viernes, 29 de octubre de 2010

PEPE GORDON: EL (su) CUADERNO VERDE en Reforma: VESTIGIOS




EL CUADERNO VERDE

Vestigios

José Gordon
12 Nov. 10


Uno piensa que los vestigios se remontan a tiempos ancestrales. Cuando nos llega la luz de las estrellas observamos de manera diferida lo que pasó hace millones de años. Actualmente, los físicos nos dicen que aquí y allá se asoman las huellas del Big Bang, la gran explosión (el gran pum, le llamaba Jorge Hernández Campos), que sucedió hace 13 mil quinientos millones de años.

De hecho, el Premio Nobel de Física George Smoot me comentaba que cuando escuchamos la radio en las noches, en el hueco que hay entre una estación y otra, a veces captamos la estática producida por un refrigerador o un aparato eléctrico, pero que aquí y allá, de pronto nos llegan sonidos que provienen del Big Bang. El origen nos alcanza de manera inesperada. Estamos escuchando la energía que se convirtió en el polvo de estrellas del que finalmente están hechos nuestros cuerpos.



Los vestigios pueden estar más cerca de lo que imaginamos. La luz del sol tarda ocho minutos en llegar a la Tierra, Cuando vemos el sol, vemos el pasado. ¿Y si los vestigios estuvieran aún más cerca? Cuando veo tu rostro, ¿también por unos instantes estoy viendo lo que ya pasó? Al compartir esta sensación en Facebook, Ana Cecilia Núñez me comentó con agudeza: "Esta que soy, ya no soy". La percepción es de vértigo.

En el poema Piedra de Sol, Octavio Paz escribe: "Se despeñó el instante en otro y otro". Este es el tema central de los versos del libro Vestigios, de Sandra Lorenzano (Pre-textos, poesía, 2010). El instante se fuga en el mismo momento en que se enciende. Ya es pasado. Por eso el epígrafe del poeta José Angel Valente dice: "No estoy. No estás/ No estamos. No estuvimos nunca/ aquí donde pasar/ del otro lado de la muerte/ tan leve parecía".

El libro de Sandra es una minuciosa exploración de las ausencias, un registro que explora el tiempo y el mundo al filo de la percepción. Entonces descubre que "la tela (del mundo) está rasgada -apenas- y al otro lado (está) el vacío". Hay una palabra en sánscrito que define con precisión esta experiencia en la que todo se borra en el mismo instante en que lo vemos. Se trata de maya, que se suele traducir como ilusión, pero que significa "aquello que no es". Escribe Sandra: "Algo pasa tras el aire denso. Una nada. Un instante que podría haber sido cualquier otro". Se desvanece con dolor todo lo que ha desfilado en la conciencia: los ríos de la memoria de la infancia, el olor de la madera enmohecida, el calor y los sueños pejagosos.

Este destierro tiene una ausencia fundamental. Crípticamente, Sandra nos habla de ella, parafrasea a T.S. Eliot en Tierra baldía, pero en vez de julio, nos dice que agosto es el mes más cruel, se trata de una pérdida que la deja sin palabras, con el rezo del kaddish del duelo por la madre.

La elegía por lo irrecuperable, por los naufragios, no se limita a los años: el instante mismo se licúa. Sandra tiene la tentación de decirnos que nuestra vida pasada es el sol de lo que sucedió hace ocho minutos o es el abismo del presente mismo que ya es ceniza. Sin embargo, justamente en esta tensión, en este vértigo del instante, la poeta rasga el velo del mundo y del tiempo y se adentra en un silencio que sostiene todo lo que existe. Palpa su ritmo, escucha los murmullos de una música invisible que flota en medio de los vestigios.

Las membranas más delicadas del oído y la vista se rasgan y aprecia un gran misterio: "Se seca la hierba y queda la palabra aún prendida al aire. Enjambre de sonidos en busca de las alas quemadas por el polvo". En medio de los vestigios surge el canto poético, recuperamos la memoria del lenguaje, de los sonidos primigenios que sostienen la precariedad del mundo. Como si nos asomáramos al Big Bang, podemos atisbar que, como escribe Sandra, hay destellos de luz que ocupan el silencio. El origen del tiempo y el espacio está en la misma orilla del cuerpo del otro, al que abrazamos como una plegaria. En medio del derrumbe, los vestigios del origen nos alcanzan.


