jueves, 13 de marzo de 2014

¡GUÍA DE SUPERVIVENCIA ANTE ATAQUES DE ANACONDA!



Cuando aterrizas en el Amazonas lo primero que llama tú atención es lo cargada que está la atmósfera. No es tanto el calor sino lo denso del aire. Es como si lo pudieras masticar. 

Lo segundo que te impacta es lo lejos que todavía queda la selva. Una vez en tierra, te percatas de que aquel inmenso mar de verdura efervescente que se veía desde la ventana de la avioneta, no presenta una trama tan cerrada como se podría pensar. Hay vegetación exuberante por todos lados. Pero el bosque primario no se observa de inmediato.

De hecho, ese santuario prístino poseedor de una biodiversidad casi esquizofrénica, está en realidad bastante más lejos de lo que quisieras imaginar. Para llegar hasta él y atestiguar en carne viva las páginas de National Geographic, aún será necesario pasar horas dormitando sobre un camión de redilas destartalado, casi desnucarte a bordo de un jeep que se abalanza sobre las rocas lodosas como si el terreno fuera una pista de fórmula uno y después flotar río arriba, encaramado en una panga con estruendoso motor fuera de borda, durante medio día más. Todo esto, mientras batallas contra nutridas tropas de los moscos más despiadados que el humano tenga noticia y haces lo posible por no deshidratarte.


Pero vale la pena. Estas hecho pomada, es cierto. Cuentas ya con más de setecientos piquetes y no sólo de insectos conocidos por la ciencia. Tu ropa está encharcada de sudor y tienes la certeza de que, debido a la humedad relativa de casi cien por ciento, hasta que salgas de la selva nunca se va a secar. Y la única torta que cargabas para el trayecto la terminaste de digerir hace dos medios de trasporte. Sin embargo, los árboles gigantes tapizados de bromelias que se levantan ante ti, las hojas brutales de las enredaderas con las que fácilmente se podría cubrir una cama matrimonial y la activa sinfonía zoológica que inunda el paisaje, te hacen olvidar rápidamente todas tus penurias.

Los primeros monos que descubres saltando entre las lianas te sorprenden a un grado que casi te hacen llorar de alegría. Guacamayas y loros compiten con las abundantes mariposas por el título de quién aporta mayor gama de color a la postal viviente. En la orilla del agua descansan tortugas gordas. Y las sombras envuelven promesas de tapires, osos hormigueros y capibaras.

Por un momento te invade un profundo sentimiento de epifanía. Estás inmerso en la naturaleza en su estado más primigenio. Los brotes espirales de los helechos parecen anunciar una revelación. Te da la impresión de que un poderoso equilibrio reina en la floresta. ¡Eres un idiota! Éste es el mundo salvaje. Aquí la lucha por la supervivencia no tiene tregua. Comer o ser comido es la única constante. ¿Qué se puede decir de un sitio en el que hasta las plantas se pelean por los escasos rayos de sol que penetran el follaje? Quizás Wagner Herzog tenía razón, para los habitantes de la selva la existencia transcurre en continuo estado de guerra.

En la jungla se vive atrapado en el presente. Un día a la vez como lo hacen en Alcohólicos Anónimos. Claro que a diferencia de imponer la meta para no caer en tentaciones, en el trópico se fija para no acabar siendo la cena de alguna bestia. Al final de cada jornada, el mayor premio es no haber terminado en las garras de algún depredador. Y esto aplica para todas la criaturas circundantes. Incluyéndote a ti.


Por suerte, para el humano visitante, no todos los organismos presentan una amenaza grave. O mejor dicho, son más bien escasos los ejemplos de animales que en verdad podrían causarte daño.

