lunes, 18 de febrero de 2013

UN CUENTO DE ROGER ZELAZNY, "DIVINA LOCURA" RECOMENDADO Y PUBLICADO POR ALBERTO CHIMAL EN SU BLOG "LAS HISTORIAS"


Roger Zelazny en LAS HISTORIAS , Blog de ALBERTO CHIMAL






DIVINA LOCURA

Roger Zelazny

—…yo que lo es Esto, ¿embelesados oyentes como plantarse hace las y errantes estrellas las a conjura pena de frase Cuya?…
      Sopló humo por dentro de su cigarrillo y éste se hizo más grande.
      Miró al reloj y se dio cuenta que las manecillas andaban hacia atrás.
      El reloj le dijo que eran las 10:33 yendo hacia las 10:32 de la noche.
      Luego le sobrevino aquella especie de desesperación, porque sabía que no podía hacer nada para evitarlo. Estaba atrapado, moviéndose a la inversa por toda la secuencia de acciones pasadas. De algún modo se había pasado por alto el aviso. Normalmente existía un efecto de prisma, un fogonazo de estática rosada, una especie de sopor, luego un momento de percepción elevada… Pasó las páginas de izquierda a derecha, los ojos siguiendo las líneas escritas de final a principio.
      ¿Énfasis tal comporta pesar cuyo él es Qué?
      Impotente, allí detrás de sus ojos, contempló cómo se comportaba su cuerpo. El cigarrillo había alcanzado toda su longitud. Hizo un chasquido con el encendedor, que absorbió la punta encendida, y luego sacudió el cigarrillo apagado y lo devolvió al paquete. Bostezó a la inversa: primero una exhalación, luego una inhalación. No era real… le había dicho el doctor. Era pena y epilepsia conjugándose para formar un síndrome nada común. Ya había sufrido otros ataques semejantes. El Dilantin no le causaba el menor efecto. Se trataba de una alucinación locomotriz postraumática provocada por la ansiedad, precipitada por el ataque. Pero él no creía en eso, no podía creerlo… no después que hubo retirado el libro del atril de lectura, se puso en pie, caminó hacia atrás por la habitación hacia el armario, colgó su bata, volvió a vestirse con la camisa y pantalón que usara durante todo el día, retrocedió hasta el bar y regurgitó un martini, trago fresco tras trago fresco, hasta que la copa se llenó por completo y no se derramó ni una gota. Notó un fuerte sabor a aceituna y luego todo volvió a sufrir un cambio. La manecilla grande marchaba por la esfera de su reloj de pulsera siguiendo la dirección adecuada. Se sintió libre para moverse a su voluntad.
      Eran las 10:07.
      Volvió a beber su martini.
      Ahora, si era consecuente con el sistema, se pondría la bata y trataría de leer. Pero en vez de eso se sirvió otra copa. La secuencia no se repetiría. Ahora las cosas no sucederían como creyó que habían ocurrido y desocurrido. Ahora todo era diferente. Y así se venía a demostrar que había sido una alucinación. Incluso la noción que había invertido veintiséis minutos en cada sentido constituía un intento de racionalización. Nada había pasado. No debiera beber, decidió. Puede provocarme un ataque. Soltó una carcajada. Todo el asunto, sin embargo, era una locura. Al recordarlo, bebió.
      Por la mañana, como siempre, omitió el desayuno, advirtió que pronto dejaría de ser «por la mañana», tomó un par de aspirinas, una ducha templada, una taza de café y dio un paseo.
      El parque, la fuente, las niñas con sus pequeños barcos, la hierba, el estanque… cosas que odiaba; y la mañana, el sol, y los fosos azules alrededor de las impresionantes nubes.
      Odiando, permaneció allí sentado. Odiando y recordando.
      Sí, estaba al borde del desmoronamiento; entonces lo que más deseaba era lanzarse de cabeza, no seguir correteando medio adentro, medio afuera.
      Recordó el porqué.
      Pero la mañana era tan clara, tan clara, y todo tan vivaz y marcado, ardiendo con los verdes fuegos de la primavera, allí en el signo de Aries, abril…
      Contempló cómo los vientos amontonaban los restos del invierno contra la lejana cerca gris y les vio impulsar los pequeños barcos del estanque para acabar dejándolos descansar en el lodo poco profundo donde aguardaban los niños.
      La fuente tendía su sombrilla de frescura por encima de los delfines de cobre verdoso. El sol inflamaba todo cuanto quedaba al alcance de su vista. El viento agitaba una infinidad de cosas.
      En enjambre, sobre el cemento, unos pequeños pájaros picoteaban los restos de una barra de caramelo envuelta en papel rojo.
      Los volantines sacudían sus colas, caían, remontaban el vuelo otra vez, mientras los niños tiraban de las invisibles cuerdas.
      Odiaba los volantines, a los niños, a los pájaros.
      Sin embargo, se odiaba aún más a sí mismo.
      ¿Cómo rectifica un hombre lo que ha sucedido? No puede. No hay un sistema posible bajo el sol. Puede sufrir, recordar, arrepentirse, maldecir u olvidar. Nada más. Lo pasado, en este sentido, es inevitable.
