lunes, 25 de febrero de 2013

ARGO SE LEVANTA, ENTRE LO SUBLIME Y LO RIDÍCULO, LA TRAGEDIA Y LA FARSA.


Un probable gran perdedor se convirtió en
“El triunfador de la noche”


ENTREVISTA CON BEN AFFLECK
Noviembre 2012 por Javier Ocaña para EL PAÍS

Es extraño que una estrella de Hollywood hable de Mobutu, y que encima ese nombre surja de forma natural en la conversación, sin forzar la pregunta. Ben Affleck (Berkeley, California, 1972) no es un tipo cualquiera. Y tiene pinta de listo. Tras el pase de Argo, muchos han llegado al convencimiento de que aquí hay otro Clint Eastwood salvando las distancias; es decir, un actor mediano convertido en cineasta de fuste. Si Adiós, pequeña, adiós (2007) y The town (2010) se desarrollaban en Boston, la ciudad en la que creció Affleck, y probaban su valía como director; Argosupone el abandono del abrazo de la urbe maternal para meterse en un jardín más complejo: la crisis de los rehenes tras la toma de la embajada estadounidense en Teherán en noviembre de 1979, concretando aún más, en el esperpéntico plan que tramó la CIA para sacar de Irán a cinco de ellos, ocultos sin que las autoridades iraníes lo supieran en la residencia privada del embajador canadiense.

¿Y cómo lograron salvarles? Los camuflaron como equipo de rodaje de una película hollywoodiense de ciencia-ficción (Argo), y para que el plan no chirriara la CIA fundó una productora en mitad de los grandes estudios. Sí, está basada en hechos reales, en la figura de Tony Méndez, agente de la CIA experto en rescates, que preparó y ejecutó tamaña locura.

“Hace unos años leí el guion y me enganchó. Al instante supe que quería hacer esa película, y si tienes un guion tan bueno y un protagonista tan atractivo, ¿cómo no interpretarle?”, cuenta Affleck, corpachón cachas, camisa y americana sobrias —le da una nota de elegancia bostoniana—, tras la pregunta de si no hubiera sido mejor idea que la interpretara otro. “No voy a dejar de actuar gradualmente para pasarme a la dirección. Cada largometraje como realizador me supone unos dos años de trabajo. Piensa que desde que dirigí Adiós, pequeña, adiós he actuado en seis películas. No puedo rechazarlas. Y más si encima encuentras un libreto como este, que ni siquiera me atreví a reescribir [Affleck es coguionista de sus dos primeras películas como director y tiene el Oscar compartido con Matt Damon por el guion de El indomable Will Hunting\]”.

La política exterior estadounidense. Pocos temas pueden levantar más ampollas, y esta película, además, glorifica la labor de algunos integrantes de la CIA. “Es complejo desde luego, y supe en lo que me metía cuando decidí levantar Argo, aunque nadie pudiera prever entonces que llegarían las primaveras árabes, a las que seguí con suma atención, o, por concretar, que en Egipto tras la revolución triunfarían los Hermanos Musulmanes. Sospecho que lo mismo pasa con la política exterior de Estados Unidos. A veces puedes incidir a priori, pero otras los acontecimientos son quienes dirigen tus pasos”.

Sí, ¿pero no tiene la sensación de que gran parte del resto del mundo se opone a la mayoría de esas iniciativas políticas estadounidenses? “Hay claros prejuicios en ambos lados, aunque desde luego no puedo ser un portavoz autorizado del resto del mundo. Piensa en un detalle de distancias. Como español vives cerca de varias fronteras: cruzas a Francia, llegas a Alemania… Esa misma distancia en mi país es ridícula. Muy pocos estadounidenses viajan al exterior. Yo solo puedo decir que creo en los esfuerzos de Barack Obama por ayudar al resto del mundo y su labor porque entiendan que no somos solo una superpotencia militar. En anteriores décadas no hemos estado acertados, y por poner un ejemplo fuera de Oriente Próximo pienso en el apoyo otorgado a Mobutu. Por eso la película se inicia con la explicación de tres décadas de historia iraní, en la que desagraciadamente Estados Unidos tuvo mucho que ver”.

