miércoles, 25 de diciembre de 2013

LA COLUMNA DE GUILLERMO ZAMBRANO



3 de Diciembre 2014
GUILLERMO ZAMBRANO

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El ignorante presidente que gobierna México

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, no lee nada. Todos recordamos que cuando era candidato y acudió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2011, no supo mencionar los títulos de tres libros que hubieran marcado su vida. 
No sabe hablar inglés, y para un jefe de Estado que quiere internacionalizar a México (además de vender nuestro petróleo al extranjero), sería muy necesario que supiera expresarse en otro idioma (¡y hasta leer en otro idioma!) 
En su famosa Casa Blanca, fotografiada hasta el cansancio por los medios nacionales e internacionales, no se ve, por ningún lado, un solo librero, no digamos una biblioteca. 
Carlos Fuentes dijo de Peña Nieto, tras el desliz de éste en la FIL, que era un ignorante. 
“Ese señor tiene derecho a no leerme. A lo que no tiene derecho es a ser presidente de México a partir de la ignorancia”, dijo Fuentes. 
Luego Fuentes se murió y ya no supo de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, hijos de campesinos pobres -muchachos que querían mejorar sus vidas y convertirse en maestros-, pero que tuvieron la mala suerte de ir a estudiar a la misma escuela donde estudiaron Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas, quienes después, siendo ya maestros rurales, y viviendo en carne propia las injusticias que sufría y sufre hoy el pueblo (el mexicano de a pie, pues), y ante la creciente impunidad de los “capos” de los gobiernos federal, estatal y municipal en todo México, tomaron las armas y se convirtieron en comandantes guerrilleros. 
(Vázquez Rojas murió, tras ser perseguido por el ejército mexicano, el 2 de febrero de 1972. Y Cabañas fue abatido el 2 de diciembre de 1974.) 
Imagino que muchos, dentro de las fétidas y corrompidas élites del poder, habrán celebrado, sin externarlo, por supuesto, la desaparición forzada de esos pobres 43 muchachos, y se habrán convencido en su fuero interno de que es benéfico para el país. 
Es mejor, se habrán dicho en silencio, matarlos ahora, antes de que nos crezcan más guerrilleros. 
(Tal como pensó Díaz Ordaz en 1968: Matarlos ahora, para poder traer en paz las Olimpiadas.) 
En un artículo de la periodista Linaloe R. Flores, publicado hoy en el periódico digital SinEmbargo, la autora analiza algunos discursos de Peña Nieto. 
Al referirse a los 43 estudiantes, recuerda la autora, Peña Nieto dijo en un discurso el 6 de octubre que éstos (los estudiantes desaparecidos y asesinados), habían sido “afectados”. 
Y la autora cita al mandatario: 
“Lamento de manera muy particular la violencia que se ha dado y, sobre todo, que sean jóvenes estudiantes los que hayan resultado afectados y violentados en sus derechos en el Municipio de Iguala”. 
¡No fueron afectados señor presidente…! ¡Fueron asesinados! 
En ese artículo, la autora pasa revista a los errores garrafales de Peña Nieto (debidos a la ignorancia de la que habló Fuentes), en sus continuos discursos. 
Escribe la autora: 
“El Presidente Enrique Peña Nieto se equivocó el 16 de enero de 2013 cuando le resultó imposible nombrar al Instituto Federal de Acceso a la Información y Protección de Datos (IFAI); también al día siguiente, cuando dijo que en 1969 se había fundado el estado de Hidalgo; luego, el 22 de enero cuando al coordinador de los priistas en el Senado de la República, Emilio Gamboa Patrón, le puso el apellido del entonces coordinador en la Cámara de Diputados, Manlio Fabio Beltrones. El 26 de enero, durante la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en Santiago de Chile, rebautizó al entonces Presidente Sebastián Piñera. “Piñeras” o “Piñeiras”, lo nombraba Peña Nieto. El 3 de abril erró el Presidente al decir que Boca del Río era la capital de Veracruz. El 30 de mayo en la inauguración de la Expo Canitec, el Presidente dijo que Tijuana era un estado. El 23 de octubre, sufrió otro desliz cuando no pudo pronunciar la palabra “epidemiólogos”. 
Así que Fuentes tenía razón.


20 de Noviembre 2014
GUILLERMO ZAMBRANO

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Hemingway, sobre el oficio de escribir


A pesar de que Hemingway dijo siempre en vida, a quien quisiera escucharlo, que era de “muy mala suerte” hablar sobre el oficio de escribir -porque la magia podía desaparecer-, el periodista y también novelista, Larry W. Phillips, nos demuestra en su libro Ernest Hemingway on Writing, que Hemingway “no dejó nunca de comentar el tema”. 
Tras escudriñar trabajosamente toda la correspondencia de Hemingway, sus diarios personales, sus entrevistas con diversos medios en distintas épocas, y, sobre todo, su obra completa de ficción (léase cuentos y novelas), Phillips cita muchas frases y pensamientos del autor de El viejo y el mar, sobre el oficio de escribir. 
He aquí, brevemente, algunas citas entresacadas del libro: 
No hay nada que decir sobre la escritura. Todo lo que hay que hacer es sentarse ante la máquina de escribir y comenzar a sangrar. 
Todos somos aprendices en un oficio en el que nadie nunca se convierte en un maestro. 
Si un escritor sabe suficiente acerca de lo que está escribiendo, puede omitir las cosas que él sabe. La dignidad del movimiento de un iceberg se debe a que sólo una novena parte de éste navega por encima del agua. 
Me gusta escuchar. He aprendido mucho al escuchar con atención. La mayoría de la gente nunca escucha. 
No hay amigo tan leal como un libro. 
Al escribir una novela, un escritor debe crear personas vivas y no personajes. Un personaje es una caricatura. 
Aprendí a no vaciar nunca el pozo de mi escritura, y a detenerme cuando todavía había algo allí en la parte profunda del pozo, y lo dejaba recargarse en la noche de los manantiales que lo alimentaban. 
Esto es lo que se supone que debemos hacer cuando estamos en nuestro mejor momento -inventar todo-, pero inventarlo tan verdaderamente, que más adelante suceda de esa manera. 
Un escritor serio no debe ser confundido con un escritor solemne. Un escritor serio puede ser un halcón, o un buitre, o incluso un papagayo, pero un escritor solemne es siempre un maldito búho. 
Cuando tengo una idea disminuyo la llama, como si se tratara de una pequeña estufa de alcohol, tan bajo como sea posible. Y luego estalla todo, y esa es mi idea. 
No hay una regla sobre cómo escribir. A veces sucede fácil y perfectamente; pero otras es como perforar una roca con un martillo neumático y poner después cargas de dinamita. 
A nadie le importa que hayas tenido que aprender a escribir. Déjalos que piensen que así naciste. 
Toda la literatura moderna de Estados Unidos viene de un libro escrito por Mark Twain: Huckleberry Finn. 
Si tienes la suerte de haber vivido en París siendo joven, entonces a donde quiera que vayas el resto de tu vida París permanecerá contigo, porque París es una fiesta. 
Señora, todas las historias, si continúan lo suficiente, terminan en la muerte, y no será un verdadero escritor quien la deje sin ese final. 
Hay eventos que son tan grandes que si un escritor participó en ellos, su obligación es escribir verdaderamente sobre éstos, y no asumir la presunción de alterarlos con su imaginación. 
Durante mucho tiempo he intentado simplemente escribir lo mejor que puedo. A veces tengo buena suerte y escribo mejor de lo que puedo. 
La buena parte de un libro puede ser algo que el escritor tuvo la suerte de escuchar por casualidad, o puede ser la ruina de toda su maldita vida, y una es tan buena como la otra. 
Mi objetivo es poner en el papel lo que veo y lo que siento, de la mejor manera y de la forma más simple. 
La prosa es arquitectura, no decoración de interiores. 
Toda mi vida he visto las palabras como si estuviera viéndolas por primera vez. Empecé muy tranquilo y le gané a Turgueniev. Después me entrené duro y le gané a Maupassant. He tenido dos combates con Stendhal y creo que tenía una ventaja en el último. Pero nadie va a meterme en el cuadrilátero con Tolstoi a menos que yo esté loco o que siga mejorando mi estilo. 
Todos los buenos libros tienen una cosa en común: que son más verdaderos que si realmente hubieran sucedido. 
Nunca tuve que elegir un tema: El tema me eligió siempre. 
Estas son apenas unas cuantas frases. El libro es una verdadera mina de oro.


4 de Noviembre 2014
GUILLERMO ZAMBRANO

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El extranjero, de Albert Camus 

La novela El extranjero, de Albert Camus, refleja la soledad del ser humano en el mundo, el abandono, y la conciencia total de ir todos hacia la muerte sin remedio y sin otra vida en el más allá. 

Y refleja también, sobre todo, la indiferencia del personaje central al saberse solo, abandonado y sin remedio. 

Hay un famoso refrán, que casi todo el mundo conoce: “Dios vive muerto de la carcajada, porque conoce nuestros planes”. 
Y aunque muchos están convencidos -junto con Nietzsche-, de que “Dios ha muerto”, la verdad es que el asunto es más serio de lo que puede apreciarse a primera vista en esta frase (que intenta ser jocosa y no lo es). 
Camus fue, como todo el mundo sabe, un obstinado existencialista (léase ateo), convencido de que la única definición de la existencia es a través del hombre y de la realidad humana. Los filósofos existencialistas dicen que no hay una "naturaleza humana" en abstracto, porque no hay un Dios para concebirla. Y que sólo hay "la condición humana".
Según Sartre, el hombre puede ser definido en base a dos posibilidades: en la primera, el ser es concebido antes como esencia y luego como existencia, es decir, está configurado desde antes de su nacimiento por una serie de conceptos preestablecidos que ya definen lo que es. Habría entonces que suponer una existencia de Dios, el cual crea la esencia del hombre antes de que éste exista. 
Pero Sartre propone como verdadera la segunda posibilidad: que sea la existencia la que preceda a la esencia, es decir, que el hombre primero nazca en la tierra y, luego, que él mismo se defina. “Sólo será después, y será tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla".
Camus está también convencido de que el hombre "es", y por lo tanto "existe".
¡Y que no hay ninguna otra posibilidad! 
El hombre es sólo lo que él hace de sí mismo, dicen los filósofos existencialistas. Será lo que haya proyectado ser (pero, agregan, no lo que quiera ser, porque su proyecto no depende sólo de la voluntad individual), sino de las circunstancias de su existencia. 
Suena lógico, pues, aquello de que “Dios vive muerto de la carcajada…”
El asunto es doloroso y no hay salvación. Todos vamos hacia la muerte (hacia el vacío oscuro de los siglos) y, además, estamos ¡totalmente solos en el mundo! 
Meursault, el personaje central de El extranjero, quien vive en Argel (y es hijo de colonos franceses, igual que Camus), recibe un telegrama en el que le informan que su madre murió ese día en el asilo de ancianos a donde la había internado hacía tres años, y a la que nunca había visitado desde entonces. 
Ese mismo día, Meursault viaja en autobús para cubrir los ochenta kilómetros que hay hasta el poblado de Marengo para asistir a las exequias que se realizarán en el asilo, y nos va contando, siempre en primera persona, las incomodidades del viaje. 
No siente ninguna pena por la muerte de su madre, y lo que más le molesta es un creciente dolor de espalda por los continuos brincos del autobús en las carreteras en mal estado. 
Realiza el viaje fumando y viendo por la ventana el paisaje argelino, sin pensar casi en su madre. 
Durante el velorio, fuma delante del féretro de su madre y parece poco interesado. 
Regresa a Argel. Su vida sigue igual, y él sigue indiferente ante todo. Comienza un romance con María, una antigua empleada de la oficina donde trabaja, pero no tiene ningún sentimiento hacia ella. 
El jefe de la oficina le ofrece a Meursault un puesto que están abriendo en la ciudad de París, pero tampoco le interesa. Le dice que le da igual ir o no ir. 
Camus nos muestra a un personaje indiferente, que vive sin tener un fin determinado en la vida. Meursault vive por inercia. No tiene ningún sentimiento. No odia a nadie, no ama a nadie, no es feliz, pero tampoco infeliz. Es indiferente ante todo y ante todos. 
Los vecinos del edificio donde vive tampoco le importan. 
María le pregunta si quiere casarse con ella, y él responde que le da igual, pero acepta hacerlo. 
Uno de sus vecinos le cuenta que tuvo un enfrentamiento con un árabe. Le dice que el árabe es hermano de una de sus amantes, y que el tipo lo está siguiendo. 
Meursault no opina nada. No le interesa. 
Los dos vecinos van a la playa un día de descanso y se topan con el árabe (y algunos amigos de éste). Hay un enfrentamiento de palabras y el árabe saca una navaja. El vecino lleva una pistola en la bolsa pero no la utiliza. Meursault le pide el revólver a su vecino para evitar, le dice, que cometa una tontería. El vecino se la entrega y nada sucede. El árabe y sus amigos se retiran y todos en paz. 
Pero más tarde, ese mismo día, Meursault se encamina solo, y sin saber por qué lo está haciendo, hacia el lugar donde él y su vecino habían tenido el enfrentamiento, y se topa de nuevo con el árabe, que esta vez está solo, pero vuelve a sacar la navaja.
Sin pensarlo, Meursault dispara contra el árabe una vez, y cuando lo ver caer, le disparar cuatro veces más. 
La policía lo aprehende y es llevado ante un juez quien le pregunta la razón de haber dado muerte al árabe, y su única respuesta es que ese día hacía mucho calor en la playa, y que él se sentía cansado y abatido por el sol abrasador. 
Durante el juicio llaman a varios testigos (sus vecinos, los empleados del asilo de ancianos, a María, y a algunos compañeros de trabajo). Todos coinciden en describirlo como un hombre frío (no malo, pero desinteresado de todo). 
Los testigos dicen, cada uno a su manera, que no le importó la muerte de su madre; y eso "prueba", dice después el fiscal, que no le da ningún valor a la vida humana, y por eso no le importó matar al árabe a balazos. 
El juicio se prolonga varios días, y durante su estancia en la cárcel, Meursault se da cuenta de que la libertad es absolutamente necesaria al ser humano, porque ahora no puede fumar ni ver a María. Aunque no piensa jamás en el árabe que asesinó. 
Luego llega la sentencia: culpable de asesinato. Y, por lo tanto, será decapitado en una plaza pública. 
Meursault continúa indiferente hasta el día de su muerte, y sigue siendo un extranjero a su propia vida. 
Imaginándose el momento de su decapitación, piensa: para que me sienta menos solo, me queda esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio (para sentir quizás algo, agrego yo). 
Camus nos demuestra con esta novela (publicada en 1942) una de las principales características del existencialismo: “el obrar sin esperanza".
Según los existencialistas, hay muchas situaciones en la vida de los hombres en las que no es posible intervenir y que, por lo tanto, es irrazonable intentar arreglarlas a los caprichos de la voluntad. 
Dado que no hay Dios, ni designios preestablecidos, el hombre debe desinteresarse por el resultado final, porque no puede saber si éste será el esperado o no. 
Y, sin embargo, no debemos olvidar lo que dice Sartre: 
“No es necesario tener esperanzas para obrar”.



