martes, 20 de mayo de 2014

LO COTIDIANO

20 de Mayo 2014

mujer-Algunos derechos reservados

Por Xaviera Ramírez Espinosa

Se acostumbró a vivir tres horas menos durante el día. Se acostumbró también a tomar el café sin azúcar, a comer en platos desechables, a caminar descalza, a dormir tres horas al día y a pasar las noches con los ojos muy abiertos esperando un castigo, una bofetada de Dios que la sacara de este mundo por fin. Para descansar en paz.

Si algún hombre ocupa carnalmente a una mujer, la cual es esclava y desposada a otro, pero no rescatada ni liberada, les darán azotes a los dos, pero no sufrirán la pena de muerte porque ella no era una mujer libre.

Todos los días a las cinco de la mañana Isabel se levantaba convencida de que ese día sería diferente, saldría a tiempo, correría menos de lo que había corrido ayer para alcanzar el microbús, llegaría a las ocho en punto al taller de costura y sería el inicio de una vida diferente porque el tiempo estaría de su lado, porque no le faltaría una hora por la mañana nunca más. Caminó descalza, entró a la cocina y comió un plátano maduro que estaba a punto de pudrirse. Puso agua a hervir y sacó de la alacena un plato de unicel. El bote de basura escupía latas de atún, envolturas metálicas de chocolates, dos cajas vacías de leche, treinta y cuatro platos desechables y sucios, una decena de tenedores de plástico, menos uno que ella sacó y enjuagó para poder reutilizarlo. Cuando el agua estuvo lista la bebió directo del pocillo donde la hirvió. Comió un poco de cereal, sin muchas ganas y sin leche también. Atravesó el pasillo largo que conecta la cocina con su baño, vio el reloj de pared. No se presionó. La primera media hora de su día nunca se esfumaba. Entró al baño, se quitó la camiseta vieja y sucia con la que dormía, se miró al espejo y se pellizcó los párpados. Pensaba en todo lo que tenía que coser, en la cinta métrica que perdió la semana pasada, en Aurora que siempre le decía lo que tenía que comer y la forma correcta de lavar la ropa, aunque Isabel se daba cuenta que era una indirecta porque pasaba días utilizando los mismos pantalones de mezclilla y un suéter gris que huele mal.

Después del trabajo llegaba a su casa con ganas de limpiar el desorden que se acumuló desde hace seis meses. Se sentía una esclava que limpia, talla, barre y sacude pero nunca terminar. Ni de limpiar ni de terminar de coser todas las carpetitas que debía entregar a diario en su trabajo. Abrió la llave de la regadera, se limpió el cuerpo con las manos, el agua fría le recordaba que el gas se había terminado desde hace tiempo pero se felicitaba porque eso la obligó a bañarse en siete minutos exactos como rutina de limpieza diaria. La única que no había abandonado. Vio el reloj otra vez, se vistió y se preparó para salir con mucho tiempo de anticipación, quizá llegaría media hora antes pero no le importaba, ya no quería correr, sólo caminar despacio mientras pensaba en Mario.

Se puso los pantalones de mezclilla, se amarró el suéter gris a la cintura, tomó su bolsa y se dio cuenta de que el día sería la misma porquería de todos los días porqué la llaves no estaban y no las encontraría hasta una hora después. Aventó la bolsa, se quitó el suéter y lo dejó caer. Su búsqueda empezó primero con desesperación, quería que fuera diferente, que su día no se jodiera. Ya no quería correr. Deseaba que las cosas fueran distintas. Movió, gateó, tiró, revolvió, levantó y una hora después encontró las llaves. Corría para alcanzar el microbús. Tarde otra vez.

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Vuestro trabajo será gastado en vano, porque la tierra no producirá su fruto, ni los árboles darán fruta. Si os portáis de manera contraria a mí, y rehusáis escucharme, septuplicaré vuestros castigos por causa de vuestros pecados: soltaré contra vosotros bestias de campo que os devoren a vosotros y a vuestros rebaños, reduciendo todo a un pequeño número, y que vuestros caminos se queden desiertos.

