domingo, 22 de mayo de 2011

REGRESA COCK A CARTELERA EN EL TEATRO INSURGENTES. AQUÍ LA OPINIÓN DE ANTONIO MARQUET ( * ); SIN EMBARGO TU PUNTO DE VISTA ES EL QUE MÁS CUENTA: ACUDE


Aunque hay un ganador, todos pierden. Ella sale derrotada por la puerta con los poderes de su seducción; otro no es obedecido con presteza; el tercero se amuralla en el silencio. Todo sucede ante la figura de un padre desfalleciente que no hace sino regarla, entre títere y grotesco.


Cock y el trío fallido

por Antonio Marquet

En el centro de la obra Cock del dramaturgo inglés Mike Bartlett que actualmente se presenta en el Teatro de los Insurgentes, está ciertamente la bisexualidad de Juan (Diego Luna). Con ella el espectador se confronta con la indecisión jugada sistemáticamente como una estrategia de manipulación. El tono de la obra es de comedia, así es que el público se ríe durante toda la función hasta el final[1], en donde asiste a un desenlace funesto en que la subordinación arraiga como forma de vida. La resignación se da después de haber probado la libertad y conocido horizontes insospechados de placer. Así que el humillante equilibrio se establece cuando el protagonista es consciente de su situación y demuestra su incapacidad para liberarse. Juan sabe que la relación no le satisface, pero no se atreve a romperla definitivamente y al final queda atrapado en el confort, la infantilización, la supeditación. El personaje se decide por la opción menos favorable vitalmente, consciente de la insatisfacción y soledad a la que se autocondena.

Los tres personajes de Cock son encantadores. A pesar de ello, no son menos siniestros. El espectador puede identificarse con los tres... en sus inquietudes, en las minucias de la vida cotidiana, en su búsqueda o defensa de su relación. Sin embargo, la bisexualidad sigue siendo considerada desde un ángulo poco favorable. Acechada por presiones, por el “defínete” que le lanzan tanto la heterosexualidad como la homosexualidad. Por su parte, también la bisexualidad se despliega en su aspecto comodín, en un cínico “ahora peléense por mí”, con las estrategias para mantener en la incertidumbre a sus parejas. Hay que decir que Juan logra manipularlos hasta que, confrontado, capitula, incapaz de pagar el precio por sus decisiones, por su deseo de experimentación.

Desde esta perspectiva, la bisexualidad es encasillada en una forma apenas disimulada de padroteo. La gracia y ludismo de Juan a fin de cuentas se desvanecen mientras se dibuja la silueta de un chulo que se vende al mejor postor y durante cierto tiempo logra sacar provecho de la inseguridad que promueve en el otro. Atravesadas por el poder, las opciones amorosas requieren no sólo de estrategias efectivas sino de un temple del que Juan carece y lo suyo se queda en un quiero y no puedo; en una forma de coitus interruptus. De tal forma, la bisexualidad de Juan pasa a ser un episodio pasajero, un intento fallido.

Con un alto grado de inconciencia, Juan se da el lujo de vivir con uno (José María Yaspick), disfrutar de la otra (Ilse Salas), y luego en un pase final, se atreve a reunirlos. Cualquiera diría que se pasa de listo, que su osadía no tiene límites. A ambos amantes, Juan informa ampliamente sobre su rival, sin el menor tacto (el sumiso no carece por cierto de crueldad). El jueguito de contraponerlos llega, sin embargo, a su fin en el que todos pierden. Sin duda esta derrota inesperada del triángulo cala en el espectador más hondo de lo que uno pudiera imaginarse. La obra se planteaba como una comedia (inteligente, liberal): desde esa perspectiva, el espectador alentaba la ilusión de algún desenlace feliz, en un todos ganan. Es el consabido juego de las expectativas frustradas.

En efecto, no es un asunto menor que Juan pruebe, le guste y no sea capaz de seguir disfrutando sus hallazgos vitales, independiente del campo hetero u homo en el que se juega su sexualidad. Juan es un sujeto sin el temple ni los recursos para financiar la empresa de su vida, de su goce, de su sexualidad (¿quién puede presumir de tenerlos holgadamente, sin caer en fantochadas?). Por no arriesgarse, al final, las circunstancias deciden por él y lo arrinconan: así, termina Juan, en primer plano, encogido, apeñuscado.

