viernes, 1 de agosto de 2014

EL MOVIMIENTO ROMÁNTICO A OJOS de DEGAS

1 de Agosto 2014

Edgar Degas, nacido en París, fue un pintor y escultor perteneciente a la corriente impresionista, aunque personalmente nunca se reconoció como tal. Desde su juventud tuvo apego hacia el arte, pero fue hasta 1885, cuando conoció al pintor Jean Auguste Dominique Ingrés, que se decidió a estudiar en la Escuela de Bellas Artes. 


Inspirado por los clásicos renacentistas como Miguel Ángel y Rafael, comenzó la exploración de la figura humana, el romanticismo escondido a través de la piel, los colores y el movimiento. Contrario a sus contemporáneos, Degas ponía énfasis en los detalles, incluso, algunas veces, cortando las figuras en sus cuadros de forma irregular para resaltar aspectos dentro de sus piezas. Al principio de su carrera su ambición era convertirse en pintor histórico, así se vinculó como copista en el Louvre, donde llegó a trabajar junto a pintores como Manet, quien fungió como influencia para que Degas comenzará a pintar temas más actuales y modernos.

Fue hasta 1874 que se notó una madurez en su trabajo pictórico; también fue el año en que se unió al movimiento impresionista: un grupo de jóvenes artistas quienes buscaban organizarse como una sociedad independiente para exhibir sus propios trabajos. El grupo logró montar, entre 1874 y 1886, ocho exhibiciones, a pesar de que Degas se posicionó como líder en cuanto a la organización de éstas, siempre mostró tener roces con los demás miembros de la sociedad, con quienes no compartía el gusto por pintar paisajes o el exterior.


A pesar de su temperamento conservador y de aborrecer la publicidad que se le dio al movimiento, esto no le impidió gozar de popularidad y vender sus obras, situación que le permitió mantenerse a flote económicamente e, incluso, coleccionar obras de los artistas que admiraba como Manet, Cézanne, Gaugin, Van Gogh, Ingrés, Delacorix, entre otros.

Las pinturas de Degas reflejan la personalidad del artista, quien puntualizó la soledad en varios de sus retratos; muchos de ellos muestran a la mujer en sus diversos oficios; sin embargo, es reconocido por sus pinturas de caballos y bailarinas, éstas últimas generalmente se encuentran detrás del escenario. Con un ojo para los momentos íntimos de los teatros, cafés y fiestas parisinas, Degas construyó su legado en la pintura.


Degas convirtió a las bailarinas en una figura mística y sensual; fue él quien les dio la luz reflejada sobre tul en colores pasteles que las convierte en figuras románticas, además de ser uno de los pioneros en reconocer a la danza como una profesión. Una característica que fascina sobre sus pinturas de bailarinas es el ambiente en el que las coloca; los colores y su percepción del movimiento se convirtieron en un aspecto importante para su desarrollo como artista y le hizo apreciar, a pesar de su actitud conservadora, la “nueva” técnica de la fotografía.



Su fascinación con el movimiento mostraba sus pinturas, más que como una escena, como un vistazo “distraído” a la realidad, convirtiéndolo en un pintor histórico de su propia época. Uno de los estudios más reflejado en sus pinturas es aquel de la presentación de una persona a través de su fisionomía, Degas tomaba en cuenta la postura, el vestido, la estatura y complexión de la persona para determinar su trabajo o estilo de vida; esto se ve reflejado en sus retratos.

Degas, aunque siempre solitario y apartado, fue un artista que se mantuvo a la vanguardia, siempre aprendiendo nuevas técnicas y marcando un nuevo reto para los pintores posteriores, pues su trabajo sostiene la idea de capturar una imagen en movimiento, un suceso y la esencia de las personas en su transitar. Degas murió el 27 septiembre de 1917 en París.


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