miércoles, 14 de agosto de 2013

LA COLUMNA DE JUAN VILLORO

JUAN VILLORO

Inconvenientes de tener cara

Una vez más las insignes páginas del New York Times revelan que la vida privada es francamente temible

entre otras cosas porque se ha vuelto pública. Aparte de aportarnos indudables beneficios, la realidad virtual nos somete a una rigurosa vigilancia. Hace décadas, una optimista compañía de detergentes invitaba a la población a instalar un "Acapulco en la azotea". Mientras el eficaz jabón para ropa trabajaba por su cuenta, la familia podía asolearse en el traje de baño de su predilección. Hoy en día esa tribu no sólo estaría bajo el sol sino bajo el escrutinio de Google Earth. Alguien nos observa en cualquier parte.

Esta tecnología pretende detectar hábitos extremos -el robo y el derroche- para reforzar dos actividades imprescindibles de la sociedad de consumo: los arrestos y las ofertas. Al distinguir el lunar de la sospecha o el mentón del dispendio, los empleados de la tienda podrían llamar a la policía o brindar un trato vip.
En inglés, conocer algo "a primera vista" es conocerlo "at face value". La expresión podría adquirir sentido literal, transformando el rostro en un código de barras con orejas.
Los autores del invento aseguran que está protegido contra los excesos de una especie entrometida y los defensores de los derechos civiles juzgan que se trata de una nueva invasión de la privacidad.
Lo decisivo y alarmante es que esa forma de supervisión ya es posible. Como la humedad y las hormigas, puede suprimirse por un tiempo y reaparecer después en otro sitio.
Mi generación se educó con películas de luchadores en las que El Santo y Wolf Ruvinskis descubrían que una pelota de cartón con tirabuzones era una bomba atómica. En esos escenarios de cartón piedra, las amenazas resultaban tan inverosímiles como la idea de que la humanidad fuera salvada por mexicanos. Sin embargo, nos enseñaron a desconfiar de los aparatos.
Lo mismo se puede decir de las tramas de televisión de los años sesenta, en las que un espía se infiltraba en una familia para que el padre se electrocutara con el tostador de pan (convirtiendo a la madre en posible cómplice de una potencia extranjera o extraterrestre). Esta maligna invasión doméstica pertenecía al mundo alterno de Mi marciano favorito, Hechizada, Mi bella genio, Perdidos en el espacio, El agente de CIPOL o El superagente 86. En esas series, la magia, la paranoia y los inventos eran exageraciones de los guionistas. Ahora el teléfono se ha vuelto inteligente y sus aplicaciones estudian tus costumbres.
En cierta forma, FaceFirst ya existe. Las cámaras de vigilancia de las tiendas suelen guardar las imágenes del último mes. Si se revisan en detalle, delatan comportamientos. FaceFirst acelera este análisis y lo divulga en línea, determinando la reputación universal de una nariz.
A tal paso, en el futuro bastará ver la fotografía del autor de una columna para saber de qué escribe.

Regateo digital

Ciertas reputaciones se basan en malentendidos.


Aunque Maquiavelo no era maquiavélico, la posteridad asocia su teoría política con la intriga palaciega y la conspiración sin escrúpulo. Siguiendo esta equívoca e inmodificable fama, podríamos pensar en un perverso libro de autoayuda titulado Maquiavelo para contribuyentes. Uno de sus capítulos debería estar dedicado a la facturación electrónica. Vivimos en un país donde la conectividad es, cuando mucho, del 30%. La mayoría de la población no puede expedir facturas ni recibos electrónicos. Se dirá que sólo una minoría paga impuestos. Pero eso no implica que todos tengan computadora con Internet. Someter un procedimiento civil a la posesión de un aparato es discriminatorio.
Un amigo que pertenece a una ONG de comercio justo y se dedica a vender artesanías me comentó que, por requerimiento de Hacienda, a partir de 2014 sus proveedores tendrán que entregar factura electrónica. Algunos de los artesanos a los que les compra no saben escribir, otros ni siquiera hablan español. ¿Es posible que las disposiciones fiscales desconozcan el país en que se aplican? La pregunta, por supuesto, es retórica: las facturas son tan ajenas a la realidad como la propaganda del gobierno. Hace 15 días escribí que la campaña que anunciaba que pagaríamos menos luz era demagógica. Hoy ya subió el costo de la electricidad.

"Denme un invento y les daré una transa", dice el ingenio popular. Desde que las facturas comenzaron a enviarse por Internet surgió una costumbre vernácula: el regateo digital.

El cliente está obligado a pagar sin recibir nada a cambio (bueno, recibe un ticket que fiscalmente vale su peso en aire). El vendedor promete mandar la factura por Internet. No siempre lo hace, por simple descuido o porque confía en la mala memoria del comprador. El cliente habla por teléfono para solicitar la factura rezagada. Al otro lado de la línea, una secretaria cita a Manuel Bartlett: "Se nos cayó el sistema". Si esa frase sirvió para robar una elección a la Presidencia, ¿cómo no va servir para mantener a raya a un ciudadano? Mencionar a la Procuraduría del Consumidor sirve de poco. El cliente y el vendedor saben que la Profeco no suspenderá sus urgencias para dirimir acerca de una factura de 780 pesos. El trámite se convierte en una lucha entre el tesón del solicitante y la paciencia mineral del vendedor.

En 2014 los contribuyentes que hayan ganado más de 500 mil pesos el año pasado deberán entregar recibos electrónicos. Para descontar impuestos, habrá que pescar facturas en el pantano digital. La virtualidad de los trámites multiplicará las excusas para incumplirlos.

Hacienda no tomó en cuenta nuestra peculiar relación con lo que no se ve ni se toca. La cibernética parece al margen de la responsabilidad humana: "¿No te llegó el mail? ¡Qué raro! ¡Ah, qué máquinas éstas!". Hablamos de la red como de una teodicea a la mexicana donde los dioses hacen lo que quieren porque están sindicalizados y tienen influencias.

Los objetos inanimados parecen tomar decisiones por nosotros (casi siempre malas). Cuando se suspende el suministro eléctrico, nadie piensa en un culpable: la luz "se va". Si las invitaciones para la boda no están listas, el encargado dice: "nos falló la imprenta". Cuando el coche se descompone al salir de revisión, surgen causas metafísicas: "las juntas estaban sueltas" o, peor aún: "se le acabó el sinfín". En el país de los pretextos mágicos la voluntad no existe: la luz se va, falla la imprenta, se acaba el sinfín.

La computación amplió la capacidad de inventar pretextos. Pero nada frena a Hacienda. Esto se debe a otra de nuestras costumbres: la convicción de que complicar la vida equivale a hacerla más segura. Los obstáculos son vistos como un freno al mal (la evasión, la corrupción) cuando en realidad impiden el bien (respirar, trabajar).

La productividad depende de simplificar soluciones. En los países lógicos todo ticket es simultáneamente un comprobante fiscal. No hay que hacer otro trámite en la oficina de al lado ni en la estratósfera de la computación.

Aún nos sobran recibos "bidimensionales" (¡gasto inútil!) y ya nos convertimos en rehenes electrónicos. ¿Por qué?

La hipótesis de un lector de Maquiavelo sería que Hacienda no se ha enterado de que hay mexicanos que necesitan zapatos antes que facturas electrónicas.

La hipótesis maquiavélica es que la maraña recaudadora se creó para que sobreviva el más apto, es decir, el que invente o desaparezca más facturas y le eche la culpa a la caída del sistema.


De Quetzalcóatl a Pepsicóatl

En Tiempo mexicano, Carlos Fuentes reparó en el uso simbólico que se ha dado a la botella de Pepsi-Cola en San Juan Chamula.


En aldeas remotas, quien controla los refrescos tiene una fuente de poder. No es casual que en la iglesia San Juan Chamula, el oficiante beba aguardiente en una botella de Pepsi, identificada como talismán de mando. Fuentes contrasta esa botella con el espejo humeante de Tezcatlipoca, en el que se asomó Quetzalcóatl. Al ver su rostro, el dios ilustrado prefirió huir. Incapaz de aceptar su compleja identidad, dejó a su pueblo a merced de una mezcla de identidades. El país de la serpiente emplumada tendría otros dioses tutelares; entre ellos, Pepsicóatl.
Los refrescos definen lo que somos, según lo detectó Rubén Gámez en 1965, en su película La fórmula secreta, rebautizada como Coca-Cola en la sangre por una escena en la que se hace una transfusión con el líquido burbujeante.

También Daniel Sada se ocupó del esotérico papel de los refrescos en sitios muertos de sed. Narrador del desierto, concibió un cuento (incluido en Registro de causantes) sobre una apartada ranchería en la que corre el rumor de que la bomba atómica ha sido encerrada en una botella explosiva. Al destapar una "soda", se puede acabar el mundo.