En el encuentro matinal con los periodistas, Affleck ha hablado de la labor callada de los diplomáticos. “Quería incidir en esa gente que se dedica a ayudar, a negociar buenos acuerdos, a mejorar las relaciones bilaterales. Por eso me referí a Jean Renoir como una gran influencia cinematográfica, porque sus películas destilan un gran humanismo, algo que quisiera que impregnara Argo”.

A Affleck parece venirle que ni pintada la pregunta sobre el asesinato de Chris Stevens, el embajador estadounidense en Libia, ocurrido en Bengasi hace diez días. “Ese es el tipo de diplomáticos héroes a los que quiero dedicar el filme. No creo que influya ni bien ni mal en la carrera comercial del filme, porque hablamos de décadas diferentes y distintos países, pero sí en gente con las mismas creencias basadas en la ayuda”.

¿De verdad quiso ir rodar en Teherán? “Me lo planteé, pero ni siquiera logramos colar a alguien que se escabullera e hiciera fotos a escondidas o pudiera filmar material que nos ayudara en la dirección artística. Es una sociedad muy cerrada, y cuando hablé con cineastas iraníes me dijeron que ni se me pasara por la cabeza. Es una lástima”.

Tras el paso de Argo por Toronto y San Sebastián, a Aflleck le habrán calentado la cabeza con la palabra Oscar. “No puedo pararme a pensar en eso. De verdad. Estoy ahora muy concentrado en promocionar este estreno, que vaya bien, que funcione. Los premios son cosas incontrolables que deciden gente que tú no conoces”. Dicho lo cual, estira su manaza y aprieta fuerte.


La política como farsa
Ben Affleck, director y protagonista, y Chris Terrio, guionista, han escogido el tono de epopeya americana para este 'thriller' sobre la crisis de los rehenes en el Irán de 1979

“La historia se repite; primero como tragedia, y después como farsa”, dijo Karl Marx. Y, sin embargo, como afirma un personaje de Argo, qué cerca están en ocasiones la una de la otra. Golpes de la historia que provocan tanta risa como llanto, como cuando en 1997, tras la desclasificación de los papeles secretos, se supo cómo intentó la CIA liberar a parte de sus ciudadanos durante la crisis de los rehenes con Irán, entre 1979 y 1981: con un complot relacionado con una falsa película de aventuras espaciales ambientada en Oriente. Un material apasionante que podría haber dado lugar a muchas películas, todas distintas.

Ben Affleck, director y protagonista, y Chris Terrio, guionista, han elegido el de la epopeya americana; con toques de humor, faltaría más. Es su alternativa, una buena opción, aunque no la más arriesgada, no ya cinematográficamente sino sobre todo políticamente con los tiempos que corren entre Irán y EE UU. Ahora bien, epopeyas heroicas ha habido muchas; en la vida y en el cine. Farsas heroicas no ha habido tantas, sobre todo en el cine. Y los responsables de Argo quizá hayan perdido la gran oportunidad de labrar todo un relato entre la comedia negra y la farsa grotesca, pura política, y no solo su primera mitad. Se cita a Alan J. Pakula entre los referentes, y se nota el homenaje al cine político de los setenta ya desde la tipografía de sus créditos. Pero el Pakula de El último testigo nunca se hubiera permitido los clichés alrededor del suspense de sus 20 minutos finales: el héroe que arriesga sin permiso oficial, el coche que no arranca, la foto revelada en el último instante, el montaje paralelo, las risas de los soldados, embobados por Hollywood.

Y, a pesar de todo, Argo sigue siendo una película estupenda. Porque el material, entre lo sublime y lo ridículo, es excitante. Porque Affleck, que está conformando una carrera interesantísima, es un director sorprendente. Argo le otorgará dinero y prestigio, pero Adiós, pequeña, adiós y The town, sus anteriores obras, siguen siendo mejores. ¿Eso es un defecto? Quizá no. Quizá sí. Lo dirá la historia, entre la tragedia y la farsa.



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