miércoles, 2 de abril de 2014

DE ESCAPISTAS, TRAGAFUEGOS, ENCANTADORES DE SERPIENTES Y OTRAS MINUCIAS


Los vendedores de milagros



Harry Houdini (1874-1926) odiaba a los espiritistas. Y, en general, a cualquiera que pretendiera hacer creer al público que tenía una cualidad sobrenatural que, en realidad, era fingida. El gran mago húngaro, estadounidense de adopción, publicó en 1920 un libro enciclopédico que se dedicaba a desenmascarar a los cantamañanas que hacían pasar conocimientos en química por capacidades sobrehumanas. Ahora 'Traficantes de milagros al descubierto' llega a España (Nórdica Libros) con las ilustraciones delirantes y cómicas de Iban Barrenetxea. "Mi vida profesional ha sido una cadena constante de desilusiones, y muchas de las cosas que causan asombro a la mayoría de los hombres no son más que el pan nuestro de cada día en mi negocio. Pero nunca me ha faltado alguna supuesta maravilla que picase mi curiosidad y desafiase mi inspección", explica el Gran Houdini en su prólogo. Gracias a esa investigación, hoy podemos conocer los ases en la manga de tragasables, escupefuegos y encantadores de serpientes.

El arte del escapismo 


Erich Weiss (Budapest, 1874-Detroit, 1926), más conocido como Houdini, tomó su nombre artístico de su ídolo de juventud, el mago Robert-Houdin. Pero ni siquiera quedó él con cabeza en el ansia de desenmascarar a los tramposos: esta vez la falta del maestro era la de atribuirse invenciones que no le pertenecían. "Mi profesión me ha conferido un conocimiento íntimo de las ilusiones sobre el escenario, junto con muchos años de experiencia entre artistas de toda clase. Mi familiaridad con las primeras, y lo que he aprendido de la psicología de los últimos, me ha concedido ciertas ventajas a la hora de desvelar la explicación natural de hazañas que a los ignorantes podían parecer sobrenaturales", explica el mago. Esto incluye sus propias habilidades, que desveló (desde nudos 'mágicos' a trucos con esposas) en distintas publicaciones a lo largo de su carrera.

Los tragadores de sables


El truco de los tragasables, según Houdini, es bastante sencillo. Los sables "telescópicos", que se pliegan al ejercer presión sobre ellos, son usados "en números teatrales, y resulta más que dudoso que fueran utilizados nunca por tragasables profesionales". La ciencia de estos últimos radica más en la anatomía que en la física: solo se necesita una espada fina y no muy puntiaguda (o cubierta subrepticiamente con un tapón de goma), cierta resistencia a las arcadas y mantener la faringe en ángulo recto, cosa que, asegura el mago, se consigue con la práctica. "Las espadas de este tipo son bastante delgadas, de menos de tres centímetros de grosor, y es posible tragarse cuatro o cinco de ellas a la vez. Si se extraen una a una muy despacio y se lanzan en distintas direcciones sobre el escenario, el número resulta muy efectista", explica el prestidigitador.

Los escupe fuegos


Algo más complicados son los trucos desarrollados por escupefuegos. Esta vez Houdini les critica la falta de originalidad: utilizan prácticamente las mismas técnicas que en el siglo XVIII. Para endurecer la piel y hacerla insemsnible, frotarla con azufre puro. Un carbón envuelto en lino, por ejemplo, se introduce en la boca para producir humo al exhalar aire. Y para lanzar llamas, una esponja humedecida con gasolina que se oculta en la boca y se enciende soplando sobre una vela. Finalmente, una capa de jabón duro y azúcar recubre la lengua para que no se dañe al exponerse al fuego. La receta es la siguiente: "1 barra de jabón Ivory, cortado en finas lascas, 450 gramos de azúcar moreno, 56 gramos de estoraque líquido (no la resina). Disuélvase en agua caliente y añádase una copa de vino a rebosar de ácido carbólico. El compuesto resultante se aplica a todas las partes del cuerpo que vayan a entrar en contacto con los objetos calientes. Después de aplicarse la solución a la boca enjuáguese con vinagre fuerte".

Los encantadores de serpientes


Otra cosa son los encantadores de serpientes. O la encantadora. Houdini describe en su libro a Thardo, una "mujer de excepcional belleza, en formas y facciones, conversadora desenvuelta y valerosa entusiasta en la devoción a su arte" que se dejaba morder por serpientes de cascabel sin recibir ningún daño. Esas mismas serpientes, obligadas a morder a conejos y perros, les hacían morir en el acto. En este caso, el truco parece escapársele al mago: "Comoquiera que yo trabajaba a menos de cuatro metros de ella, la afirmación de que no había truco alguno en su apabullante actuación puede tomarse con absoluta seriedad, pues los detalles siguen frescos en mi mente". Houdini se lanza entonces a elucubraciones pseudocientíficas: "Tras años de investigación he llegado a la conclusión de que esta inmunidad se debía a que el estómago se encontraba totalmente vacío (...), respondiendo a la teoría de que el virus actúa directamente sobre el contenido del estómago transformándolo en un veneno mortífero". Nadie es perfecto.

Los bebedores de metales fundidos


Los "reyes del fuego" se jactaban de escupir llamaradas tanto como de tragar aceite hirviendo o metales fundidos. En esta última modalidad, Chabert (1792-1859) era todo un maestro. Houdini recoge las explicaciones que el propio mago daba sobre sus trucos. Si enfriaba una gota de plomo fundido metiéndosela en la boca, era porque la cantidad era tan pequeña que podía solidificarse con la presión de los dedos. Si se pasaba una pala al rojo vivo por el pelo y la piel, era porque previamente los había embadurnado con "una mezcla de espíritu de azufre y de alumbre, la cual, al cauterizar la epidermis, endurecía la piel y la hacía resistente al fuego". Lo que ni él mismo ni Houdini aclaran es cómo podía tragar hasta 20 granos de fósforo sin que le causara daño aparente, cuando, aseguran, una dosis de tres granos ya es mortal.

Los resistentes al calor


Chabert, de nuevo, solía asombrar a la audiencia con un truco en el que se le introducía en un horno el tiempo suficiente como para asar una pieza de carne. En el truco que describe Houdini, "permaneció cinco minutos dentro del horno, y en ese tiempo cantó 'Le Vaillant Troubadour' y supervisó el asado de dos fuentes de filetes de buey. Cuando pasado ese tiempo salió del horno, sudaba profusamente y su pulso era de ciento sesenta y ocho pulsaciones por minuto. El termómetro extraído del horno marcaba 193 grados; en el interior, Chabert aseguró que sobrepasaba los 315 grados". El truco consistía en que el horno tenía unos orificios de respiración en su base, por donde tomaba aire el mago, protegido con un traje enterizo de asbesto (amianto), resistente a las altas temperaturas. Los filetes se colgaban de un gancho en la parte superior del horno, donde se concentraba mejor el calor.

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