En pueblos que parecen pertenecer al neolítico, la única señal de "progreso" son los camiones de refrescos. En 1989, cuando escribía el libro de viajes por Yucatán Palmeras de la brisa rápida, llegué a una comunidad maya en la que oí decir a un joven en una tienda: "Diet Coke, ba hux?". El asombro de que se preguntara en maya por el precio de una Coca de dieta fue relevado por la desolación de que no hubiera nada más por qué preguntar.

Los refrescos dominan la dieta, la economía y las conciencias. De manera consecuente, tenemos el índice más alto de obesidad infantil, triste récord mundial que compartimos con otro, el de mayor exposición a anuncios de comida chatarra en televisión. La enfermedad se promueve como una golosina.

El gobierno de Peña Nieto, pródigo en proponer reformas que se empantanan y son relevadas por otras propuestas, ha decidido afectar una zona neurálgica de nuestra realidad: el agua azucarada. Si lo logra, limitará las ganancias de la industria de la diabetes embotellada. Sin ser un logro equivalente a la expropiación petrolera, sería un paso significativo.

La reforma fiscal ha sido justamente criticada porque exprime a las capas medias que pagan impuestos. En un país donde un oligopolio logra, gracias a su estrategia fiscal, regresar en impuestos el 2% de sus utilidades, y donde millones de trabajadores informales no están dados de alta en Hacienda, los contribuyentes comunes entregamos hasta una tercera parte de nuestros ingresos a un gobierno que no rinde cuentas claras al respecto. No es casual que la reforma haya encontrado resistencia. Una de sus pocas bondades es el impuesto a los refrescos.

Las compañías embotelladoras reaccionaron proponiendo cambios en sus recetas para ofrecer bebestibles menos nocivos (aceptación tácita de que intoxican dulcemente a la población). Sería gravísimo que la reforma se suavizara por esa vía, confundiendo la ausencia de veneno con el alimento.

Pero hay otro problema que atender. En el país de Pepsicóatl, millones de personas sienten que comieron porque tienen la barriga inflada de gas. La principal "virtud" de los refrescos es que son "llenadores" en un país de desnutrición. ¿Qué va a beber la gente a la que no le alcance para destapar un Sidral? El agua purificada es cara y la salmonela abunda.

Especialista en simular que la selección anota porque toma agua con burbujas, la industria refresquera ha lanzado una campaña en la que habla del daño que sufrirá la economía con el alza de precios a los refrescos. No hay duda de que uno de los sectores más dinámicos (e inútiles, desde el punto de vista del contenido) sufrirá lo suyo. La solución no es apoyar a quienes le ponen azúcar al agua sino crear otros empleos.

Estamos ante un posible cambio de hábitos cuyos alcances no se han valorado del todo. México ha vivido en éxtasis refresquero, bebiendo un ansiolítico que hace daño y calma por un rato. ¿Con la modificación de las costumbres se modificará nuestro carácter?

En 1983, Steve Jobs se acercó a John Scully, máximo directivo de Pepsi Cola, para pedirle que pusiera su habilidad publicitaria al servicio de la renovación digital: "¿Quieres vender agua azucarada por el resto de tu vida o quieres cambiar el mundo?", le preguntó. Scully aceptó trabajar en Apple y, gaseoso al fin, traicionó a Jobs. El ejecutivo de Pepsi era tan difícil de cambiar como la fórmula de la Coca-Cola.

El impuesto a los refrescos no traerá el regreso de Quetzalcóatl, pero propiciará una transfiguración económica no menos extraña: tener azúcar en la sangre permitirá pavimentar calles.

El regreso de la soledad

Hay rostros que parecen resumir una época o una etnia. Las facciones de Zapata condensan la Revolución mexicana, y las de Diego El Cigala, la gitanería entera.

En ciertos momentos históricos afloran rasgos físicos que luego se pierden en las noches de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en las contundentes narices de la Revolución francesa. El país de los perfumes y las salsas complicadas produjo apéndices olfativos que detectaron en las barricadas de dónde venía el olor a pólvora. Charles de Gaulle ofreció una última versión del caudillo francés que olfatea para mandar.

Mi amigo Emmanuel Rigal se encuentra, como el personaje de Quevedo, a una nariz pegado. Un abuelo normando le heredó el rasgo que define su carácter. Durante años ejerció puestos de mando en la industria automotriz. Entraba a los talleres precedido de su instrumento para respirar aceites multigrado. Su silueta imponía distancia y su temperamento cercanía. Alguien muy severo para unas cosas y muy cordial para otras.

Hace poco habló para decirme que había aceptado una prejubilación. Lo significativo no era eso, sino que optó por un aislamiento total. "Es la última vez que llamo". No lo dijo en el tono del condenado a muerte que expresa su última voluntad, sino con la alegría de quien se siente liberado. Acto seguido, me recomendó que leyera una entrevista con Pascal Quignard en un número atrasado de Babelia.

Busqué el texto y supe que el autor de Todas las mañanas del mundo había "cortado los cables". Después de trabajar activamente en la editorial Gallimard y dirigir con éxito un festival de ópera barroca, el novelista y musicólogo había dejado de luchar contra la soledad. Sin conexión aparente, en otro pasaje del diálogo lamentaba que las iglesias cerraran por temor a los asaltos, negando el refugio y el recogimiento que antes ofrecían.

Al margen de consideraciones religiosas, esta queja señalaba la pérdida de un espacio solitario, una isla callada en medio de la marea urbana.

Incluso la liturgia ha sido invadida por las gregarias necesidades de la hora. La última vez que fui a misa, ¡sonó el celular del sacerdote!, y nadie pensó que Dios hiciera la llamada.

Ignoro cuántos "cables" cortó Quignard. Lo cierto es que renunció al teléfono y procura que ningún estímulo externo lo afecte. Aficionado a tocar el piano, no lee partituras completas; elige fragmentos para construir un repertorio estrictamente personal. En su papel de ermitaño entusiasta, merece el calificativo de "Robinson voluntario" que alguna vez Cortázar se aplicó a sí mismo.

Al leer la entrevista, recordé el extraño comentario que mi amigo Rigal hizo cuando le recomendé Vida y destino, la titánica novela de Vasili Grossman. "Me adapto a todo", respondió. No le había pedido que se trasladara al frente de guerra, pero él parecía dispuesto a hacerlo.

La lectura es una de las pocas experiencias en las que aún estamos solos. Aunque dialogamos mentalmente con alguien lejano y muchas veces muerto, nos encontramos al margen de la ruidosa vida rápida, en un espacio aislado, como los que Quignard buscaba en las iglesias, ya cerradas por los robos.

Emmanuel Rigal se "adaptó" a ese libro como a una isla desierta y ahora se adapta a una vida sin contactos. Es posible que su peculiar fisonomía haya contribuido a su retiro. Cuando Gógol se exilió en Roma, mitigó su soledad disfrutando las sorpresas aromáticas de la ciudad: "Quisiera ser solo una nariz", escribió en una carta.

El olfato opera en proximidad y presta servicios especiales a los solitarios. El eremita dialoga con plantas fragantes. Mi amigo Emmanuel tiene el perfil del chef que detecta, desde la puerta de la cocina, que al guiso en el fogón le falta orégano. ¿Su recién descubierta pasión por la soledad revela un capricho personal determinado por su organismo? Me inclino a pensar que más bien señala una tendencia social que cambiará nuestras costumbres y motiva este artículo.

Tal vez las despedidas de solteros lleguen a ser sustituidas por despedidas de gente sociable dispuesta a sacrificar sus celulares y las agencias de contactos por agencias que ayuden a desconectarse.

El calvario del náufrago que sobrevive en una playa sin nombre comienza a convertirse en una aspiración. Si las iglesias continúan cerrando sus puertas, no será raro que las misas se celebren en Internet. Ante una realidad progresivamente virtual, la gente buscará alivio en otros santuarios.

Emmanuel Rigal se fue a vivir a un pueblo en la montaña. Hace poco vino a verme. Se mostró un tanto decepcionado de su lugar de retiro: "Está lleno de solitarios".

Por lo visto, la especie no puede renunciar a la vida en común. Basta que alguien haga una cosa para que otro lo imite. El deseo de soledad se ha vuelto colectivo.

Sólo falta que los chinos se retiren y vengan a vivir entre nosotros.


Imagina que eres de un país

Ha habido épocas de claro sentido de la pertenencia en las que la gente se define por un vínculo con su ciudad (Tolomeo de Alejandría), su madre (Paco de Lucía) o incluso su continente (Sandro de América). Pero las cosas han cambiado tanto que los chinos hacen molcajetes de plástico, los japoneses son expertos en lucha libre y los serbios tocan mariachi. La identidad está en oferta.


