lunes, 1 de septiembre de 2014

TOM EN EL GRANERO: LOS MONSTRUOS ABANDONADOS

01 de Septiembre 2014

Las emociones humanas suelen ser vehículos capaces de llevarnos por situaciones que jamás consideramos factibles. Nuestras propias tristezas, deseos y aprehensiones no son más que promesas ciegas que habrán de marcar los días venideros, mancillando el destino para bien o para mal.

Tom en el granero (2013) es un filme que explora lo obscuras y obsesivas que pueden llegar a ser estas capacidades cuando nos encontramos ante la dura partida de un ser querido.

Después de habernos presentado la magnífica Laurence Anyways (2012), Xavier Dolan inaugura un rostro mucho más agresivo dentro de su propuesta creativa, asunto que no podría ser más acertado.

El director canadiense interpreta a Tom, un joven homosexual que, tras la muerte de su pareja, decide viajar al pueblo natal de éste para conocer a su familia y acudir al funeral.

Es en este ambiente de conservadurismo donde conocerá a Agathe (Lise Roy) y a Francis (Pierre Yves-Cardinal), madre y hermano de su difunto novio. Mientras que la primera jamás tuvo noción alguna de la homosexualidad de su hijo, el segundo hará lo que sea con tal de evitar que ella se entere de esta situación; empresa para la que se valdrá de numerosos recursos que incluyen amenazar a Tom, golpearlo y prácticamente secuestrarlo para que ocupe el lugar del hermano ausente.

Inevitablemente, el Síndrome de Estocolmo se hará presente en esta insana relación, haciendo que nuestro protagonista sufra múltiples cambios psíquicos que van desde la completa aceptación de su degradación, hasta el encariñamiento siniestro que paulatinamente germina en él ante este par de individuos.



Esta historia destaca notablemente por su ánimo perturbador. Lo que comienza como el dolor natural que acompaña a la muerte trágica pronto se torna una narración de sumisión y codependencia que nos hace pensar en el enfrentamiento que lo arcaico sostiene con lo moderno: mundos verdaderamente opuestos que no sólo permanecen apartados el uno del otro, sino que se ven enemistados cada vez que los esbirros del destino les llevan a encontrase.

Tom en el granero es una obra que difícilmente permanece estática en un término medio, sino que se mueve de forma polivalente entre la crudeza del suspenso y el atino del humor negro de una forma desenfadada y sin la necesidad de ser discursivamente reiterativa.

Esta cualidad se ve auxiliada de la labor histriónica que desempeñan cada uno de los actantes de la cinta. El triángulo conflictivo que se forma entre Xavier Dolan, Lise Roy y Pierre Yves-Cardinal es una grata muestra de las propiedades estilísticas que una correlación sólida entre actores es capaz de procurar.

Al mismo tiempo, la atmósfera de apretada tensión que persiste a lo largo del filme ayuda notablemente a que esta puesta en escena adquiera una vitalidad inquietante que suele sobresaltar al espectador con su titánico sobrecogimiento.


Mucho tiene que ver con esto la fotografía de esta cinta, misma que se encuentra abiertamente diseñada para provocar un sentimiento de paranoia y persecución, haciendo de cada toma una sugerente punzada de ansiedad.

Es así como la tragedia y la desesperanza se apoderan marcadamente de cada uno de los escenarios, volviéndose una figura retórica de las tribulaciones que habrán de acompañar a Tom a lo largo de este aterrador viaje iniciático.

Los grandes avances sociales que tanto enorgullecen a las comunidades modernas de Occidente pronto se tambalean frente a la dura imposición de normas arraigadas que, a lo largo de incontables años, han permanecido intactas, listas para invocar actos de represión que nos remiten directamente a moralismos obscuros, donde la preservación de la normalidad se impone frente a cualquier tipo de aspiración individual.


Tom en el granero es un filme que nos obliga a enfrentarnos con las tórridas ramificaciones que componen a la psique humana; terreno en el que difícilmente podemos fiarnos de las apariencias, ya que la camaleónica naturaleza de nuestra propia mente suele sorprendernos con su apabullante capacidad de asimilación.

La familia, institución que debería de ser el pilar por excelencia de la unidad y el sosiego, se revela como una criatura obscena y delirante, capaz de ejecutar una serie de crímenes silenciosos de los que terminaremos volviéndonos cómplices.



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