miércoles, 15 de enero de 2014

FALLECE EL POETA ARGENTINO, JUAN GELMAN.




El poeta argentino falleció ayer, a los 83 años, en el Distrito Federal. En 2011 fue el invitado de honor de la 14 Feria Internacional del Libro de Saltillo y habló con 'Vanguardia' sobre sus versos, el romanticismo y su relación con Julio Cortázar. El poeta que sufrió la pérdida por enfrentar la dictadura, hoy deja su obra como herencia de amor y lucha. Aquí, la entrevista que concedió a ese medio:

El escritor Juan Gelman trata a los desconocidos con suma amabilidad, cede el paso a cualquier acompañante antes de atravesar una puerta. Sentado a la espera de un café, contesta, sonriendo y atento, las preguntas, luego de haberse fumado un cigarro por la mañana.

Es el huésped principal de la 14 Feria Internacional del Libro de Saltillo, y acude como embajador literario de Argentina, país invitado. Y de ella recuerda a su hermano ucraniano, quien le leía poemas en ruso que hasta ahora no entiende, pero le causa placer la música de sus palabras; también a Julio Cortázar, su amigo en París; y habla sobre la poesía.

De la situación mexicana, dice, no puede hablar porque no es mexicano legalmente, sino un mexicano por “voluntad”. No obstante, la guerra más fuerte, dice, es ante un papel en blanco. “Ese es un enemigo ¡terrible! El papel que uno tiene enfrente cuando se sienta a escribir”.

Es merecedor de múltiples premios, pero ¿cuál es la mayor premiación simbólica que ha recibido? “Mire, el premio simbólico mayor que tengo (comienza a sonreír) es que le pusieron mi nombre a la biblioteca del club atlético Atlanta, del que soy hincha (admirador) hace ¡qué sé yo! más de 70 años (dice sin evitar reír)”. Pero, “volviendo al tema”, dice, recuerda un “galardón” único: “A mí una vez me ocurrió que la gente usa mis poemas de amor para enamorar a las niñas, eso me da mucho gusto”.

Pide contar una anécdota: “Una vez en Buenos Aires, nos hicieron una entrevista a Benedetti y a mí, de ambos había aparecido un libro recientemente. Terminó la entrevista, llegaron varias personas, y entonces quien la dirigía nos pidió a cada uno que nos leyera un poema, bueno abrí el libro, leí un poema de amor y cuando termina la entrevista se me acerca una muchacha (ríe). Y me dice: ‘¿Ese poema es suyo?’ Y le dije: ‘Sí’. No le voy a decir la palabra que usó pero dijo algo así como ‘¡Desgraciado!’ (ríe). ‘El poema no es muy bueno, pero soy una persona decente’, le dije y ella contestó: ‘No, ¡desgraciado el novio que tuve que me dijo que el poema era de él!’. Esa cosa me da mucho gusto, finalmente la poesía es de todos”.

Porque, dice, “el autor no existe. ¿Quién escribe la poesía? En primer lugar: la lengua. Y esa no la hicieron, la vienen haciendo nuestros antepasados hace muchos siglos (ríe)”.

Juan Gelman habla de poesía y hasta le otorga a ésta vida propia: “Por más que uno quiera no se puede escribir poesía, se escribe cuando ella quiere, no cuando quiere uno”. También evoca a su amigo Julio Cortázar y a su hermano mayor, quien le recitaba cuando niño poemas del ruso Pushkin. Pero la solemnidad no domina esta entrevista.

Durante la plática con , el argentino no escatima en comentarios afables que acompaña con amplias sonrisas. Dice que toma ocho “remedios” al día para mantenerse en pie y que retener poemas completos no es uno de sus fuertes: “¡Hay gente que tiene lagunas en la memoria, yo tengo el Golfo de México!”, bromea el ganador del Cervantes de Literatura.

—Usted declaró hace poco que no piensa en el lector al escribir, ¿cuál es el gran motivo que tiene para crear poesía?—

“No pienso en el lector porque es el mejor modo de respetarlo, es decir: ‘escribir para’ ya me parece un deseo de imprimir voluntad a lo que no se le puede aplicar voluntad. Por más que uno quiera no se puede escribir poesía, se escribe cuando ella quiere, no cuando quiere uno. Y luego, en relación a lo terapéutico, no. A mí lo que me ocurre es que son como obsesiones que me llevan a escribir, y si escribo es por necesidad. Y, por lo demás, tomo ocho remedios por día y son los que me mantienen en pie (dice sonriendo)”.