24 de Octubre 2014
GUILLERMO ZAMBRANO

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Nietzsche y el Amor Fati 

Para el filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche, un ateo recalcitrante, autor de la famosa frase “Dios ha muerto”, Amor Fati significa querer que nada sea distinto: ni en el pasado, ni en el futuro, ni en el presente. “No sólo hay que soportar lo necesario, y menos aún disimularlo… sino amarlo”.
Para Nietzsche la muerte de Dios supone el momento en que el hombre alcanza la madurez necesaria para prescindir de un dios que establezca las pautas y los límites a la naturaleza humana.
Y es entonces cuando aplica su teoría del Amor Fati (amar nuestro destino), porque todo cuanto le sucede al hombre en la vida, explica, incluido el sufrimiento y la pérdida, debe verse como algo positivo.
De ahí su famosa frase: “Lo que no me mata, me hace más fuerte”.
Para Nietzsche el cristianismo inventó un mundo ideal, inexistente, alejado de todo contacto con el mundo real. Definía al cristianismo como una filosofía y una moral vulgares para personas débiles y esclavos, que propone valores decadentes que no dejan que las personas sean libres y puedan hacer lo que quieran.
En su libro La gaya ciencia, reivindicó el ateísmo como única forma de alcanzar la fuerza, la libertad y la independencia, perdidas por el hombre por culpa del cristianismo.
En su magnífico libro Así habló Zaratustra, propone una actitud de aceptación de la vida en su plenitud y la negación del más allá, que, en su opinión, es la causa de la debilidad humana.
El Zaratustra de Nietzsche está basado en el legendario profeta Zoroastro de los persas. El filósofo alemán lo eligió a propósito porque Zoroastro fue quien predicó la moral del “bien” y del “mal”, doctrina que Nietzsche destruye sin piedad.
Zaratustra deambula en las páginas de ese gran libro haciendo extrañas prédicas, acompañado siempre de dos animales simbólicos: el águila y la serpiente que representan, respectivamente, la voluntad y la inteligencia del hombre.
En Así habló Zaratustra, Nietzsche hace hablar a su profeta con un viejo anacoreta:
Zaratustra descendió de la montaña completamente solo, sin topar con nadie en su camino. Pero, a poco de haberse internado en el bosque, se halló de imprevisto con un anciano que acababa de abandonar su santa choza para recoger raíces por el bosque. Y el anciano habló a Zaratustra de este modo:
No me resultas desconocido, viajero: pasaste por aquí mismo, muchos años ha. Te llamabas Zaratustra, y has cambiado mucho. Entonces subías hacia la montaña tus cenizas: ¿es que intentas ahora bajar tu fuego al valle? ¿Acaso no temes las penas que se aplican a los incendiarios?
Sí -continuó el viejo-, con seguridad te conozco, Zaratustra. Tus ojos son puros, y en los rasgos de tu boca no hay expresión de nausea. No parece sino que vienes bailando. Zaratustra ha cambiado, se ha hecho niño. Zaratustra está muy despierto.
¿Tienes tú, acaso, algo que ver con los que duermen? Al igual que en el mar, vivías en la soledad, y el mar te sustentaba. ¡Ay, infeliz de ti! ¡Ahora quieres pisar suelo firme! ¡Ay de ti, que quieres caminar por tu propio pie! ¿Intentas quizás arrastrar tu cuerpo de nuevo por ti mismo?
Zaratustra respondió:
Yo amo a los hombres.
Y el santo dijo:
Y ¿para qué bajé yo al bosque y fui en busca del desierto? ¿Acaso no fue porque amaba demasiado a los hombres? Mas ahora amo a Dios: ya no amo a los hombres. El hombre es, a mi ver, una realidad imperfecta. El amor a los hombres me mataría.
Zaratustra replicó:
Yo no hablo meramente de amor. Yo traigo a los hombres un presente.
No les traigas nada -dijo el santo-, antes bien, quítales algo; y ayúdales, si en algo puedes, mientras a ti te convenga: nada les irá mejor. Y si algo quieres dar, no les des más que alguna limosna; y espera a que te la pidan.
No -contestó Zaratustra-, yo no doy limosnas. No soy lo bastante pobre como para dar limosnas.
El santo sonrió al oír aquellas palabras, y prosiguió: Veremos si es que aceptan tus regalos. Pues desconfían mucho de los anacoretas o de los solitarios, y nunca creen a quienes les llevamos presentes. Nuestras pisadas les suenan a excesivamente solitarias en plena calle. Y cuando por la noche están acostados y oyen los pasos de algún hombre mucho antes de que el sol haya salido, suelen preguntarse: ¿A dónde irá ese ladrón?
¡No vayas a hundirte entre los hombres! ¡Quédate en el bosque! ¡Antes que con ellos, vete con las bestias! ¿Por qué no ser lo que soy yo: un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?
Y ¿qué hace el santo en el bosque?, preguntó Zaratustra.
A lo que el santo contestó: Compongo canciones y las canto. Mientras hago esas canciones, río, lloro y murmuro; y así es como alabo al Señor. Entre cantos y lágrimas, risas y murmullos, alabo al Señor mi Dios. Pero, veamos, ¿qué presente nos traes?
Al oír Zaratustra esas palabras, se inclinó ante el anciano, y dijo: ¿Qué es lo que yo pudiera darte? Será mejor que me dejes partir cuanto antes, ¡no vaya a quitarte algo!
Y así se separaron uno del otro, el anciano y el hombre, riéndose como dos chiquillos.
Cuando Zaratustra estuvo solo, vino a decirle a su corazón: ¿Será posible…? Ese santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aún que Dios ha muerto!
Así que Nietzsche, al aceptar la muerte de Dios, alcanza el concepto de Amor Fati: el amor al destino y el amor al presente.
Nos recomienda vivir la vida con plenitud, pues se trata de la aceptación de lo que es natural e inevitable.
“Mi fórmula para expresar la grandeza en el ser humano es el Amor Fati: no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo -todo idealismo es mendacidad frente a lo que es necesario-, sino amarlo”, nos dice.
Amor Fati: Amor a lo que nos toca en destino o en suerte.
Este concepto lo utiliza Nietzsche para describir la actitud de quien ve todo cuanto le sucede en la vida, incluido el sufrimiento y la pérdida, como positivo. Sentir que todo lo que ocurre forma parte del proceso en el que el destino llega a su objetivo final, y por esto debe ser considerado como bueno.
“Quiero aprender mejor cada día a ver como belleza lo necesario de las cosas: así seré de los que las embellecen. Amor Fati: ¡Que ése sea mi amor a partir de ahora! No quiero hacer la guerra a lo feo. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores”.
Amor al destino, pues, y amor al presente, es lo que nos recomienda Nietzsche.
¡Pero qué difícil receta de vida nos propone!


9 de septiembre de 2014



GUILLERMO ZAMBRANO

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El Gran Inquisidor, de Fiódor Dostoievski 

“El Gran Inquisidor” es un famoso pasaje de Los hermanos Karamazov, novela de Fiódor Dostoievski publicada en 1880 (un año antes de la muerte del autor).
El relato narra una supuesta segunda venida de Jesucristo a la Tierra, durante la época de la terrible -y temible- Inquisición en España.
Dostoievski plantea la libertad responsable del hombre -y la sumisión resignada de los fieles creyentes que busca y exige la Iglesia-. El novelista ruso desenmascara la falsa espiritualidad y la hipocresía “diabólica” de los jerarcas de la Iglesia católica (los de su época -y, debo añadir-, de los de hoy).
He aquí el texto:
Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: “No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe”. Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto “¡Señor, dignáos, aparecérosnos!”, que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la Tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios Autos de Fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, “como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente”. No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.
Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal Gran Inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.
El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: “¡Señor, cúrame para que pueda verte!” Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: “¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!”
Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos hombres llevan en hombros un ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una joven de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
—¡Él resucitará a tu hija! —le grita el pueblo a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:
—¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los hombres dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi(Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos.
El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.
En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal Gran Inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.
Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.
—¡Prendedle!— les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.
Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna, una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el Gran Inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos del umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
—¿Eres Tú, en efecto?
Pero, sin esperar la respuesta prosigue:
—No hables, calla. ¿Qué podrías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos…? Bien sabes que tu venida es inoportuna. Pero te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizás nada de esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo, sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
—El Espíritu terrible e inteligente — añade, tras una larga pausa —, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y las Escrituras atestiguan que te “tentó”. No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo en aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres “tentaciones”. ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del Libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la Tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: “Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura”, ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno. Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia. ¿Quién tenía razón, dime…? ¿Tú, o quien te interrogó…?
El sentido de la primera pregunta es el siguiente: “¿Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándole al hombre una libertad que su tontería y su maldad naturales no les permite comprender, una libertad espantosa…? ¡Tú sabes bien que para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad! Si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas en el desierto ante tu vista, verías a la Humanidad correr en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras”. Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que “no sólo de pan vive el hombre”, sin saber que el espíritu de la Tierra, reclamando el pan de la Tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: “¡Nos ha dado el fuego del cielo!”
Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que sólo hay hambrientos. “Dales pan si quieres que sean virtuosos”. Ésa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos -huyendo aún de la persecución, del martirio- para gritarnos: “¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!”
Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: “¡Cadenas y pan!”
Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca -¡nunca!- sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la Tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a decenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la Tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes…? Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses una vez que pongan sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que -¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles!- que nos la ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
Como ves, la primera de las tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido tornar en panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: “¡Adora a mi dios o te mato!”. Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, pero la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir, preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina con principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste con todo lo que hay de extraordinario, vago, conjetural, con todo lo que traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No veías que acabaría por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: “Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?”
Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la Tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos, haciéndoles felices: el Milagro, el Misterio y la Autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: “¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos”. Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la Tierra que habías venido a salvar. Pero dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sean herejes o ateos.
Cuando te dijeron, por mofa: “¡Baja de la cruz y creeremos en ti!”, no bajaste. Entonces tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseabas de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esa ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la Tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia aumentará su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.
La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice de ti: “en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación”. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfecho del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata sólo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma débil de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el Milagro, el Misterio y la Autoridad. Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Contesta: ¿Hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal de que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos?
¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera!
¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos. Quizás quieras oír de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él… nuestro secreto es ése. Hace muchísimo tiempo -¡ocho siglos!- que no estamos contigo, sino con Él.
Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la Tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándolo, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la Tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la Tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él.
Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia -los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia-; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra “Misterio”. Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Quédate con tus elegidos, pero son una minoría. Nosotros les daremos el descaso y la calma a todos. Y de esa minoría… de entre esos “fuertes” llamados a ser los elegidos, ¿cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores? Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y las matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡Claro que no! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo.
La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a cargarlos con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros -los más-, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: “¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!”.
No se les ocultará que el pan -obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno- que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en panes, tampoco los panes se convierten en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad -no, como Tú, el orgullo-. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá pensar en la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con qué facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero les organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar -¡su naturaleza es tan flaca!-, y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes, y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos.
Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz, pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte.
Sin embargo, esto nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la “copa del misterio” en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: “¡Júzganos, si puedes y te atreves!”
No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.
Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.
Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré.
El Inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario.
¡A eso se reduce su respuesta…!
El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: “¡Vete y no vuelvas nunca... nunca!”, y le deja salir. El preso se aleja lentamente entre las tinieblas de la ciudad.
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Y no olviden apartar, aunque trabajen mucho -¿quién no lo hace en estos tiempos de crisis?- al menos una hora diaria para leer un buen libro.