Todas las tardes Isabel quería comer en punto de las tres. Nunca llevaba comida, no le gustaba convivir con las otras costureras, sólo con Aurora platicaba de vez en cuando, pero sabía que no le caía muy bien, que reprobaba la relación que tenía con Mario porque conocía a la esposa. Y ella se sentía un poco peor cada vez que recordaba la forma en la que cogía con él, la desesperación, la prisa de los encuentros, la suciedad en su casa, la culpa que cargaba y las pocas ganas que tenía de resolver su vida. A esa hora ya no esperaba que el día se arreglara, sabía que perdería otra hora, que el día estaba irremediablemente jodido.

Miró el reloj, faltaba media hora para que dieran las tres, por un momento tuvo un poco de esperanza, quizá ahora si comería a tiempo. En media hora las dieciséis costureras saldrían a reunirse en el comedor, sacarían sus trastes con guisados, platicarían cualquier cosa, se reirían en medio de pláticas sosas y harían del lugar de trabajo un segundo hogar. Isabel se quedaría sola en el taller para sacar de su cajón una lata de ensalada de pollo preparada, usaría el tenedor que lavó por la mañana y comería despacio, sin hacer ruido, sin molestar a nadie, ni siquiera a Dios pensaba ella. Esa era la única ilusión que tenía, esperaba que el tiempo no se le fuera otra vez, quizá ese día perdería sólo una hora y no tres.

Una vez le contó a Aurora sus líos con el reloj y el tiempo; ella no la entendió, le parecía una loca desorganizada. Pero Isabel hizo cuentas. A la semana dejaba de vivir veintiún horas; en un mes ochenta y cuatro, en total había extraviado ya quinientas cuatro horas, justo los seis meses de relación que tenía con Mario. No sabía si lo amaba porque realmente no tenía idea de lo que era sentirse enamorada, sólo sabía que su vida era menos miserable cada vez que se encontraban y cogían. Sólo eso hacían. No había pláticas, ni risas, ni tardes de cine, ni cena lo sábados por la noche. Pero no le importaba. Vio el reloj. Ya eran las cuatro. Una hora menos, la segunda del día. Por lo menos el trabajo que tenía retrasado desde hace un par de meses estaba al fin completo. La comida tendría que esperar. Una hora después.

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No tendrás relaciones carnales con la mujer de tu prójimo; no te mancharás mezclando tu semen con ella.

Todas las noches al salir del taller, esperaba a Mario en la parada del microbús que salía de una estación del metro. Se encontraban en un puesto de periódicos. Nunca se sonreían o se tomaban las manos, parecía como si fueran unos desconocidos y de todos modos, Isabel odiaba profundamente a su esposa, la amiga de Aurora, la costurera que fue despedida porque la descubrieron robando un par de tijeras y dos cintas métricas. Alondra, la cornuda. Alondra, la ladrona. Alondra, la sindicalizada. Alondra la esposa legítima de Mario.

Un tipo que era cualquier tipo hasta antes de la fiesta navideña del taller. Dientes chuecos, el cuerpo flaco y desgarbado, pero con una voz tan potente que la estremeció cuando le pidió un cigarro. Alondra estaba adentro, en la fiesta y protestaba porque ese año no recibirían aguinaldo. Se besaron esa misma noche y al otro día se encontraron en el departamento de Isabel que no estaba tan sucio y así comenzó su historia de amor, sin muchas ganas, sin tanto deseo.

Isabel llegó tarde. Mario no la esperó más. Esta vez se retrasó porque pasó a la iglesia como cada miércoles y lloró más de lo que se tenía permitido, se pasó por veintitrés minutos y el transporte se tardó otros quince en llegar. Su impuntualidad iba en aumento pero sabía que la tercera hora del día era la más fácil de perder porque ya se había hecho a la idea de que sería un día más perdido, un día más de lo mismo.


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