lunes, 14 de febrero de 2011

HÉCTOR DE MAULEÓN: SU COLUMNA EN EL UNIVERSAL


Héctor de Mauleón

La ciudad y los gays

07 de marzo de 2011



Tuvieron que pasar cinco siglos para que los gays abandonaran la vida subterránea a la que estaban confinados. Con los matices propios de una cultura que decidió fincarse en la homofobia desde que Nezahualcóyotl moralizó Texcoco a través de una ordenanza que mandaba que a los homosexuales se les sacasen los intestinos, hoy, como nunca antes, la visibilidad del subsuelo sexual ha dejado de ser incitación al escándalo. Aunque persiste el linchamiento de la jerarquía católica y se mantiene lo que Carlos Monsiváis llamó “la resistencia fundamentalista” de algunos sectores de la sociedad (acosos, desprecios, burlas, golpizas), en la ciudad de México los homosexuales han accedido a una serie de conquistas históricas, impensables hasta hace poco tiempo: por primera vez pueden casarse y se hallan amparados por leyes contra la discriminación. Por primera vez en la historia de la ciudad, resulta natural ver a dos hombres caminar de la mano.

Y sin embargo, tras esa “naturalidad” se halla el proceso en que se construyó, minuciosamente, el infierno de los homosexuales. La primera vez que un sector de la ciudad de México salió masivamente del clóset, ocurrió de modo involuntario el 6 de noviembre de 1658. Ese día, 14 hombres fueron quemados en una plaza pública: una razzia había descubierto que se hacían llamar con nombres de mujer y recibían visitas masculinas en casas montadas “con todo aliño”. Enganchados por un anciano español conocido en el ambiente como “Señora la Grande”, los condenados revelaron que en su clientela había un centenar de señorones de la sociedad novohispana, tan adoradora de vírgenes y tan devota de los santos.

La segunda salida del clóset, también involuntaria, ocurrió en 1901: un gendarme descubrió que se verificaba un baile misterioso. No tardó en comprobar que buena parte de los 41 invitados vestía con trajes femeninos. Era el porfiriato: los hijos de familias distinguidas fueron protegidos por el silencio; otros 22 detenidos fueron enrolados en el ejército y enviados –entre una multitud que los siguió hasta el ferrocarril lanzándoles injurias y proyectiles— a combatir en la Guerra de Castas. El escándalo provocó la satanización en la cultura popular del número “41”, y condenó a los homosexuales a encerrarse en sus propios guetos, de los que sólo salieron para ser exhibidos como bufones o como escorias (hay que ver la manera en que los trató la Época de Oro del cine mexicano).

En el México posrevolucionario, de políticos empistolados y machos a la Pedro Armendáriz, la salida más importante del clóset fue absolutamente voluntaria. El escritor Salvador Novo fue el primer personaje público que ostentó su homosexualidad. Como afirman los clásicos: Novo hizo del amaneramiento una proclama. Mientras otros artistas se veían obligados a expresarse en clave –el compositor Gabriel Ruiz fue uno de ellos: nos hizo cantar “boleros de amor” cuyos destinatarios nadie imaginaba—, Novo se exhibía en la calle, asombrando, irritando, provocando (con sus pantalones blancos, sus zapatos blancos, sus cejas depiladas). Aquel escritor asumió su preferencia sexual de modo feroz: gracias a su vasta cultura, su prosa extraordinaria, su maledicencia terrible, logró convertirse en un personaje temido, respetado, tolerado. Novo se impuso en el poder cultural y fue aclamado como el gran cronista del siglo XX. Esa aceptación abrió, tal vez, el primer gran boquete en nuestra cultura homofóbica.

Fue necesaria, sin embargo, la derrota del régimen de la Revolución, fueron necesarios cuatro gobiernos de izquierda, para que los gays pudieran caminar del brazo y por la calle. Novo cumplirá dentro de poco 40 años muerto. Un espléndido libro coordinado por Michael Schuessler y Miguel Capistrán (México se escribe con J) recoge sus aportaciones y narra, desde el cine, el teatro, la música y la literatura, la historia de la comunidad gay en México: la crónica de un largo viaje por el país de la noche.