9 de septiembre de 2014



GUILLERMO ZAMBRANO

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El escritor, especie en peligro de extinción 

Según estudios recientes, el escritor es una especie en peligro de extinción.
El escritor es un animal solitario (independientemente de que se trate de hembras o machos), que suele habitar dentro de las cuatro paredes de su estudio, tapizadas, por lo general, con amontonadas estanterías de libros. Se le encuentra en todos los continentes. Es un cazador furtivo y silencioso, que anda permanentemente en busca de su presa: el lector.
Pero el lector es cada vez más escaso, lo que pone en grave riesgo la continuidad de esta especie.
Hay una variación muy significativa en la forma de escribir de cada uno. Los hay de diferentes magnitudes, capacidades y colores. Cada escritor se distingue de sus colegas por lo que los críticos han llamado “estilo” y “género”.
Algunos escritores han alcanzado cúspides impresionantes con sus textos.
Hay escritores que toman muy en serio su oficio y no suelen merodear por lugares públicos, de tan concentrados que están realizando su silenciosa tarea. Otros, menos afortunados, con estilos menos poderosos, se ven obligados a exponerse en lugares públicos (léase conferencias, entrevistas, y apariciones en radio y televisión), con la esperanza de “cazar” algún lector, para aumentar así sus cuentas de banco, e inflar sus respectivos egos.
En estado salvaje (cuando el escritor no tiene ni una mesa propia ni una silla para escribir), suele frecuentar restaurantes baratos en donde por el precio de una sola taza de café le permiten estar sentado tres o más horas, garrapateando notas en algún cuaderno.
Existen varias técnicas para estudiar al escritor. La más utilizada es la observación directa. Gracias a estos estudios, sabemos que la mayoría de los escritores suelen vestir de manera poco elegante, y quizás hasta en forma “desaliñada”. Al parecer la moda y la ropa costosa y vistosa no es un tema que les preocupe del todo. Suelen tener, si uno los observa sin que se den cuenta, la vista dirigida hacia el interior de sus propias almas.
El buen escritor es un excelente narrador, con lo que puede sorprender y cazar a sus presas con toda facilidad.
Los escritores ya consagrados suelen ser ferozmente territoriales (léase su estudio), y por esa gran concentración en su trabajo, y por su soledad, cazan mucho.
Los escritores machos suelen permitir la entrada de varias hembras a su territorio (aunque espaciadas unas de otras), hasta el punto de compartir con ellas algunas lecturas de textos inéditos, con la esperanza de llegar a otras intimidades.
La gestación de una novela tiene una duración aproximada de entre 12 y 24 meses si todo va bien en la mente del escritor. Hay casos de hasta 20 años de gestación, y otros de apenas cinco o seis semanas.
Al principio, sin tener muy bien definidas sus metas, los escritores jóvenes suelen independizarse de sus mentores, y se dan casos en los que después de copiar el estilo de alguno de sus “héroes”, para aprender el oficio, terminan hablando pestes de ellos.
Al cumplir la mayoría de edad, con buenos y sólidos textos bajo el brazo, el escritor se siente con fuerza suficiente para volverse independiente, y es cuando comienza a buscar su propio territorio, mediante luchas con otros escritores (casi siempre a través de los medios, para dejar bien sentada su preponderancia).
El escritor se alimenta principalmente de buenos libros, pero suele degustar también, con gran placer, el habla de la gente común, para trasladarla a sus textos. Suele ver buen cine, y es además oportunista y no desprecia nunca una buena nota periodística de donde pueda sacar una novela.
En la actualidad, el mayor enemigo para el escritor es la progresiva desaparición de los lectores.
El peligro radica en que el escritor debe cazar lectores constantemente para poder sobrevivir. Y a pesar de sus técnicas de acecho, acoso y búsqueda, de sus ataques silenciosos y bien pensados (utilizando, si es bueno en su oficio, un gran estilo y magníficas historias), y de sus, a veces, excelentes movimientos sorpresivos, la vida moderna está acabando con los lectores.
El escritor está enfrentando la dura realidad de que ya no hay tantos lectores. Y la razón está a la vista de quien quiera verla:
Ahora la gente utiliza redes sociales para ver fotografías, y lee mini-textos (¡de 144 caracteres!) en las pantallas de sus celulares.
Así que reitero lo que dije al principio: Según estudios recientes, el escritor es una especie en peligro de extinción.
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GUILLERMO ZAMBRANO

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05 de Agosto 2014

Israel es un Estado asesino y genocida 

Israel es un Estado asesino y genocida. Pero eso todos lo sabemos. Así que no es noticia. Como tampoco es noticia que Washington mire siempre hacia otro lado, y siga armando a ese monstruo, que es dueño de decenas de ojivas nucleares.
El grupo de derechos humanos Al-Mizan (con sede en Gaza), hizo saber este domingo que hasta el momento han perdido la vida 1,766 palestinos, la mayoría civiles (hombres, mujeres y niños), y han resultado heridos más de 9,500 personas, la mayoría también civiles (repito para que quede bien claro: se trata de hombres civiles, mujeres y niños).
Al-Mizan dijo que además de las pérdidas humanas, más de 10 mil edificios y viviendas han quedado destruidos por la inhumana ofensiva militar y los intensos bombardeos que Israel está perpetrando -mañana, tarde y noche-, contra Gaza desde el pasado 8 de julio.
El 14 de julio, en una entrega sobre la novela Almas muertas de Nikolái Gógol, no pude resistir y escribí una nota al pie de página sobre la agresión militar de Israel a Gaza, que reproduzco aquí:
"Nota: este blog no es político, pero no puedo dejar de mencionar que ayer domingo Israel anunció bombardeos masivos para este lunes en la Franja de Gaza, después de seis días seguidos de una ofensiva militar que funcionarios palestinos dijeron ha provocado, al menos, 160 muertes de civiles indefensos. Si Washington no puede, o no quiere detener al sionismo asesino, ¿no podrá hacerlo Moscú? No estoy en contra de Israel y su pueblo. Estoy en contra del sionismo y del genocidio (¿otro Holocausto?) que está perpetrando en el seno del sufrido pueblo palestino desde hace décadas".
Y apenas tres semanas después de esa nota, este domingo se anunció que han perdido la vida 1,766 palestinos, la mayoría civiles, y han resultado heridos más de 9,500 personas, la mayoría de ellos también civiles. Y que más de 10 mil edificios y viviendas han quedado destruidos por la inhumana ofensiva militar.
¿Es que el mundo piensa quedarse cruzado de brazos?
¿Habrá algún Estado, o institución internacional, que pueda detener esta masacre y meter a la cárcel al asesino Netanyahu?
Todos sabemos que los judíos padecieron persecuciones en España, de donde fueron expulsados en 1492 por los Reyes Católicos. También fueron perseguidos, asesinados y quemados vivos en las hogueras de la terrible “Santa Inquisición”.
En la Segunda Guerra Mundial, el asesino Hitler los mandó -en masa- a los hornos crematorios. Y muchos años antes, durante la Primera Cruzada, en el año de 1095, fueron también perseguidos y asesinados, porque eran percibidos como enemigos de la “Santa Iglesia Católica Apostólica Romana”. Eran tan odiados -o más-, que los musulmanes.
Me pregunto: ¿No habrán revisado los líderes judíos su propia historia?
¿Cómo pueden resucitar, en pleno siglo XXI, los mismos daños, ofensas, agravios, castigos, vejaciones, maltratos y asesinatos que ellos mismos sufrieron?
Alguien debe tener la fuerza necesaria para obligar al Estado de Israel a detener el actual genocidio, a retirarse de los asentamientos ilegales que ha construido en Cisjordania y Jerusalén Oriental, a dejar de bloquear los territorios palestinos, y a no oponerse más a la creación de un Estado palestino.
¿Hay alguien en este mundo que tenga la fuerza, y pueda, y quiera hacerlo?
Debemos evitar que se siga derramando tanta sangre y tantas lágrimas de hombres, mujeres y niños palestinos.
[En esta ocasión no recomiendo ninguna novela. Es imposible leer ficción cuando hay un loco suelto asesinando hombres, ancianos, mujeres y niños]
Dos días después de esta entrega, el diario mexicano La Jornada (haga clic aquí), publicó una nota fechada el 5 de agosto, en donde más de 500 intelectuales, escritores, luchadores sociales, jefes de gobierno y activistas de América Latina, el Caribe y Europa, condenaron la ofensiva de Israel.

GUILLERMO ZAMBRANO

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05 de Agosto 2014

Tres Maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski 


Balzac murió en 1850, a los 51 años; Dickens en 1870, a los 58; Dostoievski en 1881, a los 59; y Stefan Zweig, el biógrafo de los tres, se suicidó en 1942, cuando tenía 60 años de edad.
Estos cuatro escritores vivirán unidos para siempre dentro de las páginas del magnífico libro de Zweig, Tres Maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski, que vio la luz por primera vez en idioma alemán en 1920, y que ha sido traducido desde entonces a una veintena de idiomas.
Zweig no se inclina por ninguno de los tres. Su trabajo es objetivo porque, como él mismo dice: “Cada uno de los tres novelistas creó su propio mundo: Balzac el de la sociedad, Dickens el de la familia, y Dostoievski el de las contradicciones del alma humana”.
Balzac escribió en una época en la que el Imperio Napoleónico fue ejemplo de gran pujanza, y esto dio origen a un enorme sentimiento en Francia de querer acapararlo todo. Zweig dice que “los héroes de Balzac son ambiciosos y dominantes, arden en deseos vehementes de poder. Nada les basta, son todos insaciables, todos son a la vez conquistadores del mundo, revolucionarios, anarquistas y tiranos”.
Dickens, por su lado, fue producto de la época Victoriana. Y Zweig dice que “las historias de Dickens no tienen como fin minar las costumbres victorianas, sino buscar -como inmejorable ideal burgués-, el placer de que el lector se acomode plácidamente en su sillón junto a la chimenea, con una taza de té al lado”. Dickens, asegura Zweig, adora y busca la complacencia burguesa.
En cambio, los personajes de Dostoievski son “totalmente rusos, dice Zweig, hijos de un pueblo que, viniendo de una inconsciencia bárbara milenaria, cayó de pronto en los atisbos de la cultura europea. Rusos arrancados de la vieja era patriarcal, no familiarizados aún con la nueva era, sumidos en medio de una encrucijada. Y la inseguridad del individuo es la de todo un pueblo”.
El ruso del siglo XIX, el de la época de Dostoievski, sigue diciendo Zweig, “ha quemado tras de sí la cabaña de madera de la prehistoria bárbara sin haber construido todavía su nueva casa. Todos son desarraigados, sin dirección fija”.
El hombre ruso, agrega Zweig, “quiere sentirse a sí mismo y sentir la vida. No su sombra ni su reflejo, no la realidad exterior, sino lo grande y místicamente elemental, el poder cósmico, el sentimiento de existir”.
A pesar de que Zweig le dedicó muchísimas más páginas al ensayo de Dostoievski, el libro está bien equilibrado. Es una obra que con el tiempo ha ido adquiriendo un mayor peso.
Balzac dijo en una ocasión que él se proponía hacer con la pluma, lo que Napoleón no pudo hacer con la espada (unificar al mundo). Zweig demuestra que Balzac se propuso emular a su héroe de la niñez: Napoleón. Escribía 20 horas al día porque la ambición literaria de Balzac era equivalente a la persistencia e intensidad de su héroe. “Sus personajes, cada uno impulsado por una necesidad desesperada, fueron más vitales para Balzac, que la gente real en su vida diaria”.
Dickens encarna la Inglaterra Victoriana y su “complacencia burguesa”. Sus personajes, nos dice Zweig, aspiran a unos cientos de libras al año, una mujer amable, una docena de niños, una mesa muy bien equipada, y las carnes suculentas para entretener a sus amigos en una casa de campo no muy lejos de Londres. “El ideal de la clase media y la respetabilidad, baña la ficción de Dickens”.
Dostoievski, en cambio, se basó en las luchas de su propia vida para iluminar las contradicciones del alma humana. En opinión de Zweig, sus héroes no tenían ningún deseo de ser ordinarios.
“Los personajes de Dostoievski son fogosos, arrebatados, su voluntad rechaza el mundo, y con una soberbia insatisfacción, pasan por encima de la vida real para asir la verdadera; no quieren ser ciudadanos ni hombres, sino que en todos ellos centellea, bajo la humildad, el peligroso orgullo de querer ser un redentor. El héroe de Balzac quiere someter al mundo, el de Dostoievski vencerlo. Ambos tienden a ir más allá de lo cotidiano, se dirigen como una flecha al infinito. Los personajes de Dickens, por el contrario, son comedidos. Los ideales del mundo de Dickens se han contagiado de la palidez del mundo en que vive”.
Mientras los héroes de Balzac “con mucho gusto habrían subyugado al mundo, los héroes de Dostoievski deseaban trascenderlo, y los de Dickens conservarlo”.
El magnífico libro de Zweig nos hace ver, con toda claridad, que Balzac, Dickens y Dostoievski son tres grandes -y muy poderosos- novelistas del siglo XIX.
Zweig hace una distinción entre “novelista” y “escritor de novelas”. El primero es capaz de crear su propio universo, con sus leyes muy particulares; mientras que el segundo cuenta historias bien hilvanadas, pero nada más.
Y estos tres escritores son, definitivamente, tres grandes -y muy poderosos- novelistas del siglo XIX. Dueños de sus propios universos.
Leerlos hoy, en el siglo XXI, resulta todavía muy placentero.


