domingo, 3 de marzo de 2013

SUBRAYADOS DE MILENIO: JOSÉ LUIS MARTÍNEZ PRESENTÓ SU LIBRO: EL SANTO OFICIO EN LA FIL MINERÍA: "...la amistad es un milagro, y qué bueno que ese milagro pueda multiplicarse".


Y después de la presentación...!



          JOSÉ LUIS MARTÍNEZ     








'El Cartujo'
LA LETRA DESOBEDIENTE por Braulio Peralta
2013-03-04 •

Lo presento como currículum por si alguno de sus “cinco lectores” no lo conoce:

José Luis Martínez S., defeño de corazón, tiene en el ambiente cultural al menos 35 años. Ha pasado por las redacciones más diversas del periodismo mexicano, desde las revistas eróticas Su otro yo y Diva, o el diario Esto, de deportes, donde escribía de cine y música en la sección de espectáculos, hasta las páginas de La Jornada Semanal —bajo el mando de Fernando Benítez—, El Nacional, La Crónica de Hoy, la agencia Notimex y la revista Etcétera.

Hoy su casa es el medio del que es fundador: MILENIO Diario, del que ha sido editor de la sección “tendencias” y actualmente es director del suplemento cultural Laberinto; es también coordinador editorial del Dominical, donde escribe la columna “El Santo Oficio”, que ha publicado desde 1986 en los medios mencionados.

Justo acaba de publicar un libro bajo el nombre de El Santo Oficio. Periodismo, literatura y cultura popular, en la colección de periodismo cultural, editado por Conaculta. Escribo en la contraportada:

“Pocas columnas hay en el periodismo cultural mexicano tan entrañables como la de José Luis Martínez S. El autor ha hecho de ella su casa escritural a través de su álter ego o desdoblamiento intrépido, pero también subversivo: El Cartujo, que no debiendo hablar, habla, o mejor: escribe. Creación literaria al fin, El Cartujo es un personaje visitador de nuestro variopinto ámbito cultural.

“El libro reúne parte del material publicado en todos estos años. Tratándose de textos breves, no demeritan su cortedad la sobriedad y la eficacia de síntesis del escritor. El estilo chispeante con el que construye retratos memoriosos y trasmite hechos de lo que, queriéndose fugar, avizora ya una meta hacia lo mítico de nuestra cultura”.

Fuimos el sábado a la presentación en la Feria del libro en el Palacio de Minería, saludamos a escritores, periodistas, profesionales de muchos años y lectores jóvenes que demostraban que El Cartujo tiene más de cinco lectores. En un medio poco propenso al triunfo de los otros, el evento demostraba el cariño de los compañeros al autor de El Santo Oficio.

Pero no habla mi afecto por José Luis Martínez S., ni la barbería clásica del arrastrado. Es el gusto de haber sido editor de un libro suyo, igualmente indispensable: La vieja guardia. Protagonistas del periodismo mexicano.

Enhorabuena.







I. El Santo Oficio
Por Emiliano Balerini Casal para MILENIO.

El Cartujo, ese monje que cada semana retrata los hechos periodísticos, culturales y nocturnos más importantes de la Ciudad de México y el mundo, apareció ayer en la Feria Internacional del Libro (FIL) del Palacio de Minería durante la presentación de su libro El Santo Oficio. Periodismo, literatura y cultura popular.

El célebre personaje —creado por José Luis Martínez S., director del suplemento Laberinto— surgió en 1986, en la columna periodística “El Santo Oficio”, publicada originalmente en Ovaciones y después en Diva, El Nacional y MILENIO.

Flanqueado por Julio Castillo, Fernando Solana Olivares y Héctor de Mauleón, el autor se mostró feliz de ver entre el público a personas con las que ha compartido diversas experiencias: José de la Colina, Braulio Peralta, Mónica Lavín, Javier García Galeano, Sandra Lorenzano y Adriana Malvido, entre otros.

“Siento un profundo aprecio por quienes me acompañan en esta mesa: Julio, Héctor y Fernando, y desde luego por ustedes, que al estar aquí confirman ese privilegio que es la amistad. En estos tiempos la amistad es un milagro, y qué bueno que ese milagro pueda multiplicarse”, dijo emocionado.

Héctor de Mauleón, subdirector de Nexos, explicó que conoció a Martínez S. hace 16 años en la redacción de un diario y, aunque seguía su columna, creyendo que su nombre respondía al Tribunal de la Santa Inquisición, no imaginó que en realidad su autor hablaba del santo oficio llamado periodismo.