Desde las primeras escenas, Juan había escapado de la casa de su compañero, dando por terminada su relación. La historia estaba tan finiquitada que encontró en el metro a una nueva pareja, a la que abre la puerta quizá con la intención de quemar las naves y no dar marcha atrás.

Sin embargo, un mes después regresa al departamento de su ex-compañero, con un osito bajo el brazo (oh! sweet mystery of confort). Regresa y aprovecha para hablarle de su aventura con una mujer a la que denigra. ¿Por qué hacer daño a uno si se puede hacer al mismo tiempo a dos? ¿Por qué se comporta Juan de esta manera, falseando la información, hablando de manera nebulosa? ¿Para atenuar (de hecho para atizar) los celos de su pareja que es un obsesivo? ¿Por inseguridad? ¿Para excusarse ante su ex-pareja?, ¿para negociar un perdón sin hacer concesiones?, ¿quizá para replantear en términos de afirmación viril una nueva etapa en la relación? Lo cierto es que este rasgo de vender al otro, pinta de cuerpo entero al protagonista. ¿Acaso no se necesita una dosis no menor de indignidad para caracterizar de manera negativa, incluso denigrar a quien le ha descubierto un universo de goce sexual totalmente diferente? En todo caso, el resentimiento del abandonado se descarga sobre ella.

Al iniciar la obra, el espectador asiste a una discusión en la pareja homosexual que se articula en torno al número de huevos, sobre la necesidad de seguir al pie de la letra una receta. Es sintomático que Juan no se ajuste a las indicaciones y que el apartamiento de las indicaciones tienda a lo menos, por la insuficiencia: la opción de los pocos huevos, que Juan sigue es elocuente (fuera de todo albur). Al final, se niega a repetir las instrucciones que le da el dueño del departamento. Es decir, vivirá en el sitio del otro, renunciando a la posibilidad de crearse un espacio para sí, resistiendo pasivamente. ¿Es necesario insistir en el carácter sintomático de que el gay y la buga tengan un espacio y que el bisexual carezca de ella? El recorrido de Juan en Cock va de la molestia inicial a una insumisión no muy abierta para no incomodar. De facto Juan acepta la opresión, pero se niega a asumirse como subordinado, se rebela a repetir infantilmente las instrucciones que le impone el amo-dueño-proveedor. Es obvio que el gato y el ratón tendrán mucha tela de donde cortar.

En la pieza de Bartlett, la bisexualidad de Juan está desprovista de un espacio propio; es caracterizada como una estrategia que consiste en la posibilidad de hábil explotación de una situación de entredós. Permanentemente juega al dame más o me voy con el otro. Más que forma de vida es de supervivencia discreta, taimada, insidiosa.

En conferencia de prensa, el director, Antonio Serrano, colocó el tema de la obra en el terreno de la insatisfacción común a toda pareja, abordada en un momento postidentirio, es decir pensando la sexualidad más allá de un binarismo excluyente.[2] Sin embargo, no hay que pasar por alto el hecho de que Juan es el único personaje que tiene nombre en la agridulce comedia. Los demás personajes son funciones que padecen los embates de la supuesta incapacidad de decisión de Juan o están al acecho para explotar la confusión y la incapacidad de afirmación clara de un ser que se juega a bandazos. En un extremo del ring, se encuentra el obsesivo dominador, inseguro en el fondo, agresivo y descalificador, la imagen por antonomasia del homosexual triunfador de clase media con éxito económico, refinado, pagado de sí[3]… En el otro, está la primera mujer, toda generosidad e ingenuidad que se presta a todo lo que pide Juan por conquistarlo. Como réferi en el encuentro, está un padre (Javier Díaz Dueñas) que actúa como apéndice del gay exitoso (se somete al éxito en los negocios, sobre todo si son en la bolsa). El ring se sitúa en casa del gay que no oculta para nada su savoir faire (en los negocios). La imparcialidad brilla por su ausencia.

