miércoles, 2 de junio de 2010

La noche de Hortensia cuento por Sofia Buzali






La noche de Hortensia
por Sofía Buzali


La joven descansa sobre un campo de flores silvestres. Son amarillas. Del otro lado, un río. El rumor del agua le aquieta el alma. En la lejanía, árboles de durazno plantados en línea recta; de sus ramas altas y delgadas, como si quisieran alcanzar el cielo, sobresalen pequeñas flores de tonos rosa. Al otro extremo, cerezos sobre un campo de nieve. Los frutos rojos se distinguen sobre el paisaje, como si un artista hubiera dado pinceladas sobre el extenso horizonte blanco. Al poniente, los cerezos. Al oriente, los duraznos en flor. Al sur, el arroyo. Al este, el campo amarillo de flores silvestres.
¿Y la lluvia?, me pregunto.

Disfruto caminar descalza por la orilla del río, estrecho y poco profundo. El agua es tan cristalina que puedo ver la punta de mis pies. De pronto, emerge a la superficie el rostro de una joven con ojos entristecidos y apagados como una noche sin luna. Volteo de un lado, a otro. No hay nadie, la cara de la mujer, es la mía.

Soy Hortensia. Tengo 22 años. Vivo con mi padre en el campo, en aquella casa de tejados azules. Mi madre murió cuando nací. Desde entonces, percibo la desolación de papá caminando solitario por las calles de la vida. No tuvo otra alternativa mas que verme crecer y educarme, a pesar de que cada vez que me mira piensa que soy culpable de la muerte de la mujer que tanto amó.

Hortensia. Nunca he sabido por qué me puso el nombre de una flor; le pregunto y me dice que lo ignora. ¿Acaso por las macetas de hortensias en el balcón de su habitación cuando nací? Imagino a mis padres corriendo las cortinas cada mañana, para después, abrazados, mirar a lo lejos el campo y las flores lilas junto al barandal. Desventurado él, seguramente se arrepiente de haber elegido ese nombre, símbolo del último suspiro de mi madre.

Jamás lo he visto con otra mujer, aquella presencia la tiene clavada en el corazón. Día tras día, después de trabajar, lo observo en la mecedora del pórtico fumando su pipa, con la mirada pérdida en el horizonte. Todo él es azul, como azul es su nostalgia. Ha sido bueno conmigo, mas nunca he sentido su mano en mi piel. Ni un cariño, jamás un beso. Aquel día, me contó mi nana Rosaura, que la comadrona llegó demasiado tarde y la parturienta se desangró. Tenían muchos planes, niña, y mire lo que pasó.

Mi nana me platicó la historia de una mujer a quien leyendo se le iba la tristeza. Nunca le pregunté de dónde sacó semejante anécdota, pero gracias a ella, a mi soledad la acompañan las historias de los otros. Es difícil descifrar los sentimientos; sin embargo, se revelan de una u otra manera en las páginas de los libros. Estimulan los sentidos y todo lo que muchas veces deseo expresar. Tengo suerte, porque en el pueblo hay una pequeña biblioteca. Pocos libros pero suficientes. Mi padre los escoge al azar; a mí, por el contrario, casi siempre me están esperando. Como uno de Borges, argentino y ciego durante la mitad de su existencia. Cada poema suyo lo repaso varias veces porque al principio es difícil comprender su mundo. Al leerlo, mis ojos se tornan cristalinos delatando lo mucho que conmueven mi alma. Recuerdo una estrofa,
Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de nosotros si mamá viviera. Quizá tuviese ahora una hermana. Pero no hay hubieras, Hortensia, me digo. Por eso empecé a escribir, imaginando vidas ajenas, narrando lo que algún día tal vez fui, acaso soñé.

Vuelvo al campo amarillo, las flores de durazno, los cerezos sobre el huerto nevado, el rumor del río. No es largo el sendero, pero a cada lado veo los sembradíos marchitos, la tierra baldía. Siento que nos depositan en la tumba abierta. Con claridad percibo la humedad del suelo. Escucho el sonido de la pala sobre el exterior de madera. Una, otra vez. Ella me dice, Hortensia, hija, aquel hombre alto con sombrero de paja, es el padre que nunca conociste. El otro, el que solloza inconsolable, llora por mí y por ti, creyendo que eres su hija.

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