Los abusos de la globalización han renovado el anhelo por las patrias chicas. Quebec y Cataluña buscan independizarse y acaso prefiguren movimientos posteriores en los que los municipios se separarán de las provincias, las ciudades de los municipios, los barrios de las ciudades, hasta llegar a una casa donde cada habitación será autónoma.
Hay millones de ciudadanos en tránsito. Unos quieren emigrar, otros quieren cambiar de nacionalidad sin moverse. Lo local gana prestigio político en la misma medida en que lo internacional gana prestigio económico. La noción de pertenencia vale hasta que una oportunidad de empleo te obliga aprender el extraño himno de otro país.

Menciono esto porque Adnan Januzaj anotó dos goles con el Manchester United y la tribuna roja lo candidateó a la selección inglesa. Como su nombre lo indica, Januzaj no tiene pedigrí británico, aunque su familia se ha movido tanto que podría tenerlo. El goleador de 18 años nació en Bélgica y conserva parientes en Albania, Kosovo, Serbia y Turquía. Con un esfuerzo burocrático, podría militar en las selecciones de cualquiera de esos países. Su caso es parecido al de Diego Costa, que ya jugó un partido con la selección brasileña, pero podría ir al Mundial en su país de origen representando a España, donde juega para el Atlético de Madrid, o a los casos de Lobos y el Chaco Giménez, mexicanos de última hora que se incorporaron a una selección urgida de refuerzos.

En un mundo ideal, como el que John Lennon concibió en Imagine, no debería haber patrias ni banderas. Pero hay constancias a las que cuesta trabajo renunciar. El amor al prójimo y el respeto que, como buenos terrícolas, le debemos a las inteligencias de otras galaxias, no impiden que conservemos un sentido de la pertenencia. Inevitablemente somos de un sitio y no de otro. Esto no quiere decir que estemos felices con lo que nos tocó en suerte. El alumno que odia su escuela disfruta ganar un campeonato en nombre de ella.

Chíchikov, protagonista de Almas muertas, no es ni bajo ni alto, ni flaco ni gordo. Carece de todo atributo definido. "Y sin embargo", escribe Gógol, "forzosamente debía ser algo". Aunque no destaquemos somos algo.

El deporte es una reserva de la identidad sentimental. En las Olimpiadas y los Mundiales no juegan países sino la idea que tenemos de ellos. Su significado es ilusorio. De pronto, un flaco del que no sabíamos nada gana el maratón y nos emocionamos porque lleva un uniforme que juzgamos nuestro. Si esto sucede en disciplinas cuya existencia recordamos cada cuatro años, con más razón ocurre en las ligas que seguimos semana a semana.

A propósito del codiciado Januzaj, John Carlin escribió en El País: "Si cualquiera puede jugar en cualquier país con un simple cambio de domicilio, o porque descubre que tiene una abuela nacida quién sabe dónde, lo que nos espera en el ámbito del futbol internacional es la anarquía. Representar a un país será lo mismo que representar a un club".

Cuando alguien proveniente de Brasil o Argentina cambia de selección, lo hace porque no tiene oportunidad en su país. Mudar de camiseta es su Plan B. Messi llegó a los 13 años a España pero a nadie se le ocurre que no juegue con Argentina.

Después de su triste participación en el Mundial de Sudáfrica, el Guille Franco volvió a ser argentino. Pero el problema no es de rendimiento. No se trata de pensar que, si Portugal no clasifica, deberíamos ofrecerle mil años de depilaciones a Cristiano Ronaldo para que participe con nosotros. No es la calidad de los fichajes lo que está en juego sino la fantasía de la lealtad. Digo "fantasía" porque es mucho pedir certezas en un mundo volátil y promiscuo.

Bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, Fernando Pessoa escribió versos de sencilla sabiduría: "El Tajo es más bello que el río de mi pueblo/ Pero el Tajo no es más bello que el río de mi pueblo/ Porque el Tajo no es el río de mi pueblo". Objetivamente hay cosas mejores que las nuestras. Pero no son nuestras.

La simpatía y la entrega profesional de Lobos y Giménez están fuera de duda. El tema no es ése. Por desesperado que esté un país, puede darse cuenta de que no es otro país. En la privatizada vida real esto importa cada vez menos: nuestros amigos están en Facebook, nuestra trayectoria en Google y nuestra deuda en BBVA.

No estaría mal que, sin revanchismo alguno, aceptáramos que no necesitamos refuerzos para perder. Si nos va mal, que sea por nosotros.




Ministerio Público

-¿Juan Antonia Villoro Ruiz?
-Antonio.


-Siéntese, señor Antonio.


-Gracias, licenciada.

-¿Trae su declaración de hechos?

-Aquí la tiene.

-A ver, déjeme ver... Uy, está mal escrita. ¿A qué se dedica?

-Soy escritor.

-Perfecto: si es escritor me va a entender mejor por qué 
escribió mal.

-Gracias.

-¿Qué le pasó?

-Lo escribí ahí.

-Sí, pero no supo hacerlo.

-Fui a Estados Unidos y me clonaron mi tarjeta.

-¿La clonaron mientras estaba ahí?

-No, me la clonaron después, yo ya había regresado a México. Tengo el pase de abordar para comprobarlo.

-No agregue documentos que sólo distraen. ¿La tarjeta siempre estuvo con usted?

-Sí, lo escribí en la declaración.

-Deje de decir lo que escribió. No supo hacerlo.

-De acuerdo, licenciada.

-¿Por qué viene conmigo?

-El banco me pidió que levantara un acta en el Ministerio Público.

-Pero los hechos ocurrieron en el extranjero.

-Sí.

-Ahí debería levantar el acta.

-Pero vivo en México y todo sucedió cuando yo ya había regresado.

-Nosotros no tenemos jurisdicción internacional.

-¿Entonces qué hago?

-Tiene que escribir mejor.

-Ya me lo habían dicho.

-Lo ve, hay gente que quiere ayudarlo. Yo, por ejemplo.

-¿Qué debo hacer?

-Por principio de cuentas debemos justificar que usted esté aquí. ¿Qué motivos tiene para verme?

-¡Me robaron casi cinco mil dólares, en una tienda que se llama PJ Wholesale que no conozco para nada!

-No se desespere, señor Antonio. Así no va a conseguir nada.

-Perdón, le pido que me comprenda.

-Eso trato de hacer, Antonio. ¿Puedo decirle Antonio?

-Sí.

-¿En qué Delegación vives?

-En Coyoacán.

-Muy bien. Esta es la Delegación de Policía que te corresponde, pero el delito sucedió en Estados Unidos. ¿Adónde fuiste?

-A Nueva York.

-Uy, qué padre. ¿Te fue bien?

-Sí, hasta que me clonaron la tarjeta.

-Pero entonces ya habías regresado.

-Sí.

-¿O sea que en Nueva York sí te fue bien?

-Sí.

-Tienes que ser preciso, Antonio. Todo se soluciona escribiendo bien. ¿Te enseño?

-Sí.

-Cuando una persona me dice que sí tres veces seguidas es que no me está entendiendo. ¿Me estás entendiendo?

-Sí, quiero decir: entiendo.

-Concéntrate y no vuelvas a decir que sí.

-Okey.

-Mira, para que tengamos jurisdicción sobre el caso es necesario que los hechos hayan sucedido aquí.

-¿Qué quiere que haga? ¡Me clonaron en Estados Unidos!

-¿Te clonaron a ti o a tu tarjeta? ¡Ah, qué Antoñito éste! Tienes que expresarte con claridad.

-Lo sé, perdóneme.

-¿Me permites que te enseñe a escribir tu declaración de hechos?

-Por favor.

-¿Cómo supiste que te habían clonado la tarjeta?

-El banco me mandó un correo electrónico.

-¿Dónde recibiste el correo?

-En mi computadora.

-¿Y dónde está tu computadora?

-En mi casa.

-¿Eres vecino de Coyoacán?

-Soy vecino de Coyoacán.

-¿Lo ves? ¡Los hechos ocurrieron en Coyoacán! ¡Ahí te enteraste de todo! Es lo que tienes que escribir. No hables de Estados Unidos, que no somos la INTERPOL.

-Lo entiendo, licenciada.

-Y de paso, Antoñito: a ver si mejoras tu letra. Se ve que venías muy tenso.

-Así escribo siempre.

-¡Tienes que relajarte! Si quieres te llevo a los separos para que veas a la gente que en verdad tiene problemas. Lo tuyo es mental. Todo es cuestión de que entiendas cuál es el lugar de los hechos.

-Mi casa.

-En efecto, no hay otro lugar de los hechos: todo pasó en tu casa. No hay nada como la verdad.



La piel ajena

Clasificar puede ser una forma elegante de discriminar. Fui amigo cercano de Eduardo Agayán hasta que se aficionó a detectar las razas de sus congéneres.