La ciudad y los viejos

Más de Héctor de Mauleón

28 de febrero de 2011

“Para la sociedad, la vejez es un secreto vergonzoso del cual es indecente hablar”, escribió Simone de Beauvoir en un célebre y demoledor ensayo. Como ocurre con los pobres, los enfermos, los desgraciados, al mundo le resulta intolerable la visión de sus viejos: mejor apartar la vista que mirar de frente un retrato en que se condensa el dolor, la degradación, la enfermedad, el abandono de la fuerza. De manera histórica, los viejos han sido olvidados por esta ciudad. ¿Para qué pensar en ellos en 1910, cuando la esperanza de vida era de 30 años? ¿Para qué diseñar políticas relacionadas con la ancianidad si todavía en 1970 la esperanza de vida era de 63? Sin que nadie lo advirtiera, el crecimiento desmedido de la urbe se encargó de denigrar, humillar, apabullar a los viejos. Mientras construíamos anchísimos ejes viales; elevados puentes peatonales que atravesaban el circuito y el viaducto; mientras dotábamos al Metro de hondas y profusas escalinatas, olvidamos entregar respuestas urbanísticas que facilitaran la vida de los viejos. La arquitectura los despreció; la ciudad de los autos decidió segregarlos.

La esperanza de vida en 2011 es de 75 años. Medio millón de personas mayores de 68 habitan la ciudad de México. Datos del Instituto de Atención para los Adultos Mayores del Distrito Federal (IAAM) revelan que se trata de una población empobrecida y enferma. El 77% sufre diabetes o hipertensión. El 65% no percibe otro ingreso que la pensión alimentaria que concede el gobierno capitalino (897 pesos al mes). El 48% no recibe ayuda económica de sus familiares. La cuarta parte de nuestros ancianos reside en colonias populares de las delegaciones Iztapalapa y Gustavo A. Madero en donde la vivienda es menos cara.

En los primeros años del siglo XXI, la aparición de la asesina serial conocida como La Mataviejitas llevó a la primera plana de los diarios las condiciones de soledad y abandono a que estaban expuestos los adultos mayores. Disfrazada de trabajadora social, Juana Barraza elegía a sus víctimas en los parques. Se trataba de mujeres mayores que vivían solas, y a las que ella ofrecía incluir en programas de asistencia social. Con ese método –mientras el jefe de gobierno Andrés Manuel López Obrador atribuía las muertes a “escándalo mediático tendiente a golpear nuestro proyecto”— Barraza estranguló a 17 ancianas con un cordón y saqueó minuciosamente sus domicilios. Las víctimas vivían en tal estado de abandono, que algunas veces los familiares tardaron varios días en descubrir el homicidio.

A pesar de sus declaraciones lamentables, López Obrador había puesto en marcha el primer programa asistencial dirigido a los viejos: un plan de apoyo alimentario, atención médica y medicamentos gratuitos, que hizo que éstos dejaran de ser considerados una carga: para el 80% de las beneficiarias, la pensión constituía, por ejemplo, el primer ingreso fijo que habían percibido en sus vidas. Años más tarde, Marcelo Ebrard creó el IAAM, encargado de atender a los mayores de manera integral y dirigido a formar entre la población algo de lo que seguimos careciendo: una cultura de la vejez. La administración de Ebrard ha abierto escuelas para ellos y puso a su disposición una línea telefónica “plateada” que atiende a toda hora casos de depresión y otras urgencias. Los viejos, sin embargo, se mantienen como un grupo extremadamente vulnerable: son víctimas favoritas de la extorsión telefónica, y víctimas, también, de discriminación, abandono, maltrato psicológico, patrimonial y físico. El 40% de las suicidas de edad avanzada residían en esta ciudad. El 68% de los adultos mayores afirma que, a pesar de la pensión, la relación con sus familiares no ha mejorado. Sólo el año pasado, el IAAM atendió 214 casos de violencia cometida contra ancianos. Tenía razón Beauvoir: el mundo seguirá siendo injusto hasta que el mundo se siente a mirar ese retrato de dolor profundo y establezca, con la ancianidad, un compromiso solidario.







