viernes, 16 de septiembre de 2011

ENTRE SUEÑOS, REMINISCENCIAS Y COINCIDENCIAS: EL CUADERNOS VERDE de Pepe Gordon y LA COLUMNA de Juan Villoro




EL CUADERNO VERDE

Entre sueños

Un novelista colabora con Olga Mereles de Ogarrio, nieta de Calles, en el Fideicomiso Archivos Plutarco Elías Calles y Fernado Torreblanca. Ayuda a clasificar la correspondencia. De pronto se encuentra con una carta fechada en junio de 1944 que lo sacude: ahí está la semilla de una obra de teatro. En las líneas dirigidas a su amigo José María Tapia, Calles confiesa que por las noches, en su estudio, ha empezado a ver fantasmas.

El escritor imagina que Calles ve el fantasma del Padre Pro, un hombre al que mandó a asesinar. El general que desató la guerra religiosa más absurda y cruel que ha vivido México, se refugia al final de su vida en el espiritismo al que fue introducido por Tapia. A partir de estos datos, Ignacio Solares trata de explorar la ambivalencia terrible que vivió Calles y su reflejo en la historia mexicana. En 1991, escribe la memorable pieza teatral El Jefe Máximo, dirigida por José Ramón Enríquez. Pero había mucho más que contar. Por eso, con el material que sigue leyendo sobre Calles, decide escribir una novela-reportaje -con el mismo título- que recientemente publica Alfaguara.

En este terreno, como en obras anteriores, Solares se adentra nuevamente en un mundo de imágenes en donde lo que fue poderoso y altivo queda humillado por el paso del tiempo, pierde sustancia. Tal vez por eso, en los textos de Solares, la descripción de la luz hace que los objetos y los cuerpos queden sobreimpuestos en ella como si fueran fantasmas, como si estuvieran hechos de la sustancia de los sueños. Una muestra: "Un débil rayo de sol que se colaba por entre las cortinas, lleno de polvillos en ascenso, destacó el perfil de los muebles". Sobre el polvo de luz se dibuja el mundo. Así, cuando Solares describe la cualidad onírica de las sesiones espiritistas parece decirnos que no es muy diferente de las imágenes tan sólidas que vemos cotidianamente y que sin embargo terminan por desvanecerse como una aparición.

La primera sesión a la que asiste el escéptico Calles es magistralmente narrada como si fuera un sueño: "En el techo empezó a nacer una leve fosforescencia que fue en aumento, algo que desconcertó a Calles porque era obvio que en ello no había ninguna trampa, no podía haberla. ¿Qué era aquello? Sintió una emoción que le aceleró el corazón. Recordó las noches en el desierto de Sonora (...) En su punto más álgido la fosforescencia dio lugar a pequeñas esferas que empezaron a explotar una tras otra, plop, plop, plop. A veces eran pálidas y frías lucecitas como luciérnagas. Blancas, amarillentas o ligeramente violetas. Tenían en el centro un núcleo luminoso más intenso, como una chispita (...) La verdadera materialización comenzó con un como polvo de oro viejo que dejaron las lucecitas a la altura del suelo, o apenas un poco por encima de él, en el centro del círculo de sillas. De ahí, dentro de un estallido luminoso, brotó la columna de humo blanco que se corporificó. Era un hombre de barba muy oscura, envuelto en una túnica y que despedía un profundo olor a ozono. Calles le distinguía hasta las arrugas del rostro y los pliegues de la boca".

Solares se interna cada vez más en el mundo de Calles, sueña con sus fantasmas con tal intensidad que un día en uno de mis sueños apareció una extraña imagen. Vi claramente la portada de una novela que él todavía no había escrito. Muy extrañado, me comuniqué con Nacho Solares. No hablábamos del Jefe Máximo desde hacía varios años. Lo que pasó, lo narra en la nota final del libro que acaba de publicar. Intentaba ver si podía escribir una novela con lo que se le quedó en el tintero. Ordenaba las escenas posibles. Escribe: "El pleno convencimiento llegó cuando una mañana, sin ningún antecedente, me habló mi amigo Pepe Gordon y me dijo: -Soñé que estabas escribiendo una novela sobre Calles, sus sesiones espiritistas y Gutierre Tibón".

Esto me abre una nueva definición de la amistad: es la novela de la misma vida que permite soñar con lo que un hermano sueña.

pepegordon@gmail.com






Reminiscencias

Juan Villoro

Desde hace unos días vivo en Nueva York. En el décimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas vi la obra de teatro Sweet and Sad (Dulce y triste), de Richard Nelson, que se ubica, precisamente, entre las dos y las cuatro de la tarde del 11 de septiembre de 2011.