Hay muchas formas de entretenerse y él descubrió que es muy divertido imaginar las combinaciones físicas necesarias para producir a una persona. Por insulso que sea, todo rostro ha sido trabajado por una cadena biológica infinita, el "bosque de los cuerpos", como lo llama Rafael Argullol. "Provengo de un pueblo perdido", dijo en una ocasión en que bebíamos el extraño té de clavo que tanto le gusta. Se refería al holocausto armenio perpetrado por los turcos. Su familia emigró a América después de esa tragedia que cobró más de un millón de vidas. "Provengo de un pueblo perdido", dijo en una ocasión en que bebíamos el extraño té de clavo que tanto le gusta. Se refería al holocausto armenio perpetrado por los turcos. Su familia emigró a América después de esa tragedia que cobró más de un millón de vidas.
Como los armenios carecen de un país propio, sus sufrimientos cayeron en el olvido. "¿Quién se acuerda de los armenios?", dijo Hitler cuando le preguntaron si no temía el juicio de la historia.

Desde la infancia en que se obsesionó con Batman, el Caballero Oscuro que buscaba vengar la muerte de sus padres, Eduardo Agayán reveló su tendencia al dramatismo. Las cosas que le interesan mucho dependen de una herida remota. Según él, indagar orígenes étnicos es una forma de honrar a los armenios, pues impide que la historia de los pueblos se pierda en la noche de los tiempos.

Lo malo de descubrir diferencias es que unas pueden ser preferibles que otras. Hace dos años Eduardo me lanzó unas palabras más incisivas que su té de clavo: "Tus facciones son turcas". No era el primero que me lo decía, así es que eso debe ser cierto, al menos en parte. El problema es que él no ha perdonado a los turcos que masacraron a los armenios.

Como es de suponerse, la revelación de que genéticamente pertenezco al número de sus enemigos enfrió nuestra amistad. Confieso que yo también puse algo de mi parte: si él me vio con desconfianza, yo lo vi con rencor. No estaba ante un experto en antropología física sino ante un aficionado que asociaba mi cara con un crimen contra la humanidad. Eso arde. Para demostrarle que ante todo soy mexicano, me ofendí al máximo, no lo invité a mi cumpleaños y hablé mal de él con Carlitos Muro, que es como hablar con CNN.

Durante dos años sólo nos vimos en la absurda fiesta de Halloween que organizó Chacho y a la que, por fortuna, asistimos con disfraces de brujas y calaveras que impidieron identificar nuestras razas. Luego tuvimos un encuentro casual en un cajero automático. En esta segunda ocasión, me saludó con una efusividad que tardó varias semanas en volverse lógica.

Cuando habló para que nos viéramos, me sorprendió que me citara en una sucursal bancaria. Temí que necesitara un préstamo. ¿Carlitos habría exagerado mis críticas a Eduardo, convirtiéndolas en una calumnia que yo debía resarcir con un cheque?

Eduardo llegó a la cita de buen humor: "La tecnología nos ha unido", dijo en forma enigmática. Explicó que, en nuestro encuentro anterior, había visto el trabajo que me cuesta lidiar con la computadora: "La touch screen no te obedece".

Tenía razón. Envidio a los que activan las pantallas con un tenue roce de sus dedos. Yo me concentro para que mi alma llegue a las huellas digitales, intento caricias furtivas y luego paso a la técnica de lucha libre del piquete de ojos. Sin resultado alguno. El asunto no mejora lavándome las manos ni poniéndome crema. El siglo XXI ha inventado aparatos que revelan la incapacidad de mi epidermis.

"Ahora viene la masajista de signos", añadió mi amigo. Mi confusión iba en aumento.

Minutos después llegó una chica bajita y morena. Sus dedos cortos no hacían pensar en masaje alguno. "No todas los manos tienen la misma temperatura ni la misma piel", dijo Eduardo: "las de Lupita fueron hechas para la touch screen". La vi proceder sobre la pantalla con virtuosismo digital.

"¿Ves?", mi amigo sonrió como quien prueba un axioma. "Lupita trabaja en el banco, ayudando a los discapacitados digitales".

Aunque la tecnología suele ser una prótesis, la touch screen convierte a una franja de la población en impedidos.

Lupita me dio su tarjeta por si tenía emergencias de pantalla. Mi ineptitud física quedó acreditada. ¿Eso justificaba el buen humor de Eduardo?

"Me pasa lo mismo que a ti", agregó para mi sorpresa. Me mostró sus dedos, de piel casi translúcida, llenos de rayitas, parecidos a los míos. Tocó la pantalla del cajero y no fue obedecido. "Eres turco, pero este invento nos discrimina por igual", añadió.

Curiosamente, descubrir que armenios y turcos pueden tener la misma piel no lo llevó a pensar que, en el fondo, los enemigos son lo mismo: "El holocausto no se olvida". Y sin embargo, había encontrado una forma de reconciliarnos: "compartimos la misma incapacidad". Para nosotros, la computadora no servía para el moderno fin de dominar una pantalla sino para remontarnos a un momento prehistórico en que las razas se unían por idénticas dificultades.

Al despedirse, me dio la mano, con un apretón que juzgué vengativo. Respondí encajándole una uña.

Nadie es responsable de su piel, pero sí de sus intenciones.





 El crepúsculo de los líderes

Ante la crisis mundial de liderazgo, Twitter apareció como el reino utópico en el que aún es posible tener seguidores (aunque sería más apropiado hablar de "cómplices", "víctimas" o "enemigos leales").


Las masas conservan vigencia estadística, pero su impacto se ha diluido. En Facebook, 500 millones de personas se definen como "amigos". En la limitada realidad, las manifestaciones son una molestia o, en el mejor de los casos, una inusitada alteración de la costumbre. Las multitudes conviven mejor en Internet, lo cual no quiere decir que estén de acuerdo, pues cada quien busca algo distinto. Arengar a las multitudes es una tarea de otro tiempo: Fidel ha pasado del uniforme de Comandante en Jefe a los pants de convaleciente.
También la percepción de las masas ha cambiado. En 1927, en su película Metrópolis, Fritz Lang retrató a la muchedumbre como un todo definido. El cine y la televisión abierta brindaron una imagen unitaria del pueblo y contribuyeron al surgimiento de una forma de carisma que no alcanzó a estudiar Max Weber: la telegenia. Quien dominara los medios, dominaría la ciudad.

Pero la percepción de la masa ha cambiado por completo. El pintor David Hockney comenta al respecto: "Si filmas una multitud con una cámara, retratas una masa, pero si la filmas con 18 cámaras, se convierte en un conjunto de individuos [...] El mundo de la masa está muriendo a causa de la tecnología".

La manera de captar la realidad se ha fraccionado. Cada persona es un fotógrafo. Además, la oferta visual se ha pulverizado en centenares de canales y sitios web. La celebridad se ha abaratado. ¡Bienvenidos a la era de la atención dispersa!

Hitler y Stalin pudieron ver Metrópolis como un hipnótico escenario, habitado por una colectividad en espera de ser dominada. Hoy en día resulta muy difícil establecer liderazgos mediáticos, pues no hay una oferta informativa unitaria ni un grupo que se defina como la masa.

Los políticos se han vuelto actores de reparto en una película sin protagonistas. Angela Merkel tiene éxito local y repudio global; en su confusa emulación de Kennedy, Obama busca un Vietnam a su medida; Hollande ha convertido su ineficacia en la mayor virtud de su predecesor; Peña Nieto y Rajoy gobiernan con la inercia de los autómatas que desconocen, no digamos las ideologías, sino la vida interior; Artur Mas se postula como el "presidente del día después", que empezará a gobernar cuando inaugure otro país; Maduro y Cristina Kirchner fracasan en mejorar la realidad con populistas dosis de folklore...

En este panorama, una figura autoritaria como Putin ha podido erigirse como mediador ante la ilusión imperial de Obama en Siria. La confusión es tan grande que las declaraciones más esperanzadoras provienen de una institución feudal: al preferir a la virgen María sobre los obispos y al encomiar las libertades individuales, el Papa Francisco inauguró el siglo XVIII en el Vaticano.

El mundo no carece de liderazgos sin fisuras. El deporte es la última reserva del caudillismo, según lo revelan la FIFA, el Comité Olímpico Internacional o el Consejo Mundial de Boxeo, y los comercios legales e ilegales imponen leyes incontrovertibles. Tanto Carlos Slim como la piratería china podrían pagar el sueldo de todos los presidentes del planeta.

Ante la falta de liderazgos políticos, surge una pregunta: ¿de veras los necesitamos? El Guía de Hombres pide respaldo unánime. Borges dijo, famosamente, que la duda es uno de los nombres de la inteligencia. Por suerte, cada vez resulta más difícil aceptar una idea, un programa, un representante. La multiplicidad de estímulos nos tiene en estado de déficit de atención. Sin ser filósofos, estamos suficientemente distraídos para concentrarnos en el discurso único de un líder.