El reto de la obra de Mike Bartlett es centrarse en personaje menor con gran habilidad para manipular y con conciencia de su insatisfacción, de su molestia: los personajes que lo rodean también son menores a pesar de los atributos con los que se juegan a fondo. A fin de cuentas, sus pretensiones de establecer un trío fracasan y la puerta de la bisexualidad se cierra (al menos momentáneamente). Cock no es una obra para complacer a gays, bisexuales o a heterosexuales, ni a un régimen patriarcal aunque se juegue toda a la sombra del falo, como el título en inglés lo proclama. Lo interesante de la obra radica en el regusto amargo que dejan los supuestos triunfos en batallas amorosas. Aunque hay un ganador, todos pierden. Ella sale derrotada por la puerta con los poderes de su seducción; otro no es obedecido con presteza; el tercero se amuralla en el silencio. Todo sucede ante la figura de un padre desfalleciente que no hace sino regarla, entre títere y grotesco.


[1] Sería indispensable hacer una lectura de lo que sucede en la sala donde hay un público dividido: por un lado, está el público gay que aplaude cada vez que hay que celebrar un gesto amoroso en la intimidad gay de la vida gay de una pareja gay; por el otro, el público de clase media, conservador, persignado como gesto aspiracional de pertenencia que se ve sorprendida por estar frente a lo que desprecian en nombre de los valores de la Familia católica, pero que se ven forzados a presenciar para no ser calificados de retrógrados: ¡se trata, quand meme, de una obra inglesa! La función no transcurre en silencio: unos no controlan las muestras de entusiasmo, las risas; otros no dejan de moverse y removerse en butacas de donde se escapan interjecciones de sorpresa y desaprobación.

[2] Alejandro Flores, en El Economista http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2011/03/10/diego-luna-regresa-teatro-cock señala que “Cock fue escrita por Bartlett en México mientras hacía una residencia en nuestro país. La Zona Rosa es el telón de su historia.”

[3] Es decir en la gaydad, no se trata para nada de un momento post-identitario.




* (Ciudad de México, 1955) Formado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas y Doctorado en Literatura Iberoamericana), en el Colegio de México (Programa de Formación de traductores y CEAN), la Universidad de París IV (Sorbonne), París VI (Jussieu); y el Centro de Investigaciones y Estudios Psicoanalíticos, ha tomado diversos cursos de actualización en University of California (Berkeley); John Hopkins University (Washington D.C.) y Universidad Pedagógica Nacional (Santa Fe de Bogotá).

Realizó una estancia posdoctoral en la Université de Montréal en 1996-1997. Ha trabajado como profesor de español en la Académie de Versailles en 1985-1987; como profesor visitante en Austin College (1990) y en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns (2004-5), y en el Instituto Matías Romero. Desde 1983 es profesor-investigador en el Departamento de Humanidades de la UAM, Azc.

Entre sus publicaciones se encuentran el ensayo: (Archipiélago dorado: el despegue creador en Agustín Yáñez, Universidad Autónoma Metropolitana, 1997) ¡Que se quede el infinito sin estrellas!: la cultura gay a fin de milenio, Universidad Autónoma Metropolitana, 2001; reeditado en 2005); la traducción Samuel Beckett (Sobresaltos, UAM, 1990); Michel Foucault (El poder: cuatro conferencias, UAM, 1989); Michel Butor (Retrato hablado de Arthur Rimbaud, Siglo XXI, México, 1992; Degustación, UNAM, México, 1993); Didier Anzieu (El cuerpo de la obra: Ensayos psicoanalíticos sobre el trabajo creador, Siglo XXI Editores, México, 1993; Serge André, ¿Qué quiere una mujer, Siglo XXI, México 2002). Fue Coordinador editorial de la Revista Fuentes Humanísticas, (1998-2004). Su libro más reciente es El crepúsculo de Heterolandia: Mester de jotería, UAM, 2006.Pertenece al SIN desde 1990, nivel I. http://mesterdejoteria.blogspot.com/

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