"PARA NO OLVIDAR" EL PASEO DE LA REFORMA EN EL SIGLO XXI
HÉCTOR DE MAULEÓN EN W.radio
para Claudia Guerrero







Héctor de Mauleón

Te declaramos nuestro odio,

magnífica ciudad

21 de febrero de 2011

La última encuesta sobre la calidad de vida en la ciudad de México refleja el pavoroso estado de ánimo de 20 millones de personas atadas a la suma de tragedias cotidianas: como en el gran poema de Efraín Huerta, odiamos la ciudad. Según la Coordinación de Investigación y Opinión Pública de El Universal, el 88% de los metropolitanos cree que los medios de transporte y el nivel de seguridad son totalmente insuficientes. El 80% cree que el trabajo de las delegaciones es igual a cero. El 70% opina que sus viviendas son indignas. Odiamos la ciudad: su tráfico, su inseguridad, su corrupción, su ruido, su basura, su contaminación, su pésimo sistema de alcantarillado, su sobrepoblación, sus marchas, sus obras públicas, la falta de solidaridad ciudadana. El 72% de los capitalinos declara detestar, incluso, el aspecto de la urbe. De ser posible, el 59% de la gente se iría a vivir a otro lado.

En 1950, unos años después de que Efraín Huerta hubiera publicado su declaración de odio a la “amplia y dolorosa ciudad”, el Distrito Federal ocupaba una superficie de 22 mil 960 hectáreas. Medio siglo más tarde, la ciudad se extendía a lo largo de 741 mil hectáreas. En el 0.37% del país se asentaba la concentración humana, industrial, comercial y financiera más importante de México. El Centro de Transporte Sustentable informaba que cada habitante de la ciudad pasaba cinco años de su vida en el tráfico (un promedio de dos horas diarias). Las delegaciones centrales, que en 1941 integraban la ciudad del poeta Efraín Huerta, se habían despoblado: desde el último tercio del siglo XX se registraba un crecimiento expansivo hacia las zonas del poniente, el oriente y el sur; un enjambre humano que ocupaba, lentamente, incluso regiones del Estado de México.

En sólo unos años, la Muy Noble y Muy Leal ciudad de México desapareció: surgió en su lugar la Zona Metropolitana del Valle de México, un monstruo mitológico formado por 16 delegaciones y 58 municipios mexiquenses; un engendro que carecía, en amplias regiones, de pavimento, de alcantarillado, de agua potable. Una metrópoli impermeable al Metro, los ejes viales, los viaductos, los periféricos. Los panoramas grises sobre montes superpoblados significaron la transformación del patrón de viajes urbanos: hoy, el 32% de la gente debe atravesar cada día varias delegaciones para llegar a su lugar de estudio o de empleo; un 22% se ve obligada a cruzar —por lo general, en transporte público— los áridos y angustiosos límites que separan el Distrito Federal y el Estado de México. Cálculos conservadores estiman que en la ZMVM se realizan cada día 28 millones de viajes a través de una red de vialidades saturadas que afectan la movilidad, la velocidad, los tiempos, la emisión de contaminantes y la salud de los capitalinos.

El año pasado, en la Encuesta Mundial sobre Calidad de Vida la ciudad de México ocupó el puesto 123 entre 221 ciudades del mundo. Comparados con Viena —la urbe mejor calificada—, reprobamos en contaminación, potabilidad del agua, remoción de deshechos, transporte, vivienda, medio ambiente y salud. Según la consultora Mercer, en materia de salubridad el Distrito Federal se hallaba, en 2007, sólo unos puntos arriba de Bakú, de Azerbaiyán, de Puerto Príncipe. Ese mismo año, otra encuesta reveló que tres ciudades mexicanas poseían los peores niveles de felicidad entre sus ciudadanos: Oaxaca, Acapulco y la ciudad de México.

Las encuestas revelan un estado de ánimo, una actitud. Alguien debería atenderla porque, a pesar de todo, es evidente que hoy se vive mejor en la ciudad de México que en la vieja ciudad que habitaron nuestros padres. Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad, pero —ya se sabe— las ciudades son alternativamente maléficas y vivificantes. Por eso, apenas terminó su “Declaración de odio”, Huerta empuñó la pluma e hizo su “Declaración de amor”.

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“…jóvenes con audífonos, hombres con celulares, diablitos, bicitaxis, burócratas, secretarias, bodegueros, almacenistas, empleados de mostrador y andantes con rumbo desconocido.”