GUILLERMO ZAMBRANO

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22 de Julio 2014

El capitán salió a comer y los marineros el barco

Charles Bukowski fue, como todos sabemos, un escritor que podríamos llamar “fuera de la ley”, y su álter ego, el personaje principal de sus poemas y cuentos, Henry Chinaski, es un escritor fracasado, lleno de ilusiones (nunca cumplidas), que se pasa la vida realizando trabajos manuales para ganarse la vida, y que, por alguna u otra razón, es despedido de esos trabajos, y, como consecuencia, vive borracho, juntándose con otros alcohólicos, vagabundos, y padrotes de quinta, y sosteniendo relaciones sexuales -y sentimentales-, con prostitutas en hoteles de paso.
Chinaski tiene muchos, muchísimos rasgos de Bukowski, pero transformados por el genio creador de este gran poeta.
La realidad es que poca gente sabe que Bukowski pasó 30 años trabajando en las oficinas del correo de Estados Unidos, siempre en la parte de atrás, seleccionado las cartas y los paquetes, y acomodando cada pieza en “los palomares”, en los casilleros correspondientes. Pero de esto no escribió nunca Bukowski, para no dañar la imagen de Henry Chinaski, haciéndolo aparecer como un triste burócrata, amarrado sin remedio a un trabajo diario y repetitivo.
Y esta actitud me recuerda la de Hemingway, un asiduo visitante de museos y estudioso de los grandes maestros de la pintura, pero que nunca lo publicitó, para no dañar su propia imagen de escritor macho y duro que siempre trató de imprimir a su vida y a su obra.
En el libro póstumo, El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, que es una colección de entradas del diario de los últimos años de este gran poeta contemporáneo que muchos llaman “maldito”, Bukowski dice ahí, en una de esas entradas (la del 10 de marzo de 1991), como de pasada, que recibe 943 dólares al mes de su pensión de jubilado, dinero que utiliza para ir todos los días a un hipódromo cercano a su casa para apostar a los caballos, una de sus más grandes pasiones, pero dice también que sus apuestas no son nunca mayores de 10 dólares, porque él ha pasado mucha pobreza en la vida y no piensa gastarse ese dinero a lo loco, como hacen otros apostadores .
Una pensión de 943 dólares mensuales en 1991, equivaldría ahora a 1,500 dólares (19,500 pesos al cambio actual en México), y esa pensión no la gana alguien que no haya trabajado durante 30 años seguidos, cotizando cada mes al fondo de pensiones de Estados Unidos. Así que, en realidad, y viéndolo objetivamente, Henry Chinaski es un personaje de ficción, y Charles Bukowski fue un escritor duro y macho, como Hemingway, que tuvo que tragarse muchos sapos y muchos platos de mierda, todos los días, en las oficinas de correos de Estados Unidos, para poder escribir libremente, en las noches, sobre su personaje Chinaski, que es un hombre libre y solitario.
Claro que Chinaski y Bukowski son grandes bebedores, uno en la página y el otro en la vida real, pero Bukowski tiene mucho más mérito que su álter ego, porque Bukowski sí trabajó duro en esta vida para ganarse el pan y el derecho a escribir sobre un tipo más libre que él.
Y esos personajes como Chinaski son los que, al final, llaman la atención de los lectores, porque todos quisiéramos ser libres y que la vida y las obligaciones nos valieran madres.
En El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, no aparece Chinaski porque es el diario íntimo y personal de Bukowski, pero ahí podemos sentir y ver al hombre real -de carne y hueso-, al gran poeta y escritor, hablando de sus poetas preferidos, de sus escritores favoritos, de sus técnicas narrativas, de sus recuerdos de infancia… en esas páginas está el “poeta maldito” Charles Bukowski, sufrido y alcoholizado, dudando de sus méritos como escritor, pensando en la muerte y sus consecuencias, sin la pantalla encubridora de su álter ego.
Charles Bukowski murió en 1994, a los 73 años.
Escribió seis novelas, varios libros de cuentos, y 49 libros de poesía.
Su editor y amigo durante más de 20 años, John Martin, con la ayuda de la viuda de Bukowski, Linda Lee Bukowski, compiló y editó este magnífico libro.


GUILLERMO ZAMBRANO

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18 de Julio 2014

Nadine Gordimer, la guerrillera de la imaginación
por Luis Hernández Navarro

El periódico mexicano La Jornada, publicó el martes 15 de julio un magnífico artículo del periodista y escritor mexicano Luis Hernández Navarro٭, donde dice cosas muy interesantes sobre la vida y la obra de la escritora de Sudáfrica, Nadine Gordimer, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1991, y quien murió (¡a los 90 años de edad!), el pasado 13 de julio.
Y como lo bueno tiene que difundirse, me permito citar aquí, completo, el artículo de Hernández Navarro:
Nadine Gordimer, la guerrillera de la imaginación.
A la escritora Nadine Gordimer la política la alcanzó muy joven en su natal Sudáfrica. Tenía apenas entre 10 u 11 años cuando cayó en cuenta de que pertenecía a “un mundo blanco opresor”. Una noche la policía entró, sin permiso, a la habitación de una trabajadora doméstica de su casa, en busca de alcohol, prohibido a los negros. Los padres de la pequeña lo permitieron. La experiencia la marcó para siempre.
Nacida en 1923 en el seno de una familia de clase media, Gordimer creció en una pequeña aldea minera cerca de Johannesburgo. Su padre, Isidoro Gordimer, fue un relojero judío letonio, polígloto, que emigró escapando de la pobreza; su madre, Nan Myers, fue una asimilada británica posesiva y controladora, atrapada en un matrimonio infeliz que nunca dejó de pensar en regresar a su patria.
Nadine estudió en un convento-escuela para niñas blancas y tomó clases de baile. A los seis años se forjó como lectora en la biblioteca local. “Eso –confesó– me perdió en los libros. Pronto fui pasando de la sección de libros infantiles a los que quisiera tomar. Cuando veo atrás, es increíble lo que llegué a leer en esa época”.
Consciente de su condición racial, cayó en cuenta de que: “si hubiera sido una niña negra no hubiera podido ser miembro de esa biblioteca, no hubiera podido tomar ninguno de esos libros. Pienso, entonces, que si hubiera sido negra jamás hubiera llegado a ser escritora”.
En 1945 entró en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo, y se dedicó a la bohemia estudiantil, a estudiar literatura y a ser escritora. Escribir –diría más adelante– le da sentido a la vida. A los 26 años publicó su primera novela: Face to Face.
Pero no fue en la universidad ni en ninguna otra escuela donde aprendió a ser escritora. Para ella se nace con el impulso de serlo y la clave para que se despierte el don de la escritura es leer, leer y leer.
La escritura –explicó– “es resultado de tu propio desarrollo, del desarrollo de tus propias emociones y, por supuesto, de tus relaciones con el mundo exterior, con lo social y lo político. La necesidad de escribir viene de esos dos impulsos: de lo que te sucede dentro y de lo que te viene impuesto desde la sociedad, el país, la política, la moral”.
La autora de El conservador se involucró en 1960 activamente con el Congreso Nacional Africano (CNA), que condujo la lucha contra el apartheid, después de que en Sharpeville la policía disparó contra una manifestación que protestaba contra el régimen de segregación racial y asesinó a 69 personas, niños y mujeres incluidos.
Sin embargo, no se vio a sí misma como “una persona política por naturaleza. No creo que si hubiera vivido en otro lugar, mi escritura habría reflejado mucho la política”, dijo años después.
Sus libros, sin embargo, no fueron nunca concebidos como forma de lucha. Por el contrario, siempre estuvieron al margen de ella porque nunca quiso escribir propaganda. Se impuso que en su escritura no hubiera activismo. “Nunca mostré a los luchadores contra el apartheid como ángeles ni a los colonizadores como demonios –explicó–; mi escritura nunca fue un grito contra el sistema racista. Eso lo hice con mis acciones.
“Más aún –dijo–, nunca he escrito ‘sobre’ política; sólo sobre las condiciones humanas, más allá del confinamiento de la identidad dado por la raza, el color o la clase”.
Sus novelas son antiapartheid, no por su odio personal al sistema, “sino porque la sociedad –el tema de mi obra– se revela a sí misma en ellas... si uno escribe honestamente acerca de la vida en Sudáfrica, el apartheid se condena a sí mismo”.
A pesar de ello, el apartheid le prohibió tres novelas: Mundo de extraño, La hija de Burger y La gente de July, así como una recopilación de poesía de escritores negros, que reunió y editó. Sin embargo, varias ediciones de sus libros censurados fueron introducidas de contrabando y resultaron muy bien recibidas.
Su compromiso político fue mucho más allá de la lucha contra el apartheid y se mantuvo hasta prácticamente los últimos días de su vida. Autodefinida como una “realista optimista”, vivió convencida de que “los que luchamos sabemos que unidos podemos hacer cosas buenas”. Por ello, en febrero de 2010, demandó públicamente en La Habana al presidente Obama la liberación inmediata de los cinco luchadores antiterroristas cubanos injustamente presos en Estados Unidos, y el cierre de la base de Guantánamo.
Nadine Gordimer vio en la ficción la verdad. Y concluyó que la fuente de la ficción está en una necesidad extraña de encontrar sentido a la vida, que proviene tanto de la presión sociopolítica a tu alrededor como de la propia evolución “mientras vas creciendo, en tus emociones, en tus ideas, en tus relaciones”.
Para la autora de Capricho de la naturaleza, esta superioridad explicativa de la ficción proviene del hecho de que un reportaje en un periódico nos plantea lo que aconteció; sin embargo, el poeta, el novelista, nos proporciona la idea de por qué sucedió. Esto es así debido a que “el escritor se toma un buen tiempo para reflexionar sobre un suceso. Después del impacto de los hechos, pasa por el proceso de la imaginación, pasa por el proceso de incluir personajes imaginarios y a través de ellos descubrir cómo eran sus vidas antes de llegar al momento que aparece en los periódicos y en los noticiarios de hoy. Los antecedentes que recibimos de la televisión y de los periódicos –que a veces son muy buenos– no profundizan tanto, porque siguen viéndolo desde la actitud de que lo inmediato es lo importante”.
No le falta razón a Nadine Gordimer en su juicio sobre la ficción. Sus novelas sobre el apartheid terminan explicando esa realidad mucho mejor y con mayor eficacia que la gran mayoría de estudios académicos que se han publicado. Quizás por eso el poeta Seamus Heany describió a la escritora apenas fallecida este 13 de julio como una de las más grandes “guerrilleras de la imaginación”.
٭Hernández Navarro es coordinador de la sección de Opinión del diario La Jornada. Fue fundador de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y asesor de organizaciones campesinas y cafetaleras. Participó en los Diálogos de San Andrés y fue secretario técnico de la Comisión de Seguimiento y Verificación para los Acuerdos de Paz en Chiapas.



