jueves, 21 de octubre de 2010

DE JORGE F HERNÁNDEZ, amigo, "Entre Wakefield y Bartleby", UN TEXTO COMPROMETIDO DE CONSECUENCIAS EXTRAORDINARIAS. Acércate:


Entre Wakefield y Bartleby

MILENIO. Cultura

Agua de azar
Jorge F. Hernández



Wakefield es el extraordinario cuento escrito por Nathaniel Hawthorne (publicado, dos veces, en vida del autor: una en revista y la otra dentro de un libro de cuentos) donde se narra la fantástica aventura enigmática de un hombre que se ausenta de su hogar durante veinte años, habitando una casa en la calle aledaña a su hogar para contemplación de su propio vacío. Hawthorne tira de todas las hebras posibles para imaginar los motivos de la evasión, el transcurso del tiempo, los cambios que hacen de su mujer una viuda sin explicaciones y también escribe las conjeturas y acomodos a los que se somete el Sr. Wakefield: que si compra una peluca rojiza para salir a la calle, que si se acerca a su antiguo hogar e incluso llega a toparse de frente con su mujer una sola vez a lo largo de esas dos décadas de ausencia. Pero el relato no se aventura en explicar la espera de la Sra. Wakefield ni sus angustias. Hawthorne no narra la vorágine de resignaciones y corajes que pudiesen haber inundado el antiguo hogar del desaparecido y termina con la escena en que Wakefield vuelve a su hogar, abre la puerta y sostiene la misma idéntica sonrisa con la que se había despedido de su mujer veinte años atrás, aunque ahora la sonrisa va dirigida al lector. En perfecta traducción de Borges, Wakefield termina con la siguiente explicación: “En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el individuo que se desvía un solo momento corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el paria del Universo”.

Se sabe que Nathaniel Hawthorne sostuvo una estrecha amistad con Herman Melville, nutrida y fermentada por una jugosa correspondencia, largos paseos y sobremesas, más una fructífera correlación de afinidades. En una carta firmada el 13 de agosto de 1852, Melville le escribe a Hawthorne la historia intrigante de Agatha Hatch Robertson, “pues se me ocurre que esto fluye por una vena que te es peculiarmente familiar. Para decirlo abiertamente, creo que tendrías mejor mano para este asunto que yo. Además, el tema parece gravitar naturalmente hacia ti…”. La historia referida de la tal Agatha era nada menos que la noticia de una mujer que había esperado en absoluta resignación y silencio la repentina desaparición de su marido durante diecisiete años. Melville agregaba en su carta a Hawthorne que lo sentía más que capacitado para “construir una historia de notable interés con este material” y en sucesivas misivas le sugería el guión y otros pormenores para la confección de tal historia. Ante el desinterés de Hawthorne, hacia diciembre del mismo año, Melville resolvió escribir él mismo sobre el tema de Agatha Hatch Robertson y su ardiente impaciencia, mas nunca lo publicó y no se tiene noticia alguna sobre un posible manuscrito donde Melville haya intentado su propia versión de Wakefield.

Ahora bien, aunque la anécdota ha sido referida como una posible explicación al origen del cuento Wakefield, la carta de Melville y sus sugerencias son posteriores a las fechas en que Hawthorne ya había publicado su cuento. Mi confusión se debe quizá a que celebro como el que más las muchas historias por las que sabemos que algunos novelistas comparten sus tramas y se dejan leer, la humildad que ejercen al intercambiar nociones y direcciones con otros escritores, sabiendo que el medio entre plumas ha sido de siempre un baldío de rencores y secretos a medias. También me confundo porque, bien visto y leído, Wakefield es —de retro— un antecedente de Bartleby, el genial relato de Melville (que escribe luego de no haber escrito su versión de Wakefield) donde un oficinista, “paria del Universo”, pone en evidencia el absoluto sinsentido de la burocracia, del mundo, de todas las cosas y de todos los tiempos con tan sólo contestar ante cualquier solicitud, encargo o sugerencia: “Preferiría no hacerlo”.