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EL (SU) CUADERNO VERDE
de esta quincena:



Las marimbas del infierno
José Gordon
29 Oct. 10

¿Cómo se combina el estruendo del sonido de la música heavy metal con el de las dulces maderas de una marimba? La historia de esta fusión aparentemente imposible es narrada en un falso documental, la película Las marimbas del infierno, ganadora del octavo Festival Internacional de Cine de Morelia, en la categoría de mejor largometraje.

El director de la cinta, Julio Hernández Cordón, plantea que una de las imágenes disparadoras de esta propuesta fue una noticia que leyó sobre Roberto González, "el Blacko", líder de un viejo y legendario grupo del underground guatemalteco: Los Guerreros del Metal. La nota decía que Blacko era evangélico y que había fundado una iglesia para jóvenes metaleros o rockeros. Vestidos con camisas negras se reunían en un local en donde el púlpito era una guitarra eléctrica de madera.

Blacko, a sus 56 años, es un hombre barbado de cabellera larga, que mantiene una actitud desafiante y ruda. Julio Hernández sabía que era un personaje de película pero no se atrevía a abordarlo. Además de ser músico, Blacko también estudió medicina, pero no pudo ejercer esa profesión ya que lo inhabilitaron por usar tatuajes. Hernández lo conocía de vista. En una ocasión lo siguió hasta su casa pero no se atrevió a tocar la puerta. Pasó un año hasta que por fin le propuso que fuera protagonista de una película.

Por otra parte, un personaje completamente distinto también atrapaba la atención de Julio Hernández. Estamos hablando de Alfonso Tunche, un músico que toca la marimba, el instrumento nacional de Guatemala que para efectos prácticos es una reliquia. Nadie contrata ya sus servicios. Patéticamente arrastra su marimba por las calles. Los jóvenes no se interesan en su música. Sin embargo, persiste en el empeño de conservar la marimba. En este sentido Blacko y don Alfonso, a pesar de vivir mundos y respiraciones tan distintas, comparten una actitud vital. Dice Hernández: "En cierta forma, ambos son rockstars, pues viven haciendo lo que aman, a pesar de que eso no los hace ricos".

El tercer personaje que entra en juego es un muchacho llamado "el Chiquilín", que pertenece a la cultura de los maras, las violentas pandillas centroamericanas identificables por sus tatuajes. Así empiezan las más extrañas fusiones que se dan precisamente en la marginalidad. Julio Hernández mezcla los problemas cotidianos que viven sus protagonistas (algunos reales, otros inventados). Cuando Blacko y don Alfonso se encuentran surge la idea de hacer una banda heavy metal en donde jueguen también los sonidos de la marimba. Los primeros ensayos son sorprendentes por decir lo menos. Se crea el grupo Las Marimbas del Infierno. Los dos músicos de capa caída, y de culturas tan distintas, saben bien cuándo alguien conoce su oficio, independientemente de sus filias y fobias. ¿Logrará esta fusión salvarlos?

El gran acierto de Julio Hernández es la conjunción de personajes memorables que encierran detrás de sus miradas una explosividad quijotesca y trágica. En ello sigue las grandes lecciones del cine neorrealista italiano. Con pocos recursos se pueden contar grandes historias. De hecho, la falta de experiencia de sus actores la convierte en una ventaja. Uno de los momentos más divertidos de esta película se da cuando "el Chiquilín" -como si fuera un representante artístico- está tratando de conseguir al grupo una presentación en un programa de radio en el que se dan cita, para tocar en vivo, varios conjuntos de marimbas. "El Chiquilín" presume que su marimba es heavy metal. Hernández no le dice al Chiquilín lo que entonces le va a preguntar otro actor: "¿Qué tipo de heavy metal tocan? ¿Thrash metal? ¿Metal progresivo? ¿Metal gótico? ¿Funk metal?".

Abrumado y desconcertado, "el Chiquilín" improvisa y alcanza a responder: "Heavy metal en general".

