viernes, 25 de abril de 2014

POWDER

25 de Abril 2014
luces

Por Israel Landeros

Llevaba tantos días lloviendo que ya a nadie parecía importarle. Yo caminaba resguardándome en un impermeable amarillo, rumbo a casa de un antiguo amigo para realizar un reportaje sobre su instalación, para un suplemento cultural que casi nadie iba leer pero que estaba muy interesado en las acciones que realizaba Azael por ser cada vez más extremistas. En los audífonos sonaba “Requiescat in pace” de Smak, avanzaba entre casas derruidas por las lluvias, casi todas ya en escombros. Al llegar al porche de la vivienda salí de mi impermeable, me quité los auriculares y toqué el timbre.

Mi anfitrión salió llevando sólo un pantalón de mezclilla, unos tirantes negros sin camisa y un cigarro muy largo que, por si fuera poco, llevaba boquilla. Me sonrió y me invitó a pasar con un ademán. Adentro todo parecía muy oscuro, cosa de que mis ojos se aclimataran al ambiente. “¡Qué bonito está el papel tapiz, Azael!”, le dije cuando me acomodaba en el sillón de su sala de estar y él me agradecía y me explicaba rápidamente dónde lo había comprado antes de ir a la cocina por unas copas para seguir atendiendo a los caballeros que tenía reunidos en torno a una pequeña mesa con un enorme prisma de cristal en el centro de su estudio y luego perderse por un pasillo de luz azul neón que terminaba en unas escaleras.

El papel tapiz era azul marino con círculos blancos; me recordaba mucho a un vestido que tenía Eliza, su prima, en la secundaria. Yo creo que era su favorito, y también el de todos nosotros. De inmediato supe que la elección no podía haber sido una casualidad.

Grababa unas notas de voz cuando una mujer joven, bonita, de peluca rosa y pechos grandes pero muy delgada apareció, se hincó frente a la mesita de noche y puso una línea de un polvo morado, que más que droga parecía dulce pulverizado. Le tomé un par de fotos cuando se iba meter el material por la nariz, entonces se me quedó viendo con los ojos muy abiertos y dijo “¿Pero dónde están mis modales?” y puso otra línea, esta vez frente a mí. No lo dijo pero yo imaginé que en su cabeza había formado un yin yang. Esnifó como el cielo que atrae el humo de una locomotora y yo hice lo mismo, luego se levantó, caminó unos pasos y me llamó con un ademán para después desaparecer tras el mismo pasillo que Azael. Yo guardé la grabadora, miré a los sujetos que seguían charlando en el estudio, copa de vino en mano, y seguí el camino de la mujer. Al subir las escaleras pude notar la transición del azul neón a una luz negra que salía de las habitaciones abiertas en los costados, enmarcando el camino hasta un cuarto principal con una sombría luz morada que cobijaba un silencio denso. Al entrar observé a Eliza desnuda a mitad del lugar, recostada en el piso y jugando con su cabello. Vi a Azael hacer un ademán que detonó el inicio de una serie de acciones muy rápidas en donde varias filas de sujetos parados sobre unas sillas junto a cada pared se dejaban caer como si de una hilera de fichas de dominó se tratara y yo podía escuchar sus cuellos crujir al quedar suspendidos de golpe por sogas amarradas en el techo provocando que la habitación se viniera abajo y se empapara de agua acumulada por meses cada cuerpo del lugar. Tuve que refugiarme en el umbral de la puerta para tratar de evadir los escombros que destrozaban el piso enterrando a Azael mientras trataba de despedirse de mí con una mueca de orgullo y quedaba sepultado al igual que Eliza, cuya parte del piso terminó sucumbiendo al final y cayendo sobre los hombres del estudio, aplastándolos y dejando ver una sangre que, aunque roja, se tornaba azul marino por las luces que ahora eran péndulos en las paredes, y unos dientes brillosos, destacados por la luz negra, que se mezclaban en el río azul que corría alrededor del cuerpo desnudo de Eliza, incrustado en un enorme prisma de cristal.

Salí como pude y vi las paredes podridas del lugar cubiertas por un, ahora descarapelado y triste, papel tapiz azul con círculos blancos. Llevaba tanto lloviendo que ya a nadie parecía importarle. En ese lugar ya no quedaba ni una casa en pie.

Me puse los audífonos y guardé bien mi cámara y mi grabadora para resguardarlas de la lluvia. Oprimí play pensé que esta podría ser la primera semana buena, en muchos años, para el suplemento cultural.


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