viernes, 29 de octubre de 2010

DE HÉCTOR DE MAULEÓN en homenaje a Alí Chumacero, su Corriente secreta de la edición de mañana 30 de oct en LABERINTO 385

Mientras te alistas a la lectura de este texto de Mauleón que más que un reconocimiento es un relato anecdótico e ilustrativo acerca de Alí Chumacero: ¿qué hay detrás del rostro?;
te dejo memorizando la portada de El derrumbe de los ídolos, hoy lo adquirí en FCE Bella época.





Corriente secreta
Alí

Héctor de Mauleón

Cada miércoles, al terminar las sesiones de trabajo en el Centro Mexicano de Escritores, Alí Chumacero y Carlos Montemayor arrastraban a sus becarios hacia un viejo restaurante de la colonia Condesa, El Tío Luis. Los aspirantes a escritores de ese tiempo solíamos decir que el verdadero taller literario comenzaba en ese sitio. Entre platos de chistorra y ráfagas de vino, de tequila, de whisky, Alí Chumacero hacía desfilar la vida ante nuestros ojos. En la mesa iban apareciendo libros, autores, anécdotas, personajes. Uno no podía sino pensar en lo impresionante que era la emoción que este poeta sentía por el mundo. Sus palabras, sus recuerdos, sus chistes, sus carcajadas, estallaban como un espectáculo de fuegos artificiales. No había otra forma de salir de El Tío Luis más que sintiéndose reconciliado con el mundo.
Una vez tuve miedo de que todo eso se perdiera para siempre, y comencé a grabarlo. Lo grabé todos los miércoles, durante tres o cuatro meses. Cuando la cosa se ponía picante, ordenaba: “Si quieres que te cuente, apaga esa chingadera”. La mayor parte de las veces, sin embargo, hablaba con libertad.

Decía cosas como ésta:
“Una noche fui a una reunión en la casa de Asúnsolo, el escultor. Por ahí andaba el viejito Enrique González Martínez y me dijo: ‘Acostumbro leer los poemas de los jóvenes, y me gustan más mientras menos se parecen a los míos’. Puedo decir que a lo largo de mi obra me empeñé en darle gusto”.

O como ésta:
“Los estridentistas carecían de talento. Rompieron con la línea, imitando a Marinetti, pero tenían gran pobreza. Germán Liszt vociferaba todo el día, pero era un mal poeta. Maples Arce tenía alguna calidad… pero no mucha. Años más tarde el Fondo de Cultura Económica publicó una antología suya. Maples la hizo, la corrigió, la entregó. Pero no pudo verla en letras de molde porque se murió. Yo creo que la leyó y se murió”.

O como ésta:
“De los poetas mexicanos sólo me interesó Paz. Díaz Mirón, en un momento. Othón, en un poema. Urbina, Nervo, González Martínez y Alfonso Reyes, nada”.
Los miércoles de El Tío Luis constituyeron un curso intensivo por el que pasaba entero el siglo XX. Alí nos entregaba su versión sobre la vida literaria, sobre el mundo cultural, sobre un largo instante de la vida de México. A cada charla nos entregaba un retrato inédito: Alfonso Reyes, Salvador Novo, Gilberto Owen, Carlos Pellicer, Jorge González Durán, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Joaquín Díez-Canedo, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola…

En una de las últimas reuniones, nos dijo: “Todos me hacen la vida imposible con el cuento de que he dejado de escribir. Lo natural, después de la palabra, es el silencio. Y además, yo sólo he dejado de publicar, no de escribir. Sigo escribiendo, escribo todas las mañanas, seguiré escribiendo hasta que me muera, aunque sospecho que la muerte no va a robarme ni uno sólo de los segundos que tengo de vida”.

Hoy ya no existe El Tío Luis. El Centro Mexicano de Escritores dejó de sesionar. Montemayor y Alí se fueron el mismo año. Los poemas de este último se parecen a aquellas tardes: de pronto, en una línea, hacen estallar la emoción.

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