GUILLERMO ZAMBRANO

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7 de Julio 2014

Caminando en la Luna con Einstein

En este libro, el estadounidense Joshua Foer, ganador en 2006 del Campeonato de Memoria de Estados Unidos, nos dice cómo mejorar nuestra memoria, propósito que, supongo, todos los seres humanos anhelamos.
En su fantástico libro nos narra cómo, desde los tiempos antiguos, los humanos han utilizado el “método de loci”, o “palacio de la memoria”, para recordar todo lo que uno quiera recordar.
Foer asegura que el cerebro humano es sumamente apto para recordar espacios e imágenes, y recomienda visualizar una casa o un palacio, y colocar visualmente cada elemento en una ruta a través de la casa, con ayuda de una asociación visual altamente inusual y memorable para cada elemento.
Y después, para recordar, simplemente hay que dar un "paseo" mental a través de la casa por el mismo camino y "ver" cada elemento que necesitamos recordar.
El afamado memorista inglés Edward Cooke, citado por Foer, dice que es necesario “crear” asociaciones visuales “francamente inusuales”, para almacenar en nuestro palacio de la memoria.
Según Cooke, si queremos recordar el queso en nuestra lista de compras, debemos tratar de imaginar a Claudia Schiffer nadando en una tina de queso cottage. Pero debemos asegurarnos de colocar visualmente esta imagen en una habitación específica de nuestra casa de la memoria.
Foer nos cuenta que esta técnica del "palacio de la memoria" fue utilizada por los grandes sabios de la antigüedad en momentos en que -a causa de la ausencia de la imprenta y de la escasez de libros copiados a mano-, la buena memoria era altamente reverenciada.
Nos dice: "Los detalles que conocemos sobre el entrenamiento de los antiguos para mejorar la memoria, fueron descritos por primera vez en un libro sobre retórica latina, de autor anónimo, titulado Rhetorica ad Herennium, escrito entre los años 86 y 82 a. C. Las técnicas reveladas en ese libro fueron muy conocidas y practicadas en el mundo antiguo, y fueron el precedente de las primeras artes mnemotécnicas del Renacimiento.
“Cicerón, al hacer un comentario sobre Rhetorica ad Herennium, dice que las técnicas son tan conocidas que no necesita desperdiciar tinta para describirlas en detalle. En esos tiempos, la formación de la memoria fue considerada una pieza central de la educación clásica sobre las artes del lenguaje, a la par con la gramática, la lógica y la retórica. A los estudiantes se les enseñaba no sólo lo que tenían que recordar, sino la forma de recordarlo".
Y agrega Foer: "En un mundo con pocos libros, la memoria era sacrosanta. Basta con mirar la Historia Natural, de Plinio el Viejo, en donde registra, en el primer siglo de nuestra era, los recuerdos más excepcionales entonces conocidos en la historia. Ahí narra que el rey Ciro de Persia podía dar los nombres de todos los soldados de su ejército. Que Lucio Cornelio Escipión Asiático sabía los nombres de todos los habitantes de la ciudad de Roma. Y que Séneca podía repetir dos mil nombres en el orden en que se los habían mencionado. Una memoria poderosa era vista como una de las más grandes virtudes, porque representaba la interiorización de un universo de conocimientos externos".
Foer nos explica que “la técnica es crear un espacio en el ojo de la mente, un lugar que uno conoce bien y puede visualizar fácilmente, y después poblarlo con imágenes que representen lo que queremos recordar. Conocido como el "método de loci" por los romanos, ese espacio fue llamado después el "palacio de la memoria". Lo importante es que estos palacios de la memoria no necesariamente tienen que ser palacios o edificios. Pueden ser rutas a través de una ciudad, o las estaciones donde se detiene un tren durante un viaje. Pueden ser espacios grandes o pequeños, en interiores o al aire libre, ser reales o imaginarios, siempre y cuando haya alguna apariencia de orden que vincule un espacio mental con el otro, y que estos espacios nos sean siempre familiares”, agrega.
"El ganador del campeonato de memoria de Estados Unidos durante cuatro años, Scott Hagwood, continúa Foer, utiliza casas de lujo que aparecen en la revista Architectural Digest para almacenar sus recuerdos. Y el doctor Yip Swee Chooi, ganador del campeonato de memoria de Malasia, usó partes de su cuerpo para almacenar y memorizar las 1,774 páginas del diccionario Oxford chino-inglés.
"Uno podría tener decenas, cientos, tal vez miles de palacios de la memoria, cada uno construido para albergar un conjunto diferente de recuerdos. Lo que tenemos que entender es que los seres humanos somos excelentes para recordar imágenes y espacios".
Según Foer, “Rhetorica ad Herennium aconsejaba a los lectores de su tiempo crear imágenes divertidas e insólitas para su palacio de la memoria: entre más divertidas y extrañas, mejor. Cuanto más vívida sea la imagen, decía el texto, tanto más probable que se adhiera a su palacio de la memoria. Lo que distingue a un gran memorista es la capacidad de crear este tipo de imágenes espléndidas sobre la marcha y en segundos, para pintar en su mente una escena tan diferente a cualquiera que haya visto antes, lo que hará que no la pueda olvidar”.
Por lo anterior, concluye Foer, “Tony Buzan, campeón de memoria, dice que el Campeonato Mundial de Memoria, es menos una prueba de memoria y más una de capacidad creativa".
Hasta aquí algunos párrafos de este interesante libro. Pero quiero aclarar que no se trata de que los humanos aprendamos de memoria fechas y sucesos históricos y los repitamos después como pericos, sin entender lo que estamos diciendo y sin analizar las causas y/o las razones de esos sucesos.
Hay que leer siempre con mucho cuidado, y analizar lo que estamos leyendo, aunque no está de más recordar, por ejemplo, nuestro aniversario de bodas un día antes, para no meter la pata (y quizás Claudia Schiffer desnuda en una tina de queso cottage serviría para este noble propósito, si a la bella modelo rubia le colgamos un letrero imaginario en el cuello con esa fecha).


GUILLERMO ZAMBRANO

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20 de Junio 2014


The Last Coyote, de Michael Connelly

De las 16 novelas del personaje Harry Bosch, escritas hasta ahora por Michael Connelly, he leído 14. La primera que leí, que es la cuarta de la serie, The Last Coyote, me impresionó sobremanera, y quedé enganchado.
Una noche estaba haciendo fila para pagar en un supermercado de Miami, ciudad a donde recién había llegado, a fines de 1996, cuando la agencia de noticias Reuters me trasladó desde la ciudad de México.
La fila era muy larga, había sólo dos cajeras trabajando. El resto de las cajas ya estaban cerradas. Eran cerca de las diez de la noche. Mi mujer y mi hijo no habían llegado todavía de México. Yo me había adelantado para buscar un departamento, así que lo único que hacía era ir a trabajar todo el día a la agencia, y después, en la noche, ir caminando al supermercado, que estaba a dos cuadras, y comprar comida, para llenar el vacío refrigerador del recién rentado departamento.
Tomé el libro de Connelly, que alguien había dejado encima de un dispensador de refrescos cerca de la caja, para hacer tiempo mientras avanzaba la fila. Empecé a hojearlo, sin saber quién era el escritor, ni de qué podría tratarse la novela.
Conforme fui pasando las páginas, quedé maravillado. Cuando me tocó el turno de pagar, lo primero que le di a la cajera para que lo cobrara fue el libro de Connelly, a quien en ese momento yo no conocía, ni jamás había oído hablar de él.
Quedé embrujado y comencé a leer todas las novelas que encontré de Harry Bosch y lo mismo me sucedería más adelante con las 21 novelas del estupendo personaje Travis McGee, de John D. MacDonald.
El investigador privado Travis McGee vive en un bote anclado en la marina de Bahía Mar, en Fort Lauderdale, Florida, y trabaja muchos de sus casos en Miami (el Miami al que ya llegaron los cubanos), mientras que el detective de la policía de la ciudad de Los Ángeles, Harry Bosch, vive y trabaja en Los Ángeles.
Ambos autores vivieron muchos años en la Florida. MacDonald ya murió, pero Connelly vive actualmente en Tampa, Florida.
En la época en que descubrí a Connelly y a MacDonald (admiradores, como yo, de Raymond Chandler y Dashiell Hammett), estaba escribiendo todas las noches, al regresar del trabajo, el primer borrador de mi novela México por asalto, así que para distraerme de todos los libros de historia que tuve que consultar, leía toda la ficción que me cayera en las manos (pero eso sería otra historia).
Al inicio de The Last Coyote, la vida de Harry Bosch es un caos. Resiente la carga de trabajo en el Departamento de la Policía de Los Ángeles, su novia lo acaba de abandonar, la casa que compró con mucho esfuerzo quedó casi deshecha tras un fuerte terremoto que azotó a la ciudad, y él, además, está bebiendo demasiado. Lo anterior lo hace sufrir continuos ataques de estrés, pero Bosch se resiste a ir a ver a la psicóloga del Departamento que sus jefes le ordenaron ir a consultar.
Después de mucho pensarlo, y sin tener más remedio, acata las órdenes de la jefatura y se cita con la terapeuta. Y luego de varias sesiones, en las que poco a poco va abriéndole el corazón a la doctora, reconoce que un hecho trágico de su pasado lo ha marcado desde siempre.
Cuando Bosch tenía once años, le dice a la doctora en una sesión, su madre, una prostituta, fue brutalmente asesinada. Pero el caso fue cerrado inesperadamente, sin resolverse, y nadie fue inculpado por el crimen.
Bosch, siendo ya un detective del Departamento de la Policía de Los Ángeles, decide reabrir el caso en busca de respuestas que lo ayuden, al menos, a quitarse la inquietud que le ha embargado durante tantos años.
Luego de leer el expediente, Bosch localiza a la mejor amiga de su madre (otra prostituta), quien le cuenta detalles que ella, por temor a una venganza, nunca reveló a la policía en el momento del asesinato.
Bosch descubre, gracias a la vieja prostituta, que su madre tenía tratos y relaciones sexuales con altos funcionarios del gobierno de la ciudad, especialmente con un poderoso político involucrado en las campañas electorales de varios alcaldes y fiscales de distrito.
Y los enredos comienzan en serio, porque algunos de esos poderosos políticos no han muerto y siguen todavía en activo. Pero, como ya va siendo costumbre en estas entregas, esto es sólo para abrir el apetito de los lectores, con la intención de convencerlos de leer la novela completa.




GUILLERMO ZAMBRANO

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13 de Junio 2014 

Deus ex machina

Muchos críticos y escritores mencionan la famosa expresión “Deus ex machina” sin explicarla, dejando a muchos lectores en ascuas, y eso, por supuesto, no está bien. Recién me di cuenta que hace un par de entregas hice lo mismo, así que ahora va, brevemente, una explicación: 
Deus ex machina significa en griego “Dios desde la máquina”.
En el teatro griego, cuando el dramaturgo se sentía acorralado porque no podía resolver una cuestión que había planteado durante el desarrollo de la trama, recurría a “Dios desde la máquina”, es decir: a una divinidad que, desde fuera del escenario (y fuera de la historia), aparecía de pronto para resolver una situación.
Y aquí vale la pena recordar lo que dijo Chejov: “nunca muestres una pistola en el primer acto, si no vas a utilizarla en el tercero”.
El problema es que hay escritores y guionistas que comienzan a escribir a toda máquina (valga la expresión), sin ton ni son, empujados, según ellos, por la “inspiración”. Sin pensar siquiera a dónde va el relato, sin plantear las causas y los efectos, así que, de pronto, y cuando menos lo esperan, quedan acorralados por su misma insensatez, y entonces, para no quebrarse mucho la cabeza, recurren a una divinidad (en nuestros días a una “casualidad” o a un evento “fortuito”), fuera del texto o del escenario, y la divinidad (la casualidad o el hecho fortuito) resuelve todo, ¡y sanseacabó!
Deus ex machina, pues, se refiere a cualquier elemento externo que venga a resolver una historia sin que haya una lógica interna. Esta expresión se refiere a cualquier acontecimiento cuya causa se origine en las necesidades del escritor para llevar su historia a donde él quiera, sin tomar en cuenta a los personajes ni las circunstancias de éstos, ni tampoco su forma de ser o de pensar.
Se le llama machina porque era, en tiempos del teatro griego, una grúa (machina) que se utilizaba para hacer descender al escenario a la deidad que, por supuesto, resolvía todo el embrollo con facilidad, aunque no sonara muy lógico.
Pero los lectores de hoy en día (y los espectadores) no son tontos, y al percibir un truco así, en donde la historia tiene una falta de coherencia interna, se sienten defraudados e incómodos, y lo más seguro es que cierren el libro a la mitad, o salgan del teatro y de la sala cinematográfica sin terminar de ver la función.
Así que los escritores, para bien de nuestros lectores, debemos planear bien, con anticipación, nuestras historias y tramas, para no tomar atajos de última hora.


GUILLERMO ZAMBRANO

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06 de Junio 2014 

¡Ya están a punto de vender Pemex al mejor postor!

Hace casi dos años (el 4 de julio de 2012), reproduje en este espacio el capítulo 5 de mi novela Pasaporte al infierno, publicada en 2011. Y el día de hoy, y aunque no sea una práctica usual -ni recomendable-, vuelvo a hacerlo porque ahora, más que nunca, es necesario poner atención al problema de la venta de Pemex, que lleva varios sexenios madurándose en las altas esferas del poder. Todos los mexicanos tenemos la obligación de asomarnos a la cosa pública y de utilizar cualquier método a nuestro alcance para mejorar la situación de nuestro querido, empobrecido y subastado México.
—¿Qué tal te fue? —le preguntó Wenceslao a Constitución al sentarse a su lado en uno de los bancos de la barra.
—Alvarito es un pendejo —dijo Constitución mientras dejaba sobre el mostrador dos billetes arrugados de cincuenta pesos—. Vámonos.
—¿Qué pasó?
—Te cuento en el camino. Vámonos.
Los dos se pusieron de pie al mismo tiempo.
—¿Dónde dejaste el taxi?
—Estoy aquí enfrente, le dejé las llaves al franelero.
Ambos se metieron al taxi, luego de que Constitución le diera un billete de veinte pesos al cuidador.
—Alvarito es una mierda —dijo Constitución, molesto, dejándose caer pesadamente en el asiento de atrás—. El hijo de puta está metido en la venta de mota y de perico.
—¿Cómo supiste?
—El estudio de danza es una tiendita —dijo Constitución. Y con tono meditativo agregó—: Lo que me extraña es que no me di cuenta cuando estuvimos vigilando el lugar y tomando fotos.
—Vimos entrar y salir a bailarinas y bailarines —dijo Wenceslao, mirando hacia el frente porque el tráfico se estaba complicando.
—Claro que como llevan siempre sus maletines para la ropa y las zapatillas —dijo Constitución, todavía meditativo, viendo hacia la calle desde una de las ventanas del taxi—, podían salir después con toda calma, luego de haber ensayado...
—Y de haber comprado —lo interrumpió Wenceslao.
—No pensaba que los bailarines, con sus cuerpos atléticos y sus dietas especiales consumieran drogas.
—Me imagino que la mayoría no bebe alcohol, para conservarse ágiles y atléticos... y supongo que cuando quieren alterar sus sentidos, utilizan otros estimulantes.
—Tienes razón —dijo Constitución—. Es sólo que no me hubiera imaginado.
De pronto el tráfico comenzó a hacerse más lento. En sentido contrario venía una manifestación de hombres y mujeres, de todas las edades, vestidos humildemente, caminando hacia el Zócalo.
Muchos llevaban carteles alusivos a la supuesta privatización de Pemex, de la que habían hablado públicamente hacía muy poco algunos funcionarios del gobierno de Calderón, y a la que el grupo se oponía.
La marcha, encabezada por un hombre alto, de ojos saltones, se movía lentamente. Con la ayuda de un altoparlante, el hombre de los ojos saltones decía, sin dejar de caminar:
—El futuro de Pemex está en juego compañeros, y nosotros, el pueblo trabajador, debemos impedir a toda costa que Calderón, la burguesía, los imperialistas de Estados Unidos y sus perros falderos del PAN y del PRI se salgan con la suya.
Algunos manifestantes se veían cansados. Caminaban arrastrando los pies, con los rostros morenos surcados de arrugas y la mirada puesta en el infinito, haciendo cuentas, tal vez, de las carencias de toda una vida.
—Ellos —continuó el hombre de los ojos saltones, sin dejar de caminar al frente del grupo—, han transformado a México en un infierno para los trabajadores y los campesinos a pesar de las inmensas riquezas que tiene nuestro país. Los burgueses, representados por los gobiernos del PAN y del PRI, han transformando a millones de mexicanos en pobres. Ellos son los que han llevado a la ruina a Pemex, y ahora quieren sepultarlo definitivamente, entregándolo a intereses privados y extranjeros.
Muchos hombres y mujeres parecían no escuchar ya al hombre de los ojos saltones, pero seguían marchando decididos, lentamente, con los rostros y los cuerpos sudorosos, bebiendo agua de cantimploras improvisadas con envases de refresco, movidos tal vez por el convencimiento de que el pueblo unido tiene más poder que las personas aisladas.
El grupo compacto de hombres y mujeres humildes, con sus ropas desteñidas y sus cartelones alusivos a Pemex, seguía caminando lentamente, recortándose contra la luz dorada del atardecer.
No había granaderos en los alrededores, ni policías atendiendo el flujo del tránsito vehicular. Los hombres y las mujeres caminaban tranquilos, con rostros extenuados, pero confiados. Las farolas del alumbrado público se encendieron de pronto. La noche cayó a plomo, y Constitución apremió a Wenceslao.
—¿No hay forma de rodear esto?
—No.
—¡Pinche Calderón de mierda! —dijo Constitución.
—No debemos permitirlo —seguía diciendo el hombre de los ojos saltones desde su altoparlante—, y aunque la fatiga trate de vencernos, no debemos descansar hasta evitar que Calderón y Mouriño se salgan con la suya.
—Pobres —dijo Wenceslao—. Seguramente van a dormir en el Zócalo, con sus petates y sus cobijas, sin agua ni baños ni facilidades.
—Así es—musitó Constitución, sin apenas mover los labios, viendo hacia el compacto grupo de hombres y mujeres humildes.
—Pobres —reiteró Wenceslao.
—Ellos, que nada tienen —dijo Constitución con un tono de voz desprovisto de inflexiones, como tratando de tomar distancia—, están dispuestos a dar la batalla por todos nosotros, que tenemos más que ellos.
—Así es —susurró Wenceslao, inmóvil y sin saber qué más decir.
—Me vas a dejar en la unidad habitacional —dijo Constitución, para cambiar el tema—, y te vas a tu casa. Ya es suficiente para ti.
—Te puedo esperar, si quieres... no me importa. Y además apago el taxímetro. El tiempo extra va por mi cuenta.
—No gracias. No hace falta. Voy a confrontar a Álvaro en su propia casa, y además le voy a decir en su cara que es un pendejo y una mierda, y después tomo un pesero en la lateral del periférico.
—¿Seguro?
—Seguro. Te llevas mi maleta y mis cosas.
—¿Lo vas a madrear?
—Si se pone bravo no me va a quedar otro remedio.
—Ten cuidado... tú mismo me dijiste que está muy grandote.
—Sí mamá —dijo Constitución, con tono burlón.



