domingo, 31 de marzo de 2013

FEDERICO CAMPBELL ES UNO DE MIS CONSENTIDOS: ¡MAESTRO, ME ENCANTA!






La última edad
 FEDERICO CAMPBELL


Parece que la vejez ahora empieza un poco antes de los ochenta años porque la expectativa de vida se he recorrido de los sesenta a los ochenta. No era así en tiempos del hombre de las cavernas ni en los años de las guerras nepoléonicas.
  “Tengo una vejez melancólica”, dice Norberto Bobbio en su antepenúltimo libro, De senectute (sobre la vejez). Con ello se refiere a lo que no pudo alcanzar en la vida y a lo inalcanzable. Si la vida es un camino (o un río, o un viaje), en el que la meta siempre se desplaza hacia delante, cuando uno cree haberla alcanzado resulta que no era la que se había figurado. La vejez se convierte entonces en el momento en que uno tiene plena conciencia de que no sólo no ha recorrido el camino, sino que ya no tendrá tiempo de recorrerlo y tendrá que renunciar a la última etapa.
  Cuando el maestro de Turín medita en la sensación del tiempo perdido, recapitula y llega a la conclusión de que más que de los libros y las conferencias sus conocimiento vienen de su vida de relación: del intercambio con los otros, maestros y alumnos, parejas, camaradas políticos, amigos, nietos.
  El mundo de los viejos es el mundo de la memoria. Al final uno es lo que ha pensado, amado, realizado. Uno es su historia personal, uno es lo que recuerda, uno es la narración que lleva adentro puliéndose, editándose. La memoria lo constituye y en ella reside su identidad más profunda. La persona es la memoria. Mientras que el mundo del futuro está abierto a la imaginación, y ya no le pertenece a uno, el mundo del pasado es aquel donde a través de la memoria uno retorna a sí mismo, reconstruye su individualidad, que se ha ido formando a lo largo de todos los actos de una vida, concatenados entre sí, enlazados por una continuidad nunca interrumpida: su quehacer histórico personal.
  “El viejo vive de recuerdos y para los recuerdos, pero su memoria se debilita día con día. El tiempo de la memoria avanza al contrario que las manecillas del reloj: los recuerdos que afloran en la reminiscencia son tanto más vivos cuanto más alejados en el tiempo estén aquellos sucesos”, piensa el gran filósofo del poder. Entre más pasan los años uno recuerda con más nitidez las cosas del pasado más remoto, las más lejanas en el tiempo, que las cosas que tuvieron lugar ayer o la semana pasada, o en el desayuno de esta mañana, en una suerte de extraña presbicia de la memoria.
   Esté donde esté, cuando uno empieza a descubrir su vejez, uno se da cuenta de que es el de mayor edad en todos los lugares y en cualquier circunstancia: al entrar en un elevador, entre los pasajeros de un avión, en la mesa de un restaurante, al hacer cola en un cine. Siempre es el más viejo. Y hay que hacerse a la idea. Cuando a uno le empiezan a gustar los árboles es que ya se está volviendo viejo. 
  A esa edad las comparaciones resultan, pues, inevitables. Uno se da cuenta de las diferencias en el uso del lenguaje que cambia de una generación a otra porque en todas partes de hablan tres lenguas: la de los jóvenes, la de los de mediana edad y la de los viejos. 
  Los jóvenes han llegado a la edad de la razón cuando vocablos como “iniciar” en lugar de “empezar” se han legitimado por el uso. Dicen “buen día” y no “buenos días”, como los viejos. Hacen la pausa del “güey” en lugar del “este…”.  

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