lunes, 24 de marzo de 2014

2 pequeños GRANDES cuentos de MROZEK

LA REVOLUCIÓN

Por Slawomir Mrozek






En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió.  Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad.  Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio.  El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, la que siempre había sido mi posición preferida.
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista.  Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo...
Ah, si no fuera por ese “cierto tiempo”...
Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.
Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. 
Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar esos límites.  Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.

Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de hinchazón de pies y de dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total.  Ya que esta vez “cierto tiempo” también se mostró impotente.
Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio  -es decir, el cambio seguía siendo cambio-, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites.  Una noche no aguanté más.  Salí del armario y me metí en la cama.
Dormí tres días y tres noches de un tirón.  Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.


Ahora la cama está de nuevo aquí el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.




EL SOCIO

Por Slawomir Mrozek


Decidí vender mi alma al diablo. El alma es lo más valioso que tiene el hombre, de modo que esperaba hacer un negocio colosal.

El diablo que se presentó a la cita me decepcionó. Las pezuñas de plástico, la cola arrancada y atada con una cuerda, el pellejo descolorido y como roído por las polillas, los cuernos pequeñitos, poco desarrollados. ¿Cuánto podía dar un desgraciado así por mi inapreciable alma?

-¿Seguro que es usted el diablo?- pregunté.

- Sí, ¿por qué lo duda?

- Me esperaba al Príncipe de las Tinieblas y usted es, no sé, algo así como una chapuza.

- A tal alma tal diablo -contestó-. Vayamos al negocio.


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