GUILLERMO ZAMBRANO

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23 de Mayo 2014

De mujeres castas y mujeres liberadas...

S. de John Updike, se publicó en 1988. Es una novela epistolar. El lector sólo conoce lo que la protagonista (Sarah P. Worth, de 42 años) cuenta en una serie de cartas y en varias grabaciones enviadas a sus amigos, a su hija, a su madre, a sus ex amantes, y a su marido.
Sarah, originaria de Boston, Massachusetts, abandona su vida, su elegante mansión, y a su marido, un acaudalado médico, y se instala en el ashram de un famoso gurú en Arizona para continuar con sus clases de yoga y de meditación. 

La primera novela epistolar en la historia de la literatura fue Pamela, del escritor inglés Samuel Richardson, que vio la luz en 1740, y es el antecedente directo de la novela del estadounidense. 

A pesar de que el método epistolar que utilizó Updike para contar esta historia tenía ya 248 años de viejo, la manera de narrar de Updike nos hace leer una página tras otra, sin despegarnos del libro. 

En una entrevista publicada por The New York Times en 1988, Updike dijo:
“Sarah llena el libro de principio a fin. Traté de mostrar cómo una mujer logra su verdadera independencia. Supongo que esto comenzó cuando yo tenía 20 años y leíLa letra escarlata, que es nuestra Ana Karenina y nuestra Madame Bovary.

“Me gusta pensar que la historia de Sarah es nuestra contribución a la novela sobre el adulterio. Hawthorne trató de escribir sobre la verdad del corazón humano, y ese objetivo también me interesa”. 

Pamela, por el contrario, es la historia de una muchacha joven que llega a la gran ciudad desde su pueblo, a trabajar como sirvienta a la casa de una señora adinerada. El hijo de esta señora, un joven caprichoso, acostumbrado a salirse siempre con la suya, se enamora de la joven y trata de seducirla en todo momento.

De pronto, la señora adinerada muere (y aquí, definitivamente, podemos hablar del viejo truco literario conocido como “Deus ex machina”), así que inesperadamente, el joven casanova queda como amo y señor de la casa y las propiedades familiares, y, por supuesto, el acoso que sufre Pamela va en aumento.

La novela está narrada a través de las cartas que Pamela escribe a sus padres, quejándose de su situación. Llega un momento en que el joven casanova la secuestra y la lleva a vivir, con la ayuda de otros de sus sirvientes, a una casa de campo muy alejada de la ciudad.
Ahí, Pamela sabe de inmediato que las cartas a sus padres no podrán ser enviadas por correo, así que decide escribir un diario, en el que sigue mostrando su virtud y su firme voluntad de no dejarse seducir.

La novela termina con un final feliz. El joven casanova lee el diario de Pamela, se conmueve hasta el tuétano por los esfuerzos virtuosos que hace la muchacha para conservarse íntegra y apegada a la moral que imperaba en el siglo XVIII, y le ofrece matrimonio.
Pamela fue quizás el primer best-seller en la historia. Se tradujo a muchísimos idiomas y en la mayoría de los países de Europa el texto era estudiado en las escuelas para señoritas como un modelo de conducta virtuosa e intachable.

Pero esa es Pamela, la muchacha casta del siglo XVIII. 

Sarah, en cambio, es una mujer moderna del siglo XX que busca, de pronto, a la mitad de su vida, ser independiente física, moral y económicamente, y que se topa con infinidad de problemas dentro del ashram, y que además experimenta una serie de relaciones sexuales con compañeros y compañeras en ese retiro para practicar yoga, y que sufre el desprecio del propio gurú luego de acostarse con él. Y que en las noches, tirada en su camastro, totalmente desorientada, no sabe si está haciendo bien o si debe pedirle perdón al marido y regresar a su casa. 

El final es bastante sorpresivo y muy interesante, pero hay que leer la novela completa para gozar las aventuras y desventuras de Sarah.

Y aunque Pamela y Sarah no se parecen en nada, la técnica de Richardson y la de Updike es exactamente la misma: separada solamente por dos siglos y medio.
Y este pequeño detalle (los dos siglos y medio) viene a demostrar (a todos los que predican insistentemente la muerte inminente de la novela), que los escritores somos incorregibles y que seguimos -implacables-, tratando de descubrir -y narrar- los insondables abismos del alma y de la condición humana.



GUILLERMO ZAMBRANO

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09 de Mayo 2014

Los mexicanos leemos muy poco... ¡y qué lástima! 

Los mexicanos leemos un promedio de 2.9 libros al año, según la encuesta del año 2012 que realizó la Fundación Mexicana para el Fomento a la Lectura.

Los datos, que se presentaron el mes pasado en la Ciudad de México en el marco de la Feria Expo Pública, se obtuvieron después de que la fundación realizó dos mil entrevistas con 89 preguntas, a personas de entre 12 y 66 años de edad.

La Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, avaló estos datos
.
En 2006 se realizó la “Encuesta Nacional de Lectura” y, según la Fundación Mexicana para el Fomento a la Lectura, al comparar el comportamiento de lectura de libros entre 2006 y 2012 “hay una disminución muy significativa en el número de lectores de libros, con una caída de 10 por ciento, y el resultado actual es que más de la mitad de la población no lee libros”.

Me parece que esto se entiende perfectamente bien. Entre 2006 y 2012 los mexicanos hemos visto disminuir en forma alarmante el poder adquisitivo del dinero, cientos de miles se quedaron sin empleo, la corrupción en las esferas políticas va en aumento, la policía y las fuerzas de seguridad no aparecen nunca por ningún lado, el narcotráfico sigue corroyendo los cimientos de la sociedad, y los índices de pobreza se han multiplicado debido a la pésima administración en los niveles federal, estatal y municipal.

Los servidores públicos en México siguen ocupando sus puestos para “servirse”.
Sería inútil pretender que en medio del caos y la miseria que campea por el país, los mexicanos tuvieran tiempo (o ganas) de ponerse a leer, cuando lo que deben hacer cada día es procurarse el sustento y defender la seguridad de sus familias.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación (UNESCO), los países de América Latina tienen índices muy diferentes de lectura, como por ejemplo Brasil, con 14.8 por ciento de lectores y Colombia, con 37 por ciento.

Sin embargo, al estudiar estas cifras, habría que ver, tal como dice Paco Taibo II, cuántos libros pasan de mano en mano, y cuántos más se leen gracias a préstamos de bibliotecas públicas, y estos datos, por supuesto, no los puede consignar nadie.

La teoría de Taibo II me parece muy acertada: muchos libros pasan de mano en mano por supuesto, y están además los préstamos de bibliotecas públicas, pero la cifra que da Taibo II, de que los mexicanos leemos alrededor de 10.5 libros por año, lo significaría leer un libro casi cada mes, me parece a mí muy alta.

Aunque me gustaría estar equivocado, y que mi amigo Taibo II tuviera razón.

Según una encuesta del diario Clarín, en Argentina el promedio general es la lectura de un libro cada dos meses. Cuatro de cada diez personas dijeron haber leído de uno a tres libros en los últimos seis meses; el 15.5 por ciento entre cuatro y cinco, y el 11 por ciento de seis a diez libros. Sólo el 5.1 por ciento de la población leyó más de diez libros en seis meses. Pero el 27.2 por ciento de los argentinos admitió no haber abierto ni una sola página en el mismo período.

El promedio general de lectura en Argentina es de 3.5 libros en seis meses, es decir un libro cada dos meses aproximadamente.

El 75.2 de los argentinos (siempre según Clarín) no concurrió a una biblioteca en el último año, el resto respondió que sí.

Pasando a otros países, y de acuerdo a cifras del Eurobarómetro, los islandeses leen unos 40 libros al año, esto los convierte “casi” en los mejores lectores del mundo, siendo sólo superados por Finlandia con 47 libros anuales.

Según estos datos, los islandeses compran más libros per cápita que cualquier otro país del mundo.

(En México, desgraciadamente, muchas familias no pueden ni siquiera comprar un kilo de tortillas, ¡no digamos de carne o huevos!)

Siguiendo con las cifras del Eurobarómetro, el 80 por ciento de los suecos ha leído al menos un libro en su vida y el 71.8 por ciento lee habitualmente libros. Las estadísticas muestran que Alemania tiene 67 por ciento de lectores. Los británicos registran 61 por ciento de lectores, y, además, leen 2.6 libros de promedio en las vacaciones. Francia tiene un 56 por ciento de habitantes que lee habitualmente.

A un 54.9 por ciento de daneses les gusta leer. Un noruego promedio lee 18 libros por año. Un alemán, aproximadamente 15 libros anuales.

De acuerdo a un informe presentado conjuntamente entre el Departamento de Educación y el Departamento del Trabajo de Estados Unidos en el año 2000, la tercera parte de la población norteamericana tiene problemas de lectura, y se estima que cerca de 60 millones de norteamericanos son analfabetos funcionales.

Y lo anterior suena a purísima verdad… cuando Clinton era presidente, dijo en una ocasión que era una pena que muchos alumnos de su país, al terminar la escuela secundaria, no pudieran leer lo que decía su diploma.

La Federación de Gremios de Editores de España dio a conocer que el 46.5 por ciento de los españoles nunca lee, y según el Eurobarómetro, los índices más bajos de lectura en Europa se observan en Portugal, con 32 por ciento de personas que no leen, y en Grecia, con el 45 por ciento que nunca tomaron un libro en su vida.

Así que según estas cifras, y haciendo una obligada comparación, los mexicanos estaríamos bastante bien si las cifras de Taibo II fueran acertadas (10.5 libros por año, lo que significaría leer un libro casi cada mes).

Me gustaría que así fuera, pero no estoy tan seguro… ¡y qué lástima!




GUILLERMO ZAMBRANO

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25 de Abril 2014

La Hermandad, de John Grisham

Estoy seguro de que los miembros de la sección de Literatura de la Academia Sueca del Premio Nobel no van a discutir jamás entre ellos la posibilidad de entregar el galardón a John Grisham (autor estadounidense que en la década de los años 90 del siglo pasado fue el escritor que más libros vendió en todo el mundo), pero también estoy seguro de que muchos de ellos lo han leído, lo han disfrutado, y se han pasado noches en vela, sin poder dejar a un lado alguna de sus novelas; pero, por supuesto, sin hacer nunca comentarios públicos al respecto. 


A pesar de que todos ellos son -por supuesto también-, unos “respetables” hombres de letras que leen solamente literatura “seria”; en la privacidad de la sala de sus casas, frente al agradable calorcito de la chimenea, sin tener que dar informes a nadie, no creo que hayan logrado sustraerse a la tentación de leer alguna de las novelas de Grisham, para dejarse llevar, página tras página, sentados casi al borde del sillón, por el increíble suspenso que este autor le imprime a todas sus novelas. 

