viernes, 9 de septiembre de 2011

JUAN VILLORO, SU COLUMNA EN REFORMA




Islas vigiladas

Por Juan Villoro

Desde hace años proliferan los programas de televisión donde la gente se insulta y reconcilia en tiempo real. El presupuesto de esos arrebatos es que la espontaneidad ante las cámaras es posible. El espectador no contempla: espía. Los participantes son como los sospechosos que los guardias vigilan por circuito cerrado; están en libertad condicionada: pueden sucumbir a las más revueltas emociones siempre y cuando no salgan de ahí.

Para que un reality-show funcione necesita torpeza de expresión y una convincente vulgaridad en las reacciones. Eso sugiere que se trata de circunstancias "naturales", ajenas a la sofisticación de un dramaturgo. Si los poetas románticos buscaban la esquiva flor azul, los protagonistas de los reality-show buscan la no menos esquiva indiscreción. El encierro tiene sentido porque de pronto se dice algo agraviante, incómodo, próximo.

¿De dónde surge el expansivo interés por ese género? Sabemos que el ser humano es chismoso y le gusta oír tras la puerta. Son pocos los que se resisten a leer una carta de amor que no les está destinada. Sin embargo, más allá del gusto por invadir la intimidad ajena, ¿qué explica los programas donde la gente acepta el cautiverio para deteriorarse en horario triple A?

La primera imagen que viene a la mente es la del zoológico. El que participa en un reality se exhibe en reveladora claustrofobia. Como no pertenece a una especie que destaque por sus plumas, sus cabriolas o sus hábitos alimenticios, él cautiva por sus reyertas emocionales. Sus pasiones son bajas o por lo menos deplorables.

El Hombre es admirable, los hombres no lo son. El prócer que va a ser fusilado utiliza sus últimos minutos para escribir una conmovedora carta a su hijo. El ciudadano común aprovecha el primer instante de soledad para perjudicarse con algo que le gusta.

El reality permite comprobar que nuestros congéneres son peores que nosotros. Este morbo explica su popularidad. Sin embargo, su impacto más profundo tiene que ver con la inesperada apropiación de un escenario romántico: la isla desierta.

Pensé en esto al leer Robinson ante el abismo, bitácora de un notable coleccionista de islas literarias, Bruno Hernández Piché. De Robinson Crusoe a La isla de cemento, de J. G. Ballard, la llegada a ese sitio de excepción ha dependido de un rito de paso, el naufragio. Al caer el espumoso mar, Crusoe encuentra dos zapatos que no hacen juego. Estamos ante la más condensada metáfora del caos: los objetos han dejado de rimar entre sí. Una vez en la isla, el sobreviviente encara una forzada convivencia: una huella aparece en la arena.

Defoe convierte al segundo habitante de la isla en súbdito del primero. En Viernes o los limbos del Pacífico, Michel Tournier agrega posibilidades homoeróticas a ese trato, y en Foe, J. M. Coetzee introduce a una mujer en la ecuación, tan inquietante como "La intrusa" de Borges.

Hernández Piché asocia la isla con las tribulaciones de la soledad. Toda zona de aislamiento es un reto existencial. Ahí las relaciones sólo pueden darse por excepción. No hay nada más contradictorio, a fin de cuentas, que tener contactos en una isla desierta. Por tanto, lo que ahí sucede es fácilmente disfuncional.

En los años sesenta, La isla de Gilligan llevó el principio a la comedia televisiva: un heterogéneo grupo de náufragos condenado a convivir. El reality show actualiza y pervierte ese ideal. Su naufragio no es marítimo sino social. El doble desafío del aislamiento y la compañía forzada provoca tormentas psíquicas y permite que los protagonistas sean descastados emocionales. En esa isla siempre hay mal clima.

De los viajes de Gulliver, en los que Swift imaginó una nación de seres diminutos, a la Isla de Zezu, donde Lichtenberg concibió una sociedad de pedantes en merecido exilio, la literatura ha codiciado lo que sólo puede ocurrir en un sitio radicalmente alterno. El reality-show aprovecha esa remota curiosidad y de paso tranquiliza a sus espectadores: la isla es horrorosa. La máxima satisfacción de quien contempla ese espectáculo consiste en no estar ahí. El reality aniquila cualquier fantasía de alteridad (si fueras esa top-model estarías enjugando tu llanto en una sábana; quédate en casa y disfruta los desfiguros de la pobre aspirante).

La misión de las islas literarias es la opuesta: el encierro como liberación mental. Sólo ahí puede ocurrir La invención de Morel, espejismo amoroso activado por las mareas.

Pero no todo está perdido en la pantalla. La televisión también ha producido una épica del aislamiento, no ajena a la poesía: Lost.

Una paradoja define las historias insulares. Los grandes personajes quieren escapar de ahí (o pasar, como Morel, a un espacio virtual); en cambio, los concursantes de televisión buscan perpetuar su condena de alto rating.

El tema regresa siempre, ya sea para mejorar el arte o deteriorar la conducta. Dale una hoja en blanco a una persona y pídele que dibuje algo. Casi de inmediato aparece el trazo circular, breve contorno del desafío: la isla.

Fecha de publicación: 9-Sep-2011

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