viernes, 10 de enero de 2014

EVE GIL, "EL COLOR DE LA LECHE", DE NELL LEYSHON.



Eve Gil

…este es mi libro, y estoy escribiéndolo con mi propia mano….

Blancura turbia. De ese tono es la leche cuando brota de las ubres de las vacas flacas y también el cabello de Mary, descendiente directa de Manon Lescaut y Hester Prynne, aunque sin su aura heroica y, no obstante, preciosamente patética. Del color de la leche es también el cabello de su sobrino, predestinado a una vida algo menos miserable gracias a que nació varón. Y el de la inocencia cuando se le mancilla con la inocencia misma. Inocencia doblemente corrompida.

Del color de la leche, tercera novela de Nell Leyshon (Sexto piso, México, 2013, traducción de Mariano Peyrou) es afortunada por donde se mire, empezando por su estrategia narrativa. La autora, nacida en Glastonbury, Inglaterra, también dramaturga, concibió originalmente a Mary —o “mary”— como un personaje teatral, pero ciertas características del mismo no hubieran sido posibles de explotar sobre un escenario. No se limitó, por tanto, a ceder el punto de vista a su protagonista, una joven campesina iletrada de mediados del siglo XIX. No. Además la hace escribir, y para que esa escritura imposible tenga efecto, la empuja a pasar por un proceso de alfabetización que habrá de convertirse en el detonante de su tragedia. Como señala en su prólogo Valeria Luiselli, “La historia que encierra esta novela es uno de esos extraños poemas, centelleantes y violentos (…) Es una respuesta a la pregunta ‘¿qué hubiera pasado si una joven de clase baja en el siglo XIX hubiera sabido leer y escribir?’”.

Mary posee dos virtudes, consideradas defectos en una quinceañera de la Inglaterra rural de 1830: su elocuencia y un deseo ardiente de escapar a una mediocridad que apesta y duele. Cuando aprende a leer y a escribir no tiene mayor ambición que la de contarnos su modesta historia que todavía no ha alcanzado su terrible desenlace. Su principal motivación es complacer a su abuelo paterno leyéndole pasajes de la Biblia. Según señala la autora en una entrevista: “Me convertí en Mary y plasmé sus palabras sobre el papel imbuida por un extraño sentido de la urgencia. Escribía mientras cocinaba, rodeada de mi familia… todos me preguntaban qué estaba diciendo y yo no decía nada. No podía parar de escribir: era ella…”.
Así entonces, Mary —o “mary”, que escribe los nombres propios con minúsculas porque no alcanza a asimilar ese mínimo detalle— narra por escrito su propia historia. Se esfuerza en ser correcta, guarda ciertas formas sin rasgarse las vestiduras. 

Su principal interés consiste en ser comprendida, no en concretar una obra artística —lo cual no significa que Nell Leyshon no lo haya logrado, y con creces. Elabora, con esas armas deficientes que sin embargo le confieren un poder insospechado, un descarnado retrato de sí misma, de su familia, de sus patrones: de cuanto la rodea. No tiene un mínimo interés en hacer justicia, a ella menos que a nadie. Nació culpable y lo asume como tener dos ojos y el pelo blanco. Contar su historia es cuanto le queda. Ser lo más fiel a la realidad que su modesto dominio de las letras le permite. Poco a poco se nos irá desvelando el origen de esa urgencia que menciona la autora.

Mary es la más pequeña de cuatro hermanas, y lo primero en que repara el lector es en que a nadie le importa lo que ella piense o tenga que decir. Pareciera un apéndice de la vaca a la que ordeña cada día; el recipiente de la ira de un padre que no supera el infortunio de haber traído sólo hijas al mundo. La madre, como es de suponerse, no ayuda mucho, y en ocasiones parece tan invisible como la propia Mary que sin embargo manifiesta insatisfacción a cada paso. Se impone a través de opiniones ácidas e impertinentes que no pocas veces la harán acreedora a un bofetón o algo peor. Está convencida de que no puede hacer nada y aún así no parece resignada en lo absoluto ante el destino que le ha asignado una ingrata lotería biológica. La oportunidad de desprenderse de las sombras, de ese quemante anonimato, aterriza de manera casi providencial, aunque ella no lo ve en su momento: el vicario requiere una dama de compañía para su esposa enferma. El padre de Mary no lo piensa demasiado: una boca menos que alimentar… y una que habla demasiado, por si fuera poco. Además, el salario que perciba Mary le será entregado íntegro a él. ¿Y por qué Mary?

Mary, personaje contradictorio, complejo, que nunca terminamos de conocer del todo —y en ello resida uno de los grandes aciertos de su autora— no quiere estar en la casa del vicario: lo mismo la incomoda el trato dulce y considerado de la señora a la que debe cuidar, que la frialdad, a veces condescendiente y hasta amistosa, de Edna, la criada de la casa, con un doloroso pasado a cuestas. Mary no está habituada a los buenos tratos, ni a las fruslerías; nunca termina por acostumbrarse del todo, aunque desarrolle paulatinamente afecto tanto hacia su considerada patrona, como hacia la hosca Edna, que también es su vecina de cama. Ha de guardar silencio —porque pese a todo posee la sabiduría innata de los que saben cuándo es preciso cerrar la boca— ante la evidencia de que Ralph, el único hijo del vicario, es padre del bebé que espera su hermana Violet y que, para fortuna del pequeño, resultará ser varón y se quedará a vivir en el que fuera el hogar de Mary. Las dos familias están, pues, inevitablemente vinculadas… y lo que falta…

Su patrona muere de repente. Mary cree que regresará a casa pues nada le queda por hacer en casa del vicario, pero éste afirma que su labor no ha concluido aún y la retiene sin razón válida para la jovencita. Sin embargo, cuando el vicario sugiere a la inquieta Mary enseñarla a leer y a escribir, su estancia en aquella hermosa casa cobra un sentido que no tuvo ni en vida de su protectora. Pero al tiempo que Mary avanza en su aprendizaje de las letras, ese mundo interior que había construido, pequeño pero muy suyo, empieza a desmoronarse. El vicario se torna más exigente; súbitamente despide a la desdichada Edna: quiere quedarse a solas con Mary en aquella casa que se torna sollozante, secreta y silenciosa. Para cuando ella es capaz de comprender lo que lee y de plasmar por escrito su testimonio, descubre que ha dejado absolutamente de ser dueña de lo único que le pertenecía, y toma una radical decisión que cogerá completamente por sorpresa al lector.
Del color de la leche es una novela absolutamente fascinante en su aparente sencillez; subyugante en el golpe de timón que nos tiene reservado al final y nos deja moralmente derrotados y sin posibilidad de tomar partido. Queda perfectamente resumida por la frase de Elías Canetti que se lee en la cuarta de forros: “…en las escasas ocasiones en que las personas logran librarse de las cadenas que las atan, suelen, inmediatamente después, quedar sujetas a otras nuevas”, aunque en el caso de Mary, o “mary”, heroína que, sí, amerita ser denominada como tal, decide que si no tiene derecho a la libertad, es preferible arrojarse al vacío junto con esas cadenas… radiante y definitiva.

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