que una actriz no pasaba por el tribunal del cirujano plástico. Además de su intachable talento actoral, Winslet demuestra que la belleza se puede asociar con la normalidad. Pocas presencias han sido tan reales en el cine. Tal vez por eso la escena en la que posa al estilo de la Maja desnuda de Goya ha sido prohibida en China. La seducción genuina inquieta más.

El Museo Marítimo de Barcelona, donde se celebra una exposición sobre el buque trágico, repitió la última cena del Titanic. En compañía de 25 familiares de los viajeros, 200 comensales dedicados a la necrología gastronómica degustaron ostras, terrina de foie, consomé Olga, filete de lenguado al curry, confit de pato con compota de manzana, pudín Waldorf, duraznos con gelatina Chartreuse, cafés e infusiones. Incluso el vino fue el mismo que se descorchó el fatídico 15 de abril, un Château Preuillac (pero de la cosecha 2006).

¿Se puede repetir con sibaritismo una tragedia? La mejor manera de comer esos platillos debería ser en una nave que también estuviera en riesgo.

El Titanic mostró que toda tecnología es imperfecta. Fue una lujosa anticipación del Apolo XIII. Curiosamente, esto lo vuelve atractivo, no sólo como nostalgia de una grandeza fracasada, sino como aspiración. Los buscadores de peligros se frotan las manos: "lo que falló una vez, puede volver a fallar".

Una extensa franja de la humanidad se siente más atraída por el riesgo que por la parda seguridad. Así lo confirman quienes practican deportes extremos, juegan a la ruleta rusa o compran arañas venenosas. Basta que alguien diga "esa chica es peligrosa" para que interese más. Desde el Jardín del Edén, nada se codicia tanto como lo prohibido. Esto también involucra a la ciencia. El eminente Isaac Newton descubrió la ley de la gravedad al ver la caída de una manzana. Esta explicación legendaria convence, no tanto porque justifique un momento de inspiración, sino por el objeto que la produce: la pecaminosa manzana despierta tentaciones. No es casual que la empresa más rentable del mundo, dedicada al comercio de signos, lleve el nombre de Apple.

Si el Titanic se hubiera anunciado como un barco que podía hundirse, habría recibido aún más solicitudes para subir a bordo.

A las 23:45 de la noche, hora del encuentro con el iceberg, sonó la alarma en la cena del Museo Marítimo de Barcelona. Un susto conmemorativo. Seguramente, más de un comensal anheló que el peligro fuera real.

Los viajes a la cripta marina donde los pasajeros se ahogaron por la ausencia de botes salvavidas y la codicia de otros tripulantes combinan el dolor con el morbo recreativo.

Quienes reservan habitaciones para el próximo diciembre en Yucatán, con el fin de contemplar el "apocalipsis maya", también desean mezclar el placer con la desgracia. El anuncio del fin del mundo ya agotó los asientos de primera fila. Aunque los arqueólogos explican que los mayas no prometieron que el planeta daría una última función, los turistas del desastre hacen las maletas, convencidos de que la molestia de viajar se compensa con el show de una molestia terminal.

Lo único seguro de los accidentes es que no se prevén. Cuando ocurren, espantan a la mayoría. Pero la especie es rara. Hay quienes lamentan no haber asistido a la cena trágica y piden un recalentado para degustar el susto.


 
 
 




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