sábado, 30 de abril de 2011

DE REGINA KALACH E INVITADOS, EL POEMA DEL DÍA: HOY, ENTRE EL ESPANTO Y LA TERNURA, DE SILVIO RODRIGUEZ:




Hace algunos días les envié una canción de Silvio Rodríguez, el arreglo coral es de Beatriz Corona. Ahora les envío también la letra.
Nunca como hoy se nos unta el sentido de lo contradictorio, el paradigma de lo otro, la certeza de que la vida cambia y que a cada instante nos muestra otra faz, una que no habiamos contemplado y que se hace nuestra con bienvenida o a pesar de nosotros. Vivimos como raza humana entre el espanto y la ternura; hoy más que nunca.
Gracias Silvio, muchas, muchas gracias.



ENTRE EL ESPANTO Y LA TERNURA
Silvio Rodríguez (Cuba)
a Oswaldo Guayasamín


Entre le espanto y la ternura
transcurre todo.
Un hombre sabio con la moldura,
la mano, el codo.
Entre el espanto y la ternura
crece la hiedra.
En sano juicio con la locura,
la flor, la piedra.
Entre el espanto y la ternura
la vida canta.
Una tonada clara y oscura,
profana y santa.
Entre el espanto y la ternura
corre la suerte,
con el abajo y con la altura,
con vida y muerte,
con vida y muerte.
Entre el espanto y la ternura
ayer y hoy día.
Manzanas verdes y las maduras
hay todavía, hay todavía,
hay todavía.
Entre el espanto y la ternura
hora temprana,
trabaja el hombre
entre locura
para mañana, para mañana.









Orlando González Esteva (Palma Soriano, Cuba, 1952). Reside en Estados Unidos desde 1965. Entre sus libros de versos figuran: Mañas de la poesía (1981), El pájaro tras la flecha(1988), Escrito para borrar (1996, 1998), Fosa común (1996, 2004), La noche (2003) y Casa de todos (2005).
También es autor de diversos ensayos de imaginación: Elogio del garabato (1994, 2005),Cuerpos en bandeja: Frutas y erotismo en Cuba (1998), Mi vida con los delfines (1998),Amigo enigma: los dibujos de Juan Soriano (2000), además de dos antologías: Tallar en nubes (1999), apuntes de José Martí, y Concierto en La Habana (2000), textos de autores cubanos, españoles y norteamericanos dedicados a la capital cubana. En 2003 se publicóHoja de viaje, sus versiones de haiku del poeta japonés Kobayashi Issa.


Para qué escribo
Escribo para burlar
el asedio riguroso
del extraño por quien poso
y ahora ocupa mi lugar.
O mejor, para partir,
para no estar demasiado
tiempo a mi sombra, a mi lado.
Para arriesgarme a vivir.
Y también por regresar,
si no al punto de partida,
a ver la espada encendida.
Escribo para borrar.
(Escrito para borrar)


Yo también escribo para borrar...y vuelvo a escribir.
Espero lo disfruten.

_________




Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México. Escribe poesía (Lotes baldíos, De lunes todo el año, obra por la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1992, y Alguien de lava), relatos (La lenta furia, La vida ordenada y Grieta de fatiga, compendio por el que fue galardonado con el Premio Antonin Artaud de Narrativa en 2006) y novela (Caja de herramientas). También cultiva el ensayo y la literatura infantil (Cuando las panteras no eran negras, que consiguió el Premio White Raven en 1997). También es traductor de italiano, y ha traducido la obra poética completa de Eugenio Montale y el Aminto de Torquato Tasso, entre otras muchas obras poéticas y en prosa.

Los Columpios de Fabio Morábito


Los columpios no son noticia,
son simples como un hueso
o como un horizonte,
funcionan con un cuerpo
y su manutención estriba
en una mano de pintura
cada tanto,
cada generación los pinta
de un color distinto
(para realzar su infancia)
pero los deja como son,
no se investigan nuevas formas
de columpios,
no hay competencias de columpios,
no se dan clases de columpio,
nadie se roba los columpios,
la radio no transmite rechinidos
de columpios,
cada generación los pinta
de un color distinto
para acordarse de ellos,
ellos que inician a los niños
en los paréntesis,
en la melancolía,
en la inutilidad de los esfuerzos
para ser distintos,
donde los niños queman
sus reservas de imposible,
sus últimas metamorfosis,
hasta que un día, sin una gota
de humedad, se bajan
del columpio
hacia sí mismos,
hacia su nombre propio
y verdadero, hacia
su muerte todavía lejana.


Los columpios son zona de ensoñación. Llevamos esa imagen con nosotros queriendo siempre alcanzar cielo.
Lo que sigue es mío. Me hago cómplice de Morábito en esto de los columpios.

Vuelta en U

Regina Kalach A.

A Cecilia Kalach, mi madre

Rechinan los columpios oxidados. Hallo tres suspiros, el susto

por el vértigo, los sueños que traicioné, dos cuerdas de saltar.

Mecida, alcanzo el cielo. Me apeo en un enfrente que anhela ser

retorno, vislumbro a las parcas al final del callejón.

Doblo la esquina, mi madre me espera. Olvidé el trago del líquido

viscoso, ambrosía nauseabunda por algún dios despreciada.

Recojo los inútiles, guardo los papeles arrugados. Punzada

de nostalgia al ver sellos livianos, caligrafía de aves.

Quizá no haya esperanza, pero el regreso me confiere realidad.

Soy yo, de nuevo; se me pasó el camión y el tiempo.

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