miércoles, 19 de marzo de 2014

LA CULTURA COMO BIEN DE CONSUMO



SALVADOR ELIZONDO

Qué duda cabe de que finalmente la cultura se ha impuesto. Y también se ha puesto de moda. Cuando menos entre ese estrato de nuestra sociedad que puede permitirse una cierta cantidad de ocio aprovechable en la adquisición de ‘‘cultura’’. Proliferan todo tipo de establecimientos en donde se expende cultura de alta calidad. Los cuerpos docentes están formados por los más renombrados artistas e ‘‘intelectuales’’ que irradian sus conocimientos hacia las azoradas señoras y señoritas de Polanco y de la Colonia del Valle que por una colegiatura no muy alta pueden obtener esa particular tranquilidad de conciencia que significa haber aprovechado, una parte del tiempo aunque sea, en la obtención de cultura. Para los que cuentan con menos dinero o con menos ocio está la formidable extensión de la moda cultural que los medios de difusión públicos y privados hacen posibles. Así, pintores, novelistas, poetas —los antiguos moradores del submundo de la bohemia— compiten frecuentemente con las señoritas México y con las artistas de cine en la promoción de su producto. Todos los medios de difusión están al servicio de las instituciones culturales para notificar al público del lugar y la hora en que se va a producir una erupción de cultura. (Huelga decir que el brote mismo casi nunca es difundido.)

Es indudable que algunos deportes o espectáculos todavía cuentan en este país con más adeptos que ‘‘la cultura’’, pero ésta ya ha sentado sus reales en la conciencia de un sector de nuestra sociedad y prosigue su avance a jalones. Pero la cosa no es tan simple como parecería de pronto y enjuiciada sólo desde el punto de vista del progreso, no de la cultura misma, sino de la difusión extensiva de la cultura ya existente.

En primer lugar, porque casi siempre el producto que se expende o se distribuye directamente entre el público no es realmente lo que pretende ser y casi siempre es pura información lo que se distribuye en términos de cultura. Yo he escuchado decir —en el recinto de la Biblioteca Nacional— que San Juan de la Cruz es un poeta ripioso porque escribió ‘‘…la soledad sonora…’’, lo que, además, es información falsa e inquinosa.

Existe un grave peligro en admitir que la cultura es una cosa que se puede comunicar. La cultura se construye o se vive, pero no se enseña. Los pueblos participan en su desarrollo sólo en la medida en que la cultura misma dentro de la que se van inscribiendo los inspira y los hace proseguir.

Pero, a ciencia cierta, no se puede decir que la cultura sea algo concreto, si bien es evidente que ésta se transmite. Este proceso mediante el que la cultura, o una cultura específica se va formando como el cauce a lo largo del que fluye el espíritu de un pueblo, tarda a veces siglos antes de que sus bifurcaciones entronquen enriquecidas en un caudal mayor.

Al copioso torrente del espíritu se opone a veces —y de esto la historia ha sido testimonio suficiente— el dique de esa ilusión crisohedónica aberrante que el deseo de poseer bienes tan conflictivamente se le presenta al hombre contemporáneo, dividido como está entre dos polos de elección igualmente decepcionantes ya que, por una parte los bienes físicos, por más cuantiosos que sean, no satisfacen y los espirituales son inasequibles si no están adecuados por un fondo pedagógico que desde los inicios de la personalidad consciente y manifiesta en el niño haya estado atenta a desarrollar el deseo de conocimiento de principios generales que anima a toda forma de cultura.

La especialización de las diferentes disciplinas del espíritu así como la imperiosa necesidad de producir técnicos muy particularizados en el menor tiempo posible hacen que la conciencia cultural de un pueblo se disperse necesariamente. Si tenemos en cuenta que en México existen ocho millones de analfabetos y muchos más de ocho que están geográfica o socialmente privados de acceso a las manifestaciones culturales, lo que queda no es gran cosa y no sirve para definir ni siquiera conjeturalmente cuál es la verdadera función del intelectual mexicano obligado como está por las circunstancias a dejar de lado la creación para ejercer la información efímera o la docencia vana.

Me parece que de la confusión de la función pedagógica con la función intelectual proviene este marasmo que torna a la cultura misma en un bien de consumo espurio y en una moda similar a la del bridge o a la de la falda larga y creo asimismo que urge la creación de un organismo cuya finalidad sea la de regular y distinguir plenamente la función del transmisor de ideas, del pedagogo, de la del intelectual o formulador de ideas o creador de obras artísticas o literarias. Urge la instauración dentro del gobierno de un organismo ante el que la condición del intelectual y del artista sea reconocida como diferente de la del maestro de escuela. Otros países han tenido en cuenta esta diferencia de condiciones y han adscrito la tarea de protección no sólo al patrimonio cultural, sino a la cultura en general, a determinadas oficinas estatales especializadas.

Actualmente la Secretaría de Educación Pública no solamente tiene la tarea de abatir el índice de ignorancia general en el país sino también la de empresario teatral, editor, marchand a tableaux, coleccionista, guardián de zonas arqueológicas o monumentos artísticos, museógrafo, publicista, etc., tareas que en realidad caen fuera de la tarea más perentoria de educar en los niveles básicos elementales.

Me pregunto si la creación de una Secretaría de Cultura (y de la Información) no contribuiría considerablemente a alivianar esa carga tan distrayente en el ejercicio de la labor pedagógica y de fomentar la labor artística, científica, por los medios más apropiados a su desarrollo fructífero.

Tomado de Contextos, una colección de artículos editoriales publicados en un diario de la Ciudad de México que fueron escritos escritos entre julio de 1971 y enero de 1973.

FUENTE

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