jueves, 3 de abril de 2014

LA TRAMPA DE ESCUCHAR A LOS ACTIVISTAS




03 de Abril 2014

Si usted quiere vivir en el primer mundo, o desea que su país otorgue una buena calidad de vida, lea lo siguiente. Si no, prosiga a ver el video de YouTube jocoso de la semana o alguna imagen de un gatito tierno, de ésas que abundan en la red.

El ciudadano promedio no tiene idea de lo mucho que está perdiendo con su pésima relación con el mundo, se pone la soga en el cuello y tolera violencia, pobreza, contaminación, el trato diario de personas ramplonas con los peores residuos de la primitivez y, sin importar qué tan privilegiada sea su posición económica o su preparación académica y cultura, nadie en este planeta puede escaparse de las secuelas que producen las interminables aglomeraciones de ignorantes producto de la fórmula de una superpoblación que, por el momento, avanza más rápido que la velocidad de ofrecer una correcta educación.

Pero la culpa no la tiene el ciudadano promedio y mucho menos los gobiernos o cúpulas empresariales, cuyo único y pobre propósito consiste casi siempre en el enriquecimiento y la acumulación del poder; después de todo, la mayoría de los individuos que conforman estos dos sectores, también forman parte de la aglomeración de personas ramplonas con los peores residuos de la primitivez; la poca culpa que puede atribuirse, la tienen los luchadores sociales que abnegadamente combaten por la supuesta mejoría del planeta. Pero no me malentiendan, valoro su labor y sus ingenuos intentos de hacer algo. Valen mucho más que ésos que pudieron hacer algo y no lo hicieron. Pero, para no andar por las ramas, primero me enfocaré en una pregunta que explique la problemática y luego daré una solución: ¿Cuál es la fuente de que estos problemas como la pobreza, la violencia, la contaminación, el desinterés, crezcan y no sean detenidos a tiempo? La respuesta es sencilla: el ciudadano, al no estar informado del daño que varias de sus conductas y hábitos le producen directamente, fomenta la negligencia y la indiferencia, que a su vez fomentan los problemas anteriormente mencionados. Utilizando el recurso del microcosmos, para explicar una situación generalizada, pondré un ejemplo: en las calles de México es frecuente que los automovilistas no respetan la luz amarilla, que aceleren en lugar de detenerse, y por lo mismo es común que estorben a la calle trasversal que ahora tiene la luz verde. Este tráfico innecesario provocará que esos autos que perdieron parte de su tiempo para avanzar, menos piensen en respetar la luz amarilla y ahora ellos serán quienes queden estorbando el paso a la otra calle. Si lo pensamos bien, esta imagen de los autos obstruyéndose entre sí, parece una caricatura o una escena cómica que ya ha sido retratada desde los principios del cine. Yéndonos a los asuntos más graves, México es un país regido en su mayoría por rancheros de poco criterio con principios lógicos que obligan a la ciudadanía –y a sí mismos– a constantemente obstruirse, impidiendo el crecimiento. Para aquél que esté ofendido por mi aseveración, le invito a verificar el inmenso capital que ha manejado en las últimas décadas y maneja el país, sin que se haya podido avanzar en las áreas que realmente vuelven rica a una nación: salud, educación, vivienda, empleos útiles y gratificantes, etcétera. Pero para ser justos, esto también es resultado de las acciones de los rancheros de poco criterio que han dirigido y dirigen nuestro país vecino y demás países involucrados. Por decir algo: El Vaticano y su constante bombardeo propagandístico que ha obligado al mexicano a ser poco administrado, poco visionario, poco consecuente y poco exitoso. El precio lo pagamos todos: la mentalidad pusilánime, desentendida, egoísta, torpemente avara, son algunas de las conductas nacionales que nos hunden en una sociedad cada vez más miserable y que cada vez pierde más. Y entonces, ahora sí, vamos con los responsables. La postura que han tomado educadores y luchadores sociales, ha permitido que la gente se aleje más y más de tener y exigir una mejor relación con el mundo, una relación que nos dé verdaderamente una mayor calidad de vida. Los luchadores sociales son como esa tía que cuando quiere jugar el juego divertido de los niños, lo echa a perder y lo vuelve aburrido, porque en el fondo no quiere que los niños se diviertan o porque ella cree que sabe cómo hacer las cosas.