La pieza trata de una reunión de la familia Apple. La tragedia orbita la obra sin dominarla (en forma deliberada, no es su asunto principal). El tema central es la imposibilidad de hablar de algo tan significativo. Las pérdidas, los afectos y las diferencias de la familia se expresan a contraluz de un drama mayor que no puede decirse. La angustia por lo que pasó 10 años atrás aflora a través de dudas sin respuesta. La historia y la política llegan a la mesa como invitados incómodos, que lastiman con su silencio.

¿Cuánto tiempo debemos sufrir una tragedia? ¿El dolor por las pérdidas irreparables puede caducar? Uno de los personajes comenta que el duelo sólo debería existir como presente, al modo de un rito de paso que, una vez superado, permita recuperar el derecho a ser feliz. A propósito de este tema, otro personaje lee un poema de Walt Whitman donde la supervivencia es descrita como algo "dulce y triste", una tensión entre el alivio y la desgracia.

Asistir a la obra en el momento en que el tema se debatía en el resto de la ciudad intensificó la experiencia estética. El sentido original del teatro -discutir Atenas-, se recuperó en esa función de Sweet and Sad.

Nueva York vive en torno a señales del recuerdo. En las noches previas al 11 de septiembre, dos columnas de luz subían al cielo en el sitio donde estuvieron las Torres. Una luna casi llena, muy blanca (la "típica luna de Manhattan", según los enterados), acompañaba los pilares luminosos.

La Zona Cero tiene una cascada conmemorativa para las víctimas de los atentados. El 11 de septiembre se leyeron los nombres de todos los caídos. Esa lista hizo pensar en otras víctimas -las nuestras, por ejemplo-, de las que ni siquiera se sabe el nombre.

Numerosas cosas fueron calcinadas en esa jornada. Pero también muchas se salvaron. En los accidentes de aviación todo se puede destruir menos la caja negra. Siempre queda un saldo del desastre. En la última escena de Moby Dick, Ismael se pregunta por qué fue eximido del naufragio y entiende su misión: alguien tenía que contar la historia. Las catástrofes acaban con todo, pero no con los testigos.

El Instituto de Fotografía Contemporánea de Nueva York presenta un testimonio excepcional. El fotógrafo catalán Francesc Torres impartía clases en la Universidad de Nueva York cuando ocurrió el atentado a las Torres Gemelas. Miles de cámaras se orientaron a la espesa nube que emanaba de la barbarie. Él buscó otro ángulo. Una amiga le habló del hangar 17, al que habían ido a dar los objetos rescatados en la Zona Cero. Decidió registrarlos con la minucia de quien capta la sosegada vida de una especie. El resultado es deslumbrante: el infierno conocido por sus restos.

Había algo profético en que un artista apellidado Torres fuera al hangar de Tower Air para ocuparse de los remanentes de las Torres Gemelas. También el ajedrez del destino juega con cuatro torres.

Algunas de las piezas del hangar 17 parecen aerolitos. Esos trozos de desgaste "milenario" se produjeron en unos segundos. Lo que más llama la atención es la resistencia de materiales que juzgamos efímeros. Un archivero quedó abierto como una granada en estado de explosión, pero adentro se conservan tiras de papel. Lo mismo ocurrió con un Renault que fue comprimido en un pequeño bloque (entre las capas de chatarra, despuntan hojas impresas que aún pueden leerse).

Un talismán preside la exposición. De las muchas cosas retratadas, Torres trasladó una a la galería: el barco de papel que un niño llevaba en un vagón del metro. El día en que todo se vino abajo, no hubo nada más resistente que lo frágil: el papel, la memoria, la mirada de un fotógrafo.

En el aniversario todos tuvimos, o creímos tener, un momento sin tiempo, fuera del flujo de los hechos. Elijo el mío: a las 2.30 a.m. del 11 de septiembre estaba en un vagón semivacío, detenido bajo el agua, entre Brooklyn y Manhattan. Una pareja dormitaba y un adolescente hiperactivo circulaba dentro del metro en patineta. La inmovilidad a deshoras hacía incómodo el momento. ¿Una avería? ¿Una amenaza? Lo peor no era lo que veíamos: como en Sweet and Sad, la historia se colaba sin que nos atreviéramos a mencionarla. Estábamos varados a unos metros de donde cayeron los aviones. Muchas veces la vida se pone entre paréntesis. El problema es que en ese momento lo sabíamos. Finalmente el metro se movió. Volvimos al fluir del tiempo.

Al día siguiente contemplé un extraño espectáculo. Una grúa retiraba coches en una calle del Village. Un cartel anunciaba que el sitio había sido alquilado como una locación cinematográfica. El título de la película no es muy prometedor, pero es fiel a los tiempos y a la confusión que reina en los cielos: Dios se está portando mal.

Fecha de publicación: 16-Sep-2011

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