lunes, 8 de noviembre de 2010

VISITA "imaginantes" ahora, en honor de Antonio García Cubas, "IMAGINANTES" Bicentenario: LA LOTERÍA

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y de paso, quizá hasta aprendes a jugar Lotería...


PEPE GORDON HONRA LA MEMORIA Y TALENTO DE
ANTONIO GARCÍA CUBAS,
HISTORIADOR, GEÓGRAFO, ESCRITOR; PERO SOBRE TODO, PUNTUAL OBSERVADOR:




Fragmento de
EL LIBRO DE MIS RECUERDOS
de Antonio García Cubas (1832-1912)



EL CRISTALERO.

Éste era un tipo original que sacaba provecho de su industria cambiando por ropa usada los objetos de su comercio, consistentes en una docena de platos, una o dos fuentes, media docena de pozuelos de filete dorado, algunos ternitos nombre impropio dado al conjunto de dos objetos como eran un plato y su taza, la que tenía estampado con letras doradas uno de estos nombres: Pepita, Lupe, Chole, Concha, etc., o bien frases por este estilo: no me olvides, cariño eterno, amor mío o dueño amado; y revueltos con todos estos objetos de porcelana, otros de cristal como botellones, vasos de anteojo, por tener su fondo en forma de lente que hacía disminuir la imagen de los objetos que al través de ella se miraban, algunos saleros y vinagreras.
Todo esto se hallaba contenido en una canasta, en cuya asa metía el brazo el cristalero para sostenerla y caminar con ella por las calles de la ciudad, con el cuerpo inclinado al lado contrario en obedecimiento del centro de gravedad, para lo que le daban eficaz ayuda dos o tres vasijas, cuyo verdadero nombre por decoro no digo, que sustentaba con la mana que el cesto le dejaba libre. Llevaba además, al hombro, algunas piezas de ropa ya cambiadas y sobre su sombrero de fieltro o palma un sombrero alto de pelo, adquirido también por cambio.
Parábase en las puertas de las casas o entraba en los patios de ellas y anunciaba su presencia gritando:
Cristal y loza fina que cambiar.
En unas casas nadie se fijaba en él, continuaba su camino, más en otras hacíanle subir la escalera para llevar a efecto el uso interesante de la permuta. Entonces era digno de escuchar el típico diálogo entablado entre el ama de la casa y el cristalero.
Ella. -Vamos a ver, maestro (has de saber: lector querido, que todos eran maestros, cualquiera que fuese el ejercicio) qué cosas buenas me trae.
Él. -Vea la señorita estos vasos con anteojo, de cristal de roca, muy finos: y diciendo esto daba un capirotazo al vaso que sostenía en la palma de la mano izquierda.
Ella. -¿Cuánto quiere por la media docena?
Él. -Pos déme seis pesos por los seis vasos.
Ella. -¡A Dios! ni que fueran de plata.
Él. -¿Pos cuánto quiere dar?
Ella. -Le daré dos pesos y eso para que no diga.
Él. -¡Válgame la Virgen Madre! ¿pos qué me los he jayado tirados?
Ella. -No, hombre, pero están muy caros.
Él. -Vaya, ¿cuánto quiere darme su mercé en Dios y en con*cencia?
Ella. -Hombre, yo no doy más de los dos pesos.
EI. -Pos aver, ¿no tiene alguna ropita que feriar?
Ella. -Mucho le he juntado, maestro, y voy a traerlo, y dicien*do esto dejaba solo al cristalero.
A poco regresaba la señora muy cargada de ropa y acompañada de una criada que traía un sombrero alto de pelo y unas botas de medio uso que no se ponía ya el señor porque le lastimaban los pies.
Ella, -Vamos, hombre, aquí le traigo muy buena ropa, casi nueva, Mire esta bata de señora ¿que le dice?
Él. -¡Ay, señorita! si está rompida.
Ella, -¡A Dios! por un rasgoncito que tiene, cualquiera le da a usted dos pesos por ella.
Él. -Pos mire, señorita, siempre no.
Ella. -Vamos, ¿Y esta casaca de militar?
Él. -¿Quén quere que me de por ese repelo ni un peso, ahora que los melitares de su alteza se la echan de lao con sus relum*brones? No ve, señorita, que ese guandambur parece jumado de puritito viejo?
Ella. -¿ Y para que es la bencina, hombre, si no para volver lo viejo nuevo?
Él. -Ni en ansina, señorita
Ella. -Vaya, ¿qué me da por estos pantalones y estas botas?
EI. -Pos le dará a su mercé por todo eso que está muy desbelitado este ternito.
Ella, -¡Pues hombre, no se pierde usted!

Un cuarto de hora, lo menos, transcurría en este interesante diálogo, ponderando ella las excelencias de las prendas viejas que ofrecía, y exagerando él los defectos de las que rechazaba, tratando de engañarse uno al otro, para obtener mayores ventajas.
Al fin se despedía el cristalero dejando en cambio de las botas, de los pantalones y del sombrero, un par de vasos.

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