viernes, 2 de septiembre de 2011

PEPE GORDON Y JUAN VILLORO CON SUS RESPECTIVAS COLUMNAS, EN TANDEM:




EL CUADERNO VERDE

Enajenados

Los niños de primaria que van a la escuela ven una imagen alucinante: colgado de un puente en Interlomas aparece el cadáver de un hombre decapitado; en la televisión se observan el humo y las llamas de un casino en Monterrey en donde mueren 52 personas; en el correo electrónico llegan las noticias de la muerte de Emiliano Pozas un joven poeta asesinado en Nayarit junto con seis indígenas; un camión de escuela es baleado por un automovilista impaciente que no lo puede rebasar; se documentan los fraudes maquinados que han triplicado la deuda en el estado de Coahuila; se muestran fotografías y videos en donde el hermano del alcalde Monterrey recibe fajos de billetes en unos casinos.

Esto es tan sólo un botón de muestra. Ante este clima, mi amiga Myriam Moscona comenta en Facebok: "¿A qué hora nos volvimos tan ojetes? Parecen historias de peste bíblica de maldad por maldad".

Uno de los más terribles problemas que traen la violencia, la corrupción y la impunidad es que atrapan por completo nuestra mirada. En nuestras charlas, en nuestras comidas, se vuelven el tema obsesivo del que no dejamos de hablar. Por supuesto, es importante que se ventile lo que ocurre, que discutamos las posibles salidas, que exijamos cambios, que los hagamos.

Sin embargo, en ese proceso a veces se nos escapa un daño de fondo que nos envenena lentamente. Se llama enajenación. El gran filósofo Eduardo Nicol decía que enajenarse es estar privado de la totalidad de nuestro ser. José Emilio Pacheco lo planteaba así en términos poéticos: "Confundimos la parte por el todo, el verdadero cuerpo está por dentro, invisible". Sin despegar nuestra vista del mal, sin renunciar a la mirada de lo que nos agravia, sin dejar de combatirlo, no podemos dejar que eso sea lo que defina nuestro discurso, nuestra vida.

En una conversación con Salman Rushdie, el novelista israelí David Grossman plantea la necesidad de no dejarnos secuestrar por el lenguaje de la brutalidad. Sus palabras no sólo se aplican a su entorno, desafortunadamente también describen los escenarios que estamos viviendo en México:

"La realidad es como un ácido: devora cada capa de protección con la cual uno trata de encerrarse en sí mismo. Aunque estoy muy involucrado políticamente, en las novelas que he escrito he tratado de volver a conquistar lo que esta situación horrible nos ha confiscado. En tal situación de violencia, de constante temor, te quedas realmente aterrado. No sabes cómo va terminar tu día, no sabes si va a regresar tu hijo."

Grossman habla de la necesidad de recuperar el lenguaje de la intimidad. Rushdie le pregunta si eso no es escapismo. Grossman le responde que para él esto es una forma de luchar contra una realidad que trata de borrar todo lo que es individual y privado. Dice Grossman: "No ignoro la realidad que me rodea, pero hay muchas cosas que se marginan debido a esta situación. Narrar una historia, antes que nada, para mí como escritor, me da un lugar en esta realidad caótica, donde me siento constantemente en una especie de exilio del significado y de lenguaje. Esto se debe a que el lenguaje es manipulado para ser un amortiguador entre nosotros y la realidad, no para descubrirnos la realidad. Esto se debe a que vivo en una realidad en la que mucho del contenido que afecta e infecta a mi vida no tiene sentido. Cuando escribo mis narraciones trabajo con un lenguaje que es mío. No me rindo a los clichés de los medios masivos de comunicación, del gobierno, del ejército. Creo que los escritores sienten claustrofobia en las palabras que otras personas usan y abusan".

La mirada de la imaginación, del conocimiento, de la compasión y la fraternidad abre puertas para transformar lo que vivimos. Me quedo así con una lección que me enseñó la poeta Margarita Villaseñor, recientemente fallecida. Me mostró en su casa, con gran ternura, que en cualquier fotografía un ojo está enfocado en la tierra y el otro flota en la gracia. Ninguno se debe olvidar.

pepegordon@gmail.com


Pájaros y ceniza

El 18 de septiembre de 1932 la actriz Peg Entwistle se tiró al vacío desde el letrero de Hollywood, que entonces decía "Hollywoodland". Algunos dicen que se suicidó desde la treceava letra en alusión a su único éxito fílmico (Trece mujeres), otros que se lanzó desde la H. En 1949 la elocuente palabra "land" (territorio) fue retirada. La novela L.A. Confidential, de James Ellroy, transcurre en ese periodo, el lento desplome de una mitología.

