jueves, 23 de septiembre de 2010

ARMANDO GONZÁLEZ TORRES, extraordinario como siempre, en su columna Escolios en LABERINTO 380: ÉTICA DEL RECUERDO, hace referencia a:


Avishai Margalit

ESCOLIOS
Ética del recuerdo

Armando González Torres
agonzale79@yahoo.com.mx


En una fiesta, un hombre, acompañado de un par de muchachas jóvenes, encuentra de frente a una dama de edad que parece conocerlo bien y, como todo individuo educado, procede a hacer las presentaciones, pero este simple gesto de urbanidad se vuelve embarazoso, pues el individuo no recuerda el nombre de la dama. Una vez que las muchachas se han ido, la mujer le reprocha: “Así que has olvidado el nombre de tu madre”. Avishai Margalit alude a esta escena de una pieza de Edward Albee para ejemplificar ciertas obligaciones ineludibles de la memoria. Cierto, el recuerdo es indócil y no se puede recordar u olvidar a voluntad; sin embargo, hay olvidos desconcertantes (que un hijo olvide el nombre de la madre, que un estadista no se acuerde de la fecha de independencia de su país, que un doliente no recuerde a sus muertos). Por supuesto, estos olvidos lindan con la patología y en general un individuo común mantiene un interés activo por sus familiares, amigos y grupos de pertenencia inmediatos y recuerda sus nombres y los hechos fundamentales que los constituyen como familia o grupo, aunque este interés difícilmente se extienda a conglomerados más amplios. En La ética del recuerdo (Herder, 2002) Avishai Margalit, el gran filósofo israelí autor de clásicos como La sociedad decente, aborda el acto de recordar colectivamente y sus implicaciones políticas y morales. La pregunta fundamental de Margalit es si existe la obligación de recordar algunos acontecimientos del pasado y si ésta obligación debe rebasar el círculo estrecho de las “comunidades de la memoria” y extenderse universalmente.

No es fácil, advierte Margalit, la configuración del recuerdo colectivo. De hecho, en las sociedades modernas el recuerdo compartido es pobre y fragmentario y requiere del auxilio de instituciones de nemotecnia pública (archivos, historias, monumentos) que lo aviven. Por lo demás, a menudo hay un recuerdo oficial que intenta inmunizar determinada versión del pasado ante otros datos y evidencias que lo contradigan. Así, el recuerdo colectivo se debate entre la historia y el mito y qué tanto se incline hacia un lado depende del grado de educación y libertad de una sociedad. Es importante para una comunidad contar con una variedad suficiente del recuerdo y, sobre todo, alcanzar una memoria más fidedigna y extensa que, en el plano ideal, debería abarcar a toda la humanidad. Pero ¿cómo transitar de un recuerdo comunal a un recuerdo universal? Es aquí donde Margalit introduce la figura del “testigo moral” ese espectador o víctima de episodios ejemplares para la humanidad (Auschwitz, los gulags, Hiroshima) que busca evitar que un sufrimiento contranatura sea devorado por el olvido y aspira a que su testimonio contribuya a una identificación humana más allá de las diversas adscripciones. En estos meses en que la moda es recordar efemérides de manera tan sosa como pretenciosa, vale la pena afinar en este libro la noción de la memoria y sus deberes.

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