La fragmentación de los mensajes dificulta el ejercicio de un poder central. Al mismo tiempo, inhibe energías de participación que sólo surgen al contacto con los demás. El cibernauta tarda en tomar la calle. Pero la red permite otra clase de consensos y no es ajena a la idea de autoridad. Estamos ante un posible viraje en los procesos para percibir y elegir representantes.

Lichtenberg lamentaba que los votos se contaran y no se pesaran, pues no todos valían lo mismo. En la red, las palabras gravitan de distintos modos. Un tuit importa por sus réplicas. Ahí la opinión pública no depende de escuchar a una figura, sino de multiplicar activamente las preferencias. Los carteros deciden los mensajes.

Tal vez en el futuro la política no dependerá de llegar al poder a través del proselitismo, sino de ganar autoridad a través de las opiniones compartidas. Como toda especulación admite su reverso, también es posible que surja una nueva demagogia, la era del cibermesías capaz de predicar en 140 caracteres, el profeta en Twitter que tendrá, él sí, fanáticos seguidores.

Cruz Azul

Por ahí de 1966 mi padre me llevó a Jasso, Hidalgo, a un partido Cruz Azul-Guadalajara. Yo tenía entonces 10 años.

Recuerdo que sólo había gradas en uno de los costados de la cancha. Desde ahí se podían ver las instalaciones del emporio fabril que patrocinaba al equipo. La cementera se alzaba como una mole futurista, rodeada de las casas pequeñas y bien cuidadas de los empleados. Un enclave del trabajo, donde las ganancias colectivas se usaban para meter goles.

Siempre dispuesto a entusiasmarse con una utopía de izquierda, mi padre admiraba a ese equipo que acababa de subir a primera división y era propiedad de una cooperativa.

Fuimos a Jasso a apoyar a los futbolistas de la clase obrera. Para perfeccionar la simbología, mi padre eligió un partido contra las Chivas, máximo representante del nacionalismo en la hierba.

Poco después, el Cruz Azul comenzó a jugar en el Estadio Azteca; en la temporada 1968-69 conquistó su primer título, y en la década de los setenta se convirtió en un portento que Ángel Fernández rebautizó como "La Máquina Celeste". Fue ahí donde el defensa chileno Alberto Quintano demostró que la dureza no es enemiga de la elegancia, donde Fernando Bustos reinventó el arte del dribling y donde El Superman Marín convirtió la portería en un refugio tan inexpugnable que se metió el autogol más idiota de la historia para mostrar que sólo podía ser vencido por capricho.

Los niños que comenzaban a ver futbol entonces se encandilaron con la "máquina que pita y pita". La pasión por la marea azul se generalizó en tal forma que hoy en día es el tercer equipo con más aficionados. Medio siglo bastó para que la escuadra se consolidara. En 1953, Guillermo Álvarez Macías asumió la presidencia del Consejo de Administración de la Cooperativa e impulsó en forma decisiva al equipo. Su muerte prematura, en 1976, dejó un hueco que sería llenado por su hijo, Guillermo Álvarez Cuevas.

Hasta aquí la historia del equipo azul es rosa. Sin embargo, medio siglo de vida obliga a revisar su trayectoria. Ahora que México es el hazmerreír de la Concacaf, zona sin la menor jerarquía futbolística, las esperanzas de ir a Brasil se depositan en dos ilusiones: el cambio de entrenador y el mejoramiento de la "actitud" de los jugadores.

Por desgracia, el futbol mexicano tiene fisuras mucho más hondas, y el Cruz Azul pone en evidencia varias de ellas. En 2004 me reuní con periodistas de Récord para analizar el futbol nacional. Todos coincidieron en mencionar al Cruz Azul como ejemplo del abuso económico: con el dinero de los cooperativistas, la directiva hace magníficos negocios y demuestra que en México las ganancias no dependen de obtener títulos sino de traspasar jugadores.

Pocos equipos han hecho traspasos más espectaculares. Por ahí han pasado jugadores internacionales como Lussenhoff, El Chelito Delgado, Emanuel Villa y Camoranesi (que sería campeón mundial con Italia en 2006). Entre los costosos fichajes nacionales se cuentan los de Jared Borgetti, Kikín Fonseca y Paco Palencia. No faltan, desde luego, las contrataciones enigmáticas, como la de Youssouf Fofana, de Costa de Marfil, que llegó al club a los 30 años, en una suerte de prejubilación.

El incesante intercambio de jugadores es la principal causa de inestabilidad del futbol mexicano. En los últimos tiempos, Cruz Azul se ha convertido en el equipo "ya merito". Califica a la liguilla, está a punto de ganar y se derrumba. La cercanía a la meta y la caída posterior es el pretexto ideal para la compraventa de futbolistas. El problema es que cada operación altera un destino e impide los planes a largo plazo. Pero el mercado de piernas no se suspende porque las ganancias derivan de las comisiones que se llevan los interesados.

En 2010, Víctor Garcés fue separado de su cargo como director jurídico del Cruz Azul porque se le vinculó con un desfalco de 400 millones de dólares destinados a fichajes. Garcés trabajó durante 22 años en la institución. Su proceder no podía ser sorpresa al interior de las oficinas.

El pasado 14 de septiembre, la Cooperativa Cruz Azul publicó en un desplegado en el que menciona tres demandas presentadas desde 2010 contra la actual directiva por "robos", "disposiciones de dineros", "contratos para favorecer a determinadas personas" y "contrataciones abusivas". De acuerdo con el desplegado, tres juzgados fallaron a favor de la Cooperativa, pero la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal ha impedido que las sentencias se lleven a efecto.

En su extensa relación de los hechos, la Cooperativa habla de presiones, detenciones y violencia en contra de quienes se han opuesto a la directiva del equipo. Es el más reciente acontecimiento de un club que refleja la esencia del futbol mexicano: un negocio que explota la pasión.

En las taquillas del Estadio Azul hay mendigos uniformados. Llevan la camiseta celeste y piden para "completar su boleto". Explotan la solidaridad pero no entran al estadio. En nombre del futbol, sacan dinero. Son aprendices de directivos.


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Futbol suicida

Antes de atacar a Siria, Estados Unidos nos derrota con guerra de nervios. Sin jugar de maravilla, aprovecha nuestros complejos en el futbol.


¿Sería un país pacífico si jugara más seguido con nosotros? Un imperio cuya economía depende de los gastos militares y cuya política exterior requiere de un enemigo externo no se calma con goles, pero ayudamos a subirle la autoestima. Hubo tiempos felices en que la selección norteamericana era una víctima propiciatoria. La pérdida de la mitad del territorio podía ser vengada deportivamente por los botines de Chava Reyes.El futbol era entonces la reserva de la identidad donde comprobábamos que los güeros no dominan el chanfle. Aquellos futbolistas eran el reverso de los marines, muchachos dispuestos a perder en plan amable.
Esa etapa humanitaria se acabó. Ahora Estados Unidos nos gana hasta en futbol. Cada partido contra ellos es un caso de neurastenia pública. El egregio Rafa Márquez perdió los estribos cuando nos eliminaron en el Mundial de 2002 y le propinó un cabezazo a Cobi Jones. En 2007, Hugo Sánchez debutó como técnico de la selección ante el temido archirrival y llegó a incluir seis delanteros que fallaron un gol tras otro. Pocas veces fue tan claro que el complejo de inferioridad no se supera con estrategia. México perdió 2-0.

Después de una fase que despertó justificadas esperanzas, el Chepo de la Torre entró en el infierno de la clasificación y fue cesado antes del partido contra Estados Unidos. Luis Fernando Tena, admirable entrenador en los Juegos Olímpicos, asumió la misión de reconquistar Texas con carabinas 30-30. En forma previsible, una de las más flojas escuadras norteamericanas de los últimos veinte años nos venció 2-0 y se dio el lujo de fallar un penalti.

La selección parecía seguir un guión de Chespirito. Jesús Corona salió en falso para que Johnson rematara a placer mientras Salcido abrazaba a un rival en un gesto más allá del judo. Giovani dos Santos concluyó todas sus jugadas como inspector de pastos. Enemigo de la responsabilidad, prefería conseguir una falta que meter un gol. Para colmo, Tena dejó en la banca al mejor hombre del partido anterior, Oribe Peralta, y cuando lo incluyó, lo puso junto al Chicharito. Si el Barcelona juega con un falso 9, México duplica al 9. ¿Pueden dos cirujanos cortar con el mismo bisturí?

Y ya que usamos metáforas médicas: ¿dónde está el anestesista? ¿Hay modo de olvidar la recaída en Columbus?

En México la juventud heroica se asocia con el enfrentamiento a Estados Unidos. Como el destino tiene debilidad por los símbolos, hoy es día de los Niños Héroes. Los seis cadetes que murieron por la patria en la invasión de 1847 parecen preguntar desde las estampas que se venden en las papelerías: "¿no hay modo de chutar mejor?".

