jueves, 15 de julio de 2010

Laberinto de MILENIO: avance: la columna de Fernando Zamora

CHLOE: Una película abierta a la imaginación y a las conjeturas

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Hombre de celuloide
de Fernando Zamora en Laberinto de MILENIO
Amor mirándose en un espejo
Twitter: @fernandovzamora
Si fuese cierto que, como afirma Luis Cernuda, el amor es tensión entre realidad y deseo, los celos serían la constatación rotunda de que hay amor en Chloe, la última película del armenio-canadiense Atom Egoyan. Durante una escena, cierta joven amante pregunta a la mujer de quien se ha enamorado: ¿Cómo te toca él? ¿Cómo te hace el amor? Ella responde: y la toca. La escena toda recuerda esas pinturas antiguas en que al amor se le representa mirándose en el espejo: la que desea se ha convertido en el objeto del deseo. Y en este intercambio de roles atisbamos una profunda reflexión en torno al amor, ese gran destructor. El guión fue escrito originalmente por Anne Fontaine una autora de Luxemburgo. Me parece que la historia nació para explorar el deseo femenino, ese que Elfriede Jelinek explora en The piano player. Tengo la impresión, sin embargo, de que Egoyan tuvo problemas para llevar esta tensión sexual (la de una mujer que ha llegado a la edad en que, en su casa, el único que hace el amor es el hijo adolescente) hasta sus últimas consecuencias, porque a diferencia de Exotica y Speaking parts en Chloe tuvo que trabajar con el mainstream hollywoodense. Esto es: los productores pensaron Chloe como un negocio, picante tal vez, pero que tendría que apoyar los valores familiares contra los que se han levantado autores como Jelinek. Así, una película que comienza teniendo empuje retórico y la mirada curiosa puesta en el amor en tanto ángel exterminador, una película que parecía querer llegar a las profundidades de Love & human remains del otro québécois, Denys Arcand, termina volviéndose un filme más de paranoia yanqui, esa que hemos visto en obras patéticas (Single white female) y que llegó a su máximo creativo con Fatal attraction. Supongo que filmar en Nueva York y con Liam Neeson y Julianne Moore, tiene sus costos.

Por otra parte, que Chloe es la obra de un cineasta de talla monumental, se constata en dos hechos: en la forma en que evade un grave error de guión (quien haya visto la película, sabrá que la prostituta no puede estar contando la historia en primera persona) y en el valor que da a cada detalle. No hay en esta obra un corte, un gesto que sobre; la cámara se mueve con delicadeza y el director va construyendo narrativamente a sus personajes de forma tal que crea en nosotros la ilusión de estar olisqueando personas reales, entrando en sus deseos, en sus rencores: en su miseria. Chloe es una película llena de deliciosos detalles: la mujer que mira desde el balcón, el sabor del vino blanco y sobre todo el roce y la promesa: el deseo de la piel, el sentido del tacto.
Una de las escenas que más me han inquietado en el cine de Egoyan es ésta: un hombre entra a un local de masajes y desesperado pide a la dependienta: “!Tócame! Hace años que nadie me toca”. Aquí sigue, en Chloe, esta sensualidad, este gusto por el placer de tocar. Tocar al amor, solamente, en la fría superficie de los espejos.


FICHA:
Una propuesta atrevida (Chloe). Dirección: Atom Egoyan. Guión: Erin Cressida Wilson basado en el guión Nathalie, de Anne Fontaine. Fotografía: Paul Sarossy. Música: Mychael Danna. Con Julianne Moore, Liam Neeson y Amanda Seyfried. Estados Unidos, Francia, Canadá, 2009

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