“Al recorrer las páginas de este libro lo que uno encuentra es lo que un periodista, a lo largo de más de 30 años de ejercicio profesional en revistas y periódicos, vio y anotó. Por aquí desfilan los personajes notables del periodismo, como Renato Leduc, y los reporteros de la vieja guardia; al mismo tiempo se retratan los acontecimientos culturales, de relevancia de estos años: las grandes muertes, los aniversarios, las apariciones de libros, los sucesos notables que han acompañado la cultura”, dijo De Mauleón.

El cronista agregó que Martínez S. retomó una tradición periodística que Salvador Novo recreó en los años treinta, en la que el autor de una columna se escudaba en el anonimato para poder arremeter contra las cosas que eran necesarias; sin embargo, por una decisión de ética periodística la empezó a firmar.

El colaborador de MILENIO, Fernando Solana Olivares, mencionó que el director de Laberinto ha hecho en su columna el registro de una época trascurrida y también la memoria nostálgica de un oficio y sus oficiantes, ahora en irreparable transformación tecnológica y acaso conceptual.

“Pensar, diría la tradición pietista, es invariablemente agradecer. Escribir como lo hace José Luis Martínez S. también, pues la memoria significa aquella función de la conciencia que se sabe integrante de lo humano: el ser, afirmaba el filósofo griego, está cifrado en lo que conoce, y mientras más conoce más logra ser. Con dicho talante, ejercicios mayúsculos de la pertenencia, este libro se divide en tres apartados: periodismo, libros y autores y cultura popular, entendidos como manifestaciones diferenciadas e indelebles de una sola realidad”, dijo.

Solana añadió que Martínez S. consigna un fenómeno determinante, pero hasta ahora desatendido, como un indicador de la barbarización mexicana: la desaparición de las secciones y de muchos suplementos culturales en los diarios nacionales: “El homo videns va hegemonizando el medio por excelencia que hasta hace menos de una década fue del ahora acosado homo sapiens, del lector cada vez más combativo”.

José Luis Martínez durante su intervención en la FIL MINERÍA


II. LA HORA DEL LOBO. Federico Campbell


LA PERSONA Y EL PERSONAJE





III. A SALTO DE LÍNEA por Braulio Peralta 

Dos amigos…enemigos
Braulio Peralta  para Laberinto


Cuando ingresé oficialmente al mundo editorial en Plaza y Janés, un periodista, Víctor Roura, se asombraba de que “los españoles” hubieran contratado a “un ignorante” como yo. El artículo, publicado en El Financiero , lo pegué en la entrada de mi oficina de avenida Coyoacán: que los autores supieran a qué atenerse con semejante bestia. Fue la última vez que leí los insultos del periodista que cumple 25 años dirigiendo la sección cultural del diario mencionado.
Roura y un servidor nos conocimos en el UnoMásUno. Con dos maneras de pensar absolutamente divergentes, no parecería que pudiéramos ser amigos. Pero lo fuimos. Del UnoMásUno a La Jornada, de la que fuimos fundadores y accionistas, en los 80. Él, más cerca de Miguel Ángel Granados Chapa y yo, de Carlos Payán Velver (hoy sabemos que esos grupos se dispersaron, y quedó uno solo, al mando de Carmen Lira). Conversábamos de música —su delirio—, y el teatro —mi pasión—.
No dejábamos títere con cabeza del mundo cultural: las mafias, el amiguismo, la corrupción, las becas, las dificultades de ser editor de cultura en los diarios. En el UnoMásUno él ya era jefe de información de la sección cultural con Humberto Musacchio de responsable. Para cuando llegamos a La Jornada, lo natural era la sección cultural para Roura. Entonces él —nadie más—, me adjudicó el puesto de jefe de información. Ahí empezó nuestro alejamiento. Y su encono.
Mi amigo hoy enemigo perdió la sección cultural porque dejaba de publicar muchas noticias del ámbito cultural. La Jornada quería exclusivas pero también la cobertura de eventos fundamentales, como el Premio de los libreros de Frankfurt al poeta Octavio Paz, que no cubrimos oportunamente, por ejemplo. Quejas desde la dirección general. Roura, indignado, presentó su renuncia. Se la aceptaron. Me ofrecieron el mando. Lo acepté. Ese fue mi delito. De ahí su rencor. No me meto en intimidades porque está fuera de lo estrictamente informativo, pero diré hasta qué punto fuimos amigos: con su mujer vivió en mi departamento de Cuba 12, poco menos de un año. Así de cuates fuimos.
No pienso volver a escribir del tema. Hoy sé que hay un libro de más de 400 páginas donde me infama y dice cosas que muy difícilmente pueden comprobarse. Lo escribo ahora porque me cansé estos años de guardar silencio en respeto a nuestra amistad. Un hombre con problemas para discernir entre la verdad y su verdad, de la que nadie somos dueños. Aprecio nuestras conversaciones/confrontaciones, sí, pero no sus arrebatos donde el enemigo acecha a cada paso y todos son responsables, menos él. Creo que la amistad nunca termina a pesar de los finales donde aparece la enemistad. Por eso guardé silencio estos años. Este es mi punto final.