Aunque tenemos el futbol más rico y organizado de una región que recibe demasiados boletos para el Mundial, parece imposible que la calidad pase al terreno de la evidencia.

Más allá de las chambonadas puntuales de técnicos y jugadores, la crisis nerviosa se ha fraguado con esfuerzo. México es un país de liguilla. Cada medio año, las televisoras, que hoy critican a la selección, amasan fortunas con la falsificada emoción de los partidos a muerte. En esa ruleta rusa, el octavo de la temporada puede salir campeón. Si algo distingue a nuestro futbol es la inestabilidad. Cuando los Pumas de Hugo Sánchez ganaron dos mini-torneos seguidos parecían haber vencido la guerra de treinta años. Además, el verdadero negocio de nuestro futbol no es ganar sino vender jugadores. El dinero no depende de los títulos sino de la especulación con los fichajes, los patrocinios comerciales y los derechos televisivos.

La selección ha llegado a ser la cuarta que más dinero produce en el mundo. Sus pifias son respaldadas por millones de consumidores. En un proceso de mixtificación, Toyota y Citigroup han hecho publicidad en nombre del patriotismo futbolero mexicano y los seleccionados han aparecido en comerciales de cerveza y comida chatarra.

¿Para qué jugar bien si se gana tanto jugando mal? De César Luis Menotti a Hugo Sánchez, pasando por Manuel Lapuente, los técnicos del tri han pedido regresar a los torneos largos para aumentar la regularidad de los jugadores. Los seleccionados que se reúnen en marzo se han convertido en otros para la concentración de noviembre; algunos han cambiado de equipo y de ciudad, y los ganadores del primer mini-torneo del año se han transformado en el hazmerreír del siguiente.

De 1956 a 1965, el Guadalajara fue el "campeonísimo", la base estable para la selección que en el Mundial de 1962 venció 3-1 a Checoslovaquia, escuadra que sería subcampeona del torneo.

No es necesario ir tan lejos para encontrar motivos de orgullo. Claudio Suárez, Jared Borgetti, Jorge Campos o Benjamín Galindo son héroes de leyenda en comparación con lo que hoy tenemos.

Destrozada por un entorno donde el negocio supera al deporte, la selección pierde antes de pisar la cancha.

Un suicidio no se improvisa.

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Ruborizarse

Sergio Aldebarán ha padecido una de las más curiosas afecciones dérmicas que conozco.

No se trata de un mal que pueda ser controlado por cremas o especialistas: su piel tiene complejo de culpa. Mi amigo pertenece a esa minoría de rubios casi albinos que no se broncean. En dos horas de sol, pasa de la palidez a la dermatitis. Cuando fuimos de campamento a Puerto Escondido regresó como si hubiera estado en Chernobyl. La dispareja apariencia de sus hermanos revela la accidentada procedencia de los genes familiares. Unos son morenos, otros castaños claros, otros parecen güeros de rancho. Entre los antecesores, hubo un bisabuelo nórdico que desapareció en los glaciares sin legar otra cosa que las facciones de mi amigo.Los mexicanos tenemos tendencia a pensar que es posible vivir del envidiable accidente de ser rubio. Como los japoneses, privilegiamos las fisonomías ajenas a nuestra condición y suponemos que nacer con ojos azules ahorra trámites y aumenta el sueldo.
Esta actitud autodenigratoria nunca benefició al condiscípulo que revelaba sus secretos en las mejillas. Cuando el profesor de historia preguntaba los nombres de los emperadores aztecas, le bastaba dirigir la mirada al número 3 de la lista, Aldebarán, para saber que no llegaría ni a Acamapichtli.
Sergio se ponía rojo ante la amenaza de estar en falta. En su casa, los hermanos lo adoraban porque lo podían culpar de todo. Al ver un jarrón roto, la madre acariciaba con suave crueldad un cinturón del padre y preguntaba: "¿Quién fue?". Los demás desviaban la vista a Sergio. El color subía a sus mejillas por mero nerviosismo. Eso bastaba para que recibiera el primer cinturonazo.
Cursábamos la preparatoria cuando descubrimos que el dinero nos alcazaba para comprar Padre Quino, brebaje de uva que no tenía corcho sino una corcholata del tamaño de una hostia de consagrar. Durante una borrachera que tuvo los efectos de haber bebido merthiolate, Sergio me confesó que su hermano Lencho estaba cojo por su culpa.
Lencho era el mayor de los Aldebarán. Según la leyenda familiar, iba a ser un astro del basquetbol y había sido pretendido por varias universidades de Estados Unidos. Una Semana Santa fueron de vacaciones al Hotel Canarios, en Cuernavaca, que tenía como dieciséis albercas. Una de ellas estaba vacía. Sergio desafió a su hermano a lanzarse ahí de noche, con los ojos cerrados. Como Lencho vivía para romper récords, aceptó el reto, cayó sobre el concreto, se fracturó la rodilla en siete partes y el peroné en dos. Desde entonces caminaba a destiempo y le decían Punto y coma.
Este era el momento de mayor dramatismo en la vida de Sergio, no sólo porque perjudicó a su hermano a causa de un desafío idiota, sino porque la víctima jamás lo delató. Lencho dejó de ser una promesa atlética y se convirtió en una especie de héroe moral. En las reuniones familiares se refería a los soplones como si fuera un líder rebelde con oportunidades de ser traicionado. Él nunca denunció a Sergio.
Mientras tanto, mi amigo sufría como el poeta de Muerte sin fin, sitiado en su epidermis. Recordar su fechoría sin castigo lo llevaba a ponerse rojo de vergüenza. Esto hacía que los demás le atribuyeran el desastre del momento (recuerdo la noche en que, sin más prueba que su piel, fue responsabilizado de la desaparición del pájaro del reloj cucú).
En las cenas de los Aldebarán, ser rubio era visto como un defecto insuperable. "La sangre traiciona a los pálidos", me dijo alguna vez su hermana Cristi, que no he mencionado hasta este momento para no recuperar el nerviosismo que siempre me produjo. Ante ella, mi piel era tan endeble como la de Sergio.
En los últimos 20 años me he encontrado un par de veces con el amigo al que la edad ha puesto aún más pálido. Ahora parece salido del Museo de Cera. La última vez que lo vi me dijo que el más moreno de sus hermanos se había convertido en un sociópata de peligro internacional. Había desfalcado a varios empresarios y vivía en Canadá, donde una extraña ley otorga la ciudadanía o el permiso de residencia por cinco años a cambio de una fuerte inversión.
"Como no se pone colorado, se siente con permiso para engañar a todo mundo", comentó Sergio. Le dije que su comentario era racista y respondió: "¡Claro que no! Su problema no es ser moreno, sino haber crecido junto a un blanco que se ponía rojo por cualquier cosa. Él sí fue racista: se aprovechó de mi piel para que yo pagara sus culpas".
Lo más extraño de ese encuentro fue que el gran drama de su vida, confesado en la euforia etílica del Padre Quino, había tenido un desenlace sorprendente. En forma dolorosa pero cierta, había ayudado a su hermano. Las fracturas de Lencho acabaron con la fantasía de triunfar en el basquetbol de Estados Unidos sin ser negro ni medir dos metros, y la entereza con que las padeció lo transformaron en un teórico del bien y el mal. Actualmente es experto en ética del derecho y asesora a organismos multinacionales. "Le convenía no ser basquetbolista", le dije a Sergio.
Vi su rostro, y no se ruborizó.


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Virtud pública del llanto

En "Contra la ficción", excelente ensayo publicado en la Revista de la Universidad,

Cristina Rivera-Garza se ocupa de la obra de Ove Knausgård, que repudió los mecanismos de la fabulación para escribir una descarnada autobiografía en seis volúmenes bajo un título que parecía imposible de recuperar: Mi lucha. El interés de la escritora mexicana por este autor aumentó cuando dos de sus alumnos le dijeron que estaban hartos de la ficción y deseosos de encontrar relatos verdaderos. Knausgård es un ejemplo extremo de memorialista; escribe como si ignorara su vida y sólo pudiera averiguarla por escrito, con una franqueza que no admite enmiendas.

