viernes, 12 de septiembre de 2014

DISPARA A TODO LO QUE SE MUEVA

12 de Septiembre 2014


Cuarenta años después de la guerra norteamericana en Vietnam, el periodista Nick Turse recorre el país para obtener testimonios y evidencia de lo que en realidad ocurrió. Para el autor, la guerra de Vietnam fue mucho más que la derrota de una superpotencia por parte de una nación campesina. Para él fue la puesta en operación de tácticas y armamento cuyo uso generalizado solo llegaría décadas después, como el uso de drones o matanzas sistemáticas.

Nick Turse relata su viaje por el país mientras revela los testimonios de primera mano de una de las guerras más representativas del siglo pasado, para mostrar las atrocidades y los falsos discursos una superpotencia que convertía los campos vietnamitas en zonas de exterminio.

Dispara a todo lo que se mueva. La verdadera guerra norteamericana en Vietnam será publicado por Editorial Sexto Piso, por mientras te dejamos un fragmento de su libro con algunas fotos de su investigación.


Un tanque lanzallamas del Cuerpo de Marines de los Estados unidos abre fuego contra un poblado en el distrito de Binh Son, provincia de Quang Ngai. Los pueblos eran incendiados con frecuencia para conducir a los civiles fuera de las áreas en las que las fuerzas revolucionarias vietnamitas contaban con apoyo popular.

CAPACIDAD DE DESTRUCCIÓN ABRUMADORA 

Watchmen, la serie distópica de cómics de la década de 1980, ofrecía una historia alternativa de los años de Vietnam en la que los Estados unidos salían victoriosos merced a un superhéroe azul con poder nuclear, semidivino, llamado Doctor Manhattan. Su capacidad destructiva y su casi omnipotencia intimidaba a los vietnamitas incitándolos prácticamente a la sumisión. Simplemente, no había nada capaz de resistir su poder abrumador y a los tres meses de su llegada el conflicto había terminado.

Pero en el mundo real Estados unidos ya tenía en su poder un inacabable arsenal de superarmas. En efecto, para un campesino descalzo del Vietnam rural, la carga de una bomba de veinte mil kilogramos lanzada por un bombardero gigante Stratofortress b-52 —silencioso e invisible para los que estaban en tierra— debe de haber supuesto algo muy parecido al Doctor Manhattan. Las fuerzas norteamericanas llegaban resplandecientes en bombarderos y helicópteros de combate. Sacudían la tierra con obuses y morteros. En un país de peatones y bicicletas, barrían el paisaje con tanques pesados, tanques ligeros y tanques lanzallamas. Tenían vehículos blindados para las carreteras y los campos, barcos rápidos para los ríos, y acorazados y portaviones para el mar. Los norteamericanos soltaron millones de litros de defoliantes químicos, millones de kilos de gases químicos, e infinitas bombas de napalm; bombas racimo, proyectiles de gran poder explosivo, y bombas rasantes cortamargaritas que arrasaban todo en un diámetro equivAlente a diez campos de fútbol; cohetes antipersona, cohetes explosivos de gran potencia, cohetes incendiarios, granadas por millones, y una miríada de diferentes tipos de minas. Sus armas avanzadas incluían rifles m-16, ametralladoras m-60, lanzagranadas m-79, e incluso tecnologías futuristas que sólo más tarde llegarían a ser de uso general, como los sensores electrónicos y los drones o aviones no tripulados. En otras palabras, en Vietnam los militares norteamericanos amasaron un arsenal como jamás se había visto anteriormente. Cuando se enfrentaban a guerrilleros armados con rifles viejos y granadas de fabricación casera hechas con latas de soda —o a las tropas norvietnamitas con rifles de asalto ak-47 y lanzacohetes— los Estados unidos tenían a su disposición más capacidad de matar, más fuerza destructiva y tecnología avanzada de la que cualquier ejército había tenido nunca en la historia de la humanidad.

En particular, muchas de las armas que los norteamericanos llevaron a Vietnam fueron específicamente concebidas para mutilar e incapacitar a las personas, siguiendo la teoría de que las personas horriblemente mutiladas minan la moral del enemigo aún más que la matanza directa.3 un oficial de municiones del Ejército describía más tarde la historia de estos proyectos:

A principios de la década de 1950, el Departamento del Ejército se embarcó en un programa para desarrollar municiones especiales antipersona para una variedad de sistemas de armas. Estas municiones se caracterizaban por una filosofía de diseño que buscaba la distribución efectiva de los fragmentos eficaces más pequeños. La definición de eficacia se basaba en un considerable programa de balística de heridos y pretendía desarrollar el potencial letal de pequeños fragmentos a alta velocidad.