—Utiliza la lengua sin tabúes en su poesía, como al escribir “ponido”, ¿de quién aprendió esta forma?—

“De los niños (sonríe). Cuando dicen ‘ponido’ o ‘escribido’, es una cosa que a mí me da mucha ternura porque además ¿a qué vienen esos verbos irregulares? ¿A qué vienen a molestar?”.

—Además de la poesía, el periodismo es otra de su fuerte labor y éste ha sido definido (por Tomás Eloy Martínez) como una relación amorosa con el resto de la humanidad, ¿considera que su poesía con el tema político tiene algo de esto?—

“Yo creo que no. Yo creo que el periodismo es un género literario y que como todo género literario hay quiénes los hacen bien y quiénes no. No, son dos cosas diferentes. Son buenos vecinos, pueden vivir uno al lado del otro, pero no en la misma casa. En cuanto a la cuestión de los temas políticos, en la poesía hay un gran equívoco: en primer lugar, el tema político o los asuntos políticos siempre han existido en poesía. Sin ir más lejos que hace 28 siglos, Arquíloco escribía poemas pacifistas y sabía de qué estaba hablando porque él había sido un mercenario que peleó en más de una guerra.

“No puede haber, como le decía, voluntad para escribir. Puede haber hechos políticos como hechos de todo tipo, que despierten la necesidad de la escritura”.

El autor recuerda a un poeta que resume lo que piensa al respecto: que hay que escribir sobre estas circunstancias (políticas, en este caso) “cuando la circunstancia exterior coincide con la circunstancia interior, y esto a mí me parece aplicable a toda la poesía”.

—¿Un ejemplo? —

“Quien mejor ha escrito en verso, en poesía, todo el tema del poder, a mi juicio, ha sido Shakespeare, en ‘Ricardo III’, por ejemplo. Se puede pensar que también la ‘Divina Comedia’ es un gran poema político, de manera que estos malos entendidos que han surgido particularmente a partir de la revolución rusa, la revolución cubana, conviene tener presente en realidad de qué se trata. Con el hecho de la revolución cubana, por ejemplo, se han escrito poemas con muy buena voluntad política (risas), pero que son un verdadero panfleto. El único tema de la poesía es la poesía, por eso yo puedo hablarde todo”.

—Sobre situaciones políticas difíciles, ¿la poesía es un arma?—

“Yo creo que eso depende de cada quien, que no se puede generalizar, como alguien dice ‘Todas las mujeres son así y asá’, y eso es una tontería a mi juicio. Yo creo que cada quien atiende a los estímulos, es decir, a la circunstancia exterior en la medida en que coincide con la circunstancia del interior. Yo no creo que la escritura de la poesía pueda modificar nada desde el punto de vista político, pero sí creo que puede enriquecer, que enriquece, de hecho, a sus lectores, que eventualmente algún día cambiarán las cosas, pero la poesía no hace la revolución”.

—¿Cómo descubrió el poder poético en su vida?—

“Mire, yo pertenezco a una familia ucraniana, yo soy el único argentino, y mi hermano mayor nos recitaba a Pushkin, el poeta ruso en ruso, y yo no entendía nada de lo que él me decía, pero tenía cinco o seis años y me encantaba la música de la palabra, y realmente me producía un sentimiento yo no encontraba ni en la escuela, ni en el barrio, ni en ninguna parte. Yo creo que eso me marcó: todavía recuerdo y han pasado muchos años, todavía recuerdo algunos de esos versos, porque yo acosaba a mi hermano y le pedí a cada rato que me volviera a recitar a Pushkin (ríe), todavía sigo sin saber qué significa”.