Esta exploración íntima está puntuada por el llanto. Al respecto escribe Rivera-Garza: "Un hombre que llora públicamente siempre resulta inquietante[...]En las delicadas aunque férreas reglas que gobiernan las relaciones entre género y emotividad, a los hombres les ha tocado a menudo la rabia o la impotencia, pero pocas veces el llanto. Las mujeres o los niños lloran, sin duda, exponiendo así una básica ruptura interna: la vulnerabilidad. Que Karl Ove llore tanto y tan visiblemente a lo largo de estas páginas acentúa una doble transgresión: he aquí un hombre que exhibe sus sentimientos y he aquí un hombre cuyos principales sentimientos son de debilidad". Knausgård abandonó la ficción en busca de un discurso vulnerable. La verdad importa porque duele. La obra del autor noruego, las reflexiones de Rivera-Garza y la sed de autenticidad de sus alumnos revelan un rasgo esencial de nuestro tiempo: el déficit de realidad. Durante siglos, el arte construyó una segunda naturaleza, no menos importante que la que le daba origen. El Quijote ha transformado el mundo incluso para quienes no lo han leído. Pero ahora habitamos un terreno espectral donde lo más importante sucede en pantallas. El sitio Second Life postuló la posibilidad de llevar una vida alterna en la red hasta que esa conducta se convirtió para muchos en la existencia dominante. En Japón el síndrome del autista digital recibe el nombre de hikikomori. Para remediar esa afección, han surgido terapias de realidad en las que se desconectan los aparatos y se recupera el olvidado truco de amarrarse los zapatos o preparase un sándwich. Esto recuerda las "Instruccio- nes para subir una escalera", que Julio Cortázar escribió como una parodia del hiperrealismo. Esos consejos se podrían utilizar ahora en un tratamiento para curar lesiones digitales. "Conócete a ti mismo". ¿Qué significa la frase del templo de Apolo en tiempos donde la introspección depende de motores de búsqueda? Cuando el sujeto contemporáneo tiene una crisis de identidad, se busca en Google. Cuando quiere socializar, se dirige a sus dos mil amigos en Facebook. En este contexto, la realidad se ha convertido en algo difícil de obtener, lo cual explica la propagación de los reality-shows y las competencias donde se triunfa o llora por un sueño. En los años sesenta la televisión dependía de una inventiva desaforada: Mi marciano favorito, Perdidos en el espacio, El superagente 86, La isla de Gilligan, Hechizada, Mi bella genio y Mr. Ed trataban de asuntos imposibles de encontrar en la vida real. Hoy la especie busca integrarse televisivamente a las tramas de Animal Planet. La urgencia de hallar datos comprobables e incontrovertibles ha hecho que la medicina forense sea una rama del guionismo, según demuestran CSI, Dexter y otras series. El cuerpo, que alguna vez vivió en lo real de tiempo completo, se ha convertido en un misterio narrativo. "La literatura, al menos la literatura como el artefacto cultural de la burguesía del XVIII, enfrenta, con las tecnologías del XXI, uno de sus retos más fuertes y vívidos", escribe la autora de Nadie me verá llorar, título que alude al pudor con que nos protegemos de la emoción y de la fragilidad, es decir, de lo verdadero que lastima. A partir de un texto de Ismail Kadaré, Rivera-Garza recuerda que la tragedia surgió para codificar el llanto, para llorar por una causa y un sentido social, al modo de las plañideras en un rito funerario: "A diferencia del llanto, que sólo es; el plañido es arte o es, también, política. Recuérdese que la prohibición estatal de cualquier forma de duelo, entre ellos el llanto, en el caso de la muerte del hermano de Antígona, hizo de la lágrima un motivo de contención social". Tal vez los cibernautas futuros lloren lágrimas eléctricas. Por ahora, necesitamos dosis de realidad. "Mis recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia", dice un replicante en la secuencia final de Blade Runner. Al igual que Knausgård, el androide que anhela la condición humana asocia la memoria con el llanto, expresión física del dolor. La ficción surgió para sobrellevar el peso del mundo. En una realidad ingrávida, el testimonio recupera el peso del mundo.
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EL CARRIL QUE NOS TOCA

Hace unos 25 años, el pintor Saúl Villa me reveló un argumento sobre la textura del mundo que tardé décadas en aquilatar.

Espléndido lector y cinéfilo consumado, mi amigo daba estupendas recomendaciones sobre libros y películas. En una ocasión le pregunté acerca de un estreno y comentó: "No lo he visto, pero no creo que valga la pena". Quise saber en qué basaba su argumentación y me explicó que no le había gustado a una amiga cuyo nombre no retuve. Saúl no era una persona fácil de influir, de modo que me interesó saber por qué respetaba tanto esa opinión. "Es la más rápida de mi carril", dijo en tono irrefutable. 

El pintor organizaba la realidad a partir de las jerarquías de su carril. Para la portada de mi libro Albercas, creó una superficie con ondas que aludían a los misterios de la transparencia. Nada es tan elocuente como lo que está a la vista y sin embargo encierra un enigma. Un cuarto de siglo después de aquella inolvidable frase de Saúl, coincidí con el escritor Naief Yehya en Nueva York y me habló de la alberca en la que todos los días nada tres mil metros. Naief pertenece a una comunidad que convive de siete a nueve de la mañana en el carril de una alberca de Brooklyn. Aunque podría nadar por su cuenta, prefiere hacerlo en esa fraternidad donde los puestos se definen con rigor. Uno de los aspectos más interesantes de la secuencia de natación es que los puestos se escalonan con precisión. Es posible rebasar, pero hay que respetar un orden básico. El que va al frente deber merecerlo. En consecuencia, sus opiniones son respetadas como una extensión de su destreza acuática. Si no le gusta una película, no hay que verla. El autor de La verdad de la vida en Marte es una de las personas más amables que conozco. Esto lo llevó a una cortesía insólita en la natación: una mañana le cedió el paso a otro nadador. Pensó que, llegado el momento, recibiría un trato similar, pero no fue así. En el agua, la gentileza es un signo de debilidad. Esto no implica una relación hostil. Las molestias representan un estímulo. Todos se quejan del que va enfrente y de la temperatura del agua y eso ayuda a disputar por metros y segundos. El tiempo y el espacio son ahí algo cuantificable. Se sabe quién toca primero la meta y quién la toca al último. El atleta que se prepara para un deporte individual lucha contra sí mismo. El nadador aficionado prefiere complicarse la vida en compañía. El inobjetable desenlace puede llegar después de roces previos, que sin embargo se aceptan como una sencilla impureza de la realidad. Al oír a Naief entendí que estaba ante algo más intenso que el ejercicio. Ese esfuerzo tiene sentido por la presencia de los otros. Se trata de una convivencia extrema, un peculiar juego de conjunto donde los participantes luchan entre sí. El único otro deporte que se le parece es la vida diaria. La justicia en el carril no es perfecta porque uno le puede tapar el camino a otro, pero eso no llega a representar una falta grave, y mucho menos un delito. Nadar en densidad es una práctica moral, donde los demás son impedimentos necesarios. Naief me hizo recuperar el asombro con que oí a Saúl hace 25 años. ¿Hay algo más noble que concederle autoridad a quien nos supera? Y el hecho de que el ganador se pueda servir de una treta incrementa la dignidad de quien lo admira. Soportar defectos engrandece más que reconocer méritos. Uno de los grandes problemas de la vida social es que no tiene carriles ni participantes reconocibles. Ignoramos la duración del trayecto, lo que se espera de nosotros, el punto exacto en que invadimos el carril de al lado. En un poema, Carlos Pellicer dice: "Agua del nadador que la divide". La única forma de poseer una superficie líquida es atravesarla, y mucho antes Quevedo escribió: "Nadar sabe mi llama el agua fría". No es fácil pasar del tonificante ardor de la piscina a la zona donde hay toallas, la ropa está seca y se respira por la nariz. El ruidoso caos que llamamos "normalidad" puede ser recorrido sin llegar a otra meta que el extravío. El cuento "El nadador", de John Cheever (que Frank Perry llevó al cine con Burt Lancaster), plantea ese dilema existencial. El protagonista sólo se siente cómodo en el agua y recorre el acaudalado suburbio donde vive nadando de piscina en piscina. A la orilla de cada alberca, repasa y modifica las relaciones que ha tenido en su vida. Cuando finalmente vuelve a casa, descubre que ya no vive ahí. Esta anti-Odisea plantea el riesgo de querer vivir en otro elemento. La memoria de la especie no se desprende de la tentación del agua. Las microsociedades que se reúnen en el carril de una piscina aluden a los tiempos en que fuimos sociables protozoarios, pero también a un porvenir, todavía utópico, en que la vida en común estará tan bien organizada que todo mundo se dará lata para salir adelante.
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PREFERIRÍA NO HACERLO

Cuando hablo con amigos y conocidos que trabajan en el sector público aparece una frase inevitable:

"Con el dispendio del año pasado nos quedamos sin recursos". Lo mismo dicen delegados, gobernadores y titulares de dependencias. El gobierno de Felipe Calderón terminó sus días de desgracia poniendo en práctica una variante económica de la ciencia ficción: el sobre-ejercicio del presupuesto. No se trató de una pifia accidental sino de una maniobra planeada: las oficinas estaban autorizadas a endeudarse. No es difícil encontrar los motivos de ese gasto irresponsable. En el último año del sexenio, el dinero se convirtió en recurso de propaganda. Si el PAN ganaba las elecciones, habría sido una magnífica inversión; si las perdía, el adversario llegaría al poder con las arcas vacías.