      Pasó una mujer. No alzó la vista a tiempo para verle la cara, pero el rubio oscuro y otoñal del cabello, cayéndole hasta el cuello, la línea suave y firme de las medias de malla, surgiendo por debajo del dobladillo de su abrigo negro y por encima del adecuado repiqueteo de sus tacones, le dejó sin aliento y le hizo clavar los ojos en su cimbreante caminar, en su postura y… en algo más, como si pusiera una especie de rima visual a sus pensamientos.
      Medio se levantó del banco cuando la estática rosada le golpeó las pupilas y la fuente se convirtió en un volcán que escupía arcos iris.
      El mundo se quedó congelado y pareció como si se lo sirvieran en una copa de helado.
      …La mujer volvió a pasar ante él y bajó la vista demasiado pronto para verle la cara.
      Comprendió que el infierno comenzaba otra vez cuando los pájaros cruzaron el cielo volando hacia atrás.
      Se entregó a la merced del fenómeno. Dejó que aquello le dominara hasta que se rompiera, hasta que lo empleara todo y no quedara ningún resto.
      Aguardó allí, en el banco, contemplando como «desnacían» las salpicaduras a medida que la fuente sorbía dentro de sí sus chorros de agua, haciéndoles describir un gran arco por encima de los inmóviles delfines, y cómo los pequeños barcos navegaban hacia atrás cruzando nuevamente el estanque y cómo la cerca se desvestía en trocitos de papel, y los pájaros devolvían la barra de caramelo a su envoltura roja, pedacito a pedacito.
      Sólo sus pensamientos permanecían inviolados; su cuerpo, en cambio, pertenecía a la ola que se retiraba.
      Al rato se levantó y caminó hacia atrás hasta salir del parque.
      En la calle un muchacho se le cruzó caminando de espaldas, «desilbando» retazos de una melodía popular.
      Subió la escalera, también de espaldas, hasta llegar a su apartamento, empeorando su dolor de cabeza a cada instante, «desbebió» su café, se «desduchó», devolvió las aspirinas y se metió en la cama sintiéndose terriblemente mal.
      Dejemos que así sea, decidió.
      Una pesadilla apenas recordada pasó en secuencia inversa por su mente, proporcionándole un inmerecido final feliz.
      Era de noche cuando despertó.
      Estaba muy borracho.
      Retrocedió hasta el bar y comenzó a escupir sus bebidas, una a una en la misma copa que había utilizado la noche anterior y volvió a meter el líquido en sus respectivas botellas. No tuvo dificultad alguna en separar la ginebra del vermouth. Los mismos licores saltaron por el aire mientras mantenía las botellas descorchadas por encima del mostrador.
      Y a medida que ocurría todo esto se iba sintiendo menos borracho.
      Luego se plantó ante su primer martini y eran las 10:07 de la noche. Allí, inmerso en la alucinación, meditaba en otra alucinación. ¿Rizaría el rizo del tiempo, adelante y atrás otra vez, a lo largo de todo su ataque anterior?
      No.
      Era como si eso no hubiese ocurrido, como si nunca hubiera sido.
      Continuó el retroceso de toda la velada, deshaciendo cosas.
      Descolgó el teléfono, dijo «adiós», desdijo que no iría a trabajar mañana, escuchó un momento, recolgó el teléfono y lo miró mientras sonaba.
      El sol salió por el poniente y la gente conducía sus coches en marcha atrás hacia su trabajo.
      Leyó el boletín meteorológico y los titulares, dobló el periódico de la tarde y lo colocó en el suelo del pasillo.
      Era el ataque más largo que jamás había tenido, pero no le importaba en realidad. Se sentó cómodamente y presenció como el día se devanaba a sí mismo hasta desembocar en la mañana.
      Le volvió la jaqueca a medida que el día se hacía más pequeño y el dolor era terrible cuando volvió a acostarse.
      Al despertar en la noche anterior, la borrachera que tenía era impresionante. Rellenó dos de las botellas, las tapó, les puso precinto. Sabía que las llevaría pronto al establecimiento donde las había comprado y se reembolsaría el dinero pagado.
      Mientras permanecía sentado aquel día, su boca «desmaldecía» y «desbebía» y sus ojos «desleían», sabiendo que los coches nuevos estaban siendo reembarcados con destino a Detroit y desmontados, que los cadáveres despertaban de sus camas mortales y que todos en el mundo obraban hacia atrás sin saberlo.
      Quiso soltar una risa, pero no pudo dar la orden a su boca.
      «Desfumó» dos paquetes y medio de cigarrillos.
      Luego le sobrevino otra jaqueca y se fue a la cama. Más tarde, el sol se puso por el oriente.
      El alado carro del tiempo desfiló raudo ante él mientras abría la puerta y decía «adiós» a los que le habían dado el pésame y estos le recomendaban que se resignara, que no pensara demasiado en la pérdida.