Sesenta y nueve años después del suicidio de Entwistle, los sobrevivientes del impacto inicial a las Torres Gemelas subieron a la azotea y supieron que la estructura no resistiría. Algunos decidieron lanzarse al vacío como un último acto de libertad, para ser dueños de su muerte. La tragedia alcanzó una notoriedad que no tuvo Peg Entwistle. La actriz cuestionó el alcance de la fábrica de sueños. La barbarie del 11 de septiembre de 2001 acabó con la idea que teníamos del cielo.

En unos días se cumple una década de la tragedia. El atentado puso en práctica el ideal despótico del vanguardista Marinetti de transformar la guerra en espectáculo. El primer avión se incrustó en la mole de cristal como un cataclismo; el segundo fue un acto de calculada dramaturgia: el terror como instrumento de comunicación (fue captado en tiempo real, con la veracidad acrecentada de una superproducción fílmica).

Los aviones, vehículos unificadores de la modernidad, se convirtieron en armas. Esto no significó el fin de la globalización, pero transformó el cielo en campo de la paranoia. En la última década volar ha sido la molestia autoinflingida más común. Los filtros de seguridad en los aeropuertos se transformaron en zonas de detención; los líquidos se redujeron al máximo en los equipajes de mano; el pánico se extendió con tal fuerza que otorgó verosimilitud al despropósito (en México un profeta del fin de los tiempos secuestró un avión simulando que llevaba una bomba en una lata de jugo).

El horror propagado por Al Qaeda dependió de la resonancia mediática. Las imágenes no registraron cadáveres; se parecieron a los efectos especiales con los que Hollywood monta el apocalipsis cada año. Esa condición de tecnología aplastada e "impersonal" permitió contemplar la secuencia una y otra vez. No había sangre, testimonio de la pérdida humana; había escombros, dinero esfumado en humo.

El colapso del skyline representó un límite histórico. Comenzaba una guerra sin frente ni retaguardia, ante un enemigo conjetural, que operaba al interior del sistema. El cielo amanecía como amenaza. Esa vulnerabilidad ha puesto en duda la arquitectura vertical. ¿Tiene sentido desafiar la gravedad con imanes del peligro?

La demencial fuerza del ataque, y el hueco de muerte que dejó, volcó a un amplio sector de Estados Unidos al patriotismo. Al mismo tiempo, obligó a la revisión histórica de una política exterior que ha sembrado enemistades en los más diversos confines. Otro 11 de septiembre, Washington conspiró para que cayera el gobierno legítimo de Salvador Allende. No faltaron quienes entendieron los aviones de 2001 como los vuelos más demorados de la historia, portadores de una rezagada venganza por las afrentas sufridas en Vietnam, Hiroshima y Nagasaki. Pero la escala del atentado frena toda idea de retaliación. No hay modo de que el espanto compense otras atrocidades. El álgebra del fuego sólo suma cero, atinado nombre de la zona devastada en 2001.

Por primera vez los estadounidenses se supieron vulnerables en su propio territorio. Esta conciencia de la mortalidad no llevó a una respuesta reflexiva, sino a la absurda guerra contra Irak. En vez de inaugurar una ética de la debilidad -la razón que asiste al ultrajado-, George Bush apeló al destino manifiesto, la guerra santa, la cruzada contra los infieles, la rabia del monstruo herido. El Hombre Araña (que una vez salvó las Torres Gemelas) sabe que los poderes entrañan responsabilidad. Bush buscó la lógica de otro superhéroe: la kryptonita justifica la ira de Superman. Esta ideología de la fuerza (la herida hace más fuerte al poderoso) provocó a la postre la derrota de los republicanos. La elección de Obama dependió, como nunca antes, de la agenda internacional y trajo un viraje en las estrategia contra el terror: de la guerra de ocupación a la eliminación selectiva de enemigos.

Si el atentado de Al Qaeda dependió de la visibilidad, la eliminación de Bin Laden dependió del ocultamiento. El integrismo islámico castigó a sus adversarios con la imagen y recibió en castigo el secuestro de la imagen. No hubo fotografías del cadáver de Bin Laden. El terrorista acabó en el mar, difusa gruta sin santuarios.

A los 24 años, Peg Entwistle se lanzó desde el letrero que justificaba su oficio. Su muerte no desmitificó a Hollywood. Ese gesto individual pasó al olvido. El ataque a las Torres Gemelas tenía un cometido simbólico más grave: aniquilar la mitología de Nueva York. Esta vez, el suicidio fue un acto de resistencia. En la azotea, algunos no quisieron ser víctimas: fueron pájaros y volaron para negar a sus verdugos.

JUAN VIL LORO

Fecha de publicación: 2-Sep-2011


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