En el período inmediatamente anterior a la guerra de Vietnam, el Ejército desarrolló nuevas municiones de fragmentación; la Armada modernizó sus grandes explosivos lanzados por aviones; y la Fuerza Aérea trabajó para encontrar y mejorar las maneras de utilizar las armas antipersonas. Estos programas 98 llevaron a una nueva era de matanza científica, centrada en liberar pequeños fragmentos —bolitas de acero y diminutas cuchillas muy afiladas— que causan un daño terrible en el cuerpo humano. Eliminar esos fragmentos podía poner a prueba la habilidad incluso de los mejores cirujanos en hospitales bien equipados, por no decir nada de las prioridades de los médicos atendiendo a víctimas de guerra en ciénagas, junglas o túneles estrechos bajo tierra.


Pham Thi Cuc (arriba) fue herida cuando trataba de llevar a su hijo a un refugio durante una matanza americana en 1966 en el poblado de My Luoc, provincia de Quang Nam.

Durante más de una década, Vietnam del Sur se convirtió en terreno de prueba para esas tecnologías militares avanzadas. El general Maxwell Taylor, gestor clave de la guerra durante los años de formación del conflicto, que fue consejero militar presidencial de 1961 a 1962, presidente del Estado Mayor Conjunto de 1962 a 1964, embajador de Estados unidos en Vietnam de 1964 a 1965 y asesor presidencial sobre la guerra de 1965 a 1968, fue uno de los muchos que hablaron de la importancia de la zona como «laboratorio» para nuevas ideas y equipamientos. El general William Westmoreland, el comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses en Vietnam de 1964 a 1968, también se refirió al país como laboratorio de armamento. Su biografía dedica varias páginas a una lista de las innovaciones militares que surgieron de Vietnam, como los aviones de transporte acondicionados para uso militar —un tipo de avión conocido como «Spooky» [«escalofriante»]— que podían escupir miles de proyectiles por minuto.

Que semejante potencia militar no pudiera superar a unos guerrilleros pobremente armados en un país agrario parecía inconcebible. Aunque el conflicto se fuera prolongando, año tras año, los gestores de la guerra en el Pentágono nunca abandonaron su convicción de que las proezas tecnológicas norteamericanas les proporcionarían la victoria. una invasión a gran escala de Vietnam del Norte era imposible; ese planteamiento habría supuesto el riesgo de la confrontación con China y exigía un ejército de reclutas enorme, perspectiva que pocos en Washington pensaban que se pudiera vender al pueblo norteamericano. Se desechó igualmente el uso de armas nucleares 99 como políticamente insostenible. Con esas opciones cerradas, el Pentágono decidió dedicarse cada vez más intensamente a la guerra tecnológica como único camino a la victoria. Estados unidos no desplegaría su arsenal nuclear, pero, en cualquier caso, atacaría Vietnam con la fuerza destructiva de cientos de Hiroshimas. En otras palabras, libraría una guerra de destrucción por superioridad. ¿ruidos en el límite del bosque? Se barre con fuego de ametralladoras. ¿Disparos de un francotirador desde una casa? Se hace llover napalm sobre el poblado. ¿Se intuye que una zona podría albergar a combatientes enemigos? Se aplasta con fuego de artillería. ¿un funcionario vietnamita nombrado por Saigón identifica un pueblo como bastión del enemigo? Se bombardea y se lo devuelve a la edad de piedra.

Los gestores norteamericanos de la guerra estaban prácticamente seguros de que ningún pueblo del Tercer Mundo, ni siquiera con el apoyo soviético o chino, podía hacer frente a la nación más poderosa de la Tierra cuando desataba una potencia de fuego que estaba muy por encima de la que había hecho hincar la rodilla a grandes potencias como Alemania y Japón. (La cantidad de munición disparada por soldado fue veintiséis veces mayor en Vietnam que durante la Segunda guerra Mundial). Se suponía que la capacidad de destrucción iba a resolver todos los problemas de los norteamericanos, y la respuesta a cualquier contratiempo era sólo incrementar aún más la capacidad de destrucción. En su apogeo, la acción de Estados unidos en Vietnam absorbía el 37 % de todo el gasto militar norteamericano y requería la fuerza de combate de más del 50 % de todas las divisiones del Cuerpo de Marines, el 40 % de todas las divisiones del Ejército listas para el combate, y el 30 % de la Armada. En conjunto, el presupuesto para la guerra de Estados unidos ha oscilado entre setecientos mil millones de dólares y más de un billón en 2012.

Al final, por supuesto, esta tremenda y derrochadora inversión en la guerra no logró alcanzar su objetivo. Las fuerzas revolucionarias vietnamitas nunca se rindieron a la potencia 100 de fuego norteamericana. Pero esa mayor capacidad de destrucción consiguió el objetivo de generar sufrimiento a una escala épica, especialmente entre los civiles vietnamitas.



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