Por otra parte, estoy seguro también que a muchos escritores “serios” les gustaría vender la enorme cantidad de libros que vende Grisham. 

En La Hermandad, Grisham nos cuenta una historia en la que tres jueces muy pillos, provenientes de tres diferentes distritos de Estados Unidos, pero que están presos en la misma cárcel federal por haber abusado de su poder legal en cierto momento de sus carreras, se reúnen para comenzar a realizar en secreto, desde la soledad de sus celdas, una serie de extorsiones muy lucrativas en el mundo exterior con la ayuda de un abogado corrupto que les hace el servicio de “mandadero”, llevando y trayendo correspondencia que las autoridades del penal no pueden abrir porque se trata de la “estricta e inviolable privacidad” que hay entre un abogado y sus clientes. 

Sin contar los pormenores de la novela, baste decir que estos jueces escriben cartas haciéndose pasar por adolescentes homosexuales (enviando en las cartas fotos de jovencitos extraordinariamente bien parecidos). En estas misivas, los adolescentes se quejan de estar, supuestamente, internados en clínicas de rehabilitación. 

(Y aquí hago un paréntesis para recordar lo que dijo en una ocasión Bertolt Bretch: “Muchos jueces son absolutamente incorruptibles porque nadie puede inducirlos a hacer justicia”.)
Para su estafa, los jueces de esta novela ponen anuncios en revistas de homosexuales, en las que dicen: “joven veinteañero busca relación seria con hombre de experiencia, de entre 40 y 50 años”. 

El chantaje les resulta una mina de oro, porque el mismo abogado corrupto se encarga de investigar a los hombres que responden a estos anuncios (a veces pasando muchos trabajos porque casi todos utilizan seudónimos y casilleros rentados en oficinas de correos). 

Si la posible víctima no tiene dinero, y más importante, si no tiene una esposa e hijos ante quien desenmascararlo, sus datos son desechados automáticamente; pero los que sí tienen dinero y familia, son “desplumados”, como dicen los tres jueces, sin compasión. 

El negocio va muy bien hasta que un importante político responde a uno de esos anuncios y entonces la vida de los tres jueces -aunque ellos no lo sepan-, comienza a peligrar.
¡Y no digo más! Pero vale la pena leer esta novela. 

Para rematar, y volviendo al Premio Nobel de Literatura, hay que recordar que a muchos escritores “serios”, la Academia Sueca tampoco les concedió el galardón. 

Entre ellos puedo mencionar a escritores de renombre, con una obra monumental:
Juan Rulfo, Marcel Proust, James Joyce, Paul Valéry, Emile Zola, León Tolstoy, Jorge Luis Borges, Joseph Conrad, Julio Cortázar, Rainer Maria Rilke, Federico García Lorca, Juan Carlos Onetti, Lezama Lima y Henry James, entre otros. 

Muchos de los galardonados pasaron ya al olvido y sus obras se encuentran sólo en bibliotecas especializadas, mientras que muchos de los autores no premiados son escritores que se siguen leyendo hoy en día y sus obras están traducidas a decenas de idiomas.
(Escribí sobre el Premio Nobel hace un par de años.) 

Seguramente las novelas de John Grisham se seguirán vendiendo alrededor del mundo durante muchos años más, en decenas de idiomas.
[La Hermandad, la puede comprar en Amazon.com]
*¡Recomienden y difundan mi blog, gente...! Gracias.

Y no olviden apartar, aunque trabajen mucho -¿quién no lo hace en estos tiempos de crisis?- al menos una hora diaria para leer un buen libro.




GUILLERMO ZAMBRANO

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18 de Abril 2014

Luz de agosto, de William Faulkner

Luz de agosto es una magnífica novela, sin lugar a dudas. Y nadie en su sano juicio puede disputar esto. ¡Es una gran novela!
Definitivamente es una de las grandes novelas del siglo XX. 

Mientras Joe Christmas, el personaje central (quien admite tener sangre negra), lucha durante toda la novela para aceptarse a sí mismo y para encontrar su lugar en el mundo, la joven Lena Grove (adolescente, blanca, muy bella, y dueña de una voluntad inquebrantable), comienza una larga travesía, a pie, por el sur de Estados Unidos, para encontrar al padre del hijo que está esperando.
Luz de agosto se publicó en 1932, y 24 años después, durante una conversación en la ciudad de Nueva York, a principios de 1956, para la revista The Paris Review, la reportera le preguntó al autor si sus personajes -en todas sus novelas- tenían una conciencia de sumisión a su destino, y Faulkner le dijo:
─Algunos de ellos la tienen y otros no. Yo diría que Lena Grove en Luz de agosto se entendió bastante bien con su vida. Para ella no era realmente importante en su destino que su hombre fuera Lucas Birch o no. Su destino era tener un marido e hijos y ella lo sabía, de modo que fue y los tuvo sin pedirle ayuda a nadie. Ella era la dueña de su propio destino. Uno de los diálogos más serenos y sensatos que yo he escuchado fue cuando ella le dijo a Byron Bunch en el instante mismo de rechazar su intento final -desesperado y desesperanzado-, de violarla:
“¿No te da vergüenza? Podías haber despertado al niño”.
No se sintió confundida, asustada ni alarmada por un solo momento. Ni siquiera sabía que no necesitaba compasión.
La novela está narrada en tercera persona, pero hay una multiplicidad de voces subjetivas que van sumándose a la historia. Faulkner no condena a sus personajes ni sus acciones. Muchos de estos personajes son poco fiables en relación a los acontecimientos de sus vidas, pero el autor ve todo de manera objetiva, a pesar de que la mayoría de ellos son propensos a distorsionar o manipular la realidad.
Luz de agosto es una novela llena de violencia, agudizada por las ideas fijas que causaban en ese tiempo (y causan todavía) el racismo y el fanatismo religioso en el sur de Estados Unidos.
─Se dice que usted, como escritor, está obsesionado con la violencia, le dijo la periodista durante la entrevista, y Faulkner respondió:
─Eso es como decir que el carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del escritor. El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.
Muchos de los personajes en esta novela están solos ante el mundo y totalmente abandonados de la sociedad.
En ese universo que nos plantea Faulkner, una mujer blanca, independiente, de unos 40 años de edad, nacida en el sur, pero hija de padres que habían nacido en el norte de Estados Unidos, es mal vista por el resto de la sociedad porque no comparte el sentimiento anti-negro de los sureños y es insultada con el apelativo de “yanqui”.
Los habitantes del sur, en las novelas de Faulkner, no han logrado recuperarse de la derrota que les infligió el norte durante la guerra civil, y siguen odiando todo lo que llega del norte.
En el sur de Estados Unidos que nos pinta Faulkner, lo mismo blancos que negros no logran superar la época de la esclavitud, ni quitarse de encima el estigma de esa organización económico-social, y siguen sin encontrar el rumbo que los lleve a la reconstrucción de su territorio.
Y el exasperante fanatismo religioso, con la Biblia como el único libro que esa sociedad se ha dignado leer, no ayuda mucho a salir de ese oscurantismo.
En Luz de agosto, las vidas de los personajes se superponen y se entrecruzan en la ciudad de Jefferson, Mississippi. La atmósfera cerrada y asfixiante en la que transcurre la vida de estos hombres y mujeres -duros e incultos-, entre chismes, prejuicios y actitudes represivas y separatistas, resulta opresiva y desgastante.
Y, para algunos de esos personajes, la violencia y el asesinato son la única salida.
Novela dura y realista, aunque sumamente humana, Luz de agosto debe leerse para entender la razón de que Faulkner haya recibido el Premio Nobel de Literatura en 1949. ¡Cuando tenía apenas 52 años de edad!
En otra parte de la entrevista, Faulkner asegura que “si yo no hubiera existido, alguna otra persona me habría escrito, Hemingway, Dostoyevsky… La prueba de ello es que hay unos tres candidatos a la paternidad de las obras de Shakespeare. Pero lo importante es Hamlet y El sueño de una noche de verano, no quién las escribió, sino que alguien las escribiera. El artista no tiene importancia. Sólo lo que él crea es importante, a pesar de que no hay nada nuevo que decir.
“Shakespeare, Balzac y Homero han escrito sobre las mismas cosas, y si hubieran vivido durante mil o dos mil años más, los editores no habrían necesitado a nadie más desde entonces”.
La periodista mencionó durante la entrevista el recurso del monólogo interior que el autor utiliza con mucha frecuencia en sus novelas, y luego le preguntó si había leído alguna vez a Freud.
La respuesta de Faulkner fue contundente: 


─Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns (época en la que Faulkner conoció a Sherwood Anderson, quien lo impulsó para que escribiera su primera novela: Soldier’s Pay), pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.


GUILLERMO ZAMBRANO

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11 de Abril 2014


La escritura marca la diferencia 


En su magnífico libro This Fleeting World: A Short History of Humanity (Este mundo efímero: una breve historia de la humanidad), el historiador David Christian (Brooklyn, NY. 1946), dice que siempre hemos tratado de definir cuál es la característica que distingue a los humanos de otras especies. Y explica que nuestras respuestas han sido, entre otras: el uso de herramientas, el tamaño de nuestro cerebro, y nuestra forma de caminar sobre dos extremidades. Sin embargo, admite que ahora los estudios de otras especies se han vuelto tan sofisticados, que esas respuestas resultan insuficientes. 

Christian asegura que nuestra respuesta actual debe ser: “el uso de un lenguaje simbólico”. 

(Y desde el lenguaje simbólico, digo yo, va naciendo, poco a poco, pasando por los jeroglíficos egipcios y los signos cuneiformes de los sumerios -hace ya más de cinco mil años-, la escritura como la conocemos hoy en día, que es, sin duda, el mayor invento del hombre.) 

El autor dice: “La primera evidencia del lenguaje simbólico puede detectarse desde hace unos 200 mil o 300 mil años; que es quizás el punto en el que la especie de los seres humanos como la conocemos hoy comenzó a emerger. 

"La diferencia más poderosa, la característica que distingue a nuestra especie de otras especies estrechamente relacionadas, parece ser el lenguaje simbólico. Muchos animales pueden comunicarse entre sí y compartir información de manera rudimentaria. Pero los seres humanos somos las únicas criaturas que podemos comunicarnos mediante el lenguaje simbólico: un sistema de símbolos arbitrarios que pueden estar normados por gramáticas formales y que son capaces de crear una variedad casi ilimitada de expresiones precisas.

“El lenguaje simbólico permitió aumentar la precisión de la comunicación humana y la diversidad de las ideas que los humanos podemos intercambiar. El lenguaje simbólico nos permite, por primera vez, hablar acerca de entidades que no están presentes inmediatamente (incluyendo experiencias y eventos en el pasado y en el futuro), así como entidades de cuya existencia hay cierta incertidumbre (como el alma, los demonios y los sueños). 

“El resultado de este aumento repentino de la precisión, la eficiencia, y la variedad de sistemas de comunicación humanos, fue que la gente pudo compartir con los demás mucho de lo que había aprendido, y por lo tanto, el conocimiento empezó a acumularse más rápidamente, y en vez de morir con cada persona o generación, los sentimientos y las ideas de los individuos comenzaron a ser preservados para las generaciones futuras. 

"Como consecuencia, cada generación heredó el conocimiento acumulado de generaciones anteriores, y conforme este caudal de conocimiento creció, las generaciones posteriores pudieron utilizarlo para adaptarse a su entorno con nuevas formas o maneras. A diferencia de todas las otras especies que viven en la Tierra, cuyos comportamientos cambian de manera significativa sólo cuando la composición genética de la totalidad de la especie cambia, los seres humanos podemos cambiar nuestros comportamientos significativamente sin esperar a que nuestros genes lo hagan. 

“Este proceso acumulativo de aprendizaje colectivo, explica la excepcional capacidad del ser humano para adaptarse a los cambios del entorno, y al cambio de las circunstancias. También explica el dinamismo único de la historia humana.
“Estas conclusiones sugieren que debemos buscar los comienzos de la historia humana, no sólo en los detalles anatómicos de los primeros restos humanos, sino también en cualquier evidencia que apunte a la presencia de un lenguaje simbólico y a la acumulación de los conocimientos técnicos. 

“Hallazgos arqueológicos vinculan la evidencia más temprana de la actividad simbólica (incluyendo rústicos métodos para la molienda de los pigmentos utilizados en la pintura corporal, y ejemplos sobre cambios significativos en la elaboración de herramientas de piedra), con la aparición de una nueva especie conocida como Homo helmei. Los restos de esta especie son tan parecidos a los de las mujeres y los hombres modernos, que podemos -quizás debemos-, incluirlos dentro de nuestra propia especie: Homo sapiens. 

“La evidencia anatómica, tecnológica y cultural más antigua de estos cambios aparece en África, hace unos 200 mil o 300 mil años. 

“En la historia de la humanidad, la cultura ha superado a la selección natural como el motor principal de cambio”, concluye David Christian. 

Me pregunto qué opinaría Charles Darwin de todo esto. 