Entre los no mortales, quizás los enemigos más temidos sean las sanguijuelas. Y con razón de causa, pues es sumamente ingrato sorprender a un gusano morado, gelatinoso y plano chupando tu carne. Cómo consiguen infiltrarse dentro de tu fortaleza de ropas especiales, es un enigma imposible de responder. Lo cierto es que para cuando las descubres ya es demasiado tarde. Van a la mitad de su merienda. Y más vale dejarlas succionar tu sangre en paz hasta que se sacien o de otra manera enfrentas la posibilidad de que vomiten y te produzcan una infección incurable por estas latitudes. Para aquellas personas a las que los dientes de estos parásitos hematófagos no presenten realmente una amenaza digna de ser tomada en cuenta, el Amazonas tiene reservada una sorpresa: la sanguijuela T. REX. Un ser grotesco que puede llegar a medir seis centímetros de largo y que tiene la nauseabunda costumbre de alojarse en los orificios corporales de lo mamíferos, incluyendo nariz, oídos, ojos, boca y demás grietas sensibles de la anatomía humana.

La selva definitivamente no es un entorno propicio para los aracnofóbicos. Hay demasiados seres de ocho patas presentes en todo momento como para que su imagen cause perturbación. Algunos son largos y esbeltos, otros gordos y peludos. Hay miles de arañas, incluyendo unas que despliegan telarañas de más de dos metros de diámetro. No obstante, dentro de esta álgida diversidad arácnida, sólo una especie es realmente peligrosa para el adulto promedio: la migala. Una imponente tarántula que rebasa los diez centímetros de envergadura con la patas estiradas y cuya mordida libera un veneno poderoso, suficiente para causar un dolor intolerable y en casos extremos, alergia de por medio, incluso la muerte.


Otros agresores que podrían llegar a generar molestias leves incluyen pirañas, alacranes, ciempiés gigantes, avispas y hormigas león.

Abriendo el apartado de las fieras con posibilidades antropófagas tenemos que mencionar al jaguar. El hermoso felino de pelaje emblemático con facilidad podría incluirte en su menú. Sin embargo, los casos registrados de ataques mortales son contados. Más peligrosos son sin duda los cocodrilos. Pero mientras uno se abstenga de chapotear en el río, podríamos decir que en general se está a salvo de sus fauces.


Las anacondas son otro boleto. Para las serpientes más grandes del mundo las personas representamos una comida apetitosa. Quizás incluso más tentadora que la mayoría de otros animales, pues somos extremadamente fáciles de cazar. No contamos con cuernos o colmillos con los cuales defendernos. Y, comparados con el resto de fieras, somos francamente débiles. Si opusiéramos resistencia, un ligero apretón bastaría para romper todos nuestros huesos.

¿Qué hacer entonces ante el embiste reptiliano? ¿Existe una manera de que un modesto homínido sobreviva al ataque de una serpiente de diez metros de largo y más de cien kilos de peso? La respuesta es afirmativa, pero requiere de contar con un poco de paciencia y mucha sangre fría.

Antes de comenzar a enumerar los pasos a seguir, es importante aclarar que esta guía práctica sólo funciona en el caso de un ataque nocturno y furtivo. Si la gigante bestia decide dejarse caer sobre ti desde la copa de un árbol, como hacen en algunas ocasiones, la verdad es que no hay escape posible. Como tampoco habría salvación si te atrapa en el pantano. Cualquier lucha cuerpo a cuerpo con un ejemplar de buen tamaño, llevara implícita tu derrota.


Pero lo más probable es que si te llegas a encontrar en la penosa situación de que una anaconda pretenda engullirte, sucederá durante la noche. En cuyo caso sí hay esperanza. Lo que pasa es que las titánicas serpientes son perezosas. Si en su búsqueda nocturna dan con una posible presa dormida, muchas veces elijen ahorrarse la energía necesaria para constreñirla y comienzan a intentar tragarla de inmediato. Y es justo gracias a este rasgo, que podrías salir airoso del fatídico evento.

Es posible que la anaconda haya llegado al campamento atraída por el calor de la fogata y después de olfatear un poco el vecindario haya determinado que la merienda se encuentra dentro de la tienda de campaña. Abrir la puerta no le lleva mucho rato. Su hipersensible lengua bífida la guía sobre la superficie plástica hasta que encuentra el orificio de los cierres. Luego insiste con su cabeza chata hasta que consigue penetrar en el refugio. Disloca la mandíbula mientras se saborea la cena y sin más premura se mete a la boca los píes que descansan frente a ella.