La nueva administración comenzó su trayectoria con innegable energía retórica, lanzando promesas y reformas, que son atractivas pero pertenecen al patrimonio intangible de la humanidad. Al mismo tiempo, enfrentó deudas y obras inconclusas incómodamente reales. Las quejas que circulan en las oficinas de gobierno provienen de investigaciones y auditorías internas, pero no se dan a conocer porque eso llevaría a exigir sanciones.

Esta opacidad permite que se imagine un desfalco aún peor, lo cual revela una de las claves políticas de la inmovilidad: el despilfarro anterior justifica que el Gobierno de las Reformas no haga nada. Además, al no ofrecer pruebas de lo sucedido, perjudica moralmente a su enemigo, pues permite que sus fechorías se agranden en la mente ciudadana y pasen a la desmedida región de las leyendas negras. En México los rumores castigan más que los tribunales. Así lo confirman quienes no cumplen hoy por culpa de los que mandaron ayer.

La detención de Elba Esther Gordillo mandó un mensaje contra la impunidad, pero no significó el inicio de una política de leyes sino el final de un demorado ajuste de cuentas. El gobierno de Peña Nieto ha optado por una justicia selectiva. Esto explica que no haya otras detenciones. El emporio de la Maestra se construyó gracias a una compleja red de complicidades que se mantiene intacta.

Durante décadas, el PRI perfeccionó una jurisprudencia parecida al juego de la lotería, donde una figura (el Catrín, la Dama, el Soldado) representa a todas las de su género. En la lotería justiciera, se captura al Empresario, al Político o al General para sugerir que todo un sector ha sido castigado. Esta simulación de la justicia atrapa a uno para proteger a muchos: al ser detenido, el Delincuente Solitario exonera a los que actúan como él pero se mantienen en la sombra. ¿Qué decir, por ejemplo, de los demás líderes sindicales que se enriquecen en nombre la lucha obrera?

El capital político obtenido con la captura de Gordillo se devalúa al no convertirse en norma, pero esta erosión es lenta y los continuos anuncios de reformas hacen que se hable de otra cosa. "Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de conversación", la frase de James Joyce define nuestra hora. La educación, los medios y la industria petrolera dan mucho de qué hablar. Es posible que las modificaciones propuestas no se concreten, o sólo se concreten parcialmente, pero no hay duda de que modifican la conversación.

Calderón trabajó sin equipo y personalizó la política a un grado absurdo. En la dispendiosa propaganda que acompañó su sexenio no se hablaba de la Presidencia de la República, sino del "Gobierno del Presidente de la República". Una persona guiaba al país. Calderón pretendía actuar, y por desgracia lo hizo. Ahora vivimos inmersos entre palabras sin acción, un oleaje de discursos. Cada iniciativa cancela el seguimiento de la anterior.

"Nos dejaron en ceros", dicen quienes no pueden ejercer el presupuesto. Pero no se fincan responsabilidades.
En la pasada declaración patrimonial, miembros del gabinete explicaron la procedencia de algunas de sus propiedades por la generosidad ajena. No habían sido compradas ni heredades: eran "regalos". Un gobierno que cree en la economía de la dádiva no puede quejarse demasiado del dispendio ajeno.
El PRI convirtió la Revolución en burocracia, forma de la dominación donde el mejor trámite es el que no se atiende. Herman Melville creó al personaje Bartleby como un arquetipo del funcionario que renuncia a actuar. Su lema es: "Preferiría no hacerlo".
Las críticas a la falta de recursos y a las malas gestiones previas salen de las propias oficinas gubernamentales. Pero la ley no se cumple porque eso comprometería a seguirla cumpliendo. Si el gobierno la acatara, tendría que juzgarse a sí mismo. No es extraño que privilegie los proyectos donde la realidad se mejora con discursos y que sólo podrán ser valorados en el desconocido provenir. Ante las evidencias del presente, su lema es el del desganado Bartleby: "Preferiría no hacerlo".

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ESTO NO ES UNA OBRA DE ARTE

"Internet está acabando con la realidad", le dije a un amigo."

¿No se había acabado?", contestó. Vivimos en las ruinas de lo real, región que nunca ha sido sencilla. Pensemos, tan sólo, en el misterio de los calcetines, que no desaparecen juntos. Antes de que entendiéramos la vida diaria, apareció una segunda realidad, que transcurre en las pantallas. Desde un punto de vista epistemológico, la "cosa Internet" tiene un contenido moral neutro; es un instrumento como cualquier otro. Pero el ser humano modifica lo que toca. Un piolet puede servir para escalar una montaña o matar a Trotsky. Los aparatos destinados a la comunicación parecen refractarios al mal uso; los vemos como algo necesariamente positivo. No creo que las palomas mensajeras sean mejores que Internet ni extraño los azares del servicio postal. Sin embargo, vale la pena analizar la versión paralela del mundo que se construye "en línea". Hace unos meses, Vargas Llosa descubrió con azoro que en el territorio virtual escribía artículos contra los argentinos. Se trataba de textos apócrifos que imitaban su estilo y recogían disparatas opiniones de uno de los personajes de La tía Julia y el escribidor. Lo mismo le había pasado antes a Philip Roth. Pero enfrentaba un callejón sin salida; es casi imposible modificar lo que ingresa a la cripta intangible de Internet. Un colaborador del periódico Noroeste, de Sinaloa, copió textos de varios autores -entre ellos uno mío- y los colgó en la red como suyos. Murió al poco tiempo, pero sus plagios perduran en el más allá virtual.Hace unos días se simuló otro hecho real. Un blog informó que el artista Enrique Jezik, de Córdoba, Argentina, había obtenido el premio BA-Petrobras de Artes Visuales por un proyecto "vacío". Según la nota, Jezik envió un mail sin nada. El gesto hacía pensar en el cuadro blanco de Malevich, el papel en el que Rauschenberg borró un dibujo de De Kooning o la pared en la que Stefan Bruggemann se limitó a trazar (No Content). El arte ha buscado disolver el contenido en una "estética de la desaparición", como la llama Paul Virilio. Esa "puesta en blanco" tiene una tradición que resulta ocioso calcar.El blog sugería que el arte contemporáneo es hecho por vendedores de aire. Nada más lógico que premiaran un mail sin asunto. Al respecto, se reproducía una "declaración" del artista argentino Jorge Macchi, miembro del jurado: "lo tomamos como un atrevimiento, una especie de performance que trascendía los límites físicos del arte", y otra de Cuauhtémoc Medina, el curador más influyente de México: "nos gustó mucho la idea de una especie de acción 'mandada' por e-mail, teníamos la sensación de que se estaba transgrediendo el mundo digital". Sin embargo -siempre según el blog-, todo se debía a que Jezik había olvidado adjuntar su attachment y al recibir el premio "lamentó" que lo reconocieran por algo que no hizo. La obra había sido concebida por el jurado. Llamaba la atención que Jezik reconociera su falla y aceptara el premio. Pero el cinismo suele ser aliado del éxito.Cuauhtémoc Medina se doctoró en Essex, es curador en jefe del MUAC, ha escrito textos decisivos sobre la cultura mexicana y ha curado exhibiciones tan significativas como ¿De qué otra cosa podríamos hablar?, de Teresa Margolles, en la Bienal de Venecia. ¿Al mejor cazador se le había ido la libre?Resulta que todo fue un montaje con visos de verosimilitud. El despiste de un artista se presentaba como una transgresión de los "límites físicos del arte". Aunque sabemos que no todo lo virtual es verdadero, no dejamos de caer en esa trampa. En el texto "Virología de la idiotez", Medina respondió: "Tratar de desmentir una broma es una buena manera de enredarse en la risa: lo mejor es sonreír. Sin embargo, el evento es muy revelador tanto de la posición acrítica de los lectores y repetidores de la información, como del deseo generalizado de una gran parte del público de que el arte sea, en efecto, un mero engaño".Como las especulaciones nunca cesan, alguien podría pensar que este desmentido también es apócrifo o que en realidad los autores de la broma hicieron una "acción artística" sobre los límites del arte.¿Qué tiene más peso en la red: una calumnia o una aclaración? El escándalo indigna y exige desahogo; en cambio, el desmentido apela a la comprensión, desmonta los prejuicios en forma razonada; su asimilación es pausada y no pide respuesta. A diferencia de la irritación, que busca cómplices, el entendimiento termina en quien lo obtiene (nadie escribe para decir: "ya entendí"). El efecto viral de un infundio supera con creces al de un desmentido.En la veloz arena de Internet, un impulso tiene más oportunidades que una idea. Si la realidad subsiste, se escribirá la historia de cómo la cultura, que pide tiempo extra, sobrevivió al cortocircuito de las opiniones instantáneas.

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