GUILLERMO ZAMBRANO

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Carta de Víctor Hugo a Benito Juárez

A pesar de que Nietzsche calificó a Víctor Hugo como un romántico y un sentimental, para mí sigue siendo un gran escritor con voz de trueno y un hombre, además, comprometido con su época.
En Los miserables el lector es transportado a una época en la que la mujer no tiene derecho al voto y los niños empiezan a trabajar a los 12 años; realidades que hoy nos parecen no sólo incomprensibles, sino espantosas. 
Y este gran novelista, pendiente siempre de lo que sucedía no sólo a su alrededor, sino en el mundo entero (cuando no había aviones, teléfono, internet, ni laptops) se tomó el tiempo de escribirle a Benito Juárez para felicitarlo por el triunfo de la República y para comentar el mérito de Juárez en la defensa de su patria.
He aquí un fragmento de la carta de Víctor Hugo a Juárez, fechada el 20 de junio de 1867:
Juárez: Usted ha igualado a John Brown. La América actual tiene dos héroes, John Brown y usted. John Brown por quien la esclavitud ha muerto; usted, por quien la libertad vive. 
México se ha salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República, el hombre, es usted.
Además de que todos los atentados monárquicos terminan por abortar. Toda usurpación empieza por Puebla y termina por Querétaro. En 1863, Europa se abalanzó contra América. Dos monarquías atacaron su democracia; una con un príncipe, otra con un ejército; el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como en tierra; que tenía el respaldo de todas las finanzas de Francia, recibiendo reemplazos sin cesar; bien comandado; victorioso en África, en Crimea, en Italia, en China, valientemente orgulloso de su bandera; que poseía en abundancia caballos, artillería, abasto, municiones formidables. 
Del otro lado, Juárez. 
Por una parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre con sólo un puñado de hombres.
Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, amenazado por la infame fusilería de los consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito; por cuya cabeza se paga una recompensa. Teniendo por generales a algunos desesperados, y por soldados a algunos harapientos.
Sin dinero, sin pan, sin pólvora, sin cañones. Los arbustos por ciudadelas. 
Aquí la usurpación, llamada legitimidad, allá el derecho, llamado bandido.
La usurpación, casco bien puesto y espada en mano, aplaudida por los obispos, empujando ante sí y arrastrando detrás de sí todas las legiones de la fuerza.
El derecho, solo y desnudo. Usted, el derecho, aceptó el combate.
La batalla de uno contra todos duró cinco años. Falto de hombres, usted usó como arma la naturaleza. El clima, terrible, vino en su ayuda; tuvo usted por ayudante al sol. Tuvo por defensores los lagos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, los pantanos llenos de fiebre, las malezas mórbidas, el vómito prieto de las tierras calientes, los desiertos salados, las vastas arenas sin agua y sin hierba donde los caballos mueren de sed y de hambre, la grande y severa meseta del Anáhuac que, como la de Castilla, se defiende por su desnudez; las barrancas siempre conmovidas por los temblores de los volcanes, desde el Colima hasta el Nevado de Toluca; usted pidió ayuda a sus barreras naturales, a la aspereza de las cordilleras, a los altos diques basálticos, a las colosales rocas de pórfido. Usted llevó a cabo una guerra de gigantes, combatiendo a golpes de montaña.
Y un día, después de cinco años de humo, de polvo, y de ceguera, la nube se disipó y vimos a los dos imperios caer: no más monarquía, no más ejército, nada sino la enormidad de la usurpación en ruinas, y sobre estos escombros, un hombre de pie: Juárez, y, al lado de este hombre, la libertad.
Usted hizo tal cosa, Juárez, y es grande.
¡Magnífica carta de un escritor también muy grande!
Víctor Hugo -insisto-, no es ni romántico ni sentimental, como quiso verlo Nietzsche (filósofo, por cierto, que fue el ídolo de Hitler), sino un novelista con una potente voz de trueno y un hombre, además, comprometido con su época.
Y así deberían ser los escritores: tener voz de trueno y estar comprometidos con su época.


Tres días después, bajo una tenue y fría neblina, Constitución localizó en el mismo barrio del centro de la ciudad, atrás de la Catedral, al tipo flaco y desaliñado que había golpeado y que había amarrado a una silla de madera en un cuarto de hotel.
El tipo era un hombre alto, casi tan alto como Constitución, pero delgado y frágil. Al ver a su agresor, el hombre intentó correr, pero se detuvo después de los primeros pasos y lo esperó en una esquina.

Era una mañana fría y gris. Constitución se aproximó lentamente y el tipo lo vio con la cabeza en alto, ligeramente echada hacia atrás, en forma retadora, pero fue perdiendo aplomo.

—¿Qué carajos quiere ahora? —le preguntó a Constitución cuando éste lo agarró de un brazo.
—Vamos caminando por ahí...
—¿Me va a llevar a la jefatura?
—No... hoy es mi día franco... no estoy trabajando.
—No se haga... ustedes los judiciales siempre están trabajando —dijo el hombre flaco, de manos huesudas. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Has estado bebiendo?
—No... digo sí...
—Camina pues...
—¿Qué carajos quiere oficial?
—La otra vez, cuando hablamos...
—No hablamos... usted me amarró a una silla y me golpeó, y me amenazó con matarme.
—No me interrumpas... la otra vez me dijiste que un tipo, que tenía un dragón tatuado en el antebrazo izquierdo, había matado a golpes a otro. ¿Te acuerdas?
—Sí.
—Vamos a ver si es cierto... cuéntame la historia de nuevo.
—Ya le dije: era el dueño de un lote de autos deportivos usados que se sentía muy chingón, pero en realidad era un pendejo. Creía que era muy cabrón. Compraba chingos de partes y de refacciones a mitad de precio, y quiso pasarse de listo. Ya les debía mucho dinero.
—¿A quiénes?
—A los dueños del taller. Ya les debía mucho dinero y comenzó a burlarse de los cobradores que le mandaban, diciéndoles que nunca pagaría, que no había facturas. Y entonces le tendieron una trampa: le dijeron que sólo tenía que pagar la mitad de lo que les debía, pero él les dijo que si querían dinero les pagaría la cuarta parte. Supuestamente aceptaron y lo citaron en el taller, una noche. Yo estaba ahí, porque el tipo me caía mal... una vez me mandaron a cobrarle y me mandó a la chingada... y como sabía que le iban a poner una buena madriza, pedí estar ahí, para ver... Le iban a quitar el dinero y su auto, y lo iban a mandar al hospital por dos o tres semanas, totalmente madreado. Y le iban a decir que si los denunciaba, mandarían a un par de tipos a violar a su mujer y a sus hijas. El pendejo llegó esa noche solo, en un Mercedes rojo, convertible, sintiéndose muy chingón, con un maletín de cuero, pero ya estaba esperándolo un cabrón muy fuerte, grandote, que se había quitado la camisa para no mancharla de sangre. Y al tipo, que tenía un dragón tatuado en el antebrazo izquierdo, se le pasó la mano y lo mató a golpes.
—¿Y luego...?
—Lo que le dije: que el Mercedes rojo quedó desmantelado esa misma noche y el cadáver del tipo lo fueron a tirar a no sé dónde. Los dueños del taller son militares, así que pueden hacer lo que quieran... son intocables...
—¿Y el tipo del dragón cómo era?
—Ya le dije: fuerte y grande. Con cuerpo de deportista, y muy rápido para dar golpes y patadas. Parecía una máquina de matar.
El hombre flaco y desaliñado, con los ojos inyectados, se detuvo de pronto y miró a Constitución.
—Lo que no entiendo —le dijo—, es la razón de que hayan mandado a ese tipo... ellos tienen a un especialista, a un sargento que le dicen el Pifas, para hacer esos trabajos.
—¿El Pifas...?
—Un hijo de la chingada que le hace los trabajos sucios a un general que tiene un bar en la Zona Rosa. En la parte de arriba del bar golpean o torturan a los enemigos del general y el Pifas es el encargado de hacerlo.
—Camina... camina... —le dijo Constitución, y le dio un empujón. 

Los dos echaron a andar de nuevo. 

—¿Recuerdas cómo era el dragón? 
—Tenía las alas extendidas y escupía fuego por la boca. 

Constitución supo en ese instante que no necesitaría torcer las evidencias para que el suicidio de don Samuel pareciera un asesinato. Mandaría a Hernán a la cárcel, junto con el general y sus compinches... y además la vieja estaría a salvo. 

—¿Y el Pifas... qué más hace? 
—Desaparece los cadáveres... 
—¿Y tú...? 
—Usted ya sabe... me robo los autos que me encargan. 
—¿Nada más...? 
—A veces me obligan a tomar fotografías. A todos nos obligan a tomar fotografías... y nadie sabe cuándo. 
—¿De quién? 
—De los que trabajan para el general. También por eso estaba ahí esa noche. Un ayudante del general me dijo que si quería estar ahí, tenía que tomar una foto del karateca esa noche... mientras actuaba, para tenerlo bajo su control. Es un cabrón ese general. Todos estamos registrados en sus putas fotografías... yo debo estar en varias, haciendo algo muy grueso... aunque no sabría decir quién me fotografió, ni cuándo, pero es seguro que estoy también ahí. 
—El general terminará sus días en la cárcel y yo tengo influencias en la Policía Judicial para destruir las evidencias que te comprometan... Si me ayudas te ayudo. 
—¿Qué quiere que haga? 
—Consígueme la foto del tipo del dragón. 
—Va a estar difícil... no sé dónde tenga sus archivos el general. 
—Averígualo... 
—No sé cómo... 
—A ti te van a matar... tarde o temprano te van a eliminar... vas a acabar tus días dentro de un tambo lleno de cemento, y la prensa dirá que fue un ajuste de cuentas del narcotráfico. 

El otro se paró en seco, y se le quedó viendo a Constitución con los ojos llenos de terror. 

—Te van a matar —reiteró Constitución—. Si me ayudas te ayudo... ¿no te das cuenta que eres el eslabón más débil? 
—¿Puedo confiar en usted...? 
—Tienes que hacerlo... o te meten a un tambo lleno de cemento. 
—Tengo una copia... saqué dos fotos esa noche para protegerme, para que no me cargaran el muerto a mí. 

Constitución lo tomó del brazo, que sintió como un palo de escoba, y le preguntó: 

—¿Quieres que te ayude...? 

El otro intentó zafarse, tironeando el brazo, pero Constitución lo apretó con fuerza. 

—¿Quieres terminar dentro un tambo lleno de cemento... o irte de la ciudad sabiendo que no hay evidencias contra ti...? 

Ese mismo día fueron a un cuartucho pestilente donde vivía el hombre de las manos huesudas y los ojos inyectados. 

La foto, aunque un poco oscura, mostraba claramente el rostro de Hernán, con barba, y al dragón de alas extendidas, escupiendo fuego por la boca. 

Más tarde ese mismo día, en la noche, después de cenar en una taquería, Constitución caminó por el callejón de Dolores. 

Era una noche calurosa y sin viento. Entró al restaurante de Wong, que ya estaba cerrado al público, por la cocina, empujando la puerta trasera. 

Wong lo vio y lo saludó con un ademán de la mano desde el banco de madera donde estaba sentado, escuchando un pequeño radio de onda corta pegado a su oreja. Puso después el radio sobre la gran mesa de su cocina y le dijo, con una sonrisa: 

—A veces, cuando la noche está tranquila, capto una estación de Hong Kong. 
—¿Y la vieja...? 
—Bien... quiere ver a su hija, pero está bien. 
—¿Quién la está cuidando? 
—Doña Tere... le di los días libres... yo me estoy encargando también de la caja, para que ella se quede con la vieja. 
—¿Le compraste la silla de ruedas? 
—Sí... pero no con el dinero que me diste... la compré yo. 
—¿Y por qué? 
—Me cayó bien... es fuerte. Tiene el alma muy grande. 
—Recuerda que no debe tocar el teléfono. 
—Se lo dije a doña Tere. 
—Mira —le dijo Constitución y le enseñó la fotografía de Hernán—, ya lo tengo agarrado de los huevos. 
—Te felicito, pero no cantes victoria. Nunca se sabe. Siéntate... te voy a contar una historia: hace muchos años, en un pueblo rural de China, un viejo dedicado a la venta de caballos despertó una mañana y vio que de su corral se habían escapado los tres caballos que tenía. Un vecino le dijo “qué mala suerte, te quedaste sin caballos”, pero el viejo, que era un sabio, le dijo “nunca se sabe”. Al día siguiente, los tres caballos regresaron al corral a comer. Atrás llegaron cuatro caballos salvajes y el viejo se apresuró a cerrar las puertas del corral. El vecino, pendiente siempre de los acontecimientos del pueblo, le dijo “qué buena suerte, ahora tienes siete caballos” y el viejo volvió a decirle “nunca se sabe”. El viejo le pidió ayuda a su hijo para domar los cuatro caballos y poder venderlos después. El hijo cayó de uno de los caballos y se rompió una pierna. El vecino vio todo y se acercó al viejo “qué mala suerte, tu hijo se rompió una pierna”, y el viejo, de nuevo, le contestó “nunca se sabe”. Una semana después estalló una guerra. El ejército pasó por ahí y obligó a todos los jóvenes a ingresar a sus filas. El hijo del viejo no fue obligado por tener la pierna rota. El vecino le dijo “qué buena suerte, no se llevaron a tu hijo”, y el viejo reiteró: “nunca se sabe”. 
—Está buena la historia Wong... pero en este caso no se puede aplicar, porque al mierda de Hernán ya lo tengo agarrado de los huevos. 
—Yo diría más bien —le dijo Wong con una amplia sonrisa—, que agarrado de la cola del dragón. 





(Capítulo 39 la novela Más allá del rencor, publicada por Guillermo Zambrano. Disponible en Kindle y CreateSpace en Amazon.com)

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