martes, 7 de mayo de 2013

LA VOZ DEL POETA. JOSÉ LUIS MARTÍNEZ EN DOMINICAL DE MILENIO. EL SANTO OFICIO:




La voz del poeta

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ. EL SANTO OFICIO. MILENIO DOMINICAL.





En el prólogo de Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, de Pilar Jiménez Trejo, Daniel González Dueñas afirma: la voz del poeta “se escucha en cada página, en cada párrafo, en cada apunte” de este libro escrito desde las profundidades de la perseverancia, desde las alturas de la admiración y el afecto.

Todo Sabines está en estos folios: su infancia, sus poemas, las mujeres, la muerte, la soledad, la tristeza, la enfermedad, pero, sobre todo, su amor por la vida. “La vida es maravillosa —le comenta a Pilar—. Y me dispongo a vivirla”.

Lo dice después de un largo periodo de sufrimiento.

En noviembre de 1989, en una visita a Tuxtla Gutiérrez, tropezó con un escalón y al caerse se rompió el fémur de la pierna izquierda. La deficiente atención médica inicial fue el origen de una larga sucesión de tormentos físicos.

“En cinco años —rememora— me operaron varias veces de la pierna, de la cadera, del abdomen; se me complicaron las cosas, tuve peritonitis dos veces, estuve en salas de recuperación, de terapia intensiva, tuve cataratas, me pusieron enormes agujas en las vértebras, clavos en las rodillas, sondas… Me tasajearon el cuerpo 33 veces durante un lustro de enfermedad constante, por haber cometido el error de caerme de un desnivel de ocho centímetros. ¡Qué vergüenza! Yo habría querido desplomarme de la punta del Everest o por lo menos del cerro de Mactumatzá, en mi pueblo de Tuxtla”.

El sentido del humor, seco, lapidario, no es infrecuente en este libro. Tampoco lo son las muestras del carácter de Sabines, quien jamás cedió ante la tentación de tenerse lástima. “Si tú no te compadeces de ti mismo y miras las cosas racionalmente, ganas —le explica a Pilar—. Cuando me dolía la pierna izquierda, le mentaba la madre. De verdad, le decía: ‘¡Hija de la chingada, ya deja de joder, por Dios’”.

El monje lee absorto y apenado estas lecciones de entereza y determinación, cuando tantos como él se quejan a la menor oportunidad y sienten morirse cuando se machucan un dedo. Pero el poeta de “Los amorosos” y “Tarumba” soportó estoico todas las pruebas, no solo la enfermedad sino también la muerte de sus padres, de su hijo Jaime y su hermano Juan. Escribir —dice— lo ayudó a olvidar, a disfrutar la hermosa vida.

Fotografías con familiares y amigos, en viajes y lecturas, de manuscritos y dibujos, de portadas de libros y documentos oficiales, complementan este testimonio intenso del poeta, quien a pesar de las desventuras siempre andaba en busca de la felicidad y, con una sonrisa, recordaba: “Cristo dijo una cosa maravillosa: ‘Dejad que los muertos entierren a los muertos’. Los vivos debemos vivir para los vivos, para hoy y para mañana. Solo que a veces los muertos te atrapan y no te quieren soltar, quieren hundirte con ellos en su tumba; entonces hay que decirles: ‘Ya, quédate ahí tranquilo, yo me voy a caminar…’”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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