jueves, 11 de diciembre de 2014

LAS CUCABURRAS DE MARY OLIVER

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11 de Diciembre 2014
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Mary Oliver nació en Maple Heights, Ohio el 10 de septiembre de 1935. Fue influenciada por Edna St. Vincent Millay (en Terrario también pueden leerla) y tanta fue su admiración que incluso llegó a vivir en la casa de Millay y a ayudarle a su hermana, Norma Millay, a poner en orden los papeles de la escritora. La poesía de Mary Oliver está marcada por hermosos detalles propios de la observación de la naturaleza; en una idea entre la contemplación y el espíritu humano teje su discurso con las preocupaciones humanas y la impresión de la naturaleza.

Los dejo pues, con este poema que habla sobre las cucaburras, un pájaro curioso que hace un canto curioso parecido a la risa:




Las cucaburras

En cada corazón hay un cobarde y un procrastinador.

En cada corazón hay un dios de las flores, esperando

sólo el momento para salir de entre las nubes y abrir las alas.

Las cucaburras, martines pescadores, apretadas contra el límite

de su jaula, me piden que abra la puerta.

Años después, me despierto en la noche y recuerdo

que no lo hice y mejor me fui.

Ellas tenían ojos cafés como los perros generosos.

Ellas no querían hacer algo extraordinario, sólo volar

a su casa en el río.

En este momento, supongo que la gran oscuridad ya las ha cubierto.

En cuanto a mí, todavía no soy un dios, ni siquiera de las flores más mediocres.

Nada más ha cambiado tampoco.

Alguien arroja sus huesos blanquecinos al montón de mierda.

El sol brilla sobre el cerrojo de su jaula.

Yo me recuesto en la oscuridad, mi corazón palpitando.



The Kookaburras

by Mary Oliver

In every heart there is a coward and a procrastinator.

In every heart there is a god of flowers, just waiting

to stride out of a cloud and lift its wings.

The kookaburras, pressed against the edge of their cage,

asked me to open the door.

Years later I remember how I didn’t do it,

how instead I walked away.

They had the brown eyes of soft-hearted dogs.

They didn’t want to do anything so extraordinary, only to fly

home to their river.

By now I suppose the great darkness has covered them.

As for myself, I am not yet a god of even the palest flowers.

Nothing else has changed either.

Someone tosses their white bones to the dung-heap.

The sun shines on the latch of their cage.

I lie in the dark, my heart pounding.

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