sábado, 31 de mayo de 2014

DANIEL LEZAMA EN LA GALERÍA HILARIO GALGUERA. TEXTO DE JORGE RICARDO PARA REFORMA

"Madre Prodigiosa"

Alegoría de la Bandera

Serie "Germinal"



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“Avanzar es ir hacia abajo”
Exposición que estará abierta hasta el 12 de julio.

Jorge Ricardo
Para REFORMA
Cd. de México (31 mayo 2014).



¿Resúmenes?

"Resúmenes", confirma Daniel Lezama (DF, 1968), sobre lo que son sus pinturas: escenas trágicas, festivas, oscuras o eróticas que condensan la psique personal, la historia, los miedos, los mitos y los sueños.

"La pintura es una imagen dirigida -dice rápidamente-, eso es lo que la distingue de una imagen mediática. Yo no hago snapshots (instantáneas), sino imágenes que aspiran a condensar y a ser profundas".

Está sobre un sofá de cuero negro en la Galería Hilario Galguera (Francisco Pimentel 3, Colonia San Rafael). Arriba, en el primer piso, 23 de sus cuadros son exhibidos, entre ellos la serie "Tamoanchan", aunque él rechaza que haya series.

"Todo es un bucear en la oscuridad del inconsciente, y de ahí sacar trozos de lo que uno no sabe qué es y tratar de explicárselo. Luego se le pone el nombre de una serie para agruparlos", explica.

Tamoanchan es una región mítica prehispánica. Residían ahí los dioses que fueron expulsados por el pecado hacia la tierra y el inframundo. También es un árbol que sangra y que cruza todo inframundo. A Lezama le atrae esa promiscuidad de la poética indígena, esa mezcla de sangre, de dioses y pecado.

Su obra, añade, está muy cerca a ese concepto, la promiscuidad, que llena de oscuridad y de locura, de tristeza y farsa, la superficie de sus cuadros. "La promiscuidad implica el entrelazamiento de las esencias de las cosas opuestas, es lo que me gusta".

En 2012, antes de comenzar a pintar los cuadros, no conocía el Tamoanchan. Aun así trazó con su estilo naturalista cuerpos morenos y desnudos en el tronco de los árboles; mujeres de pechos caídos dando a luz entre bosques devastados; penes y ombligos convertidos en ramas y raíces.

Luego descubrió el libro Tamoanchan y Tlalocan, de Alfredo López Austin, y entonces se preguntó si se puede llegar a concebir imágenes iguales separadas por varios siglos.
"Sí - se dijo-, es posible que la mitología sea hereditaria".

La respuesta que él mismo se dio también es una manera de hacerse a un lado.

Sus resúmenes, trágicos o festivos, dice, existieron antes en la historia y el inconsciente y son reconocibles, quizás, por los espectadores en algo casi parecido a un iceberg: todo mundo reconoce lo que sobresale, pero cada uno debe imaginar lo que está en el fondo.
Su función como artista, insiste Lezama, es bucear en lo profundo. "Avanzar es enterrarse, ir más abajo".


Así descubre lo que quizás ya existe en cada hombre. Su exposición que estará abierta hasta el 12 de julio da cuenta lo que hizo: "Trabajar para encontrar el Tamoanchan, que ya estaba en lo profundo".



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