      Y lloró sin lágrimas al darse cuenta de lo que iba a suceder.
      Pese a su locura, sufría.
      …Sufría, mientras las horas circulaban hacia atrás.
      …Inexorablemente hacia atrás.
      …Inexorablemente, hasta que supo que tenía el tiempo al alcance de la mano.
      Rechinó los dientes mentalmente.
      Grande era su pena, su odio, su amor.
      Llevaba su traje negro y «desbebía» copa tras copa, mientras en alguna parte los hombres recobraban las partículas de arcilla, formando montones en sus palas para «desexcavar» la tumba.
      Hizo retroceder su coche hasta la funeraria. lo estacionó, subió en la limosina.
      Todos regresaron caminando de espaldas hasta el cementerio.
      Se plantó entre sus amigos y escuchó al sacerdote.
      —polvo al polvo; cenizas a las Cenizas —dijo el hombre, cosa que suena igual tanto si se dice al derecho como al revés.
      El ataúd fue devuelto al coche fúnebre y éste regresó a la funeraria, donde el féretro quedó reinstalado en la capilla ardiente.
      Permaneció sentado durante todo el servicio de difuntos y volvió a casa y se «desafeitó» y se «descepilló» los dientes y se fue a la cama.
      Despertó y volvió a vestirse de negro y regresó a la funeraria.
      Las flores habían vuelto todas a su lugar.
      Los amigos, con rostro solemne, «desfirmaron» los pliegos de firmas de condolencia y le «desestrecharon» la mano. Luego entraron para sentarse un momento y mirar el ataúd cerrado. Después se fueron, hasta que se quedó solo con el maestro de ceremonias de la funeraria.
      Luego estaba más solo todavía.
      Las lágrimas le subían por las mejillas.
      Su traje y su camisa volvían a estar planchados y crujientes.
      Retrocedió hasta su casa, se desnudó, se despeinó. Luego el día se desplomó alrededor de él hasta dar con la mañana y regresó a la cama a «desdormir» otra noche.
      La tarde anterior, cuando despertó, se dio cuenta de hacia dónde se encaminaba. Ejercitó toda su fuerza de voluntad en un intento de interrumpir la secuencia de acontecimientos.
      Fracasó.
      Deseaba morir. Si se hubiera suicidado aquel día no estaría ahora retrocediendo hacia aquello.
      Había lágrimas en su mente al percibir el pasado que yacía a menos de veinticuatro horas ante él.
      El pasado lo estuvo acechando durante todo el día mientras «descompraba» el féretro, el nicho y los accesorios.
      Luego se encaminó a casa y a la mayor resaca de todas las conocidas y durmió hasta que se despertó y «desbebió» vaso tras vaso y luego regresó al depósito de cadáveres y retrocedió en el tiempo hasta colgar el teléfono en aquella llamada, aquella llamada que había venido a romper…
      …El silencio de su cólera con su sonido.
      Ella estaba muerta.
      Ella yacía en alguna parte, entre los fragmentos de su coche, accidentado en plena autopista 90.
      Mientras paseaba, «desfumando», sabía que ella estaba desangrándose.
      …Luego muriendo, después de estrellarse cuando viajaba a 130 kilómetros por hora.
      …¿Vivía entonces?
      ¿Se rehizo luego, junto con el coche, y recuperó la vida, se levantó? ¿Estaba ahora volviendo a casa a una tremenda velocidad y en marcha atrás para dar un portazo y abrir la puerta antes de su discusión final? ¿Para «desgritarle» a él y verse «desgritada»?
      Lanzó un alarido mental. Se retorció las manos imaginativamente.
      No podía detenerse en este punto. No. Ahora no.
      Toda su pena y todo su amor y el odio por sí mismo le habían hecho retroceder hasta tan lejos, hasta casi el momento…
      No podía terminar ahora.
      Al cabo de un rato ingresó en la sala de estar, las piernas marcando los pasos, los labios maldiciendo, él mismo esperando.
      La puerta se abrió de «un portazo».
      Ella le miraba con fijeza, el maquillaje estropeado, las lágrimas en las mejillas.
      —!infierno al vete Entonces¡ —dijo él.
      —!marcho Me¡ —anunció ella.
      Ella, retrocediendo, cerró la puerta.
      Colgó su abrigo con prisa en el ropero del recibidor.
      —…mí de eso opinas Si —dijo él, encogiéndose de hombros.
      —!ti por preocupas te sólo Tú¡ —gritó ella.
      —!criatura una como comportas Te¡ —saltó él.
      —!sientes lo que decir podrías menos Al¡
      Los ojos de ella llamearon como esmeraldas en medio de la estática rosada y volvió a estar adorablemente viva. Mentalmente, él estaba bailando.
      Se produjo un cambio.
      —¡Al menos podrías decir lo que sientes!
      —Lo siento —dijo él, tomándole la mano con fuerza para que no pudiese soltarse—. Nunca podrás imaginarte cuánto lo siento.
      —Ven aquí —dijo después.
      Y ella obedeció.

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