Héctor de Mauleón. EL UNIVERSAL

La esquina del caos

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14 de febrero de 2011


Cierto periodista porfiriano tuvo la ocurrencia de pararse en una esquina para registrar, una tarde de 1896, todo lo que en ésta sucedía. Aquella tarde, el periodista descubrió que en las esquinas confluyen, no sólo las paredes de un edificio, sino también la calle, la manzana, la ciudad entera. 1896 es el tiempo en que, bajo los postes de luz eléctrica de las esquinas, atravesaban catrines, pelados, cargadores, borrachos, carruajes, gendarmes, militares, organilleros, señoritas de sombrilla, empleados a la espera del tranvía, estudiantes con libros bajo el brazo, vendedores de leña o de dulces mosqueados, y novios entregados a “hacer el oso” frente al balcón de alguna señorita recatada (“hacer el oso” quería decir: hacer el ridículo frente a una ventana que no se abriría).

Hay algo en esa clase de crónicas. Con una libreta de apuntes me planto en una esquina del centro: Bolívar y 16 de Septiembre. Enfrente está la Casa Boker, con una placa que afirma: “Aquí estuvo el Hotel de la Gran Sociedad, donde fue asesinado don Juan de Dios Cañedo el 29 de marzo de 1850”. Juan de Dios Cañedo fue un político liberal al que una madrugada de jueves, en la habitación número 38, le metieron 36 puñaladas tan violentas que la mayor parte de ellas “rompieron el hueso que tocaron”. Heriberto Frías relata que los asesinos, tres ladrones en pos de un botín de 5mil pesos, fueron ahorcados frente a los balcones del edificio. Las tres esquinas restantes las conforman un estacionamiento, una perfumería, y una vieja casa de tezontle, en cuyos bajos se expende ropa corriente y barata.

En 1896, estas calles se llamaron Espíritu Santo y Coliseo Viejo. Ese año (no era construida aún la Casa Boker) se exhibieron en el Hotel de la Gran Sociedad las primeras “vistas” filmadas en México: escenas de don Porfirio a caballo, en carruaje, caminando. Hoy, al poste de luz eléctrica se le ha agregado la cabina de un teléfono. Los carruajes se volvieron taxis y microbuses. El relincho del caballo terminó por ahogarse bajo el rugido del claxon (120 decibeles en las horas pico). Los catrines no existen más que en los grabados de Posada. La prisa y las multitudes impiden la enumeración. La esquina es un torrente de cuerpos que hablan, gritan, callan, tosen. Caras que probablemente nunca volveré a mirar. Registro jóvenes con audífonos, hombres con celulares, diablitos, bicitaxis, burócratas, secretarias, bodegueros, almacenistas, empleados de mostrador y andantes con rumbo desconocido: un desfile de batas, mandiles, sacos, playeras, vestidos, pants, rompevientos; el magazine de la moda urbana, en donde es posible constatar que uno se pone lo que se puede —y por eso los morados que combinan con verdes; los mallones aleopardados a los que un suéter de rombos rojos sienta como bloque de concreto.

En julio de 1900, Porfirio Díaz inauguró la Casa Boker, la ferretería más renombrada de la ciudad, el primer edificio construido en México con cemento armado (el polvo del siglo XX). En una dictadura que solicitaba verse expresada en edificios sólidos y majestuosos, la Casa Boker se convirtió en emblema de la modernidad. En sólo un siglo, sin embargo, cambiamos la ciudad moderna, fundamos la ciudad caótica: fuimos del trote de la carretela al “frotadero de almas en el Metro”. Si en una esquina confluye la ciudad entera, Bolívar y 16 de Septiembre es la instantánea de una urbe imposible de ser inventariada: el huracán que arrastra una metrópoli pobre, en crisis, sobrepoblada, en la que el anonimato es la única forma del protagonismo —y en la que las oportunidades de casa y empleo, como reza el chiste de Carlos Monsiváis, ya sólo existen en el interior de la conciencia.

Aunque un organillero toca una pieza del pasado, el caos funciona como antídoto de la nostalgia. La gente se amontona en la esquina, el semáforo cambia de colores, y tengo la impresión de que el organillero y yo somos los únicos atados a lo mismo.

...tan-tan!

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