Un falso documental se vuelve así un retrato de las historias inverosímiles pero reales que se expresan con fiera intensidad en mundos marginales que, sin embargo, conservan esquirlas de belleza y creatividad.


pepegordon@gmail.com









EL CUADERNO VERDE
Buceo y literatura
José Gordon
15 Oct. 10

Una de las experiencias que nos permiten atisbar lo que se encuentra más allá de la burbuja de la percepción humana es el buceo. El sonido sordo del agua nos aísla de nuestro mundo habitual y flotamos en medio de paisajes que parecen de otro planeta. Estamos frente a lo "no humano" con toda su belleza y misterio.

Este es un tema que siempre ha inquietado a Sabina Berman. En varias ocasiones me comentaba su deseo de escribir una novela que pudiera narrar el mundo de manera directa y sin fantasías, sin el filtro de nuestros pensamientos que reducen a la existencia al tamaño de nuestros prejuicios. Para ello hay que abrirse a otro tipo de pensamiento, el que aparece en la misma naturaleza. En los espacios silenciosos podemos escuchar lo que nos rodea con todo el cuerpo, con todos los sentidos, sin la interferencia de nuestros conceptos.

En la novela más reciente de Sabina, La mujer que buceó en el corazón del mundo (Ediciones Destino, Barcelona, 2010), nos internamos en esta percepción: vemos a una joven que se sumerge en el mar azul turquesa de Mazatlán. Desciende lentamente en aguas más oscuras (azul marinas) en donde se mueven medusas transparentes que se ven luminosas. Sonríe al ver a un pez ángel, de labios blancos que tiene forma de plato, cubierto de una cuadrícula verde y rosa. Disfruta al ver a un pez piedra "que parece una piedra roja, pero de pronto da un salto en cámara lenta por el agua, y cae y se queda quieto como una piedra roja en el moho rojo de una piedra grande".

En esa felicidad, es difícil sospechar que la inteligencia general de esta mujer es la de una niña de dos años. Las pruebas médicas dicen que se trata de una autista que difícilmente podrá hacer algo en la vida. Sin embargo, eso no ocurre así. Aprende a leer y escribir, cursa una carrera universitaria y se convierte en una gran empresaria que tiene ideas brillantes, fuera de lo común. La clave: una tía amorosa que al analizar el diagnóstico de los especialistas le dice: "Olvidaremos el 90 por ciento de tus incapacidades y apostaremos al 10 ciento de tus talentos geniales".

Sabina Berman subraya así, que no hay que tratar de "domesticar" a los autistas: "Si se pasan ocho horas tocando el piano, ¡es un regalo! No hay que 'normalizarlos'".

El personaje central de Berman sabe que no es como los humanos standard pero que, sin embargo, tiene tres grandes virtudes que muchos de nosotros envidiaríamos. Las formula así: "1.- No sé mentir. 2.- No me duelen cosas ni me preocupan cosas que no existen. 3.- Sé que sólo sé lo que sé, y lo que no sé, que es muchísimo más, estoy segura que no lo sé".

Berman nos plantea que lo fascinante es existir. En contraposición a Descartes que dice "Pienso, luego existo", la novelista y su personaje afirman con humor que primero existen y luego (a veces) piensan. Se entregan con deleite a pensar con los sentidos, como a veces nos sucede ante el mar, en donde nos salimos de la burbuja humana y aprendemos a "pensar con las aletas de una barracuda que asciende en diagonal dejando tras de sí una estela de burbujas".

La novela de Berman recién publicada en España, es considerada por la novelista Ana María Matute como un relato inolvidable sobre la libertad y el derecho a la diferencia. Circulará en 30 países, entre ellos, Inglaterra, Francia, Italia, Estados Unidos, Alemania, Holanda, Suecia, Israel, China y Japón. Sorprende que todavía no hay edición mexicana. Por el momento uno tiene que mandarla a pedir a España.

La mirada limpia de una mujer que ve al mundo sin adjetivos, desnuda nuestros enredos y contradicciones, nuestra indiferencia y crueldad ante lo humano y lo "no humano". La narración de Sabina es una obra maestra, llena de humor y compasión, que bucea en una inteligencia y una belleza conmovedoras. Berman nos recuerda que el verdadero autismo es que los niños se críen sin ningún afecto y que el auténtico milagro es, simplemente, lo que ya existe porque sí.

pepegordon@gmail.com

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