Coda
Por cierto, al lujoso y costoso libro de Humberto Musacchio, México: 200 años de periodismo cultural, le faltó un prólogo más extenso para tantos años de diferencias culturales. Cubrir 200 años en 15 páginas es difícil. Eso sí: el libro está bien bonito.

juanamoza@gmail.com














IV. El Santo Oficio por José Luis Martínez
Elba en su jaula
POR JOSÉ LUIS MARTÍNEZ S. 


El cartujo cometió la imprudencia de ver a Elba Esther Gordillo sin maquillaje, desde entonces lo atormentan las pesadillas y no puede cerrar los ojos sin recordarla, ojerosa rendida, detrás de las rejas de los juzgados del Reclusorio Preventivo Oriente.

Nunca pensó mirarla así, aunque, Dios lo perdone, lo deseó con el alma. Sin embargo, blandengue como es, lo conmueve hasta las lágrimas su recién estrenada fragilidad, su larga lista de supuestas enfermedades, su provecta edad. Es una anciana cuya legendaria ferocidad se esfumó tan rápido como la flama de un cerillo en una tarde de viento. Un día en la cárcel —el primero de muchos— bastó para amansarla, cuando menos en apariencia, para volver inofensivos sus afilados colmillos.

Cuando en la televisión apareció con su uniforme de reclusa, despintada y con la voz apenas audible, el monje murmuró aquella vieja canción de Cuco Sánchez: “A dónde está el orgullo/ a dónde está el coraje…”. No encontró en ella a ninguna guerrera, nada en su actitud revelaba el espíritu combativo, beligerante, ante el cual sucumbieron, por conveniencia y quizá también por miedo, los gobiernos panistas.

En el periódico La Razón, Carlos Jiménez narra el momento cuando, en el penal de Santa Martha Acatitla, La Maestra se desprendió de su bolso Louis Vuitton, tan popular entre las profesoras de educación primaria en el país, y de su ropa de diseñador.

Era la medianoche del martes, sentada en una banca lloraba y repetía: “Me la hicieron a la mala, fue a la mala”. Dos celadoras le pedían quitarse su lujosa vestimenta y ponerse el uniforme reglamentario, ella no quería. Pensaba, tal vez, en su piel escamosa pero delicada, acostumbrada solo a lo mejor, a las telas más finas, a los más caros afeites; miraba el atuendo carcelario, descolorido, áspero, usado, y sus gimoteos se hacían más grandes.

¿A quién con un poco de sensibilidad no se le derrite el corazón ante una escena como ésta? Con un soplo se derrumbó su castillo de naipes edificado con sangre, sudor y lágrimas de los maestros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, con un golpe la dejaron tambaleante, al borde del nocaut. Faltaría rematarla, aunque al parecer ya no será necesario cuando es la viva imagen de la desgracia.

Esa noche —dice Carlos Jiménez—, La Maestra fue fichada, le tomaron las huellas digitales, le pidieron sus generales y la fotografiaron con su número de presa. Esa noche se acabó su buena suerte.

Nadie, excepto sus incondicionales y un fraile sentimental, llora por ella. Le quitaron, literalmente, las garras y ahora es una más en la siempre incompleta lista de políticos corruptos defenestrados en este país. Ojalá aproveche el tiempo, y si durante su encierro el ingeniero Jorge Díaz Serrano lo utilizó para darles lecciones de inglés y tenis a sus compañeros, ella bien podría aprender a leer y escribir. Nunca es tarde para hacerlo.

Queridos cinco lectores, con aullidos a la luna llena, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.







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