Tener una mentalidad lúcida ante los conflictos mundiales y sus consecuencias, no es algo aburrido; al contrario, es apasionante y obtener resultados estimula y tiene sus beneficios francos, pero el luchador social lo plantea como si se tratara de un sacrificio del que hay que convencerse, inconscientemente desea que nadie más tenga el mote de mártir que él o ella ha obtenido por medio de una abnegación y la iluminación de la que sólo él o ella goza. Es por eso que les conviene que los demás se hagan los que están interesados en cambiar, pero que en realidad no cambien; son como el esposo que se beneficia de su esposa drogadicta, porque sus vicios lo hacen sentir superior. Basta de estar rogándole a las empresas que por favor no contaminen, de suplicarle a los ricos que sean sensibles con el tema de la pobreza, de culpar a las potencias por explotar a los países débiles, para ver si así tocamos su corazón y por fin se conmueven para cambiar. La pérdida de comodidades es de todos o en algún momento lo será. Nadie en México puede medir el costo –humano y económico– de haber permitido que la sociedad se volviera tan ignorante y violenta, y de haber descuidado el sistema judicial, tanto como para haberse vuelto uno de los países con mayor número de secuestros. Empresarios, políticos, figuras públicas, todos han sido víctimas de la negligencia de las últimas décadas y cada uno de ellos podría preguntarse: ¿Cuánto hubiera invertido con tal de no perder a mi hija, a mi hijo, a mi esposa, a mi familiar, a mi socio, a mi amigo? Los afectados, si pudieran volver al pasado, no se involucrarían en la sociedad por altruismo o por amor al prójimo, lo harían para evitarse ese dolor que provocan estos crímenes tan funestos. Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿Cuánto más vamos a perder por culpa de nuestra negligencia actual y no sería mejor comenzar a invertir en nuestro propio bienestar en lugar de caer en la trampa de los luchadores sociales tan preocupados en que nadie les quite el puesto de santos, quienes por cierto deberían de estarle enseñando a los demás a hacerse responsables de sus conductas y hábitos? El calentamiento global está causando estragos inimaginables, las pérdidas serán inmensas, igual o más que un hijo asesinado por la delincuencia organizada, sin embargo los ambientalistas continúan pidiendo a la gente que modere sus actividades, como si no quisieran que realmente las moderaran. Los ambientalistas juegan el juego de esa madre que todos los días le dice a su hijo alcohólico “Ay, cuándo vas a cambiar”, en lugar de confrontarlo y hacerle el favor de mostrarle que el único y mayor afectado será él. Esos discursos infantiles de regaño y reclamo, esa dinámica de ser el profesor que reprende al alumno por no estudiar, como si fuera el profesor el que va a desperdiciar su vida; esa costumbre de tratar de motivar a los adolescentes para que lean, como si no fueran ellos los que se están perdiendo del gozo de leer. Caemos en ese patrón de acariciarnos las espaldas exigiendo que sean los ingenuos luchadores sociales los que nos traten de convencer de que nuestra actitud esta mal, para después pedorrearnos y decir entre risas brutas “Bueno, así soy yo, ya algún día me cambiaras”, como si el arrepentimiento después no fuera a ser tan grande, como si no se sufrieran ya los estragos del desempleo, del terrorismo y otras formas de violencia, de la furia ambiental, de la delincuencia, de la migración incontrolable por culpa del saqueo, el horror a manos de aquellos que con un poco de educación y sistemas preventivos más sólidos no estarían degollando a nuestros vecinos, amigos y parientes. El daño es directo y hasta que el ser humano deje de pensar que lo que hace no le afecta, hasta que empiece a apasionarse por tener en orden el medio que lo rodea y preocuparse –realmente preocuparse– porque el medio de los otros también esté en una evolución positiva, hasta entonces no podremos comenzar a vivir en un país, en un mundo, de mayor calidad, que exija a sus gobernantes y a sus líderes que dejen de ser rancheros ramplones con los peores residuos de la primitivez.


Por Leonardo Garvas

@LGarvas

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