La magistral historia de Wakefield, de Nathaniel Hawthorne, ha suscitado varios párrafos de honda reflexión en Borges y no pocas horas de desvelos para muchos lectores. De sus entrañas se desprende el poema “Mrs. Wakefield”, de Susan Howe, o la novela La mujer de Wakefield, de Eduardo Berti (Tusquets, 1999) y muchos desprendimientos más. Bioy Casares consignó en sus memorias a los cuatro o cinco “Wakefields” que llegó a conocer en persona o de los que tuvo noticia fehaciente: hombres que de pronto se desaparecieron del mundo. Incluso, el enredo amistoso y artístico entre Melville y Hawthorne nos podría llevar a un largo ensayo sobre el compartimiento o espejo de sus personajes, el entrelazamiento de las tramas de sus obras y andanzas de sus propias biografías, pero quizá la confusión en la que caí en esa agua pasada, al citar a Wakefield como personaje de Melville (como pude haber citado a Bartleby como creación de Hawthorne) se deba a que hay días en que uno se siente un auténtico paria del Universo, ajeno a todos los ruidos y ritmos del mundo, desterrado incluso del hogar propio y alejado de los suyos o bien, habitante de prolongadas madrugadas pobladas por silencios aplastantes donde uno sólo quisiera responder que “preferiría no hacerlo” ante cualquier demanda, invitación o encargo.

Pero no tanto: aunque parece que hay noches que justifican toda la desidia y el desencanto, aquí estoy, una vez más, escribiendo por azar más letras en el agua. Aprovecho entonces para anunciar un compromiso: he iniciado un libro que pretende reunir ensayos sobre Wakefields, personas y personajes que se desaparecen de pronto y sin aviso en medio de las páginas de sus biografías y reaparecen, o bien desaparecen para siempre, dejando en manos de sus conocidos y lectores la posible explicación de su neblina. El libro aborda la aventura o desventura de Rosencrantz y Guilderstern, personajes del Hamlet de Shakespeare que parecen esfumarse entre los diálogos de la obra; el burro de Sancho Panza que parece ser robado o perdido en un capítulo de la inmensa novela para de pronto reaparecer sin que Cervantes tuviese que justificar la posible errata o revelar la pócima de esa magia con la que también desaparece el primer narrador de Madame Bovary o el intrigante Sr. Fleetcraft, que pasa como ánima en pena en las primeras páginas de El halcón maltés, de Dashiell Hammet: ese hombre al que le pasa rozando el cráneo una viga que cae de una construcción y, habiendo salvado su vida por un milagro inesperado, decide allí mismo forjarse un destino igual de inesperado al cambiar el rumbo de sus pasos, evitar llegar a casa y a la vida de siempre… y desaparece para siempre. En el libro intentaré entender esos y otros Wakefields, quizá con la intención de pulir un espejo y justificar no pocos párrafos, insomnios, paseos o viajes al otro lado del mundo donde lo único que he procurado es volverme invisible.

jfhdz@yahoo.com



Nota en inglés:
During August of 1849 an explosive friendship began between Nathaniel Hawthorne and Herman Melville. Although it only lasted a year and a half, it was during this time that Melville wrote one of the few American, true masterpieces which he dedicated to Hawthorne with "In token of my admiration for his genius." Hawthorne was at the height of his literary success, having just published The Scarlet Letter and then The House of the Seven Gables. He was thrilled by the renegade maverick who had sailed the seven seas and come back again to the summer mountains of western Massachusetts. They visited each other often. Only a few months after it began, their friendship and their separate lives took dangerous turns for the worse. Melville published his genius Moby-Dick to little notice except out and out derision in the press, an event that he never was able to understand. Hawthorne, afraid of the dark door he had opened in The Scarlet Letter, retreated into idyllic fairy tales that sold well but showed little of his inner life or dire, emotional struggles. Incredibly, after the disaster of Moby-Dick, Melville went to work for twenty years as an ordinary custom's inspector in downtown New York. For twenty years he published nothing but poems and then simply nothing. His son committed suicide and he began his terminal relationship with alcohol. Hawthorne took a patrician's job as consul to Liverpool, cutting himself off physically and mentally from the "blue room" he had entered in New England with Melville. He died a relatively young man that even he described as "another pallid phantom gliding noiselessly up and down the stairs"

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