—¿Qué experiencia con Cortázar nos puede platicar? —

“La experiencia de la amistad con él, era un hombre que tenía una humanidad muy grande y tenía además un humor y de una humildad muy grande. Yo estuve exiliado en París, más de seis años, en exilio político, bajo la dictadura militar y ahí nos hicimos más amigos, ya nos conocíamos. Yo lo jorobaba, como decimos en Argentina, porque él hablaba con la ‘egrre’ (el escritor imita la erre francesa), y le dijo: ‘Ya sé por qué vives en Francia, ¡porque sos gangoso!’, se reía mucho con eso. Él nació en Bélgica y adquirió esa erre tan francesa”.

—¿Qué poemas han sido sus fundamentales, nos puede decir alguno?—

“¿De memoria? ¡Hay gente que tiene lagunas en la memoria, yo tengo el Golfo de México! (ríe). Le puedo hablar de los poetas: el argentino Raúl González Tuñón, el peruano César Vallejo… y luego, fui leyendo tantos otros, porque a mí la lectura de poesía realmente me enriquece, me abre los ojos sobre muchas cosas y sobre todo sobre mí mismo”.

—Es usted un habitante de México desde hace varias décadas, ¿hoy qué futuro le augura en esta situación difícil y de transición?—

“Yo no soy mexicano, el artículo 43 de la Constitución me prohíbe inmiscuirme en los asuntos internos de México. Cuando el Parlamento mexicano modifique la situación, voy a opinar con todas las letras (sonríe)”.

Pero sí puede decir qué le gusta de aquí, pues vino “voluntariamente”. “No vine aquí exiliado y me quedé. Pero hace 22 años decidí venir a vivir aquí y aquí estoy. Para mí el país es un país extraordinario, la riqueza en todos los sentidos que tiene, desde la comida, hasta la gente, los paisajes y además porque el médico me recomendó la vitamina T que en ese entonces aquí era barata y de muy buena calidad: tacos, tequila, tortas, tamales (ríe)”.

‘NO LLEGARÉ A LOS 100 AÑOS’

A las cuatro y media de ayer, en la Ciudad de México, donde vivía desde 1988, falleció el poeta argentino Juan Gelman, según confirmaron familiares. Hace menos de un año en una entrevista, el poeta argentino (Buenos Aires, 1930) se mostraba como un hombre que no desdeñaba la vida, pero que a la vez, no temía a la muerte. “No creo que llegue a los cien años. Y aunque quiero ver casarse a mis nietos, creo que Dios, si existe debe estar aburridísimo de su eternidad”, decía.

Hijo de emigrantes ucranianos, se enamoró de la poesía con los versos de Pushkin en ruso que recitaba su hermano, y que él no comprendía, y escribió sus primeros poemas para sus amores de barrio de su Buenos Aires natal. No recordaba esos primeros renglones, pero sí se acordaba de algo: “Ella se llamaba Ana”.

Tras esos primeros escarceos con el verso, se hizo poeta, contra el criterio de su madre, que le auguraba que nunca se ganaría la vida con eso. Pero se equivocó. Autor de libros como “Violín y otras cuestiones”, “El juego en que andamos”, “Velorio del solo”, “Gotán”, “Sefiní”, “Cólera Buey”, “Mundar” u “Hoy”, su última obra, el poeta alcanzó el reconocimiento unánime de las letras españolas y ganó entre otros el premio Cervantes, el Juan Rulfo, el Neruda y el Reina Sofía de Poesía Latinoamericana.

El compromiso político contra la dictadura en su país, cuyos terribles efectos sufrió en sus propias carnes, marcó su vida y su obra, aunque el desdeñaba el término “poesía comprometida”. Su hijo y su nuera, embarazada, desaparecieron durante el régimen militar y el poeta no reencontró a su nieta hasta 23 años después. Muchas veces dijo que el dolor de perder a un hijo no acababa nunca. Pero decidió no escribir desde el odio, “que nos hace daño”, sino desde la pérdida. En los últimos tiempos paseaba, fumaba, leía, y seguía en la distancia a su equipo de toda la vida, el Atlanta, de la segunda división argentina.

Apoyaba movimientos como el de los indignados en España o el 132 en Argentina, pero en la intimidad se sentía desesperanzado por el avance del gobierno de la economía y del poder del Banco Mundial. “Se ha instalado todo un sistema para recortarnos el espíritu”.

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