martes, 29 de julio de 2014

JOSÉ MARIA VELASCO, CITLALTÉPETL, 1897

29 de Julio 2014

Velasco no pintó ocasional ni incidentalmente esa visión panorámica –solía acampar en el sitio antes y durante el estudio dibujado de sus paisajes y, de hecho, hay algunos cuadros que retratan, como si fuesen paisajes en miniatura, su silla plegable, su caja de colores, su sombrilla campestre. Ese espacio físico, mental y pictórico fue muchas veces asediado por el cuerpo y la mente del artista nacido en el pueblo de Temascalcingo y fallecido en Villa de Guadalupe Hidalgo de la ciudad de México.

Sus numerosas construcciones plásticas están preparadas por un sinnúmero de dibujos, esbozos, diagramas y proyectos, pero todas giran en torno a una cierta idea fija, gravitan alrededor de un concepto artístico que será trabajado y pulido una y otra vez por el pintor a lo largo de muchos años y de una serie de apuntes –que toma de la tierra como quien le toma el pulso– realizados por el pintor en vivo, a la intemperie y bajo el firmamento luminoso de los cielos de México. El arte, la técnica del paisaje los aprendió Velasco de sus maestros, en particular del italiano Eugenio Landesio, quien a su vez fue discípulo del paisajista húngaro Károly Markó (1791-1860),2 en quien la pintura de paisajes alcanzó una excelencia raramente vista antes. Además de pintor, Landesio fue maestro de perspectiva y, buen italiano, hombre ingenioso y práctico. A poco de llegar a México, hizo publicar en dos tomos un libro al que tituló Cimientos del artista, dibujante y pintor / Compendio de perspectiva lineal y aérea, sombras, espejos y refracción, con las nociones necesarias de geometría. El libro estaba ilustrado y en su segundo tomo aparecen veintiocho láminas explicativas puestas en litografía por sus discípulos Luis Coto, José María Velasco y Gregorio Dumaine.

Velasco, desde luego, “traía lo suyo”, como dice la voz coloquial: ya desde niño sus maestras y profesoras se quejaban de que al niño solo le interesara pintar y dibujar. En la Academia de San Carlos destacó muy pronto como ayudante y discípulo del italiano cuya obra didáctica de dibujo y perspectiva ayudó a ilustrar. Además, hizo en la Escuela de Medicina estudios sobre la flora y la fauna nativas de México.

Con reveladora perseverancia, dedicó más de trece años a la investigación del axólotl o ajolote, estudió además el fruto conocido como “pitahaya” por sus previsibles beneficios a la industria. Se puede desprender de su obra que hizo estudios de ingeniería, urbanismo y aun geología, como dejan ver los títulos de algunos de sus cuadros: “Pórfido del cerro de los Gachupines”, “Pórfidos del Tepeyac” (pórfido: palabra-contraseña entre los geólogos).

Esta formación tan solvente, así como los consejos de sus maestros y compañeros, lo fue encauzando hacia la realización de ese vasto designio artístico que cristaliza en esos lienzos, cuadros, paisajes cuyo común denominador es el Valle de México. Entre tanto y a lo largo de los años, la mirada del artista se enriquece con el oficio del ojo científico, pues Velasco colaboraría con numerosos dibujos e ilustraciones para la revista mexicana Naturaleza, fundada por uno de sus maestros, Manuel Villada.

No es raro que Octavio Paz aluda al artista como a una suerte de anfibio (axólotl) entre la ciencia y el arte.


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