Por lo general este es el momento en el que te despiertas. La extraña sensación de tener los píes mojados y el movimiento intenso de las paredes de la tienda te sacan de un sueño profundo. Abres los ojos para comprobar con terror que la serpiente avanza sobre tus tobillos. Recuerda que debes evitar a toda costa la reacción natural de intentar doblar las rodillas para zafarte del hocico de la bestia. Eso sólo la irritaría. Si el depredador percibe la más mínima resistencia por parte de su presa, cambiará de parecer y su aproximación pasará a modo de navegación violento. Lo cual significa que te abrazará con su poderoso cuerpo constrictor y te estrujará hasta aniquilarte.


Quizás entonces volteas a ver el machete con ansia. El impulso de tomar el arma para enterrársela con fuerza al dragón se hace imperante. Pero debes contenerte. Si lo hicieras morirías al instante. No habría manera más efectiva de enfurecer al animal que herirlo. Y créeme que, por muy buen espadachín que pretendas ser, matar de un solo tajo a una víbora de estas proporciones es imposible. Cuenta con una piel ultra resistente y la fuerza de un dinosaurio. Si la intención es vivir para contarlo habrá que proceder con suma cautela. El secreto está en emular al Monje y no al Ninja. Ya lo dije antes, en este caso la paciencia será tú máxima virtud. Y bueno, contar con un par de güevotes tampoco haría daño. El punto es permitir, por ahora, que el reptil continué tragando.

El proceso de deglución es lento, similar a desenrollar un calcetín gigante sobre tu cuerpo. Probablemente cuando la boca rebase la altura de tus rodillas, vuelvas a experimentar la necesidad de dar batalla. Después de todo, la imagen de tener un tercio de tu ser en el interior de una culebra gigante puede resultar perturbadora. Pero resiste. Ya casi se presentará tu única oportunidad y debes sacarle el máximo provecho. Por cierto, si no te encuentras acostado boca arriba en posición horizontal, sería un gran momento para corregir la postura. De otra manera la estrategia no tendrá éxito.


Lo que tienes que hacer en este momento es sacar tu navaja Victorinox. Muévete con cuidado. No quieres llamar la atención de ya sabes quién. Extrae la hoja grande de la navaja y sujétala de manera que el filo apunte hacia arriba. Tómala entre las dos manos. Baja los brazos y gira las muñecas para que la navaja quede perpendicular a tu cuerpo más o menos a la altura del sexo. Si parece que con la punta señalas el lugar donde minutos antes estaban tus pies, es que lo estás haciendo bien. Si no, ¿qué esperas?

Aguanta en esta posición el avance ofidio. Deja que su cabeza atrape tus brazos. Ahora comienza la parte más dura. Más de la mitad de tu cuerpo desaparece hacia el interior de la garganta serpentil. Sin lugar a dudas es lo más impactante que hayas experimentado. Si no es así, no quiero ni preguntar en qué sitios te has ido a meter.

Prepárate. Se avecina tu pequeña ventana de oportunidad. Ésta es la única manera de que logres escapar con vida, así que no vayas a titubear. En el instante preciso que los labios del monstruo alcanzan tus codos, dóblalos hacia arriba con toda la fuerza que tengas. La navaja se clavara en el paladar de la serpiente alcanzando su cerebro. Jala con ímpetu hacia tu cabeza. Si lo haces bien, rebanarás por la mitad toda la cara del animal y le producirás una muerte instantánea.

Felicidades te has salvado. Emerge del cadáver a la brevedad y toma un baño. Su saliva es corrosiva y acarrea el riesgo de enfermedades. Si eres del tipo presumido querrás hablarle a un taxidermista para que conserve la piel. Si no, esta improbable victoria quedará solo entre tú y la naturaleza. 


Nota final: Por más exagerado que pueda llegar a parecer, este instructivo es completamente real. Por lo menos son los consejos que te dan los guías profesionales cuando visitas el Amazonas, quienes también recomiendan este procedimiento en el caso de ataques de otras serpientes gigantes, como el pitón reticulado de Indonesia o el pitón de las rocas africano. ¡Mucha suerte!

FUENTE

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